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la mujer opina

Mujeres de nuestra historia: Doña Marina

por María de Jesús Indart

Doña Marina

En la epopeya de la conquista de México, como en toda obra de trascendencia universal, aparece el toque femenino, el suave influjo del alma de la mujer, semejante, en sus efectos, el leve impulso –también de mano femenina– que en la botadura de un barco, pone en movimiento la enorme mole que se desliza gallarda hasta sumergirse en el mar. Ya Isabel la Católica había determinado con su intuición y generosidad, el triunfo de la magna empresa del descubrimiento del Nuevo Mundo. Otra mujer, la primera en beneficiarse con los frutos civilizadores y apostólicos del descubrimiento, la primera que recibió el bautismo en las tierras de Anáhuac, vendría a ser instrumento eficacísimo en la difícil tarea de la conquista de la Nueva España.

Si Cortés hubiera carecido de un intérprete fiel y competente como fue Doña Marina, seguramente que la conquista de México no se hubiera efectuado en la forma genial en que la llevó a cabo. Hubiera tardado más tiempo, costado más sangre y no se hubiera destacado el espíritu eminentemente evangelizador que la animó. Sin Doña Marina, la sagacidad de Cortés, sus habilidades diplomáticas, su elocuencia religioso-militar, hubieran quedado entorpecidas por falta de expresión.

A ella pues debemos en gran parte, esos interesantísimos “parlamentos” del Conquistador que han llegado hasta nosotros, dejándonos rezumar el sentido católico e hispánico que impulsaba aquellas estupendas hazañas; sus arengas y amonestaciones a los caciques, con “muy buenas razones tocantes a nuestra santa Fe y a nuestro gran emperador Don Carlos”.

Desde este punto de vista, la misión de Doña Marina puede decirse que es providencial, como providencial fue, en sus rasgos generales, la empresa inaudita de Cortés. Bernal Díaz así lo reconoce en varias ocasiones, al proclamar con su sencillez y veracidad características, que en lo humano era imposible que resultasen triunfantes en tantas y tan recias batallas con indios valerosos y bien armados, pero sobre todo, infinitamente superiores en número. Y sin vanagloriarse ni atribuirse el mérito, reconoce cristianamente “que sólo la gran bondad de Dios pudo librarlos de tantos y tan graves riesgos”.

Así como para realizar la conquista, eligió Dios a esforzados capitanes encabezados por un verdadero genio, no sólo militar sino político y colonizador, para colaborar en tal empresa, dotó Dios a esta mujer indígena, de cualidades superiores que la destacan como figura interesantísima de nuestra historia.

”Era de muy buen parecer”, dice el mismo cronista y debía dar realce a su belleza, cierto arrogancia natural, cierto señorío, que rodeaba su persona de prestigio y autoridad. “Verdaderamente era gran señora e hija de caciques y señora de vasallos y bien se le parecía en su persona”. Y en otra parte agrega el historiador, en el delicioso castellano de su tiempo: “Tenía mucho ser, la Doña Marina”. Y esa excelencia, ese señorío, que procede siempre de cierta aristocracia espiritual, dio a Doña Marina el sentido sutil, la admirable connaturalidad con que desde un principio se adaptó al nivel cultural superior de aquellos extranjeros que hablaban de cosas desconocidas y sublimes y trataban a la mujer con la hidalga y prócer galantería de los caballeros españoles del siglo XVI.

Era toda una dama Doña Marina y su alma de mujer y gran señora, no fue insensible al halago de la cortesía, comprendiendo, tal vez intuitivamente, la dignificación que para su sexo suponía, el alto concepto de la vida, el nuevo orden de cosas que venían a revelar los hombres blancos.

Su inteligencia se manifestó muy clara y despierta, en la prontitud y facilidad con que su entendimiento comprendió las verdades y doctrinas que tan fielmente supo traducir a los demás, como lo demuestra las palabras que dirigió a su madre, cuando atemorizada ésta por la venganza que pudiera tomar de su anterior conducta con ella, la consoló, le hizo varios regalos y le dijo, “que Dios le había mucha merced en quitarla de adorar ídolos y ser cristiana”.

El mismo Bernal Díaz, tan justo en sus elogios, repetidas veces dice que Doña Marina realizaba con verdadero talento su misión de intérprete. “Nuestra lengua se los sabía muy bien dar a entender” y “era en todo muy avisada”.

La perspicacia y sagacidad de su entendimiento femenino, la llevó en ocasiones a añadir a los mensajes, de su propia cosecha, los argumentos que creyó decisivos en el ánimo de los interlocutores. Ella conocía los dos idiomas y podía por tanto como nadie, comprender la importancia del momento y de las situaciones.

En su carácter resalta la intrepidez como cualidad dominante. Sólo una mujer de un valor y serenidad extraordinarios, pudo llevar durante tanto tiempo una vida de terribles penalidades, como fue la de los soldados antes de la conquista de México y durante la desastrosa expedición a las Hibueras.

Si no hubiera ningún otro dato de sus amores con Cortés, esta fidelidad con que lo siguió en esta última y penosísima expedición, la revelaría enamorada. Sólo el amor puede dar a una mujer tal intrepidez y constancia. Porque si leyendo aquellos relatos casi nos parece inverosímil que un hombre pueda resistir tantas y tan espantosas penalidades de hambre, frío, cansancio, heridas y peligros de todo género, tanto de día como de noche, de todo punto parece imposible que una mujer pueda sufrirlos, exponiéndose a una muerte entenebrecida con los horrores de los sacrificios a los ídolos.

La bondad de su corazón se revela en la acogida que dispensó a su madre, con la que se mostró noble y generosa, a pesar de haber sido arrojada del hogar y privada de sus bienes y derechos, en beneficio del hijo de las segundas nupcias.

En el terreno moral sufre algún desdoro la figura de esta gran mujer. Pera las circunstancias atenúan en gran parte su debilidad.

Mucho se ha divulgado el juicio de que la Malinche fue traidora a su raza.

Enfocando su conducta desde el vértice superior de los valores universales, civilización, cultura, religión, nacionalidad, mexicanismo en su verdadero y único sentido, de ninguna manera. Al contrario, Doña Marina, dijimos, fue el primer fruto en nuestro suelo de la obra civilizadora que se derivó del descubrimiento de América. Con su clara inteligencia comprendió y abarcó en su profundidad esta gran empresa y vio que era un bien para su patria abjurar los terrores de la idolatría con todas sus abominaciones.

Vio que la existencia de sus compatriotas quedaría iluminada con luces superiores, que al ensanchar los horizontes materiales en que hasta entonces habían vivido, los elevarían a una esfera en la que aparecerían dignificados por la valorización personal de su alma espiritual y eterna. Vio que la fusión de su raza con las de aquellos “teules”, los incorporaría a una civilización y una cultura basadas en conceptos espirituales y universales que abarcaban, no sólo la existencia humana, sino que penetraba y trascendía en lo eterno.

Y al volver la vista hacia su pobre raza, ya decadente y degenerada, sumida en el error, los vicios y la ignorancia, abrazó con apasionado entusiasmo su misión, en la redentora empresa. ¡Intuición prodigiosa la de aquella mujer, a la que el corazón iluminó con luz vivísima!

Pero si estas razones pudieran parecer apreciaciones subjetivas, se puede añadir, que Doña Marina no traicionó a su raza, ayudando a los conquistadores, porque en la múltiple variedad de razas que poblaban la república mexicana, ¿a cuál de ellas podía decirse que traicionaba? ¿A la suya, a la de su familia? No, porque se aliaba con un poderoso para combatir el dominio de los mexicanos que los sojuzgaban y tiranizaban.

¿A la de los demás pueblos? La mayoría vivía en guerras entre sí y sólo se unían para hacer frente al enemigo común, a Moctezuma, que había llevado sus conquistas hasta remotas regiones. Además, a los suyos, no debía Doña Marina sino despojo y destierro. Pero sobre todo, los conquistadores eran para los pueblos dominados, el libertador justiciero, al lado del cual recobrarían sus derechos y la paz y el orden que tan bien sabían imponer aquellos hombres. Porque es un hecho que salta a la vista de todo el que lea la historia desapasionadamente, y sin prejuicios, que la conquista de México fue material, pero también y en gran parte, espiritual. La superioridad moral de los conquistadores se impuso a los hombres rectos, que espontáneamente venían ante Cortés a dirimir sus querellas, a acatar sus fallos, y hasta en ocasiones, a ratificar con su autoridad, –antes de la toma de México, puramente moral– la legitimidad de sus derechos, dignidades y herencias.

No, Doña Marina no fue traidora a su raza. No tuvo la patriotería fanfarrona y pueril que tanto abunda hoy en día, sino el verdadero e inteligente patriotismo que sabe querer para su patria todo lo que la eleve y dignifique.