Filosofía en español 
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religión

La entrañable fiesta del Corpus en España

por María de Jesús Indart

Sevilla, Torreo del Oro
Sevilla. En el Corpus, su ritmo se vuelve una danza de “seises”…

Si en todas las naciones católicas se celebra con esplendor la fiesta del Cuerpo y la Sangre de Cristo, es sin duda en España en donde con mayor magnificencia, con más ferviente entusiasmo se rinde homenaje a la Eucaristía. España es la nación de las grandes y riquísimas custodias, de los bellísimos cálices románicos y platerescos, de las viejas cofradías del Santísimo, de las “rocas” valencianas, de los autos sacramentales, de los maravillosos bordados litúrgicos, y de las famosas y solemnes procesiones de Corpus.

Nota característica de esta festividad, como de todas las españolas, es su doble aspecto religioso y profano. El sentimiento íntimo del pueblo, no satisfecho con manifestarse dentro de los límites del templo, se expansiona y desborda en ceremonias y regocijos populares que impregnan la vida social de un sentido cristiano. En el lenguaje se amalgama lo divino y lo humano y el año se mide por las fiestas.

Si vendrá por Pascua
o por la Trinidad…

Y esta difícil conjunción de lo más delicadamente espiritual con lo más toscamente humano, se efectúa sin peligro de irreverencia. Es el hombre integro –cuerpo y alma– regocijándose al unísono con el cielo y con la tierra. Cabezudos, gigantones, tarascas, seises, perdigueros, dan a la solemnidad un matiz tradicional netamente español y popular.

En los siglos de Fe intensa y acendrado espiritualismo, en los que España marchaba a la vanguardia del mundo, porque el esplendor de su cultura lo iluminaba y el poder de su brazo la sostenía, trabajaba a las multitudes un anhelo acuciante de las grandes verdades, de los problemas trascencientes. En este “clima” propicio, en el que todos los valores humanos se jerarquizaban en perfecta armonía hacia el fin supremo del hombre, Dios, tuvieron su origen las espléndidas y múltiples manifestaciones del culto eucarístico, que a través de los siglos dejaron huella profana en la historia, en la legislación, en las leyendas, en las artes, en la literatura y en las costumbres españolas.

Los autos sacramentales, –supremas materializaciones de verdades abstractas– hicieron asequibles a las multitudes las más altas cumbres de la teología.

Calderón, Lope de Vega, Tirso de Molina, escribieron sus páginas más sublimes, sus más bellas poesías, inspiradas en el misterio eucarístico, que simbolizaron con regaladas y poéticas imágenes: El Divino colmenero, el labrador celestial, las espigas de trigo, el pastor.

Cuanto de bello y delicado, de profundo y trascendente, de humano y divino encierra el dogma católico, adquiría en estas representaciones una forma tangible, un aspecto sensible que el pueblo podía comprender y captar en su más profunda realidad. Las verdades básicas de la teología, fueron entonces fibras del compuesto social. Eran del dominio común, las concepciones del verdadero sentido cristiano del Cuerpo y la Naturaleza, base y cimiento de toda la liturgia. Se sabía que el hombre es un compuesto de alma y cuerpo y que con ambos ha de servir y adorar a Dios.

Era por consiguiente natural, que se rindiese culto al Santísimo con las más crudas realizaciones corporales; con actores de carne y gigantes de cartón.

Toda la vida social estaba impregnada de religión, por la unidad orgánica, total, armónica, que informaba a la nación y que se extendía, como por capilaridad, a través de los espíritus, hasta las leyes mismas. Conocida es la legislación eucarística del código de las Partidas; y el hecho de que en Barcelona, llevase una vara del palio en la procesión del Corpus, el “emperador de Occidente” Carlos V, que hubo de hacer un penoso viaje para asistir a ella, contra la oposición de sus cortesanos que pretendieron disuadirlo con lo excesivo del calor. “A ningún cristiano han hecho daño el frío de la noche de Navidad ni el calor del Corpus”, replicó el monarca.

Y la leyenda se remonta a los tiempos de Don Pedro el Cruel, para narrar la hazaña del heroico Alfonso Fernández Coronel, que sitiado en Aguilar por las tropas del rey y viéndose perdido, dijo a uno de sus amigos: “Gutier Fernández; yo veo un remedio todavía; morir lo más apuestamente que yo pudiere como caballero. E armóse un gambax, e una loriga, e una capellina, e así fué a oir misa. E estando en la iglesia, llegó a él un escudero e díxole: ¿Qué facedes Don Alfonso Fernández que la villa se entra por el portillo del muro? E Don Alfonso respondió: Como queir que sea, primero veré a Dios. E estuvo quedo fasta que alzaron el cuerpo de Dios, e después salió de la iglesia e púsose en una torre de la villa armado como estaba”. Allí revestido de una fuerza sobrenatural, aguardó la muerte luchando, y allí pronunció la frase famosa que tantas veces se ha repetido en la historia de España: “Esta es Castilla, que face los omes e los gasta”.

Un sentido de universalidad casi cósmico impulsaba a España en todas sus empresas nacionales. Y es por este mismo afán por el que trae a la Naturaleza toda, como ofrenda ante el Señor. Y en torno de la Sagrada Forma, agrupa en círculos concéntricos que parecen prolongar los del viril y la custodia, primero a la muchedumbre, vibrante de Fe y de amor; luego el Arte, la naturaleza embellecida, en prodigios de orfebrería, bordados, cánticos y versos; luego la simple naturaleza en ofrendas agrestes de espigas y de uvas; y por último, la naturaleza grotesca y deforme, bailando con las tarascas, gigantones y enanos. ¡Admirable expresión de síntesis y totalidad! Y es que la Redención lo ilumina todo. Un nuevo interés cordial, se reparte, como la luz, por toda la naturaleza. Las puertas del Arte y de la Liturgia, se abren de par en par, y redimidas ya de su incorrección externa, entran en confuso tropel todas las formas grotescas y monstruosas. Así es como los vestigios llegan hasta los capiteles de las catedrales y las sillas de los canónigos. Así como los enanos se hacen dignos del pincel de Velázquez y los mendigos de la pluma de Cervantes…

La liturgia resultó estrecha para contener las manifestaciones de piedad eucarística del pueblo español y hubo que ensancharla. La custodia no puede llevarse sino en manos del sacerdote, pero el fervor español había construido magnificas custodias procesionales que sólo en carrozas podían transportarse. Reyes y prelados se dirigen al Papa y éste accede a la demanda y las procesiones eucarísticas siguen siendo en España privilegiadas, únicas.

Las custodias son una nota característica del arte español. Representan gloria sin par para la orfebrería y para los gremios plateros de Toledo, de Sevilla, de Barcelona. La primacía corresponde a la de Toledo; insuperable filigrana, que armoniza en forma inigualable la belleza y esbeltez del conjunto con el primor del detalle. Es tal esta minuciosidad que no puede reproducirse el dibujo a escala pequeña, porque se pierden detalles de sus líneas. Están labradas sus filigranas, como si hubieran de ser observadas con microscopio.

El viril se dice que procede del primer oro traído por Colón de América. Desde luego, perteneció a la Reina Católica y el Cardenal Cisneros al ordenar su construcción lo destinó a ocupar su centro. Y la de Barcelona, de purísimo estilo ojival, en la que contrastan los grandes ajimeces y calados y rosetas, con lo fino del calado de oro macizo del cuerpo principal del ostensorio, rematado por cruz de diamantes. El toisón de Carlos V, según se cree de Benvenuto Cellini, se coloca rodeando el cuerpo central de la custodia; y cubriendo los brazos del sitial, una banda de terciopelo grana, bordada con profusión de piedras, algunas famosas y de incalculable valor. Y la de Sevilla, en la que Juan Arfe traduce a los templetes eucarísticos el estilo grandioso de El Escorial. Y la de Cádiz, cuyo viril ha recibido el nombre del millón, por la cantidad fabulosa de piedras preciosas que lo adornan. Y la de tantas otras capitales ya que ninguna catedral dejó de tener su custodia y su tesoro de orfebrería.

Y hasta ningún pueblo que se preciara, podía prescindir de ellas.

En todas, capitales o villorrios, el jueves de Corpus relucen las custodias bajo la luz de oro viejo del sol, tamizado por los toldos, en esas comuniones prolongadas al aire libre, que son las procesiones; las calles fragantes de rosas y de juncias; las casas engalanadas, sus ventanas y balcones con los paños más ricos y los damascos más costosos; la multitud ferviente y emocionada entonando himnos al “Amor de los Amores”.

Muchas reminiscencias quedan aún de las viejas y bellísimas costumbres.

Los largos y salmodiosos pregones de algunos pueblos de Andalucía, Castilla o Extremadura; los gigantones y cabezudos de Pamplona; los villancicos de campanilleros, allá por las últimas aldeas de Sierra Morena, un postrer eco del antiguo saber teológico español:

Y no hay que dudar,
por chiquita que sea la hostia
está Dios en ella, sin faltarle ná…

Y sobre todo, la peculiar y hermosísima danza, severa y rítmica de los “Seises” ante el Santísimo Sacramento, en la catedral de Sevilla. Ultima y graciosa ofrenda del Cuerpo, recta y teológicamente comprendido, ante su Señor y Creador.