Filosofía en español 
Filosofía en español


El Estado español síntesis de la nación española

por J. de Chanteclaire

José Calvo Sotelo
Calvo Sotelo …dió a España sus 44 años de vida fecunda

Occidente no lo olvidará jamás. Ni el estertor del sangriento 13 de aquel mes, ni las cuatro noches de veinticuatro horas, ni la aurora –oro y gualda– que amaneció para la amada, virgen fecunda, que “dió su pecho al mundo”, el 17 de julio de 1936.

Allí hicieron crisis, vertiente tumultuosa de todas las corrientes de la historia contemporánea. La “tormenta psicológica” del mundo escogía el alma de España para el estallido sin par.

Fueron, primero, los relámpagos gemelos de un doble disparo. Fue en la esquina de las calles de Ayala, en Madrid, dentro de una camioneta de la Dirección General de Seguridad. Eran las dos y cincuenta y cinco minutos de la mañana del trece de julio. Eran los cuarenta y cuatro años de vida fecunda de José Calvo Sotelo. Los disparos, a quemarropa, que le penetraron por la nuca, al deshacerle el cerebro –cerebro de la España Nueva, en gestación– alumbraron la conciencia del mundo.

Cuatro días de azoro vivió España. La República roja fulguraba en disparos, en asesinatos colectivos.

De pronto, amanece. El 17 de julio la aurora es oro y gualda, ¡la vieja bandera de la España heroica!

Se conmueve el mar. Los ojos se clavan en la armada, otrora señora de los mares, constructora de mundos. Y un desaliento, como niebla, se levanta cuando, sobre los mástiles de las mayores naves, se iza la tricolor, amoratada bandera.

“Se cerraron las rutas del mar, pero se abrieron les caminos del cielo”. Y por estos nuevas caminos –infinitos como la esperanza de resurrección– surgió un nuevo método de civilización, aprendido por todos los comandos del mundo: sobre el Estrecho de Gibraltar llegaron los hombres fieles a la Nación que, al conquistarlos, los incorporó al mundo occidental; hombres “de raza mora, vieja amiga del sol, que todo lo ganaron y todo lo perdieron”, los del “alma de nardo del árabe español”.

¡Cómo tembló de angustia, Francia, la hermana gemela por la sangre latina y por la divina gracia de la Fe y la filial lealtad! !Cómo tembló engrillada por una cadena de manos tendidas cuando las manos cerradas engrillaban el cuerpo convulso de la península insurgente! Por el ancho campo de concentración francesa –tal era Francia despedazada– pasaron las brigadas internacionales para más allá de los Pirineos. Inglaterra sonreía, mirando agonizar las hermanas gemelas.

Pero no era aquel el drama de una sola estirpe. Más sensible, tal vez la voz desgarrada del espíritu, en el alma latina, y española padecía convulsión el mundo entero. Es, de pronto, como antena del Orbe, Dolorosa de los siete puñales. Su corazón se vuelve cuenca de todas las corrientes humanas, vertiente de todos los torrentes de pasión encendida; cauce de potencias históricas, resumidero de energías universales, síntesis de posibilidades y crisis de valores ayer y hoy en un minuto nacional que es era de la historia humana.

De África, de Alemania, de Italia, de Rusia, de Francia, de Inglaterra, de América, concurrían hombres y elementos de lucha. Se probaban tipos de aviones, eficacia de tanques, calidad de la técnica. La ciencia militar verificó teorías y corrigió tesis; la ciencia política salió maltrecha y desesperada; y la Diplomacia vieja perdió la chistera y probó la inutilidad del clásico paraguas del actor inglés.

Se probaron las ciencias y las artes del hombre, más se probó el hombre mismo y, de él, la parte noble y alada del espíritu. Más fuerte que el choque de las armas fue el de las ideas. Era un campo de ajedrez España, agrupados sus hombres en artificiales y contradictorios cuadros de ideas.

Estaban las viejas tesis liberales de los prohombres pesimistas y europeizantes del noventa y ocho “que en vez de reaccionar después de la pérdida de Cuba y Filipinas, se entregó a una crítica negativa y morbosa, sin duda para que España olvidara que ellos y su sistema eran los más grandes responsables del desastre”. Eran los padres naturales de todas las repúblicas decantadas, incluso la profanada de las letras. Con ellos, una burguesía, flor y nata de todas las corrupciones políticas, creadora de la fauna de un “señorito”, afortunadamente desaparecido, y de un intelectual revolucionario, el “chulo” del refugiado internacional. En las cafés de Madrid hablaban de filosofía en alemán, pero preferían hacer política en ruso.

Estaban, de otro lado, los viejos resentidos de todos los tiempos que, en fórmulas vacías expresaban su carencia total de un programa político, pero con saña combatían todos los regímenes, el de Maura, el de Primo de Rivera, el de Alcalá, el de Azaña, y que hoy, inadaptados como siempre, observan desde el palco de una crítica sin valor constructivo.

No faltaba, ciertamente, una “derecha” orgullosa y estéril que, subrayando matices políticos localistas e intrascendentes, quebraban las pocas pero seguras posibilidades de unificación nacional y de renovación pacífica, aunque difícil.

Difícil renovación porque el equilibrio estaba rotos sobre la balanza, la masonería y la abyección, habían puesto la demagogia comunista, el desenfreno gubernamental contra las más caras esencias de España; a tal punto y en tal hora, que, desde su inicio, la “guerra civil” desbordó sus contenidos para obrar relieve de guerra universal, no tanto por los hombres de todas las banderas que combatieron, no por los grandes intereses internacionales que se disputaban a España, sino porque –¡por fin!– la guerra se planteaba en sus términos reales, y los contendientes, arrojada la careta o vencida la timidez o el miedo, daban al sol la cara y peleaban como quienes eran: “rojos” llamó el mundo a unos; “franquistas”, a los otros; aquellos, amparados en la legalidad de una República de opereta que cantaba arias a la libertad mientras asesinaba a masas de trabajadores; éstos, amparados en la realidad española, sojuzgada por regímenes divorciados de la Nación verdadera durante tres siglos.

Estos, luchando por la tradición católica, por las viejas instituciones insuperables, por la democracia auténticamente española –a lo “Alcalde de Zalamea”–, por la insurgencia hecha plebiscito nacional contra la tiranía –como en “Fuenteovejuna”– …Aquellos, luchando contra la esencia católica que es España, contra sus formas y organizaciones seculares, que son España, contra el sentido de jerarquía y hermandad de los españoles, contra el pueblo unánime que en un solo ademán los repudiaba. La anti-España, pues, venida de más allá de España, movida desde fuera de España, aprovechada por todos, menos por España; contra España, aún no vencida.

El juego político de las viejas democracias –de cuya mesa están borradas las esencias nacionales de los otros pueblos– no quiso comprenderlo así. Pudieron decidir en la balanza de la guerra, y decidir a su favor. Pero, en la ambiciosa maniobra de ahogar la España que, eso sí, veían resurgir, la obligaron a aceptar la ayuda que ahora, siempre, habrán de lamentar.

Nada más propicio para los tránsfugas españoles, para todos los derrotados en la batalla de España, los que antes intentaron sojuzgarla a las banderas soviéticas, que verla comprometida y dominada por las potencias que, si bien supieron ayudarla a tiempo, con fe en su fuerza y en su destino propios, también supieron lo que de ella debían esperar. ¡Con qué morboso júbilo han esperado cada momento crítico que España pierda su serenidad y su equilibrio! !Qué de esfuerzos han hecho los traidores para empujarla a la contienda!

Ninguna profecía, sin embargo, más fracasada que la de una España nazi. De los compromisos, saldados con honor del que no fueran capaces los republicanos de cualquier parte, ha salvado no sólo su integridad y su autonomía y su riqueza, sino que ha podido ampliar márgenes de capitalización de fuera con pingües réditos de gallardía y patriotismo. Situada en el cruce de los caminos de invasión y en el punto matemático del equilibrio bélico, sin traición para nadie, con claridad que es ejemplo de política internacional, reviviendo e iluminando las más altas ideas de su tradición jurídica, mantiene la mano férrea sobre el pomo de la espada, cara al sol, con sonrisa desafiante para el norte y para el sur.

Ninguna actitud comparable a su actitud. Ninguna política comparable a su política. Precisamente porque ninguna filosofía de vida comparable a la filosofía plenamente vivida por España. Si el realismo de su pueblo mantiene al Caudillo que lo llevó al triunfo, el ideal de inspiración cristiana se cristaliza en jerarquías de una democracia funcional sin precedente en la historia de los ensayos corporativistas. En el profundo respeto a la unidad religiosa de España, ha encontrada el cauce de las mejores energías que van floreciendo en Universidades y Escuelas, en formas municipales, en vigorosas creaciones técnicas de estilo nacional personalísimo.

¿Puede encontrarse paralelo con otros caudillos y Otro Estados?… Si: semejanza en los métodos de combatir el espíritu acartonado del vegetarianismo liberal y del canibalismo comunista –hijo de aquél–. Pero ¡nunca identidad! Fascismo y nacional-socialismo son injertos, síntesis artificiales de dos tesis irreducibles: liberalismo y socialismo. El Estado Español de Franco cada vez es mejor síntesis y reflejo de España, de las mejores esencias de España. Aquellos sistemas pasarán con los caudillos. El Estado español, presencia y sustancia de siglos, será, así sea bajo la restauración monárquica, o bajo Directorio de regresión republicana o de conservación dictatorial, ejemplo de Estado Moderno y superación definitiva de ]as viejas formas de los demoliberalismos al garete.