Filosofía en español 
Filosofía en español


historia

La personalidad de Simón Bolívar… periodista, general y libertador

por Lig.

Simón Bolívar
Simón Bolívar en un retrato cuando era apenas general brigadier

Escribía Bolívar en 1817 a su amigo don Fernando Peñalver: “Sobre todo mándeme usted de un modo o de otro la imprenta que es tan útil como los pertrechos”. Y estas líneas revelan una de las preocupaciones del Libertador: el periodismo. Hombre multiforme, él fue su propio periodista e inspirador y protector de periódicos, en su cruzada por la libertad sudamericana. Y como buen periodista, padeció la calumnia por sus propias ideas, y sólo se atuvo a la fuerza polémica de su escrito para defenderse de los ataques adversos.

Una de sus preocupaciones principales, se refería al cuidado por la ligereza de algunos escritores, que para conseguir un movimiento inmediato de opinión, no se detenían a considerar las complicaciones de una política internacional en desarrollo. Un ejemplo de esto se encuentra en el incidente con el director de la Gaceta de Caracas, quien con celo excesivo criticó al gobernador de Curazao. Sucede que este funcionario, hizo honores militares al general Monteverde, contra quien combatía el Libertador. Apasionadamente, el redactor de la Gaceta comentó el acto del inglés, gobernador de Curazao, con excesiva dureza. Bolívar, no obstante su situación de revolucionario, supo establecer una clara distinción entre los combatientes y las naciones neutrales: “Está mandado por todas las ordenanzas del mundo civilizado; y es el uso constante de las naciones, tributar a los jefes militares y ministros diplomáticos extranjeros, los honores que les corresponden; y bajo este concepto no hizo más que llenar un deber de su autoridad el gobernador de Curazao, haciéndolos a un general español”. Y hemos destacado este asunto, porque Bolívar procede al contrario de lo que frecuentemente se ha visto en un caso semejante: respeta el protocolo y el trámite diplomático, entiende que aunque él tiene dominio sobre una parte de Venezuela, sobre la otra lo tiene verdadero el gobierno español, y con un alto sentido del derecho y las costumbres internacionales, reconoce la obligación que el extranjero tiene de rendir homenaje al gobierno de España, por más que sea combatido por Bolívar y sus tropas. Esta altura de ideas, se ha perdido más tarde en una forma absoluta.

Dentro del ideario liberal que en esta época profesaba y que más tarde rechazó –era el año de 1814–, un postulado indiscutible era el de la libertad de imprenta. No para evitar polémicas, ni para suprimir ataques contra su persona, que siempre respondió, sino para evitar abusos y malas interpretaciones, dictó una Ley de Imprenta cuyos puntos fundamentales los resume una carta de Muñoz Tébar, desde el cuartel general de Bolívar en San Mateo:

“…ha resuelto –Bolívar–: 1º que no se inserte documento alguno oficial en la Gaceta si no se dirige a usted por la secretaría de estado, y con la orden especial que se comunique del Libertador para su publicación; 2º que no se den noticias relativas a la guerra en ambos continentes, si no se extractan de documentos oficiales, y no sobre rumores o avisos particulares; 3º que sobre los procedimientos de los demás gobiernos no se hagan reflexiones en la gaceta sin consultarlas antes con la misma secretaría de estado, para la previa aprobación del Libertador; no sea que se ataquen los mismos usos o principios que rigen a las naciones. No es esto coartar la libertad de la prensa, ni disputar a usted el gobierno la propiedad de su gaceta. Le es permitido manifestar en ella las opiniones que quiera, si no comprometen el crédito de la república con sátiras contra las autoridades de las naciones más respetables”.

Esto es un verdadero llamado a la responsabilidad del periodista, a la objetividad: si se mencionan las órdenes del gobierno, que se mencionen oficialmente; si hay una referencia a los conflictos del exterior, que no sea ni el rumor, ni el “aviso” particular el que sirva para el comentario, sino la declaración oficial: en esto vuelve a parecer el respeto de verdadero civilizado que tenía el Libertador para los extranjeros, y además su nimio cuidado para que los “usos y principios que rigen” en otras naciones, no sean atacados invocando pretextos como el que mencionábamos arriba.

Por este cuidado de Bolívar, podemos imaginarnos el pésimo efecto, verdaderamente doloroso, que le producirían los ataques en los periódicos de los pueblos que él quería liberar. No otra cosa puede pensarse al leer un fragmento de su carta al Gran Mariscal del Perú, don José de la Mar, de 1822, en la que le dice:

“mucho siento tener que indicar a usted de paso que las imprentas de Lima no me tratan tan bien como la decencia parecía exigir. Quiero suponer que mi conducta o la del gobierno sea viciosa, no basta, sin embargo, esta causa para empeñarse entre naciones amigas en increpar la una a la otra sus defectos. Colombia ha podido juzgar con desaprobación a algunas operaciones de los gobiernos americanos; y Colombia se ha abstenido de la murmuración porque su gobierno ha influido de modo que ha impedido el uso de una arma que no es dado a todos manejar con acierto y justicia”. Luego suplicaba al amigo que impidiera el abuso que se estaba cometiendo con él, antes de que tuviera que tomar otras medidas, ya que “no es de razón que la moderación de Colombia se retribuya con ultrajes”.

Y estos sucesos, unidos a los ataques desconsiderados que prodigaban los periódicos apenas estaban un poco fuera del control directo del Libertador, a veces lo hacían reflexionar sobre los riesgos inmensos de una libertad de prensa sin límites, como la preconizaran los principios liberales y la reclamaran en todo tiempo los demagogos:

“Lo que usted dice del Anglo-Colombiano” –escribía el entonces subordinado Santander– “lo digo yo de todos los escritos que salgan en lo futuro a probar si hay libertad de imprenta. Ahora se habla de leyes, mañana se hablará de personas, pasado mañana será de castas, y el día siguiente será de muertes” (Guayaquil, 13 de agosto de 1822).

Pero Bolívar también se tenía que preocupar por algo más que por la sola apreciación política sobre los periódicos. Iba a ser impulsor y consejero técnico mientras combatía al frente de sus ejércitos en todas partes. Y le daba gusto el adelanto de la prensa y ocupaba su tiempo en hacer sugestiones y en felicitar a los buenos redactores. Así, una carta de Pasto –14 de enero de 1823–, al mismo que recibiera la anterior, dice:

“He visto los papeles públicos: todo anuncia que prosperamos, que la España decae, que la opinión pública se mejora en todas direcciones internas y externas. Me parece que la libertad de imprenta, que tanto nos ha molestado con su amarga censura, al fin nos ha de servir de triunfo. Muy bien habla La Indicación y muy agradecido estoy a su redactor; felicítelo usted de mi parte por sus principios rectos y luminosos. El Correo de Bogotá tiene cosas admirables, me divierte infinito, no tiene más defecto que su monotonía de cartas; parece una correspondencia interceptada. Dígale Ud. al redactor que anuncie al público que no dará más los artículos remitidos en forma de cartas, sino que los encabezará con un título de su contenido. No hay diario en el mundo que tenga la forma del Correo de Bogotá. A todas las cosas se le deben dar las formas que corresponde a su propia estructura, y estas formas deben ser las más agradables para que capten la admiración y el encanto. Mucho importa que ese diario que tiene tan buenos redactores, trate las materias de un modo regular y periodístico”.

Este periódico está subrayado en el original y lo que dice el Libertador, es una verdadera lección de periodismo, dada combatiendo en los Andes, junto a las volcanes y los torrentes primitivos: buenas “cabezas”, indicando el contenido del artículo: una presentación atractiva, para que el lector busque su periódico: vida y movimiento, que no pudo indicar sino con el vocablo insustituible, poderosamente indicado: estilo periodístico. Y esto, mientras le preocupaba la guerra y el ascenso de los generales y la paga de los soldados y los nuevos reclutamientos y la organización de los gobiernos. A Bolívar, el otro tuberculoso ilustre entre los generales, se le podía permitir entonces lo que escribía:

“yo me confieso rendido y voy a descansar mis huesos a donde pueda, y llevándome la satisfacción de no haber abandonado la república, pues que dejo a Ud. que es otro yo y quizás mejor que yo” (Ibid.). Todavía le faltaban algunos años para ese descanso, que llegaría sólo con la muerte.

Otra carta, dos años más tarde, al general Tomás de Heres, fechada en 14 de agosto en Copacabana, entre los mil asuntos que trata, dice del estilo de una refutación:

“La refutación a Brandsen me ha parecido muy bien; está bien escrita en general y tiene rasgos magníficos, picantes y crueles. No me parece que tiene otro defecto sino el de falta de dignidad en algunas expresiones… para la sátira más cruel se necesita nobleza y propiedad como para el elogio más subido. Vea Ud. el aire agresor que Dios le ha dado tiene toda la belleza y toda la acrimonia que se necesita para este estilo; otros pasajes son igualmente hermosos. El papel está brillantemente escrito y con muy pocas correcciones sería perfecto”. Y luego pasa a referirse menudamente a cuestiones periodísticas:

El Observador en un pequeño cuaderno no está bien, mejor aparecería en un pliego entero. El nº 29 no tiene variedad ni noticias, que son las que interesan. Los negocios legislativos deben ser comunicados y las columnas deben ir divididas en este orden: Noticias extranjeras, Noticias del país, asuntos políticos o legislativos, Variedades, &c. &c., y lo que sea literario o negocios de algún interés mayor, que no pertenezca a dichos artículos. Después se pueden poner estos otros artículos (sic.): Curioso, Estupendo, Notable, Gracioso, Escandaloso y otros títulos como estos que llamen la atención del público y correspondan a esos títulos. Todo el papel debe estar dividido en sus diferentes departamentos, digámoslo así. Si se trata de hacienda, hacienda, si trata de rentas, hacienda. Si trata de Fernando VII, tiranía o fanatismo, según sea el negocio. Si trata de un hecho raro o desconocido se pone: anécdota estupenda, curiosa o escandalosa, según sea. Los artículos deben ser cortos, picantes, agradables y fuertes. Cuando se hable del gobierno, con respeto, y cuando se trate de legislación, con sabiduría y gravedad. Yo quiera que se proteja un periódico, pero no aparezca Ud. como principal, más bien que sea el gobierno o Larrea, o un amigo; pero que se organice con elegancia, gusto y propiedad. Pídale usted dinero a Romero para proteger las letras”. Y luego habla de los movimientos de las divisiones de sus ejércitos y de las intrincadas relaciones de Brasil con Buenos Aires.

Casa de Simón Bolívar
La residencia señorial donde naciera el Libertador en Caracas

Parte del fragmento que hemos transcrito, corresponde a las modalidades de los periódicos de la época, pero otra supera las ideas de entonces y ese gusto lento que se contrapone al periodismo moderno. Y esas ideas son un anticipo bolivariano: variedad y noticias, dice presintiendo el periodismo moderno. Interés, y luego exige la redacción incisiva de los buenos artículos, que hace la fórmula del Libertador todavía útil para nuestros días: cortos, picantes, agradables y fuertes. Esto es algo más que la Gaceta de entonces: esto es el diarismo, su exigencia y su alta finalidad. Pero junto con esto, condicionen que marcan categoría y cultura: si se habla del gobierno, con respeto, si de la legislación, con sabiduría y gravedad. Alto pensaba este fundador de naciones del Gobierno y de la Ley.

Y no sólo atendía a la parte literaria del periódico, con la precisión que ya hemos referido, sino a la parte material, de corrección y presentación. También en esas cartas innumerables y entre otros mil asuntos graves, aparece el periodista:

“Ya que hay tan poco papo] para la Gaceta”, –escribe de Huamachuco el 28 de abril de 1824– “ésta debería tener un margen más pequeño para que cupiese más”; y en otra, verdadero editor indignado, escribe: “Remito a usted El Centinela que está indignamente redactado, para que Ud. mismo lo corrija, y lo mande de nuevo a reimprimir, a fin de que corra de un modo decente y correcto. Despedace usted esta infame Gaceta, para que quede mejor. La divisa está indignamente colocada. La contestación, &c., en letras mayúsculas. La puntuación corregida: las impropiedades destruidas, todo rehecho”. Esta misma preocupación por la buena presentación de los periódicos, que por otra parte correspondía al buen gusto y elegancia del Libertador, la vemos en otra carta que desde El Rosario envía en 1820 a Santander:

“La Gaceta es muy chiquita; no contiene nada; sobran materiales y sobra (sic) buena imprenta. Hágale usted quitar el jeroglífico; póngale usted por título Gaceta de Bogotá y que se llenen las columnas con los caracteres más pequeños que haya; pues si es preciso, que se compre la imprenta, o se emplee la de Lora por contrata. Este es un lujo de los gobiernos y es una indecencia lo contrario. Nuestra Gaceta no se puede presentar en ninguna parte por su tipografía. También se puede ahorrar Libertad o Muerte: todo eso huele a Robespierre y a Cristóbal que son dos extremados demonios de oposición a las ideas de moderación culta. La fortuna nos ahorra la horrible necesidad de ser terroristas”. Muy frecuentemente se refiere en sus cartas al problema de la presentación material de los periódicos, a su limpieza tipográfica, a su forma exterior. Cuando ésta no aparece, es que hay una causa superior que apenas hace que se disimule el defecto. Así, de su periódico de campaña, el que editaba en el campamento de Huamachuco, en los Andes, en una imprenta portátil y con soldados-tipógrafos, puede decir:

“Para que Ud. vea que en Huamachuco se sabe mejor las cosas que en Bogotá, le mando a Ud. ese periódico del ejército. Muy mal impreso está, pero las noticias son exactas y nuevas”.

Ese periódico, como todas las cosas que hacía, era uno de los amores del Libertador. En él había puesto cariño, vigilancia y esfuerzo, como en toda su obra. Quizá –esto no lo dice– inclusive mucha parte de la información había sido redactada por él mismo, en el cuartel general, a la luz vacilante de las antorchas, rodeado de oficiales revolucionarios. Y no era ya entonces favorable el ambiente para Bolívar. Lo describe en esa misma carta, que nos pinta también su espíritu:

“Este mundo es otro mundo. No hay un hombre bueno, si no es inútil para todo; y el que vale algo es como una legión de diablos. De suerte que nosotros estamos aquí como aquellos volantines que se montan sobre la punta de las espadas y de las bayonetas, montados sobre nuestras armas, y fuertes del miedo que nos tienen amigos y enemigos. Esto llamo yo vivir de hecho, lo mismo que los españoles, que están apoyados sobre la misma base y por las mismos principios que nosotros. Cualquiera de los dos partidos que sea batido lo es absolutamente y para siempre. Esta pintura no puede ser por mera vanidad, porque nos es común con el enemigo: la hago para que sirva al gobierno” (6 de mayo de 1824).

Bolívar, quebrado ya interiormente, después de cruzar las montañas en una hazaña increíble, iba a salvar al Perú de la anarquía. Se acercaba a su máximo poder, quo en un escaso tiempo iba a serle arrebatado. Los periódicos le perderían por completo el respeto, incitados por las sociedades secretas. Los subordinados, intentarían asesinarlo. Y luego, el destierro y la muerte en la pobreza: final romántico de un honrado periodista político, en lucha por la reconstrucción de su Patria.