Filosofía en español 
Filosofía en español


8º Congreso. Cuestiones debatidas
III. - El pacto para la libertad

Durante los últimos doce años se ha puesto con gran fuerza en primer plano la contradicción entre las necesidades del desarrollo nacional —en la época de la revolución científica-técnica, de la internacionalización de las fuerzas productivas— y las estructuras fascistas del régimen dominante. Esta contradicción, sin ser la fundamental —la que enfrenta a proletariado y burguesía—, sin abolir otras contradicciones de la sociedad española, aparece hoy como la que exige ser resuelta de manera más urgente.

En su solución están interesadas no solo la clase obrera y las capas medias, para las que la necesidad de libertad es evidente; están interesados también los grupos capitalistas más dinámicos, perjudicados por el marginamiento de España en relación con el M.C.E. Y por los obstáculos de diverso orden que el régimen presenta al desarrollo neocapitalista.

Así, la contradicción a que nos referimos determina una convergencia objetiva entre fuerzas de distinto, e incluso radicalmente opuesto, carácter social. Una convergencia que no atañe particularmente a los líderes sino a las masas; que impregna e impregnará a las masas, las moviliza y las movilizará aún con más fuerza y amplitud que hoy. Y si atañe a las masas es porque está determinada no por el subjetivismo de unos u otros, sino porque nace de reales intereses sociales y políticos puestos en juego en la actual fase del proceso nacional.

Esa convergencia se manifiesta ya en los hechos aunque no aparezca con suficiente claridad para todos. El mismo ABC la proclama en su editorial del 16 de enero cuando habla de la existencia de un nuevo país real «ante el cada vez más vetusto país oficial» —reconociendo así el divorcio entre sociedad y régimen con palabras que nosotros mismos hemos utilizado a menudo— y cuando dice que «el pueblo español se ha instalado en una nueva convivencia irreversible» y que «esta innegable realidad, tan inmensa y agobiante que a veces se quiere desconocer representa uno de los mayores desafíos que la trayectoria histórica del pueblo español...» plantea a «gobernantes e intelectuales».

Efectivamente, esa convergencia —que ABC llama convivencia— es un desafío a las posiciones de los actuales gobernantes, impregnadas de integrismo y de fascismo; y en otro sentido lo es también a la imaginación y la inventiva de los hombres políticos del país.

Esa convergencia la determina el hecho de que la sociedad española, sus fuerzas más vitales, exigen poner fin al gobierno irresponsable y tiránico de un grupo que niega a todos los demás él derecho a existir, para sustituirlo por un régimen que ofrezca garantías al desenvolvimiento de la pluralidad de intereses y de corrientes políticas e ideológicas existentes en la sociedad.

Hoy, por razones propias, están interesadas en la solución de este problema clases y capas muy diversas y opuestas. Y cada una de ellas trata de orientar la solución por los carriles más convenientes a su posición. Pero todas ellas se afanan en canalizar y utilizar la convergencia que se produce a nivel de pueblo, de masas; es decir, de aprovecharla para conquistar la más amplia base de masas posible.

Los sectores capitalistas sostienen las diversas corrientes de tipo neocentrista, alguna de las cuales tiene ya un pie en la oposición. ¿Qué caracteriza hoy a estas corrientes? Como se ha dicho en el VIII Congreso, las caracteriza el propósito de «evitar la ruptura imprescindible entre dictadura y democracia o atenuarla al máximo para que el desequilibrio que produce toda ruptura de ese género no altere ni comprometa la posición dominante de la oligarquía monopolista».

A ese fin tratan de poner en pie una vasta concentración centrista, capaz de entenderse con el «establisment» y de concertar con él una transición a cambio dé dejar fuera del juego a las fuerzas auténticamente democráticas, y en particular a las representativas de la clase obrera. La base del entendimiento con el «etablisment» sería la aceptación, como punto de partida, de las leyes e instituciones creadas por el actual régimen. Si la maniobra cuaja, si de este modo se crea una situación en que el «centrismo» logré un cierto apoyo de masa, queda incluso la posibilidad de nuevos pasos formales, destinados sobre todo a ampliar esa base de masas, y a aislar todavía más a las fuerzas de izquierda.

En relación con esta perspectiva política del capitalismo empiezan a aparecer toda suerte de grupos y personajes, que salidos directamente de Falange, y sin romper el cordón umbilical, se bautizan ya de «socialistas» o «socialdemócratas», con el fin de dar a esa concentración centrista el matiz que la permita prender a su paso ciertas capas del pueblo e incluso de la clase obrera.

Esa orientación es, de todos modos, muy problemática. De un lado, porque encuentra una resistencia obstinada en el núcleo ultra que ligado a Franco y Carrero Blanco detenta aún los resortes esenciales del Poder. De otro, porque la causa de la libertad y la democracia la personifican ante el pueblo, no los hombres y los grupos «centristas» comprometidos por su integración y su colaboración con la dictadura, sino las fuerzas de la oposición y entre ellas el Partido Comunista. Estas razones conducen a los hombres políticamente más inteligentes de la burguesía a aceptar el principio de un acuerdo circunstancial con la izquierda, incluidos los comunistas, como paso indispensable para inaugurar una nueva política de la burguesía en España, que rompa con la fascista de estos años.

¿Qué resultaría, en esta situación, de una toma de posición —digamos, para entendernos— izquierdista del Partido Comunista de España que pusiera en primer plano la lucha por el socialismo, relegando a un lado los objetivos de la libertad y la democracia?

No hace falta ser demasiado inteligente para comprender que si frente a esa amplia convergencia nacional que va a traducirse cada vez más en la exigencia de libertad y democracia, nosotros planteamos la opción socialista como objetivo inmediato, nos colocamos automáticamente al margen de ésa gran tendencia nacional, de masas, que frente a la dictadura presenta la reivindicación urgente de libertad. Es decir, nos aislamos. No intervenimos en la solución de la contradicción que aparece hoy en primer plano. Dejamos todo el campo libre a la burguesía, a cualquier mixtificación socialdemócrata.

Y al aislarnos de las masas, al renunciar a jugar el papel fundamental que nos corresponde en la lucha por la libertad, no sólo anulamos todos los esfuerzos y sacrificios heroicos de los comunistas en más de 30 años, sino que nos colocamos en situación de debilidad y renunciamos, de hecho, a unir después al pueblo contra la burguesía monopolista para levantar una auténtica alternativa antimonopolista que abra la vía al socialismo.

Siendo la Revolución un proceso continuo, ininterrumpido, al abandonar uno de sus eslabones, el de la libertad contra el fascismo, dejamos que la cadena se nos escape de las manos y contribuimos a consolidar la hegemonía de la oligarquía.

Esa es, en efecto, la política izquierdista, una política que con frases y gesticulaciones revolucionarias, tantas veces condenadas por Lenin, hace el juego —independientemente de la intención subjetiva de sus practicantes— al gran capital monopolista, al centrismo. Esa política no tiene nada de proletaria.

¿Qué nos da, por el contrario, la política de pacto para la libertad? La política de pacto para la libertad tiene la virtud de situarnos, de lleno, en el eje de la contradicción que hoy aparece en primer plano, entre fascismo —e integrismo— y democracia. Nos permite seguir vinculando la libertad y la democracia a la que, con matices e ideas distintos aspira hoy la inmensa mayoría de los españoles —y que es la causa que va a movilizarles globalmente en lo inmediato— a la lucha de la izquierda y particularmente a la lucha del Partido Comunista.

Así es como pueden crearse condiciones en que a la convergencia nacional, de masas, corresponda también una convergencia política, articulada, de todas, las fuerzas interesadas a un título u otro en la libertad, que no sólo acelere el cambio, sino que haga que éste sea de verdad democrático y que con él la clase obrera y las fuerzas revolucionarias puedan salir plenamente a la superficie, a través del movimiento de masas.

Es cierto que entre las fuerzas burguesas hay una resistencia contra el pacto. Las razones de clase de esta actitud, desdé su punto de vista, están claras. No quieren que la clase obrera, en su gran masa, salga de la prostración, de la integración forzada en qué hoy se encuentra.

En teoría no puede negarse la posibilidad de que el pacto para la libertad no llegue a formalizarse. Aunque esta posibilidad se convirtiese en realidad, actualmente no hay otra política que la del pacto para la libertad, que responda a los intereses de clase, proletarios, socialistas. ¡No hay, hoy por hoy, otra política! Porque la defensa de esa política es la que mantendrá al Partido Comunista, al partido del proletariado, a lomos de la ola de masas que se anuncia, la ola de masas que va a producirse para resolver la contradicción que aparece en primerísimo plano hoy. Y eso es lo único que puede garantizar y garantizará que cualesquiera que sean las formas en que la transición se produzca, el Partido, la clase obrera, las fuerzas revolucionarias esenciales saldrán a la superficie, consolidarán sus lazos con las masas y se situarán en posición de fuerza para que sea imposible relegarlas a un segundo plano, aislarlas y mantenerlas aherrojadas.

Lo peor que podría suceder no es que no se firme un -papel, un pacto, sino que el Partido marxista leninista renuncie a todo lo que la política de pacto para la libertad significa.

Alguna vez hemos recordado la experiencia de un período de «izquierdismo» y de sectarismo de nuestro Partido, que correspondía, por cierto, a la orientación de la Internacional Comunista entonces. Nos referimos al año 1931, cuando mientras las masas imponían la República, nosotros reclamábamos los Soviets. Y estuvimos aislados, reducidos a la categoría de grupúsculo, hasta que el Partido, a partir de 1932, hizo un viraje hacia la política de unidad. Pero con eso perdimos años, oportunidades que hubieran podido, quizá, dar otro curso a los acontecimientos.

De todos modos, la probabilidad más previsible, pese a todas las dificultades, es que el pacto para la libertad, de uno u otro modo, cuaje y se convierta en un hecho, porque en ese sentido va la realidad objetiva. Ya hoy la extensión de las Coordinadoras y las Mesas democráticas —y el último paso se ha dado en Canarias — es prueba de que los acontecimientos van en la dirección prevista por el Partido, aunque el ritmo sea lento, más de lo que deseamos, y ello porque no es fácil poner fin a una dictadura como la que padece España.

Nosotros valoramos cada uno de los pasos que se dan en la dirección del pacto, sin ocultar las dificultades, porque se trata de una política nueva, que no ha sido comprobada anteriormente en nuestra práctica, puesto que las alianzas contraídas en otros períodos no eran iguales que la convergencia que pretendemos hoy. Pero es esencial que los cuadros y los militantes del Partido asimilen ésa política, la apliquen firmemente, la lleven a las masas para que éstas la hagan suya. No hay qué olvidar que lo decisivo para que el pacto sea una realidad es que las masas comprendan y apoyen esa política. Si se piensa que ése es asunto sólo de los dirigentes y no de las masas, el pacto no se hará o si se hace no será la misma cosa que si, a todos los niveles, las masas hacen suya esa política.

Por otra parte, que nadie olvide que en España la lucha por el Socialismo habrá que librarla unida a la lucha por más libertad, por más democracia. Que el Partido Comunista para ser en la práctica, en la realidad, el Partido de la revolución y el Socialismo tiene que ser cada vez más genuinamente el Partido de la libertad.