Filosofía en español 
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Julián Gorkin

La experiencia de Guatemala
Por una política de la libertad en Latinoamérica

El gran escritor y demócrata cubano Jorge Mañach ha dicho que los sucesos de Guatemala han constituido “un drama americano”. Así es. Yo diría que el drama de Guatemala queda incurso en el drama tradicional de la América Latina y que a él ha venido a mezclarse ahora el tremendo drama universal de nuestro siglo: el de comunismo y anticomunismo. Por pequeño que sea un país y por alejado que esté –o parezca estar– de los grandes centros de perturbación internacional, cuanto en él acontece de importancia está determinado por el drama de nuestro mundo o se integra fatalmente en él. Las partes y el todo se interdeterminan y se confunden; era posible hablar antaño de las guerras civiles como fenómenos más o menos circunscritos en los cuadros nacionales, pero hoy forman parte –como se vió ya en España– de la guerra civil universal en un determinado punto político-estratégico del orbe. ¿Berlín, Corea, Guatemala? Batallas de la misma contienda mundial. Y los neutralismos, continentales, nacionales o individuales, resultan por eso mismo ilusiones de otros tiempos. Quien no comprende el determinismo universal de nuestro tiempo no puede comprender con exactitud los hechos aparentemente parciales. De esto tardaron en darse cuenta muchos de los actores del drama español y muchos de los espectadores de entonces. ¿Se han dado cuenta los del drama guatemalteco? Lo dudo mucho.

Lo de Guatemala viene de lejos y puede ir aún lejos. Es un episodio que encuentra su origen profundo en la histórica realidad latinoamericana. Y si no se corrige o se remedia fundamentalmente esa realidad, resultará más un comienzo que un fin. Conviene estudiarlo por eso con la máxima objetividad y honradez. En torno a ese episodio los estados pasionales y las aberraciones polémicas han dividido a la opinión interamericana y mundial en dos bandos. Ha pretendido el uno que el peligro comunista guatemalteco no ha sido más que un pretexto para que el Departamento de Estado, en apoyo de la “United Fruit” y de acuerdo con los países reaccionarios centroamericanos, ahogara la revolución agraria y democrática que se estaba realizando en Guatemala; ha replicado el otro que la cuestión fundamental consistía en aplicar la reciente resolución de Caracas en contra de la infiltración comunista y en liquidar su primer foco efectivo en Latinoamérica. Por encima de las pasiones polémicas y de la parte de verdad que pueda contener cada uno de los alegatos, lo importante a mi juicio consiste en comprender el problema real y de conjunto. Me refiero al problema latinoamericano y no tan sólo al guatemalteco. Porque lo conozco a fondo, yo soy un adversario irreductible del totalitarismo comunista –y de todos los totalitarismos habidos y por haber–; pero no se trata, sin embargo, de plantearnos la cuestión del comunismo y del anticomunismo en sí, [89] sino respecto de una situación determinada tanto en Latinoamérica como en el mundo.

Me encontraba en Chile y en el Uruguay durante el desarrollo de los acontecimientos de Guatemala. Me sorprendió la forma violenta y casi unánime que revistió la reacción de los elementos democráticos de estos países en favor de Arbenz. La misma o parecida se produjo en México, en Cuba, en algún otro país. Los elementos comunistas y comunizantes habíanse movilizado activamente en toda la América Latina en favor de los gobernantes guatemaltecos y muchas de sus consignas propagandísticas –y de sus bulos– hacían mella en la conciencia pública; sin embargo, la reacción de los sectores democráticos no podía ser un producto exclusivo de esa movilización, ya que la mayoría de ellos no son comunistas si bien les creo tibiamente armados contra el comunismo. ¿A qué obedecía su reacción? La comprensión de este fenómeno me parece de fundamental importancia no sólo para la América Latina, sino para el mundo de nuestros días.

Un terreno abonado para el comunismo

Tanto la experiencia histórica como la realidad que conocen la mayoría de los países latinoamericanos ofrecen un terreno abonado para la propaganda y la acción del comunismo. Esos pueblos se sienten exaltadamente orgullosos de sus luchas pasadas contra la dominación española y de la conquista de su legítima soberanía nacional. De ahí su nacionalismo muchas veces exacerbado, más fuerte por lo general que la solidaridad panamericana e incluso que la solidaridad entre países vecinos de una misma religión y una misma lengua. Son todos ellos esencialmente antiimperialistas, si bien es verdad que el concepto de imperialismo, repetido en todos los tonos desde hace décadas, constituye ya mucho más un artículo de fe que un claro discernimiento de lo que representa exactamente en nuestro tiempo. Lo cierto es que todos los que esgrimen la bandera nacionalista y antiimperialista encuentran eco en ellos. Y los comunistas, que sirven hoy al imperialismo más brutal y rapaz jamás conocido y que aprueban en su nombre la supresión de las nacionalidades detrás de la cortina de hierro, tratan de monopolizar esa bandera lo mismo en Latinoamérica que en Asia.

Para la mayoría de esos pueblos, la soberanía nacional no ha representado hasta ahora ni una auténtica independencia económica ni una verdadera libertad política. Emancipados del colonialismo español, durante cerca de siglo y medio han sido víctimas de las rivalidades y de la explotación de los capitalismos extranjeros bajo una nueva forma de colonización económica y financiera. Las colonias extranjeras –de acuerdo con los caudillismos indígenas– han venido ejerciendo un control efectivo de los Bancos, de las fuentes de riqueza y de la empresas industriales – generalmente extractivas– y comerciales. Estas colonias han desarrollado las economías –o ciertas ramas de las mismas,– pero han hecho muy poco o nada por solucionar los problemas económicos y culturales de los pueblos. Y la realidad ha sido y sigue siendo ésta: grandes y prósperas urbes en medio de unos pueblos atrasados y míseros; unas minorías ricas, exageradamente ricas, al lado de unas masas proletarias –principalmente en el campo– exageradamente pobres, misérrimas, primitivas.

Salvo en contadísimos países, el ejercicio de la democracia se ha hecho así muy difícil en el conjunto de la América Latina. Los más de ellos no han conocido –y no conocen todavía– más que los caudillismos, principalmente de tipo militar. La falta de una formación civil y cívica y de unos partidos con tradición y con contenido democráticos, le han conferido un papel preponderante al Ejército, a sus coroneles y generales. Los caudillos militares fueron muy populares en el pasado, en la época de la independencia y de la institucionalidad; pero en el presente son profundamente impopulares. Tanto los pueblos como sus “élites” intelectuales desconfían instintiva o conscientemente de ellos. En Castillo Armas, el coronel guatemalteco exilado y rebelde, no han podido ver los latinoamericanos al “libertador de su país de la dictadura comunista”, sino a un nuevo y eventual caudillo militar en lucha contra “la legalidad democrática representada por Arbenz”. [90] Y tras él han visto, además de la “United Fruit” y del Departamento de Estado, a los dictadores militares de Nicaragua, Santo Domingo, Venezuela... En una palabra: su antiimperialismo y su anticaudillismo, perfectamente explicables, les ha ocultado y les oculta el evidente peligro comunista.

En medio de este panorama, en la América Latina han aparecido dos nuevos factores de importancia cada vez mayor: las organizaciones sindicales y las minorías intelectuales. Teniendo en cuenta la forma como se han desarrollado la economía y la política en la mayoría de esos países, ni las unas ni las otras han gozado generalmente de una verdadera independencia respecto de los poderes públicos. Con frecuencia las organizaciones sindicales –obreras y campesinas– llenan un papel político fundamental y hasta se sustituyen muchas veces a los partidos políticos. La experiencia de Perón representa en síntesis una amalgama de militarismo y sindicalismo. La experiencia de Paz Estensoro en Bolivia tiene una base fundamentalmente sindical. Los comunistas tratan de apoderarse de la dirección de los sindicatos. En el período de Cárdenas, el instrumento comunista Lombardo Toledano gozó de gran influencia al frente de la CTM. Lo mismo ocurrió con el líder comunista cubano Lázaro Peña, al frente de la CTC, en el primer período presidencial de Batista. Y como veremos luego, el pequeño partido comunista guatemalteco –de mil miembros al comienzo había pasado a tener a lo sumo tres mil– empezó a apoderarse de la situación de su país cuando logró adueñarse, con la complicidad de Arévalo primero y después de Arbenz, del monopolio sindical.

Los comunistas tratan de influenciar asimismo a las “élites” intelectuales. Los Pablo Neruda (Chile), Jorge Amado (Brasil), Nicolás Guillén (Cuba), Alfaro Siqueiros (México), diosecillos obligados de los grandes Congresos “en favor de la Paz y la Cultura”, son hábilmente aprovechados en tal sentido. Cuando no organizan excursiones a los países del bloque soviético –preferentemente a China– organizan recepciones de intelectuales comunistas, principalmente chinos. La exaltación de China, símbolo del antiimperialismo y de la revolución nacional bajo la dirección del comunismo, se ha convertido en el caballo de batalla de los comunistas iberoamericanos. En general han sabido asimilarse éstos la táctica del “camino de Yenan”, correspondiente a los países “atrasados”, que tan buenos resultados le dio a Mao Tsé Tung. En la mayoría de los países dictatoriales una fracción comunista colabora con los gobernantes mientras otra, al parecer de oposición a la primera, trata de incrustarse en las organizaciones democráticas y populares. Aplican la táctica de los “equipos de recambio”, cuya única finalidad consiste en ganar siempre. En la línea general y constante, al servicio de la política exterior del Kremlin, todas las fracciones actúan de acuerdo.

Una revolución democrática frustrada

Desde 1839, Guatemala había conocido cinco dictaduras sucesivas. El último dictador, el general Jorge Ubico, gobernó durante catorce años a la manera feudal: él mandaba y todos los demás, sus siervos, debían obedecer. Cada vez que los obreros, reducidos a la peor miseria, reivindicaban un aumento de salario, los acusaba de “comunistas”. Sin proponérselo identificó así comunismo y defensa obrera.

A la caída de Ubico en 1944, y tras un corto intermedio, asumió la presidencia Arévalo. Durante su largo exilio en Argentina había mantenido estrechas relaciones con los socialistas; habíase apartado de ellos al fin para caer bajo la influencia del peronismo. No tenía que romper ya nunca sus relaciones con Buenos Aires. En realidad sentíase atraído por una doble influencia: la peronista y la comunista. Esta amalgama es mucho más frecuente de lo que se cree en algunos países latinoamericanos; se basa en la falta de una sólida conciencia democrática y en el odio común contra Norteamérica. Con tal de que sirvan a sus objetivos político-estratégicos, el comunismo acepta fácilmente tales amalgamas.

No obstante esto, Arévalo representó el comienzo de una revolución democrática en Guatemala. Dotó al país de una Constitución parlamentaria, [91] inició una indispensable reforma agraria y emprendió la lucha contra la “United Fruit”, empresa bananera monopolista con tentáculos en toda la América Central. Cierto es que la “United Fruit” sólo representa el 10% de la producción guatemalteca y que la principal base del país es el café. Pero la economía guatemalteca dependía y depende fundamentalmente de los Estados Unidos: estos compran el 76% de su producción total y le venden el 64% de lo que consume. Sus divisas, por otra parte, están bajo el control del dólar. La reforma agraria constituía la base de todo progreso democrático en un país en que un 2% de la población poseía alrededor del 70% de las tierras explotadas. El antiyanquismo y la reforma agraria ofreciéronles a los comunistas una magnífica plataforma.

La preponderancia comunista comenzó con Arévalo y se consolidó con Arbenz, que sucedió al primero en 1951. El tiempo juega aquí un papel de primer orden. Durante la primera parte del período de Arévalo, Moscú necesitaba imprescindiblemente la alianza y la ayuda de los anglosajones; en la segunda parte de dicho período inició, por el contrario, su agresiva estrategia de la “guerra permanente” contra las democracias occidentales. En el período de Arbenz había decidido ya centrar su política en el aislamiento de los Estados Unidos. Junto con Europa y con Asia, en sus planes cobraba una importancia de primer orden la América Latina. En Asia, la estrategia combinada de la U.R.S.S. y de China tenía como finalidad el debilitamiento de las metrópolis europeas y de su aliado norteamericano; en Latinoamérica había que procurar crearle toda suerte de conflictos a los Estados Unidos con el fin de distraer lo más posible su atención de los asuntos europeos y asiáticos. Guatemala podía ser el primer foco iberoamericano, la Indochina o la Corea de mañana. Conviene apuntar aquí una observación: anticomunistas cuando se trata de la suerte de la Alemania Oriental, de Polonia o de Checoeslovaquia, los sectores democráticos latinoamericanos parecen dejar de serlo cuando se trata de sus propios países. Tiene esto una explicación: para ellos la U.R.S.S. y China están muy lejos y, por su relativa fuerza numérica, los partidos comunistas iberoamericanos no constituyen un peligro inmediato. Quizá no han comprendido todavía bien que la estrategia de Moscú y Pekín es de efectos mundiales y que, en la situación concreta de sus países, unos partidos comunistas minoritarios, pero bien dirigidos y disciplinados, pueden convertirse en auténticas bombas explosivas. Añadiré sinceramente que con su anticomunismo cerrado –y las más de las veces negativo– y la falta de una auténtica política democrática y positiva en la América Latina, los Estados Unidos hacen muy poco por avivar la comprensión de dichos sectores.

Arbenz llegó al poder gracias a una coalición política, denominada el Frente Democrático Nacional de Guatemala, en la que el partido comunista constituía el elemento dinámico. Con anterioridad se había suprimido, mediante un alevoso asesinato, a un concurrente prestigioso y de carácter independiente: el coronel Francisco Javier Arana. Había sido éste uno de los principales jefes en la lucha contra el dictador Ubico. Arana tenía tras de sí al Ejército antiubiquista y anticomunista; Arbenz al partido comunista. El asesinato de Arana les dejó el camino libre a Arbenz y a los comunistas. ¿No quedaban irremediablemente ligados por este hecho de sangre? La sangre es un elemento fundamental en la política comunista; de ello sabemos algo los republicanos españoles y los polacos, los checoeslovacos, los húngaros... Y lo saben mejor que nadie los rusos.

La principal preocupación de los comunistas, con el decidido apoyo de Arévalo primero y de Arbenz después, consistió en apoderarse –ya lo hemos señalado anteriormente– de la dirección de los sindicatos. Tanto la Confederación General de Trabajadores (100.000 afiliados) como la Confederación Nacional de Campesinos (110.000 afiliados) cayeron íntegramente en sus manos. Para ello alternaron las medidas de corrupción y de absorción con las de terror. Guatemala acabó siendo el único país americano donde los comunistas monopolizaron la dirección obrera y campesina. Me permitiré citar un caso típico que conocí personalmente. [92] En la segunda mitad de 1948, y por verdadero azar, descubrí que la Legación de Guatemala en París era el centro de enlace entre el Kominform y los partidos comunistas centroamericanos. Tuve incluso un violento altercado, que no provoqué yo, con el encargado de negocios, Víctor Manuel Pellecer. El mismo día le mandé una carta certificada al Presidente Arévalo pidiéndole una satisfacción. Queriendo evitar el escándalo, Arévalo me la dió: por medio de un cable que conservo me anunció la fulminante destitución de Pellecer. Con el nuevo encargado de negocios la Legación de París siguió siendo un centro kominformista y Pellecer pasó a más altos destinos: diputado, secretario de los asuntos agrarios (puesto clave de la reforma agraria), uno de los líderes sindicales y el organizador de las milicias comunistas armadas.

Negar que los comunistas guatemaltecos eran dueños de los resortes efectivos del poder me parece absurdo. Se puede estar de acuerdo o en desacuerdo con la invasión de Castillo Armas –y yo creo que había otra manera de resolver la situación–; lo que no se puede es negar la evidencia. Arbenz y Toriello no eran seguramente militantes comunistas disciplinados –el segundo, sobre todo, es de origen burgués y católico–, como tampoco lo eran Negrín y Álvarez del Vayo en la época del auge comunista en la zona republicana española; pero eran, a la vez, prisioneros e instrumentos del comunismo. Yo no sé si ellos hubieran podido deshacerse de los comunistas en el caso de quererlo; los comunistas hubieran podido deshacerse, de convenirles, de ellos. (Como se deshicieron, cuando les convino, de los ingenuos Benes y Masaryk). En determinados períodos –y en ciertas circunstancias– los comunistas prefieren disponer de una dócil y benévola fachada; lo que cuenta para ellos son los resortes efectivos del poder. Y éstos los tenían en sus manos, sin lugar a dudas, en Guatemala.

Durante la conquista de esos resortes, los comunistas practicaron un terror más o menos discreto y con apariencias de legalidad. Después, al avecinarse la crisis, aplicaron el terror en gran escala: detenciones, deportaciones, torturas, asesinatos. Cometían sus fechorías a cubierto de la Guardia Civil y de la Guardia Judicial, como las cometieran un día en España a cubierto del S.I.M. (Servicio de Investigación Militar) y del aparato policíaco legal, intervenido y prácticamente dominado por ellos. “Guatemala parecía la Barcelona de fines del 38”, me ha asegurado un pintor y periodista español que, en calidad de refugiado, ha vivido en la capital guatemalteca durante varios años. Los numerosos casos de terror que conozco se asemejan extrañamente a los que conocí personalmente en las “checas” españolas y a los que se aplicaron más tarde en los países hoy satélites. Los mismos métodos, la misma técnica, idéntica inspiración. Respondía esto a una lógica elemental: un partido que no contaba al comienzo más que con un millar de miembros y con unos tres mil más tarde, en medio de una población católica de más de tres millones de habitantes –cerca de trescientos mil en la capital–, no podía defender las posiciones ocupadas más que por el terror. Terror y política comunista han ido siempre de par.

¿Eran populares los comunistas? Quizá gozaron de cierta popularidad un día, pero con sus abusos de poder la habían perdido. Todo demuestra que se habían hecho, incluso, extraordinariamente impopulares. Aprovechándose de esa impopularidad, el Ejército, que había intentado sublevarse ya a raíz del asesinato de Arana, preparaba un levantamiento contra ellos. Al tener barruntos de ello, el exilado Castillo Armas invadió el país al frente de un par de centenares de hombres. Arbenz no capituló ante él, sino ante el Ejército regular. Los jefes comunistas no fueron capaces de organizar su defensa; solo pensaron en correr en tropel hacia las embajadas. Sabían que no podían contar con el favor de las masas populares, pues de haber contado con él hubiera sido muy otra su conducta.

Llegamos así a una primera conclusión por demás lamentable y triste: que una revolución democrática, que debía servir a los intereses populares, ha sido malograda por la intervención comunista al servicio de la política exterior y de la estrategia del Kremlin. [93] Cierto es que, para la conquista y el afianzamiento de sus posiciones, los comunistas guatemaltecos habíanse servido de consignas y de realizaciones básicamente justas. La principal de ellas, la reforma agraria. Pero eso responde a la táctica general del comunismo en su marcha hacia el poder. Para su conquista se sirven siempre de un programa y de unas consignas que se apresuran a traicionar una vez en él. Hablan de democracia mientras les sirve de trampolín; se apresuran a suprimirla en cuanto están arriba. No se trata para ellos de servir a los pueblos, sino de servirse de los pueblos para unos fines ajenos e incluso contrarios a éstos. Y en caso general, tanto cuando imponen su dictadura como cuando provocan el establecimiento de una dictadura reaccionaria, los sacrificados son los pueblos. La última víctima de esta trágica realidad es Guatemala.

¿Y ahora qué?

Podría terminar ahí este artículo; prefiero terminarlo recogiendo unas voces más autorizadas que la mía. El gran colombiano Germán Arciniegas, en su libro Entre la libertad y el miedo, dice cosas como estas: “Bajo la Guatemala de Ubico el peón resultaba una bestia de carga tan ventajosa que hacía considerar las carreteras como un lujo innecesario: el sudor del indio, que no ganaba diez centavos al día, era la gasolina más barata del mundo. De ejemplos parecidos está poblada –y poblada de sombras– gran parte de América.” “Hasta bien avanzado este siglo, los campesinos vivieron en condiciones nada mejores que las que tuvo el indio antes de que Colón cruzara el Atlántico. Aún hoy, las enfermedades tropicales y la falta de educación no le permiten al hombre común producir de acuerdo con su capacidad.” Y finalmente : “Desde la América Latina nos parece que las democracias no están aprovechando su gran arma revolucionaria – que también han de tenerla– que es la libertad. Es en ese centro vital donde precisa situar la lucha en vez de ir helando las conciencias con el espectro de la guerra fría. La libertad no puede colocarse a la defensiva. Al canto del martillo ruso de paz y esclavitud, hay que oponer el canto de otro martillo que cante justicia y libertad.”

No discrepa Jorge Mañach, sino al contrario. En su artículo citado al comienzo dice: “No hay evidencia alguna de que el comunismo libere a los pueblos, ni como pueblos ni en sus unidades individuales. Lo que sí suele hacer el comunismo es aprovecharse del deseo de independencia que los pueblos tienen. Pero la conclusión lógica de tales premisas no es que ese deseo de independencia deba ser ahogado. La conclusión es que no se les debe dar a los pueblos la impresión de que tal afán sólo puede ser satisfecho por la vía comunista. En otras palabras: o la democracia, volviendo por sus principios y por su propia coherencia interna, se hace compatible con la libertad colectiva e individual, o la democracia está, a la larga o a la corta, condenada. Esa es la grave cuestión que le estamos planteando a los Estados Unidos los demócratas del mundo entero. Sabemos que no es para ellos una cuestión fácil de resolver; pero sabemos también que el resolverla contra la sensibilidad de los pueblos y contra sus intereses vitales es la peor de todas las soluciones posibles.”

Quiero repetir, por mi parte, que lo de Guatemala puede ser más que un fin un comienzo. Si el triunfo del anticomunismo hubiera de conducir a una nueva dictadura caudillista, al sistema semifeudal de antes de 1944, al predominio del capital extranjero y al mantenimiento de las masas en su condición de miseria y de ignorancia, el triunfador sería el comunismo. Para que no lo sea es necesario elaborar y aplicar una auténtica política de la libertad en el conjunto de la América Latina. De elaborarla y de aplicarla deben encargarse sus “élites” intelectuales, sus formaciones políticas democráticas, sus organizaciones sindicales libres... Con la colaboración y la ayuda de todo lo que de democrático y progresivo tienen los Estados Unidos, Europa, Asia. Tenemos un mundo que defender. Pero para que valga la pena defenderlo tiene que ser habitable y digno,

Julián Gorkin