Filosofía en español 
Filosofía en español


Antonio Rovira Virgili {1}

El problema de las nacionalidades hispánicas

I
Tres nacionalidades contra el Estado unitario

En la época contemporánea se ha visto en el Estado español tres renacimientos particularistas que han finalizado con la reivindicación política de la autonomía: el de Cataluña, el de Galicia y el del País vasco.

¿Renacimientos nacionales, regionales o provinciales? ¿Son estos tres pueblos nacionalidades, regiones o provincias? Cuestión a discutir, si se quiere. Pero existe un hecho: los catalanes, los vascos y los gallegos han expresado numerosas veces, vigorosamente, su deseo y su voluntad de poseer instituciones que les permita gobernarse a sí mismos en todo aquello que se refiere a su vida interna.

El carácter nacional de estos movimientos no ofrece duda a cuantos conocen suficientemente el pasado y la realidad actual de la península ibérica. Se trata de manifestaciones ibéricas del movimiento general de las nacionalidades que ha llenado una gran parte de la historia contemporánea de Europa, y gracias al cual han podido levantarse de nuevo reclamando su libertad pueblos enterrados por su hundimiento histórico o dominados por la fuerza.

El movimiento nacional y el movimiento liberal aparecieron como derivados del mismo principio. Si existen derechos para los hombres también existen derechos para los pueblos, no siendo estos últimos otra cosa que una forma de los primeros. El verdadero sujeto de las libertades humanas es siempre el individuo; la libertad de la lengua, por ejemplo, es una libertad –la más elemental y a la par la más espiritual– de los individuos que la hablan.

Un liberal, un demócrata, tiene un criterio objetivo para juzgar la razón fundada de las aspiraciones autonomistas: la voluntad de las poblaciones. Por lo tanto, si la voluntad de los gallegos, de los vascos y de los catalanes es de restaurar su autonomía adaptándola a las circunstancias de nuestros días, ningún hombre ávido de justicia puede oponerse a sus reivindicaciones. Desde el punto de vista político resulta secundario el que se clasifique a esos pueblos como nacionalidades, regiones o provincias; aunque, a decir verdad, la voluntad persistente de ser libre o autónomo constituye un signo de la nacionalidad, puesto que si esta voluntad existe y persiste es a causa de los factores naturales y humanos que la determinan: geografía, historia, lengua, cultura, consciencia de ser una personalidad colectiva.

España, durante los distintos regímenes políticos que se han sucedido, lejos de ser una nación espiritualmente unificada –y Renan decía que la nación es un alma, un principio espiritual– mantiene una estructura cuadrinacional, que Richelieu, los hombres de la Revolución francesa y Napoléon discernieron. Está compuesta de cuatro nacionalidades diferentes. Existe una nacionalidad occidental, atlántica: Galicia; una nacionalidad nórdica, cantábrica: el País vasco junto con Navarra; una nacionalidad central: Castilla, es decir los países peninsulares de lengua castellana; y, finalmente, una nacionalidad oriental, mediterránea: Cataluña, o sea los países de lengua catalana.

Castilla es superior por el número de sus habitantes –18 millones, poco más o menos– a las otras tres nacionalidades –5'5 millones de catalanes, 3 de gallegos y 1'5 de vascos; en total 10 millones–. Pero por lo que respecta a la densidad de población, al poder económico y al grado de evolución social, los pueblos no castellanos presentan una ventaja innegable. Hecho a destacar: tienen la mayor parte del litoral de España; son pueblos del mar, mientras Castilla es sobre todo el pueblo de las altas mesetas interiores y constituye esa «España profunda» de que hablaba el cronista medieval catalán Bernat Desclot.

En el triple caso de las nacionalidades hispánicas, la solución liberal del problema resulta tanto más normal por cuanto los pueblos que aspiran a la autonomía, lejos de inclinarse hacia posiciones extremas, son partidarios declarados de las soluciones federativas. Han hecho la demanda, para el futuro próximo, de libertades comparables a las que gozan los Estados particulares de América del Norte o los Cantones helvéticos.

Por lo tanto no puede hablarse de separatismo. Para estos pueblos el separatismo no es otra cosa que la reacción eventual contra el cierre de la vía que conduce a las libertades de tipo federativo. No es que se consideren forzosamente obligados a una limitación de tal naturaleza; pero por afán de concordia, y también por realismo político, tienen interés en establecer una compatibilidad entre su autonomía y su pertenencia al Estado español, un Estado español ampliado y más flexible. Valentí Almirall, primer teórico del movimiento catalán, dijo sin tapujos en su obra El Catalanisme: «Si nos detenemos en un punto que no llega a la separación, no es porque nos falte el derecho, sino porque creemos que no conviene ejercitarlo.»

El criterio democrático de la voluntad popular facilita, por lo demás, la solución de ciertos problemas latentes en el seno de las nacionalidades ibéricas: inclusión de Navarra en el País vasco autónomo régimen particular de Valencia y de las islas Baleares. Estos dos países, si bien forman parte de la nacionalidad catalana lingüística e históricamente, no tienen aún el mismo grado de sentimiento nacional que la Cataluña del antiguo Principado. Muy probablemente, en el caso de una generalización del régimen autonomista en España, tanto Valencia como las Baleares constituirán entidades particulares. Solamente más tarde podría examinarse la cuestión de una federación de los tres países de lengua catalana, federación insertada en el cuadro más amplio de la Federación hispánica, o en el más ambicioso y lejano de una Confederación ibérica. Estas son perspectivas futuras y los catalanes del Principado jamás pensaron en violentar ni tan siquiera presionar a sus hermanos valencianos y mallorquines. Lo esencial es que los tres grupos recuperen la plena conciencia de la personalidad nacional y que se esfuercen, conjuntamente o cada una por su lado, en recuperar en sus modernas formas la antigua libertad.

Este es el problema de estructura de España: tres nacionalidades desconocidas, pero vivas y poderosas, en pie contra el Estado unitario y absorbente surgido de la monarquía absoluta. Estado que se sirvió de Castilla como instrumento, tras haberla despojado de las libertades originarias. Contra este Estado, creado por la dinastía austríaca y perfeccionado por la dinastía borbónica, luchan los patriotas vascos, catalanes y gallegos; luchan, no contra la existencia de un Estado español, menos aún contra Castilla en tanto que pueblo. Lo que quieren esos patriotas es que la nacionalidad castellana se junte a ellos en un esfuerzo común para terminar con un Estado artificial que tiene la pretensión de ser uninacional, al objeto de construir el nuevo Estado quadrinacional, la a «España poliforme» cantada por el gran poeta hispano-americano Rubén Darío: las Españas, en plural.

II
España, excepción en el mundo de hoy

El movimiento de las nacionalidades, en sus diversas fórmulas, ha triunfado en todas las partes de Europa, del Báltico a los Balcanes y de Irlanda al Ural. Las aplicaciones del principio de la libertad colectiva no han tenido todas el mismo valor, ni tampoco aparecen todas como totalmente plausibles. Mas se ha reconocido y salvaguardado la personalidad de los grupos lingüísticos e históricos, y se les ha otorgado instituciones autónomas.

Las nacionalidades que, por así decirlo, fueron las «vedettes» del movimiento –Italia, Polonia, Noruega, Hungría, Irlanda, Finlandia, Bohemia– son hoy día Estados independientes. En la U. R. S. S. la carta política se adapta a la geografía de las nacionalidades, y las múltiples lenguas, estimuladas por su uso oficial, están en pleno desarrollo popular, literario y cultural. (No tenemos ahora porqué juzgar aquí los otros aspectos del régimen soviético). Problemas como los de los Balcanes, Creta, Slesvig y Alsacia-Lorena recibieron soluciones inspiradas en la concepción liberal del principio nacional. La influencia de este criterio se deja sentir en Asia mismo, donde ha sonado la hora última de los regímenes coloniales. Y he ahí Israel, la nación disuelta, dispersada, que después de veinte siglos de matanzas y persecuciones vuelve a encontrar el suelo de la patria perdida y la forma libre de un Estado.

Mas en el mapa de las múltiples nacionalidades, hay tres manchas negras: Cataluña, el País vasco y Galicia. Los tres únicos movimientos nacionales que en nuestros días se persigue y se encarnece son los del Estado español. España es hoy una excepción irritante en lo que se refiere a la cuestión nacional, así como respecto a otras cuestiones, dicho sea de paso. Es el único Estado del mundo que niega al mismo tiempo las libertades individuales y las libertades colectivas.

Los derechos de la lengua vernácula no son reconocidos a los gallegos, a los catalanes y a los vascos. Se quiere arrinconarla en la vida familiar, etapa hacia la extinción. La dulce lengua gallega, madre de la portuguesa; la lengua vasca, maravillosa herencia prehistórica y la lengua catalana se ven infligir un trato inferior al que reciben las lenguas de las poblaciones semicivilizadas.

¿Es posible que esta vergüenza continúe? ¿Es posible que en un mundo en el que casi todos los problemas nacionales y numerosos problemas coloniales recibieron soluciones más o menos felices sobre la base de la libertad de los pueblos, permanezcan en el extremo sudoeste de Europa, rechazados, agarrotados, doloridos, tres pueblos cultivados, laboriosos y dignos, que tienen un pasado glorioso y cuyo renacimiento se ofrecía rico de esperanzas e incluso de realizaciones? ¿Es que los catalanes, los vascos y los gallegos, deben permanecer por debajo de los pueblos nacionales y subnacionales que en medio siglo hemos visto elevarse a la categoría de pueblos independientes o autónomos? ¿Deben ser los desgraciados sucesores de la Diáspora judía? ¿Es que los demócratas de Occidente pueden observar con indiferencia incomprensiva, mientras saborean el jugo azucarado de las naranjas españolas, este triple caso que clama y reclama justicia?

III
La Monarquía y la República frente al problema de las nacionalidades

La Monarquía española, que trabajó siempre por cercenar y aniquilar las libertades de los pueblos que sometió por la fuerza o por la astucia, no podía acoger las demandas, cada vez más vehementes, de las nacionalidades peninsulares. La Monarquía estaba edificada sobre sus ruinas. Se había acorazado con el dogma de la unidad nacional, que añadía al dogma de la unidad religiosa: Unus Deus, una grex, una lex.

En 1907, en el curso de un debate parlamentario sobre la cuestión catalana, el jefe del gobierno español –que era, por triste ironía, un catalán de Mallorca: Antonio Maura– opuso a las reivindicaciones políticas de los catalanes, muy moderadas, una negativa total y feroz invocando la soberanía indivisible e intangible, esa abstracción inventada por los juristas a sueldo de los reyes absolutos y que ni tan siquiera se sabe dónde reside. Maura prometió con indiferencia una ligera reforma administrativa; pero más allá de esos límites, en la esfera política del Estado concebido a la manera unitaria, los catalanes, dijo, no recibirán la menor concesión. Nunca, nada, fueron sus palabras textuales. Y lanzó estos adverbios como rayos sobre la cabeza de los diputados autonomistas de Cataluña, que sumaban 41 entre los 44 diputados de las circunscripciones catalanes. Doce años más tarde, otro jefe del gobierno español, el Conde de Romanones, oponía a los diputados catalanes una negativa de la misma naturaleza: «En cuanto a la soberanía, no admito ni el diálogo.»

Poco después la famosa soberanía pasó a manos del general Primo de Rivera, el cual con la complicidad de Alfonso XIII suprimió la Constitución, el Parlamento, las corporaciones de elección popular y naturalmente, la Mancomunidad, especie de federación de las cuatro provincias catalanas autorizada mediante un decreto del año 1913; esta institución tenía para los catalanes el gran valor moral de reconstituir oficialmente la unidad de Cataluña. Alfonso XIII, de paso por Barcelona, hizo el elogio de Felipe V y se declaró orgullosamente su sucesor.

La Monarquía española estranguló los pueblos en lugar de reunirlos; su objetivo principal era el programa que el Conde-Duque de Olivares presentó a Felipe IV en una Memoria: «Reducir estos reinos de que se compone España al estilo y leyes de Castilla.» El rey y el conde intentaron imponer enseguida este programa, ya esbozado por los Reyes Católicos, destructores de las libertades de Galicia. Pero ambos, poco hábiles, rompieron la unidad que querían asegurar: Cataluña se sublevó, seguida por Portugal (1640), y al año siguiente proclamó a Luis XIII de Francia Conde de Barcelona, mediante un pacto que aseguraba las instituciones autónomas. Y si bien el debilitamiento de Francia a causa de la Fronda obligó a los catalanes a volver a entrar en 1652 en el seno de la Monarquía española, que prometió respetar sus libertades, Portugal, sostenido por Inglaterra, permaneció y permanece separado.

Las libertades catalanas, salvadas durante el reinado de Felipe IV, sucumbieron en tiempos de Felipe V. Cataluña, Valencia y Mallorca, desconfiando del nuevo rey, habían luchado al lado de Carlos de Austria durante la guerra de la Sucesión, y, no obstante su heroica resistencia, fueron vencidas a consecuencia del deshonroso abandono de que fueron objeto por parte de sus aliados, en primer lugar la tory Inglaterra. Fueron tratados como países conquistados e invocando explícitamente el derecho de conquista Felipe V estableció en los países de lengua catalana un nuevo régimen, a la vez antinacional y antiliberal. Tal es el origen de la soberanía real respecto a esos países: la conquista por las armas.

Si bien había anexionado por la fuerza Navarra a finales del reinado de Fernando el Católico, la Monarquía respetó durante largo tiempo las libertades del País vasco, comprendida Navarra; mas terminó por destruirlas en el último tercio del siglo último. Amenazados por las tendencias unitarias de los liberales españoles, los vascos se hicieron en su mayor parte carlistas, y al finalizar las guerras civiles, a pesar de las convenciones establecidas, las leyes de 1839 y de 1876 les despojaron de sus antiguas libertades, a las que el árbol de Guernika había dado su sombra protectora.

No ha sido el pueblo de Castilla el que destruyó en beneficio propio las libres instituciones de Galicia, Cataluña y País vasco. Fue la Monarquía española la que, después de destruir las libertades de Castilla, utilizó esta nacionalidad para destruir las libertades de los demás pueblos de la Corona. La Monarquía quiso favorecer a Castilla utilizando a sus capitanes, golillas e inquisidores para imponer la lengua y las leyes castellanas a los demás pueblos. Pero no ha hecho sino cubrir con la púrpura imperial la miseria dolorosa del pueblo castellano.

La República, proclamada en 1931, comprendió mejor el caso de catalanes, vascos y gallegos. Se adentró por la vía de un régimen autonomista basado en Estatutos particulares, partiendo de la iniciativa de cada uno de los pueblos deseosos de un tal régimen. Esto no se hizo sin dificultades. El espíritu unitario de la Monarquía había prendido con hondas raíces en la tierra desecada de la España central. Si el primer partido republicano español tomó una orientación federalista, fue porque su principal inspirador era un catalán: Pi i Margall. La primera República, la de 1873, obra en gran parte de los catalanes, proclamó en sus Constituyentes el principio de la República federal, que la falta de preparación del país y las luchas intestinas hicieron abortar. Las Constituyentes de la segunda República prefirieron el método gradual de los Estatutos al establecimiento general de un régimen federativo. Fue inteligente. Menos inteligente fue el cercenamiento del Estatuto propuesto y votado en referéndum por Cataluña, de manera que la autonomía catalana no fue sino una semiautonomía, inferior a la de los regímenes federativos que pueden calificarse de clásicos. Sin embargo, los catalanes aceptaron el Estatuto ya podado, puesto que contenía todavía libertades importantes que jamás la Monarquía hubiera concedido; en el mayor de los casos ofrecería una limosna de descentralización administrativa controlada, precaria, siempre a merced del humor variable y a menudo agresivo de los hombres políticos del centro y de los generales ambiciosos.

Tomando como modelo el Estatuto de Cataluña, promulgado en el mes de septiembre de 1932, en octubre de 1936 se votó en las Cortes el Estatuto vasco, con algunas variantes notables; la preparación del Estatuto gallego fue aplazado a consecuencia de la sublevación militar de julio de 1936. Si la segunda República hubiese resultado victoriosa, habríamos asistido en España al funcionamiento ordenado y beneficioso de los tres regímenes autónomos de Cataluña, País vasco y Galicia; y probablemente también de Valencia y Mallorca. El problema de las nacionalidades hispánicas se hallaría en la buena vía incluso es de creer que las autonomías de los Estatutos se habrían ampliado constitucionalmente hasta los límites del federalismo clásico. Y en la cuestión de las nacionalidades, España no sería una negra excepción en el mundo.

IV
El valor del auténtico espíritu nacional

Se ha relegado finalmente al desván de la tontería demagógica la tesis absurda que presentaba como incompatibles el nacionalismo –en el sentido de la libertad de las naciones– y el universalismo. En el seno de la sociedad civilizada lo humano es una armonía de lo individual, de lo nacional y de lo universal. El auténtico espíritu nacional –que no debe confundirse con el «chauvinisme», ni con la ambición de hegemonía, ni siquiera con el egoísmo sagrado– es una gran fuerza creadora. El mundo le debe ricas floraciones en el arte, en la poesía y en el pensamiento. Un pueblo no halla la plenitud de su vigor espiritual más que en la fidelidad a su naturaleza. Si renuncia al signo de su personalidad distintiva, o si es desposeído por la coerción, las luces de su genio palidecerán y se apagarán.

Véase la historia de los pueblos sin soberanía por propio abandono o por agresión de otro pueblo. Su aportación a la obra común de la civilización ha disminuido intensamente o se ha agotado. Pero si en uno de esos pueblos se produce un renacimiento del espíritu nacional, bien pronto su literatura y su arte, su ciencia y su vida, patentizan un nuevo esplendor.

Se ha visto durante la baja Edad Media, que en Europa fue el período durante el cual las nacionalidades tomaron figura y conciencia; se ha visto asimismo en los modernos renacimientos nacionales. Los errores, desviaciones y contradicciones de la política y de la diplomacia no bastan para arrebatar a los movimientos nacionales la gloria de haber dado un impulso a la vida espiritual de los pueblos.

Se ha visto tanto en la península ibérica como en otras partes. El movimiento catalán y el movimiento gallego, que hallan en la lengua su principal fuerza, se iniciaron mediante un renacimiento poético en el que brillaron grandes nombres. En Galicia, Rosalía de Castro, Eduardo Pondal, Manuel Curro Enríquez; en Cataluña, Jacinto Verdaguer, Ángel Guimerá, Joan Maragall, Miguel Costa i Llobera, Joan Alcover. En los otros géneros literarios la cosecha fue igualmente abundante. El renacimiento catalán, el que más ha evolucionado hasta el momento actual, condujo a la restauración del intenso hogar de cultura que ennobleció el nombre de Cataluña en los tiempos en que creó el más amplio y más duradero imperio mediterráneo después del de Roma. El movimiento vasco, por su parte, no solo detuvo el curso de la desaparición progresiva de la lengua vasca, sino que ha iniciado su renacimiento. La renovación del espíritu nacional devuelve la juventud a los pueblos.

Por lo que se refiere a Cataluña, sobre todo, existe el hecho que durante los tres siglos de desnacionalización en el dominio de la lengua escrita, no produjo en castellano más que una producción limitada y mediocre; por el contrario, durante un siglo de renacimiento dio en su lengua una producción muy importante en cantidad y en calidad. Este hecho ha sido reconocido, casi con idénticas palabras, desde lo alto de la tribuna de los Juegos Florales de Barcelona, por dos hombres eminentes, de signo contrario pudiera decirse: un castellano de derecha, Menéndez Pelayo (1888) y un catalán de izquierda, Pi i Margall (1901). La historia literaria muestra que las dificultades para adaptarse a la expresión lingüística castellana son más fuertes aún para un catalán que para un vasco o un gallego; hecho este más psicológico que filológico. Así, la oposición al desarrollo de la lengua catalana es pura pérdida para la cultura humana, sin que la cultura castellana obtenga beneficio alguno. Los mejores espíritus de Castilla han condenado la imposición de la lengua castellana a los pueblos no castellanos.

Los españoles de tendencia verdaderamente democrática y liberal reconocen el hecho fundamental de la diversidad hispánica. La Monarquía española fracasó en su esfuerzo histórico por someter todos los pueblos de la península al estilo y a las leyes de Castilla. La República no puede proseguir este esfuerzo desleal y peligroso; en cambio puede triunfar en la tarea de reconciliar los pueblos peninsulares y llevarlos a una colaboración confiante y constante. Las reivindicaciones autonomistas de los vascos, catalanes y gallegos –tres pueblos de alma liberal y de tradición democrática– se colocan en el campo del federalismo y cuentan, en definitiva, con el apoyo popular. Los tres pueblos pueden tomar por divisa las hermosas palabras catalanas de Ángel Guimerá:

«En la vida dels pobles, qui vol viure té rao de viure.»

A. Rovira i Virgili

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{1} A. Rovira i Virgili falleció en diciembre de 1950 [el 5 diciembre de 1949] en Perpiñán, donde vivía exilado desde la caída de Cataluña. Era uno de los más brillantes y puros escritores en catalán, lengua en la que produjo innumerables artículos y numerosos libros. Cuéntanse entre éstos una Historia de Catalunya, una Historia dels moviments nacionalistes, un libro sobre Els darrers dies de la Catalunya republicana y diversos e interesantísimos estudios sobre las relaciones entre Cataluña y la Revolución francesa. No podemos dejar de señalar dos de sus obras fundamentales: Defensa de la Democracia y La crisis del régimen, así como sus ensayos sobre Pi i Margall, Pan Claris y Valentí Almirall. Dirigió en Barcelona el gran diario La Publicitat y fue fundador y director del diario de la tarde La Nau y de la Revista de Catalunya. El artículo que ofrecemos a nuestros lectores, inédito hasta ahora, fue el último que escribió el gran historiador y pensador político catalán.


A. ROVIRA I VIRGILI, fue uno de los más destacados escritores en lengua catalana. Murió en el exilio, en 1950 [el 5 diciembre de 1949], dejando una enorme labor periodística y varios libros, entre otros Historia de Catalunya, Historia dels moviments nacionalistes, Defensa de la democracia, &c. (2:110)