Filosofía en español 
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Estampas de España

Covadonga, síntesis de la Historia Española

por María de Jesús Indart

Virgen de Covadonga
Emperatriz, prodigio de Covadonga

Los grandes pueblos, los que tienen un papel importante que representar en el drama del mundo, entran brillantemente al escenario de la Historia, realizando una epopeya gloriosa.

España, la de los destinos ecuménicos e imperiales, la que al redondear el globo terrestre había de desempeñar la misión más divina de cuantas fueran confiadas a pueblo alguno, la de crear a su imagen y semejanza, de su sustancia y con su espíritu, las naciones que en América adoran la Cruz y hablan el verbo sonoro de Castilla; España, la de la legión innumerable de héroes y santos, sabios y artistas; la generosa y esforzada, la magnánima y caballeresca, aparece en la primera página de su historia empeñada en una empresa tan sobrehumana, que casi semeja locura. Para su verbo y para su arrojo, resultaron estrechos los confines de una península y ¡hasta los del viejo mundo!

Es en Covadonga en donde nace esta España, con los perfiles y rasgos señoriales de la raza visigoda que le dio el ser que le legó en su agonía las leyes y organizaciones, la Religión y el arte, la civilización y la cultura, que en los reinados de Recaredo, Recesvinto y Wamba, fueran admiración de la misma Roma. Pero el Imperio que moría no pudo dejar otra herencia que este patrimonio espiritual y la enseñanza dolorosa, pero fecunda, de que el goce inmoderado de los bienes materiales, conduce siempre a la ruina de los individuos y las naciones.

Y nació España noble, pero arruinada. Fiel a su alcurnia, no se amilanó con la desgracia, ni se abatió ante la soberbia sarracena que amenazaba aniquilarla; se irguió serena, paseó su mirada por el mundo desde la atalaya del Pirineo y las sierras de Cantabria y comprendió al punto su misión providencial, su gallarda misión de gesta y romancero. Vio que España es la vanguardia de Europa, el cuerpo de choque de occidente y por tanto, el baluarte del Cristianismo, que es decir, el baluarte de la civilización. Su posición geográfica lo imponía, su prócer condición lo reclamaba.

Y se lanzó a la Reconquista con el ideal fijo en Dios, y un soberano, absoluto desprecio de las dificultades humanamente invencibles de la empresa. Para detener las hordas africanas que habían arrollado a un imperio poderoso e iban a derramarse por toda Europa en el frenesí de la victoria, no contaba con reinos, ni ejércitos, ni fortalezas. Pero tenía sus riscos y desfiladeros, su fe en Dios y su amor a la patria. Por sobre todo, confiaba en la predilección patente de María, que en impaciencia amorosa de protección había venido en carne mortal a las riberas del Ebro, aun antes de su triunfal asunción a los cielos. Y este título glorioso de hija primogénita de María, dio a España, al puñado de valientes montañeses, amantes de la libertad y de sus tradiciones, los arrestos titánicos para responder dignamente a su destino histórico, de salvaguarda de la cultura y valladar de la barbarie.

El autor del drama del mundo, El que desde la eternidad contempla el desarrollo de la obra cuyos sucesos ha dirigido a Sus sabios fines se complace en contrastar la insuficiencia y pequeñez de los medios, con la magnitud de la tarea, para hacer más patente le intervención de Su poder.

Covadonga es un ejemplo, repetido muchas veces en la historia de España y en la historia de los pueblos. Pero esta intervención debía tener allí un sello inconfundible, bellísimo; el de un milagro de amor. Amor delicado, tierno, en la Reina de los cielos: amor incondicional, reverente y caballeresco, en las huestes y el caudillo que se lanzan a la descomunal lucha en su nombre y para su gloria.

El prodigio de Covadonga es una síntesis de la historia de España. A través de los siglos se conservan idénticas en su esencia, aunque múltiples en sus manifestaciones, las características del genio que alentó en la cumbre privilegiada en la que Dios derramó sus dones, y en la que la naturaleza es imponente y el cielo se ve más cercano y las grandezas humanas deleznables y el hombre creatura de Dios, paladín de su gloria y caballero andante de una emperatriz inmortal.

Por esto sus glorias trascienden mas allá de sus fronteras; como hazaña o como ruta; como definición o como norma; como creación o como superación. Porque la Catolicidad dio a España el sentido ecuménico con que asombró al mundo, lo mismo en Trento como en Lepanto, en Pavía como en el Alcázar, en Cervantes como en Calderón, en Hernani como en Cortés, en el l2 de octubre como en el 2 de mayo.

Fecundidad y gloria, ímpetu y anhelo, siempre nimbados con la suave claridad que irradia la figura celestial que España “presintió” Inmaculada y es patrona del ejército de historial más glorioso del mundo. Que ante los soldados invasores del hasta entonces, invicto Napoleón, es en el Pilar Capitana de la tropa aragonesa; y rival vencedora de Huichilobos en el cu de Tlaltelolco; y aliento y fortaleza en los subterráneos de Toledo; y pendón en la galera Real de Don Juan de Austria; y dama señora del caballero que vela sus armas en la cueva de Manresa; y madre amantísima de la más mujer de todas las santas, Teresa de Ávila; y homenaje y alabanza en fin, en todo un pueble, que es castizo cuando saluda: ¡Ave María Purísima!

La Santina de Covadonga podrá cambiar de rasgos y tocados en las diversas regiones de la península, y ser flamenca y gitana en el barrio de la Macarena y “navarrica y con sal” en Estella, y romera y pastora en las marismas del Rocío, y castiza en la Paloma, y bravía en los picachos de Montserrat, y cañí en la capilla de la plaza de toros, y zagala en las montañas de Arantzatzu, y reina y soberana en Zaragoza, pero siempre será Ella el alma de España, el sentido de su vida, la clave para descifrar su historia.

¡Qué poco comprenden a España, qué mal conocen a la humanidad, los que atribuyen sus empresas a mezquinos intereses materiales! ¡Para esas colosales empresas se necesitan alientos sobrehumanos, móviles supremos que sólo desde las alturas se conciben y sólo por un ideal superior se realizan.

La unidad y la grandeza de una España siempre libre, se cimentan en la roca sagrada de Asturias: Unidad sólidamente trabada en combates de ocho siglos, que una mujer excelsa y una reina entre las reinas, dará triunfal remate en las vegas de Granada, y en el haz de cinco flechas con que completa el escudo, símbolo de intereses, aspiraciones y reinos que se funden por España. Unidad espiritual, más prodigiosa aún, en las veinte naciones que en lejano continente, son la sangre de su sangre y el renacer de su estirpe. Que

“Este mundo americano,
a pesar de toda mengua,
siempre por su Fe y su lengua
será español y cristiano”.

Unidad, Grandeza. Atributos inseparables, ya que todas las coses a medida que se simplifican, se elevan en categoría para convergir a la Unidad por excelencia, que es también Infinita Grandeza.

España una, España grande en el vigor de su Fe, en la alteza de sus destinos, en la profundidad de su genio, que es realidad e idealismo; ritmo y fecundidad; abstracción y dinamismo; que toma todas las formas y adquiere todos los matices y sin dejar de ser español, es universal y humano. Genio sobrio y señorial en los lienzos de Velázquez; popular y colorista en los tapices de Goya y el calavera Don Juan; batallador y magnánimo en las gestas del Mío Cid y en “el rayo de la guerra”, Don Gonzalo el Capitán; analítico y sintético en el Quijote inmortal; armonioso y elevado en divino Fray Luis; gallardo y audaz en sus Tercios y en sus hombres de la mar; sutil y ardiente en Teresa y en el místico San Juan; austeramente sublime en su incomparable Escorial; sabio en las Siete Partidas de su gran rey Don Alfonso; trágicamente realista en sus imágenes sacras, de Salcillo y Montañés; teológico y asequible con Calderón de la Barca; satírico y humorista con Quevedo y Espronceda; patriótico y sobrehumano con Guzmán y Moscardó; infatigable y de empresa con Xavier y con Don Vasco; fastuoso en su arte barroco; gentil en el plateresco; soberbio en el de Toledo; poderoso en el imperio en que no se ponía el sol.

La unidad y la grandeza de un pueblo, sólo en la libertad pueden alcanzarse. España lo sabe. Por esto es su bandera rojo y gualda, porque con sangre y oro ha escrito las mejores páginas de su vida, que se inicia al grito de libertad, en lucha secular contra la Media Luna y que prosigue más tarde, con la espada o la doctrina, contra el turco, el hereje y el francés en la ideal prosecución de un occidente unido y estable, bajo la dirección y el arbitrio de la Santa Sede, cuya autoridad espiritual sería garantía de equilibrio y paz, ya que “todo conflicto humano es en el último caso teológico”, como ha dicho el cardenal Manning.

Para defender su libertad, es España un león, el león de Castilla que ante el Conquistador invencible de toda Europa, se lanza sin gobierno, sin ejército, sin armas, a una lucha desigual en la que le basta el pueblo, para detener al invasor. Y en nuestros días, ante la fiera marxista que pretendió dominar al mundo, se irguió de nuevo altiva, de frente, recibiendo el zarpazo en pleno corazón, sin importarle que su sangre corriera a raudales. De larga experiencia tiene sabido que la libertad hay que merecerla; y que nació rica hembra y puede sufrir martirios, pero jamás ningún yugo. Y la fiera huyó a sus nórdicas madrigueras, rumiando el desencanto de ver fallidas en “la tierra de María Santísima”, las promesas halagadoras de su profeta Lenin. Una, Grande, Libre, es la España que nació en Covadonga, la de ayer, la de hoy, la de siempre, la que cantó nuestro poeta:

¡España! Nombre que suena
como pífano en la Historia.
¡Gloria de la misma gloria!
Del honor ánfora plena…