Filosofía en español 
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Manuel Azcárate

Nuestro combate y la encrucijada europea

El auge de las luchas de masas, el avance del proceso unitario, esta aproximación a un cambio democrático que estamos viviendo en España, se produce en un momento internacional complejo. En él se acusan incluso elementos de confusión, lógicos, inevitables quizá, en fases de viraje, de aceleración de la historia.

Nos limitamos aquí a subrayar algunos rasgos que nos parecen más esenciales.

El imperialismo, y en primer lugar el imperialismo yanqui, está recurriendo a la amenaza directa del empleo de la fuerza. La «táctica de la cañonera», típica del imperialismo del siglo XIX, rebrota hoy en los discursos de Ford y Kissinger, con respecto al mundo árabe. Con el mayor cinismo, los EE.UU. se autoatribuyen el papel de «lider del mundo entero». No esconden que la misión de la C.I.A. es intervenir en los países que les interesan, contra las fuerzas democráticas, para imponer regímenes reaccionarios.

Esas amenazas, sería absurdo, suicida quizá, despreciarlas, subestimarlas. El imperialismo es consustancialmente agresivo. Su naturaleza no ha cambiado. Pero sería asimismo absurdo, y quizá suicida, para una perspectiva revolucionaria, no ver que esa agresividad se produce en un momento de tremenda crisis del imperialismo; cuando las derrotas sufridas en Vietnam por los EE.UU. han causado a la mayor potencia mundial incurables heridas, externas e internas. La actual crisis que sacude a todo el sistema capitalista (crisis económica, y también política, moral, ideológica) engendra, de por sí, tendencias agresivas; pero es sobre todo la demostración de la caducidad histórica del imperialismo. Ni estamos en el siglo XIX, ni en los años 50 del XX. Nuestra época es de avance, de ofensiva de las fuerzas progresistas y revolucionarias; de crisis y descomposición del imperialismo. La crisis debilita fuertemente al imperialismo, lo cual no debe hacernos olvidar que aún dispone de un potencial económico y militar gigantesco; de una capacidad de hacer daño a la humanidad, terrorífica.

En la política de amenazas del imperialismo yanqui hay un filo claramente dirigido contra otros países capitalistas. Es decir que, ante los graves problemas de la crisis, las contradicciones interimperialistas se agudizan. En este marco, empieza a tomar cuerpo, de formas diversas (ya veces contradictorias) algo que podría definirse como un interés común europeo, una necesidad objetiva europea de seguir una política diferente a la de EE.UU., de sacudirse la hegemonía norteamericana (la cual se manifiesta, no sólo por vías políticas o diplomáticas, sino a través de las hidras de las «multinacionales»).

Tomemos lo que es, sin duda, el fenómeno, el proceso, que está colocado hoy en el centro de la vida internacional: la lucha por conquistar la independencia económica por parte de los países del Tercer Mundo. Es un proceso no homogéneo, con puntas netamente revolucionarias, con zonas en cambio reaccionarias por el carácter de clase de las fuerzas que en él participan. Pero, independientemente de los decantamientos que en su seno se produzcan, el hecho central es que se trata de un proceso antiimperialista, que golpea al imperialismo en algunos de sus puntos más sensibles, y que implica la necesidad de una revisión profundísima de las bases mismas en que descansan hoy las relaciones económicas internacionales.

Durante años han resonado las promesas de «ayuda al desarrollo» «para el Tercer Mundo», en solemnes reuniones. Esa «ayuda» ha consistido, por parte de las potencias imperialistas, en un incremento bárbaro de la explotación neocolonialista de los países subdesarrollados. El resultado es que se agrava la amenaza de morir de hambre para cientos de millones de mujeres y hombres.

La actual lucha del Tercer Mundo, su puesta en pie con una cohesión cada vez mayor, y con un protagonismo de los países más avanzados —como lo demostró la Conferencia de Argel del año pasado— conduce a poner fin a los métodos neocolonialistas que han permitido a las potencias imperialistas (y sobre todo a EE.UU) seguir expoliando brutalmente a una gran parte de la humanidad.

Salir de la crisis económica exige hoy —como una de las condiciones insoslayables— establecer un nuevo tipo de relaciones con el Tercer Mundo.

Esto plantea al proletariado europeo un problema que no es sólo de solidaridad antiimperialista, de apoyo a la lucha liberadora de todos los pueblos. Se trata de algo más.

Si en los EE.UU., frente a la lucha del Tercer Mundo, se producen reacciones de agresividad imperialista (históricamente condenadas al fracaso) en Europa puede ser diferente. Tiene que ser diferente. Europa encierra un potencial objetivo y subjetivo para que la lucha por una salida progresista de la crisis no sólo coincida, sino que vaya al encuentro de esa necesidad de establecer con el Tercer Mundo nuevas relaciones dé igualdad, de cooperación, de mutua ayuda para el desarrollo. En realidad, para salir de la crisis, Europa tiene que entrar en un proceso nuevo de desarrollo conjunto con los países del Tercer Mundo.

Existen fuertes factores objetivos que empujan en ese sentido. Tanto es así, que incluso ciertos gobiernos capitalistas, que sirven a los monopolios y no escapan a las presiones de EE.UU., entran en contradicción con éstos sobre problemas como el petróleo, las materias primas, el sistema monetario etc. Pero una experiencia ya larga, de muchos años, demuestra que una llamada «construcción europea» regida por gobiernos capitalistas no logra resolver los problemas reales. Tiene un techo muy bajo. Cosecha serios fracasos. Y hoy no da salida a la crisis.

En cambio, Europa tiene un potencial subjetivo que debe permitirle desempeñar un papel importantísimo en la presente coyuntura. Nos referimos a las fuerzas obreras, democráticas, antimonopolistas, que si logran actuar unidas, ensambladas, pueden hacer que la construcción europea adquiera un signo diferente: sirva para dar una salida progresiva a la crisis. Permita establecer entre Europa y el Tercer Mundo las nuevas relaciones tan imprescindibles para aquélla como parte de éste.

Esa Europa de los trabajadores, de los pueblos, que no será ni antiamericana ni antisoviética, será independiente, contraria a todo hegemonismo; así es como podrá desempeñar su papel específico, contribuyendo a la paz y a la cooperación internacionales.

El combate por esa Europa de los pueblos (como dijeron en Bruselas, hace un año, los PP.CC. de la Europa capitalista) está hoy ligado a la defensa, por parte de la clase obrera, de sus intereses más decisivos, contra el paro, contra la carestía, etc. Es parte, a la vez, de su misión histórica de preparar el avance hacia la nueva sociedad socialista, de acuerdo con las exigencias de nuestra época, con las tradiciones y características de cada país.

Es, sobre todo, una plataforma unitaria de extraordinario dinamismo. Con la clase obrera coinciden capas y sectores amplísimos, fuerzas de la técnica, la ciencia y la cultura, campesinos, capas medias, e incluso en determinados momentos, ciertos grupos capitalistas dañados por la hegemonía norteamericana, golpeados por el superparasitismo engendrado por las «multinacionales».

En esa perspectiva, la unidad de los partidos socialistas y comunistas se coloca en un nuevo marco histórico. Sin cerrar los ojos ante dificultades reales, lo que se pone sobre el tapete es la posibilidad de superar — en la marcha hacia una gran tarea — las barreras históricas que han dividido al movimiento obrero europeo. Aparecen asimismo nuevas dimensiones para la unidad con los cristianos, cuestión decisiva en países como España o Italia.

En esta encrucijada europea, el problema de España adquiere una trascendencia particular. Porque el apoyo a una España democrática es una causa que une a católicos, socialistas y comunistas; es una de las que tiene más capacidad de convocatoria unitaria en Europa.

Porque el fin del fascismo en España significará una Europa sin regímenes fascistas. Una España sin regímenes fascistas. Una España libre, democrática, será un estímulo, y una aportación concreta para ese nuevo papel que nuestro continente necesita desempeñar en este momento crepuscular de los colonialismos; cuando se ponen en pie los pueblos ayer esclavos.