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Arraigaste en mi espíritu segura y suavemente,
como en las tierras vírgenes arraigan los rosales.
Me llenaste del todo, como llena el ambiente
el perfume de un ánfora que se vierte a raudales.
En el templo callado de mi alma adolescente
sólo en tu altar ardían las ofrendas rituales,
y era mi amor un culto tan hondo y tan ferviente
que nunca osó siquiera brotar en madrigales.
Después fueron pasando los años y las cosas,
se mancharon los lirios y se ajaron las rosas,
y dejó cada invierno su rastro de dolor.
Pero el rosal de antaño que muerto parecía
está tan arraigado, tan hondo todavía,
que entre sus ramas secas aún brota alguna flor.