Mercurio Peruano
Revista mensual de ciencias sociales y letras

 
Suplemento del Mercurio Peruano
Lima 1918, 19 páginas

Víctor Andrés Belaúnde

El idealismo en la política americana
 

Víctor Andrés Belaúnde, El idealismo en la política americana, Lima 1918

Discurso pronunciado por el Dr. D. Víctor Andrés Belaúnde, en la velada organizada por la Federación de Estudiantes, en honor del Ministro de RR. EE. del Uruguay Dr. Baltasar Brum.

Señor Ministro.
Excmo. señor Brum.
Señoras, señores:

Traigo en mis palabras un homenaje y un recuerdo. Un homenaje porque ha querido la juventud del Perú, confiriéndome honor altísimo, que recogiera esta noche sus aplausos por vuestros ideales y por vuestros triunfos. Y un recuerdo, el de las campañas que emprendisteis como estudiante en el congreso de Montevideo, augurio feliz de la obra que os ha tocado realizar como estadista. Los camaradas de la simpática asamblea han visto, con orgullo, que su insustituible secretario, al correr de los años, se ha convertido en hombre público de figuración continental. No han sorprendido a nuestra intuición fraterna que vuestro sentido de organización en las labores del congreso se enalteciera más tarde realizando reformas administrativas de trascendencia, que vuestro don de gentes y vuestro tacto político, incrementados por la experiencia y por la cultura, os asignaran el papel de restaurador de vuestro partido, y que vuestro vibrante entusiasmo por la confraternidad americana encontrara, andando los tiempos, la fórmula de la solidaridad continental en la doctrina llamada, con justicia, uruguaya, incorporada hoy definitivamente al credo internacional de América.

El secreto de vuestra asombrosa carrera se halla no solamente en la amplitud de la inteligencia y el vigor de la voluntad; estriba en que poseéis el sello característico del verdadero político idealista. Lejos de la menuda apreciación de las cosas [4] y de las solicitaciones de los intereses materiales; lejos también de las utopías estáticas y de las imaginaciones infecundas de los visionarios, tenéis al mismo tiempo que el culto del ideal, la visión intuitiva y certera de la realidad. Diríase que sois un soñador experimentado. Vuestro espíritu se inspira en las más altas y avanzadas concepciones; vuestra actividad está pronta a la lucha y al esfuerzo. Bien sabéis que el camino del éxito es el de las audacias generosas; y que las consagraciones definitivas sólo las alcanzan el desprendimiento y el sacrificio. Quien os trata de cerca tiene la sensación de una serenidad optimista y en laboración perenne. Por eso vuestra vida ha discurrido en un ritmo de lucha y en un ritmo de triunfo.

Vuestra gira a través del continente habría quedado incompleta si no hubierais visitado nuestra patria. Pocos pueblos están mejor preparados para comprender vuestro ideal y escuchar vuestras palabras. Nuestro hogar puede recibir vuestra bandera; y pueden nuestros brazos amigos ofrendaros la hospitalidad más franca y fervorosa: la hospitalidad de la absoluta compenetración espiritual.

La vinculación entre el Uruguay y el Perú no está basada en intereses materiales ni en los móviles egoístas del equilibrio político. Nos unen indisolublemente lazos de orden superior. El ideal por el que lucharon nuestros padres es vuestro ideal. La vieja enseña que ondeaba en el Pacífico es agitada por manos fervientes en las orillas del Atlántico; y nuevos y pujantes lampadarios se aperciben a trasmitir a las generaciones futuras la llama de nuestros viejos entusiasmos y de nuestros sueños de fraternidad. Por encima de esta solidaridad histórica, de esta identidad de papel en la política del continente, une a las nuevas generaciones peruana y uruguaya la misma concepción respecto de la fisonomía moral de América y de su misión en los destinos del mundo.

La Atlántida soñada, llenando la longitud del planeta, bañada por los océanos inmensos, encerrando todos los prodigios de la naturaleza, es el centro de la gravedad económica del mundo; el vasto escenario de la actividad egoísta, del espíritu de empresa y de la embriaguez de aventura; el teatro gigantesco de la inexhausta voluntad humana de gozar y de poder, de vivir y de dominar. Frente a esta concepción materialista, maestros de idealismo en el Uruguay y en el Perú han proclamado una concepción más grande. América es para nosotros algo más que la tierra de productos únicos y de riquezas insustituibles, algo [5] más que la brillante palestra de la lucha por la existencia. América es la fuente de nuevas ideas y de sentimientos nuevos; es la forjadora de nuevas formas de vida humana y, sobre todo, de las energías avasalladoras para realizarlas. La tierra fecunda para la vida ha producido también la roja floración del sacrificio. La sabia exuberante y ubérrima se ha ofrendado en holocausto; todo nuevo ideal recibió aquí su tributo de sangre, y cuando la muerte heroica segó sobre la tierra palpitante los brotes nuevos, a través de las pampas sin horizonte, por encima de las cumbres inaccesibles, lució sus más bellos fulgores, la gloria.

Levantemos nuestra fe sobre la misión de América volviendo los ojos al pasado. La asamblea de Filadelfia proclamaba las libertades humanas 13 años antes que la declaración de los derechos del hombre irguiera, sobre los escombros de la monarquía, su oriflama eterno.

La abolición de la esclavitud necesitaba para su consagración definitiva el aliento de las luchas heroicas y el sello de sangre de los mártires. El destino deparó a América el ser el teatro sublime de aquellas luchas y el altar del fecundo martirio.

Recuerda Castelar que los estados enemigos de la esclavitud tenían a su frente los ejércitos más aguerridos y la Europa hostil. Y Lincoln improvisa dos millones de soldados, moviliza sus ejércitos desde el Potomac hasta el Tennessee, gana 600 batallas y muere, como Cristo, cuando su obra estaba consumada. Después de cuatro años de esfuerzos titánicos, después de haber ofrendado al ideal de la libertad humana todos los valores de la vida, la gran democracia, al romper las cadenas de los esclavos, forjó con el mismo hierro, redimido por sus héroes, la cadena indestructible de su unidad nacional.

Pasan cincuenta años y el milagro de la historia se repite. Ya no se trata de la libertad humana, de la facultad de disponer de nuestra actividad individual y egoísta; hay que luchar por un ideal más alto; hay que conquistar un derecho más sagrado, que atañe a la esencia misma de la sociedad. Es el derecho de vivir bajo la unidad que forman las mismas tradiciones y los mismos ideales; de establecer el hogar a la sombra de la bandera grata al corazón, de fundirse con los hombres de la misma sangre, de la misma lengua y que conservan los recuerdos de las mismas amorosas leyendas, de volver después de las crueles mutilaciones al seno materno para retoñar con la vieja savia y sentir el dulce reclamo de la tierra y de los muertos nunca olvidados. Es el principio de las nacionalidades, es la [6] libertad de los pueblos para decidir de sus destinos. En la vieja Europa este nuevo ideal humano atraviesa el período de más dolorosa prueba. En duelo apocalíptico luchan la idea cristiana de la justicia con la idea pagana del poder; los impulsos de la libertad contra los imperativos de la organización; las instituciones democráticas contra los rezagos de las monarquías feudales. La Bélgica caballeresca, la indómita Servia son inmoladas a un sueño de dominación mundial; Francia siente el dolor de un nuevo desgarramiento; Italia ve nublarse sus esperanzas de integridad; y el ideal de una doble hegemonía política y económica se extiende, sobre los pueblos eslavos, hacia el oriente fantástico. Es el trágico juicio de Dios; es la lucha de Ormuz y de Arimán. En la colosal hoguera arden y se consumen todos los valores de la civilización humana.

¿Qué hará la gran democracia que proclamó las garantías individuales y redimió al esclavo? ¿Qué hará la gran nacionalidad industrial y sabia, que transformó la manufactura y que ha elaborado un nuevo derecho político y una nueva sociología? ¿Continuará entregada al trabajo y al pensamiento; a la paz de la ciudad criticada por William James, en que la vida pierde su poesía por la falta de aventura y de peligro? No. El pueblo de Wáshington y de Lincoln, el de la epopeya del 76, el del martirio de la guerra separatista, no va a seguir, frente a las torturas del mundo en el martilleo rítmico de sus fábricas o en el plácido silencio del pensamiento de sus sabios. Abandonará los goces de la vida, los placeres de la voluntad dominadora y la dulce alegría de las ideas porque la hora de la sangre y del sacrificio ha llegado. La voz del fatum histórico llama a América a decidir, en la lucha desesperadamente equilibrada de las potencias rivales. Es verdad que la democracia americana no tiene soldados, ni trasportes, y que el sentimiento de la paz forma el alma de ese pueblo. Pero no importa; la conciencia de un ideal enorme, el hondo sentido de una misión providencial, encenderá todas las almas; y Wilson revivirá el prodigio de Lincoln. No improvisará dos millones de hombres, sino diez; no se movilizarán los ejércitos del Potomac al Tennessee; cruzarán el Atlántico, y al tocar con sus plantas el viejo mundo, la tierra se estremecerá de júbilo con el presentimiento de futuros triunfos; la sangre de los hombres nuevos infundirá aliento a las filas de los luchadores exhaustos; junto a la enseña democrática de Inglaterra y al pabellón glorioso de Francia, flamea ya la bandera que redimió al esclavo y que redimirá [7] a los pueblos; sobre el tronar de los cañones se levantan los gritos de anunciación, y, al resplandor de aquel incendio infinito, despliega sus alas la victoria.

¡Pueblo inmortal! Naciste por la libertad religiosa, te independizaste proclamando los derechos del hombre, afirmaste tu unidad nacional aboliendo la esclavitud y decides de los destinos del mundo para establecer la justicia entre las naciones.

¿Y la América hispana? ¿Nuestra América por la sangre, por la historia y por las esperanzas? Ella también tiene la fisonomía moral inconfundible que le dan el haber sido el vasto laboratorio de los ensayos democráticos, la fiebre idealista para consumar su independencia y su sueño acariciado, desde que nació a la vida de la libertad, para establecer la fraternidad y la justicia.

Los rasgos esenciales del alma americana culminan en la guerra de la independencia. Por eso yo no me resignaré jamás a aceptar la teoría que explica el movimiento de emancipación de la América hispana por causas de orden económico. La libertad de los pueblos jóvenes fue fruto de la conjunción maravillosa del sentimiento de la tierra con el fervor y el entusiasmo por los nuevos ideales humanos que proclamaron la revolución americana y la revolución francesa. La guerra de la independencia es el prodigio de un ideal, conscientemente preparado por los espíritus superiores, puesto penosamente en acción por las voluntades heroicas, en contra de todos los elementos: naturaleza, intereses económicos, fuerzas militares y organizaciones políticas.

Al principiar la pasada centuria, y cuando cambian los destinos humanos, se extiende desde Méjico hasta el Plata la santa embriaguez de la libertad. A ella se sacrificaron las riquezas de las ciudades, la tranquilidad de los pueblos y la vida de dos generaciones. Porque es idealista el movimiento de emancipación, es expansivo y avasallador; porque palpita en él una fuerza mística, es incontrastable. El movimiento del sur, inspirado al principio en razones de orden económico, se agiganta y sublima en el alma de San Martín; y entonces trasmonta la cordillera y liberta a Chile; atraviesa el mar y proclama la independencia del Perú. El movimiento del norte fue la exaltación suprema de un ileal encarnado en la figura del héroe máximo. Ese ideal hace de la campaña del año trece un prodigio en la historia militar del mundo; ese ideal infunde energía y vida a los pobres espectros humanos de que habla Rodó, [8] que cruzan los Andes para vencer en Boyacá, y trasforma en combatientes victorias a los últimos de esos espectros en las llanuras de Carabobo. Ese ideal empuja la ola libertadora hacia el mar y la trae a tierra de los incas solares y de los graves virreyes. El vórtice libertador asciende de nuevo los Andes, pasa como una extraña vibración de vida por la altiplanicie donde reposan las ruinas silentes de la civilizaciones extinguidas y sube a la cumbre del Potosí legendario para hacer flamear, sobre el panorama enorme del continente, las enseñas unidas de los pueblos libres; símbolo eterno de que la América sólo será grande cuando sienta la palpitación de un ideal y el calor de su unión sagrada.

Es la fuerza misteriosa del ideal la que da caracteres de mayor sublimidad a la guerra de la independencia, respecto de la guerra de conquista. Las dos epopeyas tuvieron el mismo escenario pintoresco. Si bien es cierto que en la época de la independencia la naturaleza estaba parcialmente conocida, no se hallaba dominada; la misma soledad en las cumbres, el mismo misterio en las selvas. Los libertadores como los soldados de la conquista surcan los ríos legendarios y huellan las nieves eternas. Penosa fue la lucha contra la naturaleza; más penosa aún la lucha contra los hombres. Los libertadores en vez de combatir con imperios bárbaros, tenían al frente gobiernos organizados; en lugar de masas informes, ejércitos regulares; en vez de estrategas primitivos, los primeros hombres de guerra de España: Morillo y Canterac. Mas, por encima de todo esto, la lucha de la emancipación destaca su grandeza por su finalidad moral. Aunque palpite en las empresas de los conquistadores al lado del interés material, el aliento de las audacias sublimes y su obra sea el prodigioso despliegue de energías heroicas, Pizarro y sus compañeros buscaban, como objetivo supremo, el oro del Tahuantisuyo, como Cortés y sus camaradas el oro del Anahuac. Los épicos descubridores que en curva gloriosa desde la Guayana hasta el Plata, se abrían trocha en las selvas hacia el corazón del continente, ansiaban llegar a las lagunas fantásticas de islas de mármol y de pórfiro, de arenas de oro y de guijarros de diamantes. Los libertadores realizaron proezas más heroicas y hazañas más nobles en busca, no para ellos, sino para sus descendientes, de un dorado más grande que el dorado de las leyendas: el dorado de la Libertad.

Y así, al comenzar el siglo XIX, la América asume personalidad en el concierto del mundo porque fundió todos sus pueblos [9] en la misma aspiración y en los mismos holocaustos. Dos cosas sintetizan el espíritu de la revolución americana: entusiasmo heroico y sentimiento de la unidad.

Pasan cien años. La marcha progresiva de la humanidad crea nuevos ideales, y por una ley sublime de la historia, la aproximación a cada nuevo ideal ha de envolver una tragedia desgarradora. El principio de las nacionalidades, esbozado en la Revolución Francesa, iniciado en la Revolución Americana, fue ahogado por el equilibrio político o por las rivalidades de hegemonía. De la gran conmoción revolucionaria y de la epopeya napoleónica se desprendieron difinitivamente la igualdad civil y la libertad política y se avivó el sentimiento de las grandes nacionalidades. Pero no quedaron extinguidos ni el equilibrio ni la hegemonía, ni asentadas la libertad de los pueblos débiles y la justicia internacional. Esfuerzos sucesivos han transformado los antiguos estados monárquicos en justas y humanas democracias, pero no han logrado establecer los principios jurídicos para la vida de la humanidad. El conflicto europeo presenta a nuestros ojos la crisis sangrienta, grávida del misterio de las soluciones futuras. El magno problema que no resolvió con sus elementos de fuerza en la tierra todavía virgen el imperialismo militar de Roma; que no pudo definir, con la energía insuperable de los sentimientos religiosos, el Papado, en la Edad Media; cuyo hondo sentido humano no pudieron alcanzar Carlos V, Luis XIV y Napoleón, se plantea en medio de la lucha desesperada de las razas y de los imperios, no para hallar la solución de unidad de fuerza o unidad de autoridad, ya imposibles, sino de armonía en la igualdad de todos los pueblos y de justicia para todos los hombres.

La guerra es por eso el acontecimiento más grande de la historia después del Cristianismo; más grande que el Renacimiento que nos devolvió el sentido de la naturaleza y de la vida; más grande que la reforma religiosa, que nos brindó la libertad espiritual; y más grande que la Revolución, que nos trajo la libertad política.

Y bien, ¿qué siente nuestra América frente a aquel ideal en marcha dolorosa?; ¿dónde está su entusiasmo heroico?; ¿dónde su sentimiento de la unidad?; ¿por qué no recorre desde Méjico hasta el Plata la misma santa embriaguez que sintieron nuestros padres?; ¿por qué no se unen nuestros corazones y se yerguen anhelosos nuestros brazos? ¿Acaso el ideal de justicia [10] y de fraternidad no es nuestro ideal, no es sangre de nuestra sangre y alma de nuestra alma?

Frente a la trágica sublimidad de esta hora, parecen una profanación los intereses irreductibles, las desconfianzas y los recelos, la incoherencia y las actitudes aisladas. Veíamos con dolor que el épico aliento de esos instantes no unificaba nuestro pensamiento, ni nuestra acción; las fronteras parecían más altas; más distanciadas las almas. Pero abramos el corazón a la esperanza. Una voz fuerte y amiga viene a romper el silencio de esta indiferencia y el frío de esta incomprensión. Es una voz que viene de la historia; en ella vibran los sueños de Bolívar, los anhelos de San Martín y la fe de Artigas; nos habla de fraternidad y de unión, de ideal y de esfuerzo. Es el Uruguay que nos dice por vuestros labios, amigo Brum, que ha llegado para la América el momento de la acción conjunta y de que, aprovechando de sus fuerzas materiales y morales, conquiste la influencia a que tiene derecho en los destinos del mundo. La conciencia del deber y de la misión de la América hispana se ilumina en el alma uruguaya y se encarna en las palabras de un hombre salido de nuestras filas, alimentado por los mismos ideales, orgullo de nuestra generación. El sueño de los filósofos y el ideal de los apóstoles ha encontrado la fórmula práctica de los jurisconsultos y la expresión activa de los políticos. La solidaridad de América frente a la guerra y a los principios que ella consagre, tiene que ser una realidad.

¡Salve nación Uruguaya! Se cernía sobre tu alma predestinación sublime. La providencia quiso obsequiarte con todos los dones de la naturaleza y con todas las energías del espíritu. Representas en el nuevo continente lo que Suiza para la vieja Europa. Como en Helvecia tus landas bucólicas hacen dulce la vida y despiertan el amor a la libertad. Como ella fuiste indomable y fiera, para defender tu autonomía. Situada entre potencias rivales, fuiste el asilo del pensamiento perseguido y del heroísmo proscrito. Como la Confederación modelo, encarnas la neutralidad y la justicia internacional. Tus pueblos, del mismo modo que los tradicionales cantones, tienen el instinto de la democracia y la fecunda inquietud de las más avanzadas reformas políticas. Si Suiza es el grano de anís que ha perfumado la Europa, el Uruguay es el jardín espiritual que ha ofrendado a la América maravillada el aroma de la poesía más genuina de la tierra en los versos de Tabaré y el fruto sazonado de los ideales más nobles: los del Ariel. Tierra bendita que produjiste [11] el heroísmo vidente de Artigas, los ritmos de Zorrilla y las palabras de Rodó. ¡De pie juventud que he pronunciado el nombre del maestro! La muerte lo ha nimbado de gloria. Nadie como él sintió la grandeza de América, nadie formuló con más elocuencia sus futuros destinos. Su pluma maravillosa despertó en nosotros el culto de los héroes y de los grandes; en sus trazos inmortales vivirán el genio de Bolívar, la elocuencia de Montalvo, la música de Darío. En consonancia con su estilo, hecho de fuerza que se contiene y de arrebato que se domina, hizo flamear, sobre la exuberancia de la tierra virgen y la fogosidad de nuestra sangre joven, su ideal de gracia, de comprensión y de armonía. Yo siento que vuestros aplausos se convierten esta noche en un efluvio misterioso que se levanta sobre las cordilleras, cruza los bosques infinitos, atraviesa el piélago inmenso y llega a la ciudad eterna, depositaría del alma latina, que fue su alma, para llevar un cálido aliento de vida a la tumba en que reposa su cabeza de sabio y su corazón de artista, entre los acantos helénicos y bajo la cristiana cruz, símbolo de su obra hecha del culto griego por la belleza y el aliento del evangélico amor.

Y ahora, rindamos a los muertos y a los antepasados ilustres, el único homenaje digno de ellos: la acción y el esfuerzo para realizar el ideal que informó su espíritu y por el que inmolaron su vida. Sumemos en la obra magna la voz sagrada de los proceres, la serena actividad de los estadistas y el aliento de esperanza de los jóvenes.

Establezcamos por fin la fraternidad y no olvidemos que el único camino que conduce a ella, es el de la Justicia. Digamos muy alto, y con la franqueza que impone la solemnidad de estos instantes, que la paz y la armonía en América como en Europa, sólo serán un hecho, mediante la reparación de las violencias cometidas y la restauración del derecho ultrajado. Preparemos el advenimiento del anfictionado americano. Como los pueblos helénicos pusieron sobre sus intereses políticos y sus rivalidades militares, los intereses de la raza, el culto de sus héroes, el amor de su lengua y su concepción de la vida; así los pueblos americanos, que tienen una sola alma en que se funden las leyendas que recogió Garcilaso, las tradiciones que inmortalizó Palma, las visiones de grandeza y los trenos proféticos del Libertador, las intuiciones geniales de Alberdi y el sublime realismo de Sarmiento, deben establecer la institución suprema que respetando la fisonomía de cada pueblo y su [12] misión peculiar, estimule los valores espirituales, atienda a las necesidades comunes, e imponga el reinado del Derecho.

Y mañana cuando la humanidad redimida halle en el nuevo continente su verdadera patria; y los tesoros arrancados de las cordilleras interminables alienten sólo la actividad pacífica; y se unan los ríos desde el Orinoco hasta el Plata en la misteriosa comunicación que descubrió Humboldt; y los bosques seculares caigan al golpe de las hachas fecundamente demoledoras; y sobre las pampas infinitas y los valles sonrientes se levanten las urbes populosas, entonces, desde las tierras del Anahuac, desde las llanuras de Cundinamarca y desde el Collao incaico partirán los hombres futuros hacia las orillas del Plata, para conmemorar la nueva era de la Justicia en vuestra Montevideo legendaria. Y las voces de esos hombres, venidos de todas las partes de América, entonarán el himno gigante de la fraternidad al rededor de vuestro monte simbólico, que junto al mar inmenso y bajo el cielo azul destaca la arrogancia de su cúspide como una aspiración al infinito.

 
Felicitación de los estudiantes

En nombre de la Federación de Estudiantes nos complacemos en dirigirnos a Ud. con el objeto de manifestarle nuestro agradecimiento por su brillante concurso en la velada que organizamos en honor del señor Ministro de Relaciones Exteriores del Uruguay, Dr. D. Baltasar Brum; y, al mismo tiempo, felicitarlo por el triunfo intelectual que con este motivo obtuvo usted.

La juventud, que en esa misma noche tuvo oportunidad de exteriorizar los sentimientos que dejamos a usted expresados, por nuestro intermedio, señor doctor, los reitera muy efusivamente.

Quiera usted, señor, aceptar nuestra especial consideración y respeto.

E. de la Puente.         C. Elejalde Chopitea.

 
El discurso del Dr. Belaúnde

Sea porque de un modo general va dedicando cada día más lugar a las relaciones con perjuicio de los comentarios, sea porque el inexorable programa de las atenciones al halagado y [13] prematuro estadista uruguayo ha absorbido por entero sus actividades, es lo cierto que en las columnas de la prensa no ha podido hallarse el eco que merecía el discurso que pronunció hace una semana en el Teatro Municipal, el doctor Víctor Andrés Belaúnde. Y a no haber sido porque bajo la cálida impresión del momento, los estudiantes vitorearon esa noche en las calles al fervoroso tribuno, nada hubiera hecho trascender al gran público las proporciones de su éxito.

Existía, sin embargo, un vivo interés patriótico y doctrinario en que la prensa recogiera los conceptos del doctor Belaúnde, porque ellos constituyen la primera y más clara enunciación que se hace en un solemne momento sudamericano, de la reconciliación ideal de estos pueblos con los Estados Unidos, del sentido que tiene para aquellos la intervención de América en la guerra de Europa y de la vinculación de nuestro presente internacional con los postulados jurídicos cuya invulnerabilidad se está forjando en la fragua gigante.

En anteriores ocasiones, el doctor Cornejo, con la autoridad de su figura intelectual y de su elocuencia, había hecho la ideología de la guerra; había puesto la razón sociológica de las afinidades y la causa histórica de las simpatías, llamando a la comunidad de los sentimientos humanos y de los intereses jurídicos para obtener la respuesta del sentir público y arrancar con él a la actitud gubernativa, un gesto decidido de solidaridad material; pero haciendo la ideología de las causas y de las finalidades generales de la guerra, no había llegado, en unos casos, el doctor Cornejo, a decir sus consecuencias especiales y necesarias y procesando, en otros casos, la actitud del Perú, no había dicho con firmeza lo que esperábamos obtener de sus resultados.

Esa determinación de nuestro punto de vista frente a las ideas que afianzan hoy sonoramente los cañones, esa expresión categórica de la universalidad y de la especialidad que al propio tiempo esperamos para los nuevos principios de justicia, son las que dan al discurso del doctor Belaúnde una importancia que no se alcanza a comprender cómo no ha extendido la prensa nacional. Ha cabido, además, en suerte, al vigoroso vocero del pensamiento social y juvenil peruano, exponer tales ideas ante el indiscutido director de la política internacional de media América, en relación con la guerra, y de verlas recogidas en forma que, a pesar de la continencia de la diplomacia, significaba sin esfuerzo que habían sido escuchadas. [14]

El Dr. Belaúnde no ha hecho ninguna alusión a las relaciones pasadas ni futuras de la América latina con los Estados Unidos. La mano blanca de Wilson disipando sombras, ha permitido señalar las cumbres de los grandes ideales que ese pueblo sano y tenaz ha consagrado en la historia: las declaraciones de 1776, que no antecedieron en la fama a las de 1789, porque, Inglaterra las mantuvo envueltas en la madeja gris de su política; la abolición de la esclavitud; hoy, la lucha por la libertad de las naciones y por la inmutable justicia internacional.

Presentar solamente ese gran tríptico de la libertad, era bastante. El doctor Belaúnde no lo ha referido a las pasadas inquietudes de nuestra América. Hace pocos años ¿quién no desconfiaba en ella de la expansión política de los Estados Unidos?

Nuestra inclinación sensual y literaria por España, nos llevaba a ver en la independencia de Cuba, no la consagración de un derecho nativo, sino un rudo atentado que se prolongaba con la protección a la república joven, como si no pudiéramos comprender que un pueblo débil, aislado, sin tradición nacional, por razones fatales tiene que estar sujeto a la influencia de un gran pueblo cercano; las marinerías americanas que desembarcaban en Haití o Santo Domingo para salvar del caos la vida individual y la propiedad privada, aparecían como las odiosas vanguardias de una conquista; se olvidaba que en Panamá, el interés de los Estados Unidos, que se unía con el supremo interés de la civilización en el canal transoceánico, fue desvirtuado por el espíritu agresivo y transitorio de Roosevelt y hoy cabe esperar que Colombia reciba la reparación que merece; Ugarte recorría las ciudades enervadas, señalando proféticamente hacia el Norte y cuando Wilson decidía la expedición de Veracruz y la prensa europea hablaba de su hipocresía trascendental, espíritu tan equilibrado como el de García Calderón, sin creer del todo en ella, comentaba el fracaso del gran ideólogo frente a la vida y pensando en que, como enseña Wilde, la acción es impura, juzgaba al profesor presidente como «un universitario empolvado que se extravía en política» y veía imposible detener la invasión y la resistencia en zonas limitadas como las detuvo la mano mesurada y controladora.

Pero la guerra de Europa se produce y la industria americana aporta desde los primeros momentos a los aliados, su savia de hierro, y los banqueros americanos su savia de oro; frente a la extensiva agresión de los sumergibles a la vida de sus ciudadanos y al decoro de su bandera, los Estados Unidos van [15] elevando su lenguaje de enérgica reivindicación de los primitivos derechos humanos, hasta el momento en que al romperse en beneficio de la fuerza «el desesperado equilibrio de las potencias rivales» de que habla el doctor Belaúnde, la gigante democracia que piensa en el porvenir arroja su espada al platillo y recupera la victoria para la justicia agónica.

Y así es cómo de las inmensas urbes metalizadas y de las usinas de una industrialización afiebrada, surge un pueblo que se inmola conscientemente por la libertad, y Wilson, el calumniado interventor de Méjico y el puritano suspecto de tres años antes, idealiza la guerra, catequiza a los negociantes sin ensueño y mientras su voz de uncioso pastor anuncia el credo humano, más allá de los mares, el Señor Don Quijote se hace mercader y vende naranjas o pertrecha submarinos.

¡Dolorosa derrota de la leyenda de una raza que hizo jirones el ideal infecundo entre las aspas de los molinos de viento y que hoy ve surgir un ideal prolífico, en los dominios de Calibán, entre el humo de las fábricas propulsoras!

Que los Estados Unidos buscan con sus armas en la guerra de Europa, la seguridad de sus millones comprometidos, que es fácil comprender que hubieran podido exigir mejor como neutrales que como aliados; que su mira es evitar que el triunfo del imperialismo alemán ponga en peligro su grandeza expansiva. ¡Maravilloso destino del pueblo cuyos intereses se confunden con los de la humanidad, en la hora más alta de la historia! ¡Providencial misión la de sentir en las propias inquietudes y necesidades, las de la humanidad conmovida! No han sido otras las causas que han inmortalizado en la gloria a la revolución de Francia.

Al margen del brillante discurso del doctor Belaúnde, se puede decir claramente estas cosas que la luz de su palabra hace surgir de la tiniebla de los convencionalismos o de las indiferencias. La América latina está reconciliada con los Estados Unidos, y no puede ya temer al avanzar a su sombra, que de ella surja la emboscada o el golpe de hierro. El pueblo que sacrifica lo que dentro de la psicología que se le ha atribuido pudiera serle más caro: sus millones de hijos y sus millones de dólares, por la consagración de la libertad de las naciones, por la redención de los oprimidos, por la humillación de los fuertes, no puede ser para nuestra América sino una poderosa garantía de paz.

La paz para ella, bien claro lo ha dicho, con el calor de las convicciones patrióticas y con la energía de las ideas inquebrantables, [16] el doctor Belaúnde, sólo reposa, como la paz para Europa, sobre la base de reparación de todas las injusticias y de todos los agravios de la fuerza.

No es probable que realizándose el alarmado vaticinio de algunos publicistas chilenos, el Perú sea llamado a los debates que den vida a las leyes supremas de la justicia internacional. Es posible que los Estados Unidos consideren, siguiendo la política de 1823, que no deben dar a las potencias de Europa autoridad en las cuestiones de América y que sería peligroso romper la tradicional fórmula de la no intervención. Pero cualesquiera que sean las modalidades formales de la nueva organización jurídica del mundo, dentro de ella serán colocados, pese a las resistencias interesadas, todos los pueblos y dentro de ella sólo vivirán en la integridad de sus derechos históricos.

Esto es lo que espera categóricamente el Perú de la guerra liquidadora; esto es lo que con retardos o sin ellos, tendrá que traer la paz envuelto en los pliegues de su manto protector; esto es lo que abrirá para la América latina el camino del progreso sin inquietudes y le permitirá avanzar por él sin temer acechanzas.

Tacna y Arica no han cambiado, como Alsacia y Lorena, varias veces de mano; sus ciudades, su territorio, no conservan, siquiera eufónicamente, el recuerdo de anteriores dominaciones del ocupante de hoy; no fueron cedidas a Chile, como las provincias francesas a Alemania vencedora, ni ven distribuido su suelo entre dos poblaciones autóctonas, pero extrañas. La energía de nuestra diplomacia impidió que se cedieran o la debilidad de nuestra diplomacia permitió que se prestaran, pero en cualquier extremo son nuestras. Y la humanidad se está inmolando en los campos de Europa, porque cada pueblo conserve lo suyo.

El canciller uruguayo que las conocía, ha vuelto a ver netamente estas ideas a través de la frase sintética y firme del doctor Belaúnde y tenemos así la constancia de que él y su pueblo las han escuchado.

Habituados a tener el pudor de nuestros propios derechos, a considerar que la discreción protocolar imponía cada vez que recibíamos a un huésped callar nuestras aspiraciones y nuestros dolores; a simular una cordialidad que no podemos sentir, mientras suframos la injusticia; aún cuando nadie lo haya expresado, alguien hubiera podido creer que las recientes generaciones del Perú, empeñadas en la orquestación de la armonía continental, [17] no sienten como las anteriores el imposible de la fraternidad americana, mientras no se repararan las violencias sufridas. Nada podrá, pues, agradecerse tanto a un joven maestro, como la clara firmeza con que el doctor Belaúnde ha enunciado nuestro pensamiento.

Lima, 18 de octubre de 1918.
Alberto Ulloa Sotomayor.

 
Un discurso del Dr. Belaúnde

El comentario público que muy pocas veces se detiene en hechos de pura trascendencia intelectual, ha tratado favorable y benévolamente la fiesta que los estudiantes universitarios de Lima dedicaran al canciller uruguayo Brum y, de modo muy especial, ha aplaudido sin reservas el magnífico discurso que en esa velada memorable pronunciara el catedrático de Letras y Ciencias Políticas, doctor Víctor Andrés Belaúnde.

Un discurso bello, harmónico y altamente concebido, produce siempre una sensación definitiva. Tal es el caso del doctor Víctor Andrés Belaúnde y de su discurso de anteanoche. No eran una revelación, por cierto, las dotes oratorias ni el talento de Belaúnde. Los que han seguido de cerca el movimiento de ideas de los últimos años saben lo que significa su entidad personal como valor evidente en nuestro escaso y poco entusiasta medio intelectual. Los que hemos hecho vida universitaria durante largos años en los claustros de San Marcos conocemos mejor aún que el público a Belaúnde, compañero, orador y maestro. Y es siempre grato comentar un éxito positivo e indiscutible que constituye –ya lo hemos dicho– el tópico sobre el que se detiene el público comentario en el fugaz momento que pasa…

Ardua, difícil y dura labor es la de edificar, pieza por pieza, uno de los llamados discursos de orden para una actuación o una velada como la que ha trascurrido tan gratamente en el Municipal. Y, más difícil aún, cuando el discurso, forzosamente tenía que versar sobre la guerra. Es tan enorme, tan trascendental el magno suceso que la América Latina contempla absorta y emocionada, que es imposible sustraerse al obligado tema. Y como si la dificultad no fuera pequeña: ¡el tema está tan gastado! había que hablar, forzosamente, de la actuación de los Estados Unidos en esta guerra. [18]

El mérito principal del discurso de Belaúnde estriba, precisamente, en la originalidad con que ha contemplado el trillado tema. La participación de los Estados Unidos en la campaña definitiva es ya tema explotadísimo y poco propicio a una disertación intelectual. La manera como el orador ha contemplado el magno interesante asunto, es original y bella. Belaúnde es profundamente americanista y siente toda la potencia de la fuerza de América, la gran fuerza de la América del Norte que deja de ser industria gigantesca para transformarse en cañones y la fuerza de las jóvenes democracias latinas que hoy juntan sus aspiraciones ante un ideal único.

Ha sabido evocar Belaúnde, en una rotunda síntesis los cuatro momentos históricos más grandiosos de la eterna aspiración de los Estados Unidos por la Libertad, símbolo de la nueva raza: la llegada de los que en la Inglaterra de los Estuardos emigraron a un continente virgen llevando la libertad religiosa; la lucha por la Libertad política y los Derechos del hombre en la guerra de la Independencia; la guerra separatista en la que se yergue la figura de Lincoln aboliendo la esclavitud y, finalmente la nueva lucha en que la voz de Wilson, el nuevo Lincoln, lleva a la gran democracia americana a luchar al viejo continente ya no por la libertad religiosa ni la libertad política, ya no por abolir la esclavitud en el propio suelo sino por proclamar la libertad de los pueblos.

Y, según Belaúnde, nuestra América latina que se unió con toda su alma y con toda su sangre en la inmortal campaña por la independencia en 1810, vuelve a sentir hoy unida la misma inquietud fecunda, idéntico deseo de Libertad y la voz unánime de un irrevocable fatum histórico. El deber de la nueva América ante la guerra europea, que el orador considera el más trascendental acontecimiento de los siglos, es uno: la libertad del mundo.

Tal es, en atrevida síntesis, la armazón ideológica sobre la que ha construido Belaúnde su discurso que tanto ha sorprendido, no sólo por la forma, harmónica y pura, exenta de las trompeterías heroicas y arranques pour épater la galérie sino por su fondo. El anhelo de América por la Libertad es el tema principal y, han sabido las palabras de Belaúnde hacernos ver de modo admirable la honda trascendencia del minuto histórico en que vivimos.

A. [19]

 
La perspectiva diaria
Un discurso del doctor Belaúnde.

Entre las ideas vertidas la otra noche por el doctor Víctor Andrés Belaúnde en su discurso del Municipal, recordamos ahora una que, por su significación y esencia, tiene un valor amomentáneo; esto es un valor fuera de momento; o mejor dicho, para todos los tiempos y todas las circunstancias. Ella es el paralelismo ideológico, político, intelectivo, que separa las rutas seguidas, al mismo tiempo que su espíritu y carácter, por las repúblicas de este continente, cuya posición geográfica tiende al norte, o sea el trópico, y los restantes pueblos australes de este mismo lado de la América.

El doctor Belaúnde esbozó este concepto con la serena elegancia y la gallardía literaria que le distinguen. No es un orador absorbido por el tropo. Piensa con hondura al igual que construye con belleza; y así sus discursos –y de una manera especial el que rozamos en estas líneas– funden la nobleza de la idea con la fastuosidad de la palabra. Son a la vez estéticos y subjetivos; mientras el joven catedrático se frota la frente con el pañuelo proyecta luz nueva en las inteligencias que le oyen. Y esto es lo importante: que un hombre hable ante un concurso, no para hilvanar parrafadas pueriles, sino para ofrendar el trabajo concienzudo de su cerebro. La oratoria no es fonografía sino numen, orquestado con mayor o menor acierto, y con mayor o menor arte, pero numen siempre.

Belaúnde se refirió en su discurso a la armonización política de las naciones del sur de América. Nuestra hegemonía es nuestra fuerza. Somos pueblos vinculados por todos los poderes de la vida. Cada nación de Europa se diferencia de su vecina por razones seculares, a veces invencibles. A estos pueblos de nuestro continente, por unirles todo, los unen hasta sus intereses. ¿Qué retarda esta conciliación trascendente?... Urge que voces autorizadas y jóvenes, voces como la de Belaúnde, prolonguen por fuera los mismos sentimientos de bondad trabajadora y de entusiasmo idealista. Después de todo, somos de un continente que exultó el romanticismo de un marino aventurero.

Gastón Roger

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