Filosofía en español 
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La mujer opina

Don Hernando, el conquistador

por Rebeca Buchelli

Hernán Cortés
El conquistador

En la apacible estancia envuelta en sombras que mal disipa la bujía puesta en rico candelabro, un capitán retirado, que había tomado las armas no por amor a ellas, sino por ilusiones juveniles, recuerda los tiempos de su capitanía y hablando en voz baja con su mujer, abomina de la guerra.

Doña Catalina, mujer “muy honesta, religiosa, recia y escasa” como todas las hijas de su tierra, no perdía con los oídos una palabra de su marido y con los ojos ni uno de los parpadeos de Hernando que en la cuna se cansaba de dormir.

¡La guerra!, ¡la guerra!, repetía don Martín angustiándose por el recién nacido, en tanto que su mujer pedía a la Virgen que el niño fuese algún día hombre de provecho, y los dos se santiguaban recordando a los “homes de malos deseos” que buscan la guerra.

Pronto pasaron catorce años y el futuro conquistador abandonó su casona para ir a estudiar a Salamanca. Su partida obedecía a los deseos de sus padres que ansiaban para él mucha ciencia, pero no a las inclinaciones de su espíritu en el que se planteaba una gran interrogación: ¿sería el togado que soñaba su padre, decidiéndose por la “facultad más rica y de honra entre todas las otras”? ¿seguirá el ejemplo de los parientes de su madre, inclinándose a la carrera eclesiástica? ¿renunciaría a las ilusiones que había acariciado cuando escuchaba los maravillosos episodios del sitio de Granada y los fascinantes relatos de las tierras de ultramar?

Tan sólo dos años pasó el joven extremeño en tierras de Salamanca. La Universidad que fundaron los Reyes Católicos no pudo dominar su espíritu inquieto. Con tan pocos estudios no se le podía pedir un saber extenso y profundo. Gracia fue que tomara notas y estilo de escribano, lo cual sabía muy bien hacer, que conservara siempre un tono distinguido de humanista y que su memoria retuviese frescas las citas latinas que reforzaban sus argumentos y amenizaban sus charlas.

De Salamanca volvió a su casa. Los viejos recibieron con gran disgusto su llegada al ver por tierra todas sus ambiciones; el hijo no quería ciencia. Quedaban dos caminos: Nápoles o las Indias. Se decidieron por las últimas; pero un nuevo desengaño les aguardaba: Hernando era mujeriego y de una de sus tantas aventuras salió mal herido y durante su convalecencia salió la expedición que debía llevarlo al Nuevo Mundo. Su partida se retardó pero no se frustró.

Diecinueve años tenía cuando desembarcó en Santo Domingo. Diecinueve años solamente cuando tuvo que abandonar, al parecer para siempre, sus ansias de gloria y su afán de riquezas, al comprender que el oro vendría mucho más tarde, después de sabría Dios cuántos trabajos y que antes de cargar el oro convenía ponerse en condición de hallarlo. Se hizo colono, después estanciero, más tarde aprovechó “su facilidad para redactar contratos y testamentos, cartas y memoriales, inventarios y requerimientos” y muy a su pesar, vivió cinco o seis años entre la encomienda y la escribanía, con lo que logró hacer fortuna.

Todas sus ilusiones, aquellas ilusiones que iluminaron sus ojos de niño, cuando en la puerta de su casa veía desmoronarse el castillo vecino, mientras contestaba los saludos de los arrieros ¿se habían acaso olvidado por el tedio de una vida mediocre? ¿había pensado que en las Indias llevaría la misma vida que el viejo D. Martín llevaba en la Extremadura? Hernando pagaba cara su rebeldía: había despreciado la vida tranquila pudiendo ser a la fecha licenciado, teólogo o acaso médico y su ambición fracasaba en tierras indianas. Los sueños irrealizables para muchos, ¿lo serían también para él? “Lleno de inquietud, Cortés dirigió la vista hacia la tierra firme”.

Poco tiempo después lo encontramos en Cuba, donde consiguió fácilmente la fama de valeroso y la simpatía de todo mundo. Poseía el don de Dios de ascender y superar; era de talentos naturales; “sabía adelantar entre los soldados y dificultar y resolver entre los capitanes. Hablaba bien de los ausentes, era festivo y discreto, venturoso y esforzado, repartía con sus compañeros cuanto adquiría”. Allí casó con doña Catalina Juárez.

Pasaron los años y un día la tierra que habría de llamarse la Villa Rica de la Vera Cruz se estremeció al galope de briosos caballos jineteados por los hombres de Cortés. El Capitán saltó a tierra y con el gesto que había aprendido en sus años de trabajos, con el gesto que le era propio, con el gesto de su raza y de su tiempo, plantó la Cruz, quemó sus naves y se adentro en tierras mexicanas.

Antes de ese momento la vida de Cortés no ofrece un especial interés; su nacimiento, sus estudios, su matrimonio, sus aventuras y sus reyertas, no pasan al plano de lo excepcional; pero el día en que se hace cargo de la expedición de Grijalva, se asegura un lugar prominente en la historia de la humanidad al lado de los grandes conquistadores. Es entonces cuando su historia apasiona y cuando su nombre se liga íntimamente y para siempre al de la España del siglo XVI.

Desde entonces, hombre eminentísimos han narrado con afán los primeros años y los primeros pasos del organizador de la Armada de Cuba; las audacias de Yucatán y de Tabasco, las heroicas batallas de Tlaxcala, la atrevida entrada en Cholula y la doblemente atrevida y triunfal entrada en la capital de los reyes aztecas. La prisión de Moctezuma, la gloriosa victoria de sus trescientos soldados contra los mil y tantos de Narváez, la acción de Teocali, la Noche Triste, o “noche de espanto” a decir de Bernal Díaz; y el tormento de Cuauhtémoc.

Después de la salida de Cuba, es cuando se revuelven viejos pergaminos para averiguar el día en que Hernando vino al mundo y es entonces cuando se recuerda el abolengo de aquellos cuatro linajes de los que dependía el gran conquistador.

Treinta y cinco años tenía cuando llegó a la tierra firme, cuando se rebeló a la codicia de Diego de Velázquez y se decidió a conquistar en lugar de rescatar. Del mal estudiante salmantino y del ardiente vecino de la Isla de Santo Domingo, le quedaba solamente una cicatriz cerca del labio inferior, recuerdo de sus andanzas juveniles.

Era, según Bernal Díaz, “hombre vigoroso, de regular estatura, de ancho pecho, de ojos grandes y amorosos”, sin que pudiera decirse de el que era guapo a causa de sus carnes enjutas, la palidez de su rostro y la escasez de sus barbas; pero estos defectos desaparecían bajo la apariencia de un natural franco y simpático.

Su “palabra tenía dejos de caricia y la mirada encantos de una dulce suavidad”. Era limpio, vestía decentemente, sin ostentación de joyas pero sin carencia de ellas. Moderado en el hablar nunca empleó palabras duras. Para hacer su discurso persuasivo solía decir: “A fe que en mi conciencia”... reprendía diciendo: “Tened más cuidado”, “Os costará muy caro”.

Su autoridad era reconocida fácilmente y nunca le fue disputada. Su valor asombraba e imponía. Conservábase sereno en los momentos de peligro. “En la guerra era extremoso para las precauciones, llegando su vigilancia hasta hacer personalmente las rondas”. Su fe era grande, de cristiano viejo. Su gran ventura y sus inimitables dones, al par que amigos, le conquistaron muchos y poderosos enemigos. Las intrigas lo alejaron de la Nueva España. Su obra fue de justicia. Sus flaquezas él mismo las lloró. Sus crímenes y errores ni tantos como se le achacan, ni suficientes para borrar su gloria.

Su heroísmo, sus audacias, sus ambiciones y sus crueldades, todo lo que en Anahuac hizo, puede resumirse en una frase: todo por su Dios, todo por su Rey y por su Patria. Para su Dios conquistó muchas almas, para su Rey y para su Patria, inmensas riquezas y vastos territorios. Dio a la corona española una joya inestimable y entre tanto el esforzado y venturoso capitán se conformaba y se enorgullecía de que lo llamaran simplemente CORTÉS.

Y así llamaban en efecto, parientes y amigos, nobles y lacayos, al hombre que más proezas hizo en el orden humano, a él que ha llegado a ser símbolo de la civilización hispano-cristiana, a él que fue Grande de España y fundador de nuestra nacionalidad.

Los últimos años de su vida los pasó en Castilleja de la Cuesta, España. En su testamento, estando ya enfermo del cuerpo pero sano de voluntad, pidió que a sus restos se les diera sepultura definitiva en la Nueva España del mar oceánico.

Fue en el año de 1547 cuando concluyo “aquella vida de acción y pensamiento”. A los dos días de diciembre entregó su alma a Dios el más humano de los conquistadores, D. Hernando Cortés, Marqués del Valle de Oaxaca. En su tumba se puso este epitafio:

“Padre cuya suerte impropiamente
Aqueste bajo mundo poseía,
Valor que nuestra edad enriquecía
Descansa ahora en paz, eternamente.”