Filosofía en español 
Filosofía en español


Discursos y poesías pronunciadas en la solemne reinstalación de la Universidad de Quito, el 18 de febrero de 1883

El Señor Don Manuel María Pólit, profesor de Lengua y Literatura Francesa, dijo:

Excelentísimo Señor, Señores:

Grande y magnífico es el espectáculo que en este momento se presenta a mi vista: terminadas las fatigas de una primera campaña y antes de darse principio a otra quizá más cruda y dificultosa, cesa la agitación de las armas, hacen silencio el parche y el clarín; y los hombres que han empuñado las riendas del Estado, y los que gloriosamente blandieron la espada en defensa de la Patria, y los que siempre le dieron lustre con sus preclaros talentos, se reúnen hoy para volver a abrir a la juventud el santuario de la ciencia, ¡Día fausto y venturoso para la Universidad de Quito, cuyos destinos parecen estar íntimamente enlazados con los de la Patria!; pues, si esta cae y desfallece, marchítase aquella; reverdeciendo lozana tan luego como vuelven a la primera sus días de triunfo y esplendor.

¿Qué hemos visto, en efecto, señores? Receloso un tirano de las ideas que, saliendo de esta Universidad, circulaban doquiera como eléctrico fluido, y mantenían vigoroso en los pechos el patriotismo, expulsa a los maestros del saber, huella los sagrados fueros de la propiedad, persigue, encarcela, azota a los jóvenes que, en medio del más abyecto servilismo, osaron prorrumpir en un grito de protesta y libertad; y este negro atentado contra la ciencia es como el preludio de la traición infame que, algunos meses después, hunde a la Patria en un abismo de ignominia.

Mas entonces, señores, como si la copa del crimen hubiese rebosado, suena la hora de la justicia divina, se levantan a una los pueblos todos de la Republica, y, como dice nuestro inspirado vate,

Nombre de libertad su pecho inflama,
Y de amor patrio la celeste llama
Prende en su corazón adormecido.

Entonces comienza una de las páginas más gloriosas de nuestros anales. En el Norte, patria de héroes, trábase la lucha entre los soldados de la libertad y los de la tiranía: uno contra diez, sin armas, sin recursos, sucumben varias veces y otras tantas se reorganizan; y ¡cosa extraña! después de cada descalabro, aparecen más briosos y decididos, y no paran hasta ver coronados su valor y constancia con la más espléndida victoria. ¡A ellos honor inmarcesible! Alzaron el primer grito, dieron el primer impulso, y conmovióse toda la República, y tambaleó en su trono la tiranía. La cadena que aherrojaba a la Patria, fue rompiéndose, eslabón por eslabón, en las jomadas de San Andrés, primera victoria, Chambo, terror de los tiranos, Alausí, Quero, Pisque, Guaranda, Babahoyo, últimos y certeros golpes. Entonces, convocados por el genio de la Libertad, mensajero de la Providencia, concurrieron en Quito los ejércitos libertadores: el del Centro, que, como leve chispa convertida luego en voraz incendio, consumió los dineros, las armas y las numerosas [26] huestes de la tiranía; el del Sur, que imitó a los Diez Mil Griegos, pasando como ellos al través de mil peligros, como ellos venciendo, pero atacando en vez de retirarse; y en fin el del Norte, que, huracán violento, derribó el árbol de la tiranía, ya vacilante al recio golpe de robustos leñadores. Quedan aún las raíces y el leño destrozado del árbol maldito; mas, no lo dudéis, señores, con el auxilio de Dios, la bravura de nuestros soldados y el patriotismo de todos los ecuatorianos, pronto se despejará el terreno y se dará cima a la redención de la Patria.

Libre el Ecuador, debe empezar la era del progreso y la civilización; más, para tan grande empresa, señores, no basta ya un esfuerzo momentáneo, uno como sacudimiento general del país: es menester que se introduzcan en el los elementos de civilización y progreso, que en él adquiramos todos virtudes cívicas, que en él surjan varones eminentes que le sirvan de guía, siendo su luz y gloria en la prosperidad, su amparo en la desgracia; y, obra tan insigne, sólo puede verificarse, educando a la juventud. La espada salva a las naciones en los casos extremos como el actual; sólo la educación de la juventud puede labrar su dicha, y darles fuerza, honor y duración.

¿Qué es la educación? Es, señores, la formación del hombre tanto en su parte física como en la espiritual. El hombre nace débil e ignorante, nace inclinado al mal; ahora bien, la edacaci6n de toma en la cuna, preside al desarrollo de sus fuerzas corporales y al desenvolvimiento de su inteligencia, combate en su corazón los malos instintos, reprime la concupiscencia, y juntamente siembra y cultiva en él todas las virtudes, plantas celestes que en la tierra producen las flores más bellas y los frutos más óptimos. En tan grande y portentoso trabajo, participan los padres, la familia y la sociedad, el maestro y el sacerdote; y, si no se malogran sus afanes y desvelos, ¡cuán hermoso y sublime es el resultado de la educación! Engrandecida su inteligencia, el hombre llega a ser el verdadero rey de la naturaleza: escudriña sus arcanos, aprovecha sus fuerzas y disfruta de sus producciones; los árboles y plantas crecen bajo su cuidado, las alimañas reconocen su poderío, surcan las olas del océano sus infinitos bajeles; elévase en los aires, perfora los montes encumbrados y transmite doquiera sus ideas y voluntades, con la misma rapidez con que las concibió; en fin, dirige sus miradas al firmamento, donde contempla y sigue el curso de los astros: de esta manera, señores, el hombre se acerca a Dios, y de algún modo justifica el haber sido creado a su imagen. Y aun se aproximará más a la Divinidad, si, desarraigando de su corazón todo vicio y limpiándole de toda mancha, solo da cabida en él a las altas aspiraciones i los nobles y abnegados sentimientos, a las puras y sublimes virtudes, cuales son la honradez, el patriotismo, la caridad.

He aquí, señores, bosquejado en breves rasgos lo que puede ser el hombre formado por la educación. Sin duda que no todos llegarán [27] a este punto, pero a todos les tocara algún rayo de este sol vivificador; cada uno se educará conforme a su esfera y condición social, y de este modo, ¿cómo no cumplirá cada cual con su destino en la tierra, cómo no será cada cual feliz?

Y siendo así, como dice Jovellanos, que la prosperidad pública no es otra cosa que la suma o el resultado de las felicidades de los individuos del cuerpo social; al educarse todos los ecuatorianos, ¿cómo no ha de ser grande, próspero y feliz el Ecuador? Efectivamente, la educación es el único medio para que vaya desapareciendo poco a poco la desigualdad de las razas, fuente perenne de envidias, rencores, y trastornos sociales, y se establezca en su puesto la grande unidad nacional. Con la educación adecuada que le conviene, el agricultor perfeccionará sus métodos de cultivo y sacará tesoros inagotables del feraz suelo ecuatoriano; el comerciante, el industrial saldrán del carril de la rutina, y llevarán a cabo empresas que, aumentando sus propios caudales, engrandezcan asimismo a su Patria. Con la educación, tal como debe ser, a la par que el pueblo se enriquece, van morigerándose sus costumbres, disminuyen insensiblemente los crímenes, y, asentándose en el corazón de cada uno el deseo de hacerse mejor y ser útil a sus semejantes, prosigue a pasos agigantados una nación por la senda de la felicidad y el verdadero progreso.

Por último, (y notadlo, señores, ésta es la cuestión de vida o muerte para un pueblo), la educación es la que cría hombres, es decir hombres dignos de llamarse así. Desautorizada y débil es mi voz, y no me atreviera a hablaros sobre tan elevado asunto, si no repitiese las elocuentes frases del sucesor de Quintiliano y Rollín, del ilustre obispo de Orleáns. Escuchadlas, señores, y meditad su profundo sentido:

«Por todas partes oyese decir: ¡Los hombres faltan!; ¿dónde están los hombres? Es el grito, la queja universal…
¿Qué buscan los pueblos, cuando temen un gran desastre? Buscan un hombre que los preserve de él.
Cuando las naciones perecen en las convulsiones de la anarquía, o caen en el abatimiento letárgico que es el sueño precursor de la muerte; al perecer, tan sóIo saben repetir la palabra evangélica: ¡Un hombre nos falta! ¡no tenemos un hombre!: Hóminem non habeo

Sin duda, señores, cuando un hombre ha de ser el Salvador de un pueblo, Dios solo le suscita; pero es preciso que la educación le prepare a tan alta misión; es preciso que forme a los hombres que han de agruparse en torno de él, y contribuir con el a la salvación de la Patria.

Para las circunstancias ordinarias, necesitamos «hombres de bien, hombres de cabeza, hombres de fe, hombres de honor y valentía, hombres de genio»; y la educación es la única que nos los puede proporcionar.

A nadie se le pasan por alto las causas del mal que nos consume, [28] del cáncer que roe las entrañas de la Patria; la ignorancia, el ocio, el egoísmo, el envilecimiento, la corrupción de ideas y costumbres: ésos son los monstruos que la educación debe ahogar y destruir desde un principio. ¡Ah! señores; la ignorancia, que deja reducidos a tantos infelices casi al nivel de los brutos, o si no, ocasiona la depravación de ideas, peligro inminente de las sociedades; pues, la educación sola podrá con su luz disipar esta caliginosa tiniebla. El ocio, padre de todos los vicios, y que, no permitiéndole al hombre entregarse al trabajo que da pan y honradez, le envilece y le deprime tanto que ya no se avergüenza de arrastrarse ante el más vil de los mortales, siquiera le desprecie y odie, y besarle la mano, con tal que le eche algún mendrugo de su mesa; el ocio, que despoja a la inteligencia de todo brillo, a la voluntad de toda firmeza; el ocio, sólo puede corregirse con los hábitos de diligencia que engendra la educación; ésta es la que forma varones de ánimo robusto e inquebrantable, al jústum et tenácem propósiti vírum, que admiraba el poeta romano. En fin, señores, el egoísmo, aquel gusano que daña los mejores frutos, pues inficiona los más esclarecidos talentos e inutiliza a los hombres más conspicuos; ese enemigo de todo progreso y de toda acción grande, sólo muere a esfuerzos de la educación, pero de la educación verdadera, esto es, de aquella que al cultivo de la inteligencia une el del corazón, a las ciencias los principios religiosos.

Esta es precisamente, señores, la educación que ha de formar a los individuos y sociedades, impeler a la Patria por el camino del progreso y salvarla en los días de peligro. Por fortuna, y ¡bendigamos al Cielo! hasta aquí la educación que se reparte en nuestras escuelas, colegios y universidades, ha sido de esta especie. Pero apenas entramos en la vía: ¡qué poco es lo que se ha hecho, en comparación de lo que está por hacerse!

La tercera parte de los ecuatorianos, los infelices indios carecen por completo de toda educación. ¿Hasta cuándo, señores, y os lo digo en nombre de la Religión y la Patria, hasta cuándo quedarán sumidos estos desgraciados en semejante estado de abyección? Respecto al pueblo de nuestras ciudades y aldeas, no ha muchos años que empezó a dársele la primera enseñanza; pero reclama ya la secundaria y profesional. Y, en cuanto a la alta educación intelectual, ¿no os parece, señores, que debe ensancharse el campo? ¡Cuántos estudios que apenas saludamos! ¡Cuántas carreras que nos están del todo cerradas!

En este particular, hasta una época no muy remota, permaneció como estacionario el Ecuador. Después de la conquista de estos territorios por España, los únicos centros de instrucción fueron los conventos de Quito; luego fundóse la Universidad, en la que, por cierto, se estudió bastante bien Teología y Jurisprudencia; de las letras, lo indispensable; de las ciencias físicas, matemáticas y naturales, nociones; no puede decirse que la Medicina en aquel entonces era ciencia. Sin embargo, sobresalieron, merced a sus propios [29] esfuerzos, los Maldonados, Velazcos, Viescas, Espejos y Mejías. Durante la guerra de la Independencia, todas las fuerzas del país se absorbieron en ella. Vino el ilustre Don Vicente Rocafuerte y, en su demasiado corta administración, mostróse entusiasta protector de la instrucción publica. Después de él casi nada se hizo, hasta que, surgió entre nosotros un hombre{1} de aquellos que sólo de vez en cuando aparecen en un pueblo: inteligencia singular que abarcaba casi todos los ramos del saber humano, y, con una facilidad asombrosa de comprensión, investigaba las causas de los acontecimientos, juzgaba rectamente de las situaciones más intrincadas y discurría los medios más convenientes; elegante figura, mirada de fuego, aspecto majestuoso, cuerpo de hierro, valor indomable; voluntad que nunca retrocedió después de acometer alguna empresa, ni la acometió sin llevarla a feliz remate. Este hombre, a quien sus mismos enemigos tienen que admirar, se propuso ante todo la felicidad y adelanto de su Patria: empezó a gobernarla en una de las épocas más luctuosas, acosada por el extranjero y desgarrada por sus propios hijos, y la dejó en completa paz; pocos años le bastaron para abrir caminos, empezar un ferrocarril, construir edificios, organizar un ejército fuerte y moralizado; especialmente consagró sus desvelos a la educación de la juventud, pues fundó escuelas y colegios, creó un Conservatorio de Bellas Artes, mejoró esta Universidad, estableciendo en ella por primera vez la enseñanza de ciencias matemáticas y naturales. Galardón que ansioso apetecía era el llamarse protector de las ciencias, letras y artes en el Ecuador, título por cierto qua la Historia imparcial no le negara. Y por eso, señores, su imagen parece aun como que preside esta asamblea. ¡Oh hombre grande, tu Patria algún día te hará cumplida justicia; aclamará tu nombre la posteridad y, en vista de tu acendrado patriotismo, de tu admirable desinterés, de tu constante anhelo por la educación de la juventud, te perdonará; sí, muchos errores y muchas faltas!…

Lo mismo, señores, ha de suceder con todo gobernante que de igual suerte fomente la educación. A los gobiernos, pues, toca difundir, mejorar y conservar la educación de la juventud en todos sus ramos; a los profesores y maestros, inculcar en los ánimos juveniles los altos principios de nuestra divina Religión, el amor a la Patria, la abnegación y demás virtudes, junto con las ciencias que ensenan al hombre la verdad, las letras y las artes que le hacen entrever algo de esa belleza siempre antigua y siempre nueva.

A vosotros, jóvenes de la Universidad de Quito, a vosotros, pues, haceros beneméritos de la Patria. Ya la habéis defendido con las armas, mostrando una vez más al mundo, que no anduvo desacertado el simbolismo mitológico cuando armó a Minerva con peto, casco y refulgente lanza: a nuevo toque de llamada,[30] se os verá en el campo del honor, prontos u nuevos combates. Mas, entre tanto, ¡educaos para ser útiles a vuestros compatriotas; educaos para ser dignos de llamaros hombres; educaos para ser el brillo, fuerza y salvación de la Patria!

He dicho.

{1} El Excmo. Sr. Dr. Gabriel García Moreno cuyo retrato adorna el salón de la Universidad.