Filosofía en español 
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La situación en Euzkadi

Una represión brutal se abate sobre Euzkadi. Se asesina a los jóvenes de ETA. Son detenidos y condenados a severas penas los militantes obreros. Con razón se ha utilizado el símil de un país ocupado militarmente, refiriéndose al vasco. Para la oligarquía y su dictadura fascista los vascos siguen siendo los «rojos-separatistas» de la guerra del 36-29, los que merecen dos veces el paredón: una por vascos y otra por revolucionarios.

Esta actitud del poder franquista puede tener como consecuencia ahondar, en una nacionalidad tan vital, las corrientes que tienen hacia el separatismo. Un pueblo con una personalidad nacional profundamente arraigada no reaccionar ante la opresión y la persecución entregándose y renunciando, antes bien, puede sentirse inclinado a las soluciones extremas.

Nosotros, defensores decididos del derecho de autodeterninación de Euzkadi, a la vez favorables —por razones de base, socialistas— a una solución federativa para las estructuras políticas del Estado español, tenemos a la dictadura franquista por la principal fomentadora del separatismo, como reacción instintiva de muchos vascos al intento de disolver brutalmente su personalidad nacional, de ser integrados forzadamente en un Estado dictatorial, centralista.

El falso españolismo integrista es en realidad el enemigo más serio de la unidad de los pueblos de España, el más amenazador peligro para esa unidad que en un futuro, hoy en gestación, no puede ser sino una unidad voluntaria, democrática, que respete la igualdad y la diversidad de aquellos.

Los voceros oficiales de la dictadura se refieren con frecuencia a la violencia utilizada por los militantes de ETA pretendiendo justificar en ella la brutalidad de la represión. Y lo más lamentable es que gentes que se llaman liberales y de oposición mezclan a menudo sus voces a las de los franquistas, condenando esa violencia.

En este punto no podemos sino condenar el fariseísmo de unos y otros. Hacer responsables de la violencia a ETA es una mixtificación y un sofisma escandaloso. La violencia de Eta no es más que la débil respuesta, en estos últimos tiempos, a una vieja e insoportable violencia, practicada por la dictadura desde su implantación contra el pueblo vasco. A una violencia instaurada permanentemente para aplastar la voluntad democrática, social y nacional de los vascos; una violencia fascista que dura más de 35 años y que ha causado, muy oficialmente, miles de muertos; y al lado de la cual el «terrorismo» de ETA es un juego de niños.

No se puede maltratar, perseguir y ofender a un pueblo tanto tiempo sin provocar su respuesta y, en algunos casos, su desesperación. No es extraño que jóvenes generosos, que rechazan la injusticia de esta situación, no encuentren otro camino que el de la violencia y el terrorismo individual o de grupo, contra el desmesurado y monstruoso terrorismo oficial.

Por eso los comunistas, aunque no comulguemos con esa táctica, hemos defendido y defenderemos consecuentemente a los compañeros de ETA y denunciamos los crímenes y asesinatos viles de que son víctimas, en nombre de un «orden» creado y mantenido por la violencia más brutal.

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En otro plano distinto, en el de nuestra común voluntad de finalizar con la dictadura, de abrir vía a la liberación política, social y nacional de los pueblos de España, es en el que se sitúan nuestras divergencias tácticas con los compañeros de ETA que practican formas de lucha terroristas. No se trata de una divergencia entre los partidarios de la violencia y los métodos pacíficos. La violencia revolucionaria es un método al que no es posible renunciar porque la realidad histórica puede hacer necesario recurrir a él, en una u otra coyuntura. Nosotros lo hemos practicado más de una vez y no descartamos el tener que utilizarlo de nuevo.

Se trata del terrorismo individual o de grupo, desconectado de la lucha de masas, concebido —más o menos conscientemente— como la acción de una élite, del método del que Lenin dijo: nosotros no seguiremos ese camino.

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Incidentalmente alguna acción realizada con éxito puede suscitar admiración y hasta entusiasmo en las masas. Así sucedió, por ejemplo, con la ejecución del torturador Manzanas. Pero aunque el heroísmo y la valentía personal susciten simpatías, a ese tipo de acciones las masas asisten como espectadores, sin sentirse protagonistas. Sin embargo, la libertad de Euzkadi, como la de los demás pueblos de España, y en definitiva la Revolución socialista, tienen que ser hechas por las grandes masas y no por una élite. Y el problema de los problemas en toda lucha revolucionaria es encontrar las formas de elevar la conciencia, la organización y la combatividad de las masas trabajadoras. Es un camino más largo, que exige más paciencia, pero, en definitiva, el único para lograr la victoria.

Nosotros hablamos no sólo repitiendo los libros de los clásicos del marxismo, sino en nombre de una experiencia. En el decenio del 40, los comunistas mantuvimos una lucha guerrillera, en la que participaban muchos combatientes y que en algunos momentos logró cierto apoyo de masas. De su amplitud dan idea las estadísticas publicadas por los mismos franquistas sobre los miles de acciones de combate y de bajas habidas por una parte y otra en aquella lucha.

Por cada combatiente que perdía el adversario, nosotros perdíamos varios. Y como no existían condiciones —tampoco existen hoy— para que las amplias masas se sumasen a la lucha armada, tuvimos que modificar una táctica que, al final, nos debilitaba en lugar de fortalecernos.

No somos nosotros los más indicados para las experiencias de la táctica de ETA; deben hacerlo sus propios militantes. Pero, con la práctica, esa táctica quema, destruye a ETA tal fuerza política. En las condiciones de hoy —insistimos, en las condiciones de hoy— no es posible llevar simultáneamente lo que se denomina frente militar y frentes obrero, cultural y político. Hay que optar entre aquél o éstos. Optar por aquel significa dejar desorganizados los otros, es decir, en una palabra, abandonar el amplio frente de la lucha de masas, que es decisivo en toda lucha revolucionaria. El resultado de esto es que el sacrificio generoso de jóvenes, que ofrendan incluso su vida por una Euzkadi socialista, puede capitalizarlo, en la práctica, la derecha nacionalista burguesa.

Mientras las fuerzas de la izquierda vasca no se unan una política capaz de sacar a la calle a las masas, la derecha nacionalista podrá continuar practicando el inmovilismo y seguirá sin cuajar una alternativa democrática vasca a la situación presente. Lo que, en definitiva, será nocivo a la causa de las libertades vascas y de todos los pueblos de España.