Filosofía en español 
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8º Congreso. Cuestiones debatidas
I. - La democracia interna, hoy

La discusión de los acuerdos y documentos del VIII Congreso está sirviendo para un esclarecimiento profundo de nuestra política y para la consolidación de la unidad en nuestras filas. En el curso de esa discusión tres cuestiones son las más examinadas: la posición ante el Mercado Común europeo, el pacto para la libertad y las formas posibles de la democracia interna en el Partido, en las condiciones actuales.

de tesis y sin elección democrática de los delegados en la base. Es decir, sin los requisitos de la democracia interna que permitiesen una participación directa a todos los militantes. La respuesta a esta objeción no ha sido -y no podía ser— una afirmación triunfalista de democratismo. Somos plenamente conscientes de que la democracia en el interior del Partido se encuentra hoy drásticamente limitada. Son las servidumbres inevitables de una organización clandestina actuando bajo las condiciones de la brutal dictadura franquista. En otros tiempos, justificando una situación semejante en el ilegal Partido Bolchevique, Lenin explicó cumplidamente por qué no era posible la elección directa por la base y la necesidad imperiosa de una fuerte centralización. En tanto no haya libertades políticas en el país no podrá haber plena democracia en el Partido. Quien viene hoy a nuestras filas debe saberlo, debe ser plenamente consciente de esta situación. Mas lo que es válido para nuestro Partido lo es para los otros partidos de oposición, aunque no sean partidos revolucionarios. El Partido clandestino tiene que acorazar sus estructuras orgánicas, cubrir su aparato ilegal, proteger sus cuadros de la vigilancia policiaca. El Partido revolucionario que bajo una dictadura opera democráticamente como si gozase de libertades, se autodestruye, renuncia a todas las defensas frente a la represión. En definitiva, abandona su función revolucionaria. Se trata, pues, en realidad, de ser o no ser un partido revolucionario marxista leninista.

Kautsky, ideólogo de la II Internacional, en su libro «La dictadura del proletariado» (Libro que provocó la célebre respuesta de Lenin, «La revolución proletaria y el renegado Kautsky»). reprochaba a los bolcheviques haber sido un partido ilegal.

«...una organización ilegal no puede ser democrática —escribía Kautsky. Ese tipo de organización conduce siempre a la dictadura de uno o varios dirigentes y los simples miembros no son más que unos ejecutantes». El mismo Kautsky reconocía sin embargo que ese tipo ilegal de organización es necesario: «...allí donde las capas oprimidas están totalmente privadas de democracia...»

Como se ve, los reproches a la «dictadura» de los dirigentes y a la falta de democracia en las organizaciones ilegales son tan viejos como el movimiento obrero revolucionario. Pero, ¿cómo luchar, cuando está abolida la democracia, si no es organizándose ilegalmente? Los amigos políticos de Kautsky resolvían la cuestión renunciando, de hecho, a la lucha revolucionaria y a la existencia de un poderoso partido revolucionario clandestino. Se sentaban a la puerta de su tienda a esperar que pasara el cadáver de su enemigo. Antes de dejar de cumplir los más puntuales ritos de la democracia preferían cruzarse de brazos.

Lenin y los revolucionarios auténticos no han procedido nunca así. Y gracias a ello han triunfado las revoluciones y ha progresado la Humanidad.

Cierto que en un partido clandestino los dirigentes tienen en sus manos muchos poderes. Cierto, incluso, que existe el riesgo de que en algún momento hagan mal uso de esos poderes; de que obrando de buena fe, se equivoquen y arrastren al Partido en sus equivocaciones. No ya sólo en la clandestinidad; sino también en una guerra revolucionaria, los dirigentes tienen mucho poder. Pueden también equivocarse y cometer errores. Para conjurar el peligro, ¿habría, acaso, que renunciar a las guerras revolucionarias?

En la forma de afrontar estos problemas se distingue al verdadero revolucionario del liberal vulgar. El verdadero revolucionario los afronta conociendo los inconvenientes de una u otra forma de lucha y tratando de prevenirlos y de disminuir en lo posible sus consecuencias; pero lanzándose sin vacilar a esa lucha, no capitulando ante sus inconvenientes. Si el adversario de clase, momentáneamente más poderoso, nos impone la lucha ilegal no hay más camino que afrontar esa lucha, en tanto no acumulamos fuerzas suficientes para implantar la democracia y hacer la revolución.

Otra actitud llevaría a abandonar simplemente el campo al enemigo. En ciertos casos conduce también a dispersar las fuerzas, a multiplicar las cabezas de ratón, como sucede a aquellos que, negándose a aceptar lo que llaman «dictadura de los dirigentes», levantan su propio tinglado, establecen su propia dictadura y campan como auténticos dictadores a la cabeza de insignificantes grupúsculos, creando así más confusión.

A dirección de un partido revolucionario no se improvisa; se forma a través de un período histórico más o menos largo, de vicisitudes y luchas, de éxitos y de reveses, de aciertos y errores. Así se ha formado la dirección de nuestro Partido hasta devenir ese amplio colectivo de 118 miembros que es hoy nuestro Comité Central. Ningún partido político de oposición en España posee un equipo dirigente tan amplio y articulado, flanqueado por varios centenares más de cuadros políticos, obreros, intelectuales y profesionales con una sólida preparación en todos los ordenes, profundamente ligados a las masas, a los más diversos sectores sociales. En esa dirección están integradas las vanas generaciones de militantes revolucionarios que componen el Partido; los representantes de las masas, destacados por ellas entre la clase obrera y otras capas sociales.

No sólo en los Congresos y Plenos del Comité Central, sino en múltiples coloquios, conferencias, reuniones, por sectores sociales, por áreas geográficas, hay cientos de cuadros del Partido que intercambian sus opiniones sobre los problemas políticos e ideológicos, que viven un animadísimo debate, no académico, sino ligado a la práctica de la lucha cotidiana. Paralelamente, centenares de Comités y de organizaciones del Partido, que han alcanzado una incrustación real y profunda de masas, combinan la acción y la elaboración de ideas, publican sus periódicos, intervienen sobre los más varios problemas.

Así cientos de camaradas, cuando no miles, están participando diariamente en la elaboración de la política del Partido, enriqueciéndola con sus ideas y la experiencia de su acción. Hay un debate, una vida democrática real en la que, es verdad, no participa por igual todo el Partido; en la que no se cuidan tanto los requisitos formales, como se cuidarían en una situación de libertades.

Cierto que el esfuerzo debe encaminarse, mientras dure la dictadura, a conseguir que esta zona activa y determinante se extienda y amplifique cada vez más; alcance al mayor número de miembros del Partido. Hay que esforzarse porque la circulación de las ideas, de las experiencias, cobre un nivel cada día más elevado.

Pero en ese tipo de actividad de los miembros del C.C., de centenares y miles de cuadros que desempeñan un papel dirigente en el Partido está hoy condensada la democracia interna del Partido. Y así, cuando uno o varios dirigentes presentan ante un Congreso, ante un Pleno o en cualquier otra manifestación, un punto de vista sobre problemas políticos, ideológicos u otros, no están afirmando ninguna posición personal, no están «imponiendo» ninguna «dictadura», ninguna línea individual. Están exponiendo el fruto elaborado de una reflexión colectiva, en la que han intervenido, contradictoriamente muchas veces, cientos de cuadros y militantes. Eso es lo que ha sucedido exactamente con el VIII Congreso.

No hubo tesis previas. Pero ¿Cuántas discusiones no ha habido en el Partido sobre esos problemas? Cuántas experiencias concretas previas no han sido acumuladas para elaborar determinados planteamientos? ¿De dónde ha surgido la línea del VIII Congreso, sino de una experiencia y de una discusión de años, que va permitiendo atinar, precisar. corregir, añadir en lo que es una trayectoria consecuente de lucha por la libertad y el socialismo?

Por eso podemos afirmar que nuestro Partido se esfuerza seriamente en prevenir los riesgos que la cercenación inevitable de la democracia interna en un Partido ilegal conlleva. Y justamente por eso, entre otras causas, nuestro Partido no ha sido reducido al estado de grupúsculo pese a treinta y cuatro años de ilegalidad y represión sangrienta. Y por eso, teniendo dirigentes y personalidades autorizadas a su cabeza, en nuestro Partido no hay ninguna dictadura personal, aunque lo digan precisamente los que querían imponerle la suya y fracasaron en el intento.

Del mismo modo, cuando haya libertades y cuando se conozcan con sus nombres y sus fisonomías los 118 miembros del C.C. actual, los cientos de cuadros obreros, campesinos e intelectuales comunistas que hoy constituyen la obra maestra del Partido, millones de españoles reconocerán inmediatamente en ellos sus dirigentes naturales, los hombres con preparación y prestigio, que ellos hubieran votado democráticamente y que van a votar en el futuro.

El mérito de nuestro Partido —que no está libre de errores y defectos, sin embargo— es ser capaz ya hoy, en plena clandestinidad, de preparar el futuro democrático y de prepararse a sí mismo para entrar en ese futuro en condiciones de ser un ejemplo, de no temer en absoluto la aplicación de las reglas democráticas más exigentes a todo su funcionamiento.

En una organización, andaluza, compuesta de obreros y obreros agrícolas, principalmente, se discutían los documentos del VIII Congreso. Después de la discusión, en términos muy simples, un camarada resumía así su acuerdo con las resoluciones: «No sé por qué. pero lo cierto es que a mí me ajustan bien los trajes que el Partido hace». Y otro camarada le contestaba: «¿No sabes por qué? Pues muy sencillo, porque antes de hacer el traje el Partido te toma las medidas». Los argumentos podrán parecer primarios, poco científicos a otros, pero reflejan de manera muy sencilla, en el lenguaje del pueblo, un proceso real, al que nos hemos referido en este artículo: En el Partido no hay un sastre arbitrario, que corta a su antojo e impone sus modelos y medidas. El modelo y las medidas vienen determinadas por el pensar y el sentir de cientos y miles de hombres que la dirección del Partido recoge atentamente y se esfuerza por plasmar en sus planteamientos. Así, los límites que la ilegalidad impone a la democracia interna son reemplazados, a través de otras formas compatibles con la clandestinidad. En espera de que el establecimiento de la democracia en España permita a nuestro Partido, como a las demás fuerzas políticas, una vida democrática regular.

El ahondamiento en la discusión de este problema habrá servido al conjunto del Partido no sólo a prepararse para el porvenir, sino a hacer ya hoy más amplia la zona de los participantes activos en su orientación.