Filosofía en español 
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8º Congreso. Cuestiones debatidas
II. - Una política ante el M.C.E.

Otro de los puntos que ha merecido más discusión es el relacionado con el Mercado Común. Algunos camaradas han expresado su preocupación sobre si los acuerdos del VIII Congreso no será, sobre todo, una medida táctica para facilitar el pacto para la libertad, medida que posteriormente, cuando se trate de realizar una alternativa socialista, pueda convertirse en un obstáculo. El debate está sirviendo para aclarar y perfilar toda la táctica y la estrategia del Partido.

La decisión favorable a una asociación con el Mercado Común, tras haber liquidado la dictadura y haber establecido un régimen democrático, cubre determinados objetivos tácticos; pero a la vez está inserta en toda nuestra estrategia de lucha por el socialismo.

Para empezar, es necesario comprender claramente que sin la conquista de las libertades democráticas podremos hacer propaganda del socialismo, pero nos será imposible plantear y llevar al triunfo una verdadera alternativa socialista. Aquí reside una de nuestras diferencias de fondo con algunos grupos izquierdistas: ellos, subestimando las libertades y oponiendo el socialismo a las libertades, quedan encerrados en el terreno de la pura propaganda; nosotros, al colocar la lucha por las libertades en primer término, hoy, pugnamos por situar la alternativa socialista en el terreno de la realidad.

¿Qué objetivos tácticos tratamos de facilitar al tomar una actitud positiva a la asociación con el Mercado Común? —actitud positiva que conlleva, no se olvide, una denuncia de las estructuras capitalistas monopolistas actuales del MCE y la clara conciencia de que esa asociación es, a la vez, una lucha encarnizada con los monopolios extranjeros, en defensa del interés de clase y nacional.

El primero de esos objetivos tácticos es el aislamiento del núcleo que en torno a Franco y Carrero Blanco ejerce la dictadura, a fin de acelerar las condiciones de su derrota. Es sabido que sectores políticos que ocupan posiciones gobernantes de importancia en los países de Europa occidental se apoyan en las cláusulas del tratado de Roma para negar al régimen franquista el acceso al MCE. Y que esta posición es dominante hoy en el MCE, estrellándose contra ella los intentos franquistas de lograr una asociación.

En consecuencia, las fuerzas del capitalismo español más interesadas en entrar dentro del MCE se encuentran abocadas a la necesidad de propiciar cambios políticos, impelidas a ir oponiéndose a las estructuras fascistas del régimen, a admitir que el Estado español deberá estructurarse de forma semejante a la que existe en los Estados europeos que integran esa asociación económica.

Así pues, al tomar una actitud positiva, aunque condicionada, hacia el MCE, el Partido se propone acelerar el aislamiento de la dictadura, disminuir su base de apoyo, acercar su caída. ¿Tiene acaso algo de reprensible este objetivo táctico en un Partido revolucionario?

Otro de los objetivos tácticos de nuestra posición consiste en desarmar la tentativa centrista de la derecha social que pretende una especie de frente a predominancia burguesa, que vaya desde ella misma hasta el Partido Socialista, aislando políticamente a las fuerzas obreras y revolucionarias y a su principal representante, el Partido Comunista. La finalidad de esta tentativa es manifiesta: reducir la dimensión de los cambios políticos, mantener el control del poder en manos del capitalismo monopolista y cerrar el camino a toda alternativa socialista.

La base político-ideológica de esa maniobra centrista reside en un vago europeísmo, una vaga democracia formal, fuertemente impregnada de anticomunismo. Resulta evidente que la actitud del Partido al tomar posición, en las condiciones y el momento en que los ha hecho, por la asociación, debilita y restringe las posibilidades de maniobra de la derecha social, en ese orden. Por tanto, nuestra actitud viene a reforzar las posibilidades de una convergencia transitoria, es decir, del pacto para la libertad.

¿Son esos objetivos tácticos una posición de la que tengamos que avergonzarnos? ¿Acaso no es revolucionario incrementar las posibilidades de poner fin a la dictadura e instaurar la libertad?

La actitud del Partido Comunista justificaría dudas y críticas si nosotros nos sumáramos al coro burgués europeísta y a las endechas al desarrollismo que puede venir por esa vía. o si no tuviésemos una visión determinada sobre la relación entre la democracia antifeudal y antimonopolista y la asociación con el MCE.

Pero nuestro Partido denuncia sin equívoco el MCE como una jungla por la que la economía española no puede abstenerse de transitar, sabiendo el terreno que pisa y las reglas del juego, es decir, teniendo conciencia de que en esa asociación el débil tiene que defenderse si no quiere sucumbir ante el fuerte. Por eso afirmamos que para entrar en condiciones de defender los intereses nacionales, España necesita dotarse de un Poder democrático fuerte, apoyado en el pueblo. En esencia, de un Poder que prepare al país para esa confrontación, transformando sus estructuras económicas y sociales en un sentido antimonopolista. Así, la actitud de nuestro Partido ante la asociación con el MCE es, no sólo una táctica para lograr un objetivo intermedio —las libertades políticas—, sino una línea estratégica que enlaza éstas con la perspectiva antimonopolista y socialista.

Porque la inserción de la economía española en la europea es un proceso prácticamente inevitable. Aun sin asociación con el MCE ya es hoy, en gran medida, una realidad, dados los intercambios entre los países del MCE y España, la real interdependencia económica. Ese proceso deviene aún más inevitable a partir del momento en que Gran Bretaña y otros dos países se han sumado a los seis que constituyeron primitivamente el MCE y que el entramado económico entre los 9 y los demás países europeos se refuerza por medio de nuevos acuerdos.

Las tentativas de cualquier régimen político por diversificar las relaciones económicas de España no alterarán notablemente la situación fundamental. Una política de autarquía o una reorientación radical de las relaciones económicas equivaldría a una crisis de consecuencias muy graves y duraderas que pondría en peligro de hundirse al régimen que la realizase.

Si —cualquiera que sean las formas políticas en que su hegemonía se realice— las fuerzas capitalistas continúan dominando en España, la asociación con el MCE será una realidad, en condiciones más o menos onerosas para el país.

Y de otra parte, si la alianza de las fuerzas del trabajo de la cultura alcanza una posición hegemónica en la futura democracia, deberá también esforzarse por lograr una asociación con ese organismo. Las realidades de la economía así lo imponen.

Tomar una actitud radicalmente opuesta al MCE en las condiciones de España, negarse a integrar la perspectiva de asociación al proyecto revolucionario, significa que la realización de ese proyecto se ve como algo retardado ad calendas graecas.

A nuestra posición se opone un argumento de apariencia clasista: «¿cómo imaginar que una asociación monopolista, como el MCE, pueda entenderse con una democracia antimonopolista?». En este argumento, insistimos, la posición de clase es sólo una apariencia engañosa. Este argumento olvida que la tendencia de las fuerzas productivas hacia la internacionalización es objetivamente una fuerza tan poderosa que salta las barreras de clase, como lo está demostrando el incremento creciente de las relaciones económicas entre países socialistas y capitalistas, incremento que ya va rompiendo la política de cerco intentada por las grandes potencias imperialistas como los Estados Unidos.

Pero la debilidad de ese argumento reside sobre todo en que es radicalmente antidialéctico. En que no tiene en cuenta, para nada, los cambios que se están produciendo en Europa y que pueden acelerarse. En que es un argumento que, sin decirlo, da por hecho que en Europa hay capitalismo para cien años.

Sin embargo, en Europa se han comenzado a producir cambios, aunque no decisivos, nada desdeñables e indicativos de posibles mutaciones. El Mercado Común que surgió como un apéndice de la Alianza Atlántica, como un instrumento de la política de dominación del imperialismo yanqui, ha entrado en una fase de competencia, de rivalidad económica con dicho imperialismo. Si se mantiene y consolida una política de paz y de coexistencia en el mundo ese aspecto se reforzará todavía más y no es aventurado prever que llegará el día en que Europa se plantee el problema de acabar con el neocolonialismo económico yanqui.

En Europa occidental —y no sólo en Europa— comienza a ser visible un cierto deslizamiento hacia la izquierda. El ejemplo más destacado lo da Francia, con el programa común de comunistas, socialistas y radicales, que, obtenga o no la mayoría en las próximas elecciones legislativas, significa el inicio de una nueva orientación en el país vecino. Superados los largos años de división, de cerco al Partido Comunista, basados en la guerra fría, la unidad popular representa un viraje cuya importancia trasciende las fronteras de Francia.

En Italia son muy fuertes las corrientes a la unidad sindical, reveladoras de un cambio de mentalidad, que en su desarrollo podrían conducir a la plasmación de una auténtica alternativa popular a la política de centro y centro izquierda dominante los últimos 25 años. La fuerza del Partido Comunista Italiano permite augurar optimistamente sobre el futuro.

La victoria de Willy Brandt y de su política de apertura al Este en Alemania Federal, frente al revanchismo agresivo del último cuarto de siglo, es también un elemento importante del cambio hacia la izquierda.

Un observador objetivo no puede dejar de valorar los cambios positivos que están teniendo lugar en la socialdemocracia europea. Durante largos años la socialdemocracia ha aparecido como el partido más proyanqui del continente, más anticomunista, en regresión hacia fórmulas ideológicas y políticas inequívocamente capitalistas.

Sin embargo, hoy comienza a manifestarse una poderosa corriente de izquierda en la socialdemocracia. No sólo en Francia, con el pacto de unidad de acción con el Partido Comunista, sino en otros países. La posición del jefe de la socialdemocracia sueca, Olof Palme, contra la agresión yanqui al Vietnam es un verdadero acontecimiento político. Esa posición es compartida en líneas generales por los socialistas escandinavos. En el último Congreso de las Trade Unions y en la Conferencia del Partido Laborista se han observado también claros síntomas de deslizamiento hacia la izquierda. Tiene una significación no desdeñable que Harold Wilson haya anulado su viaje a los Estados Unidos para marcar así su actitud frente a la agresión al Vietnam.

La victoria de los laboristas en las elecciones australianas y neozelandesas, el anuncio de la retirada de las tropas que participan en la agresión al Vietnam, y el boicot a los barcos y a las mercancías yanquis en esos países es también un dató importante de los cambios que se producen. A ellos habría que añadir otros cambios, también importantes, hacia la izquierda en los ambientes católicos y cristianos europeos.

En los sindicatos europeos de diversa tendencia se refuerzan las corrientes favorables a una inteligencia para la lucha contra las empresas supranacionales, contra el carácter capitalista monopolista de la integración europea.

Son indicios, todos éstos, de una nueva situación que se perfila en Europa. Cierto que con contradicciones, con obstáculos, con peligros.

Pero en esos fenómenos el Partido Comunista de España ve la posibilidad de una nueva fase en la correlación de fuerzas en Europa. Una nueva fase que puede conducir al desarrollo de la democracia y a la aparición de una auténtica alternativa socialista a la Europa de los monopolios. Los camaradas franceses e italianos se expresan también en forma semejante.

Se trata ahora de que los Partidos Comunistas europeos elaboren una política capaz de impulsar esas nuevas corrientes, no sólo a escala nacional, sino, a escala europea. Esas nuevas corrientes responden a movimientos de fondo de la sociedad europea que tuvieron su expresión en acontecimientos tales como el mayo-junio francés de 1968. Pero nuestra política, la de los comunistas, puede impulsar esas comentes o no, según acierte a recoger las realidades de la época.

La paz y la coexistencia, la lucha contra las empresas supranacionales son dos elementos de esa política. También lo es la eliminación de los residuos del fascismo en Europa.

Mas junto a esto puede resultar decisivo, para impulsar el fortalecimiento de las corrientes de izquierda, la elaboración de un modelo de marcha al socialismo que se ajuste a las características de los países desarrollados de Europa. La existencia del socialismo ya en 14 países es un soporte fundamental en la lucha contra el imperialismo y por la paz. Para ganar la partida para el socialismo en Europa es necesario, entre otras cosas, elaborar un modelo de socialismo que corresponda a las características de estos países, es decir, que coloque la democracia política y el pluripartidismo entre los componentes irrenunciables del nuevo sistema.

El Partido Comunista, al integrar la asociación al MCE en la perspectiva antimonopolista y socialista, se basa en la justa valoración de las fuerzas revolucionarias que la democracia liberará en nuestro país y en la alianza de unas fuerzas con las que en Europa comienzan a actuar eficazmente por transformar las estructuras monopolistas.

El Partido Comunista de España afirma así su confianza en las posibilidades de la victoria del socialismo en la Europa occidental. El mundo vive hoy un proceso de cambios, de mutaciones con los que una estrategia revolucionaria tiene que contar. Por eso nuestra posición sobre el MCE cubre objetivos tácticos y estratégicos y ha sido adoptada en el momento más oportuno.