La Alhambra
Granada, domingo 2 de junio de 1839
número 7
páginas 108-110

J. G. Valenzuela

Opúsculos sobre la filosofía de la especie humana
Artículo 1.°

El Espíritu

Entre los admirables seres que forman el incomprensible y armonioso conjunto de la creación, ningunos más dignos de la atención del filósofo, que los que constituyen su propia especie. Desde ese millón de mundos luminosos que obedecen la ley de sus órbitas, y siembran de luz el pavimento del Eterno hasta la imperceptible arena de preciosa estima que se purifica en las entrañas de la tierra, todo se mueve, se agita, y se conserva a impulso de un principio de vida derramado en el universo, que influyendo de distintos modos en la materia da por resultado esas combinaciones reglamentadas, que forman las leyes instintivas de cada especie. El hombre, sin embargo de que participa de esta vida elemental, productora del movimiento, y de la destrucción, no puede menos de reconocer en sí un principio que lo diferencia de los demás seres, ennoblece sobre la de ellos su existencia, y lo pone en directa, e indirecta comunicación con el Hacedor. ¿Será esta idea una consecuencia precisa de su organización, un presuntuoso delirio de su vanidad; o que efectivamente la especie humana en su misteriosa mezcla de materia, y espíritu, ocupa el grado intermedio entre la creación, y el Criador? Si el dogma de [109] la espiritualidad hubiera podido separarse del de la inmortalidad religiosa con sus premios, y sus castigos, el más digno empleo de la razón humana hubiera sido rendir homenaje a la nobleza, y dignidad de su ser. Entonces no se hubiera esforzado tanto su misma sublime inteligencia en presentar al hombre como un ser mezquino, despreciable, ridículo, imperfecto, inferior aún a los más asquerosos insectos. Yo preguntaría a esos filósofos, si se han creído efectivamente tales, como pintan a su especie; pero por mucho que hayan querido degradarla, la misma facultad que para hacerlo tuvieron, la inmortalidad de su nombre, su existencia, y su doctrina, y esa voz histórica que lleva vivo el pensamiento del hombre a las generaciones futuras, contrastando admirablemente con el frío silencio del inerte sepulcro, son otras tantas pruebas de que a la especie humana le es peculiar otra existencia, y que nada tiene de común con la de los demás animales. Y ese poder inmenso de la inteligencia del hombre ¿sería sólo el producto de un instinto mecánico, o los efectos de un rayo de la divinidad del Eterno? La palabra instinto ¿no supone la uniformidad de acción necesaria en todos los seres de la especie a que es peculiar? La abeja, y el castor construyen sus habitaciones; pero hoy lo hacen del mismo modo que en el siglo de la creación, al paso que no pueden reducirse a número ni término las variedades artísticas inventadas por el hombre para abrigo de la vida, y de la muerte desde la frágil choza de paja del desierto hasta las graves pirámides de Egipto. ¿Quién será el que se atreva a fijar los límites del pensamiento, y decir «hasta aquí puede llegar la potencia del hombre?» Ni el pájaro que vaga en la pura atmósfera del cielo, ni el pez que surca el insondable abismo del mar están libres de su poder. El desgraciado Plinio pretende examinar el profundo elaboratorio de un volcán; y el atrevido Newton revela las leyes de los astros, demostrando así que la creación entera está bajo el imperio intelectual del hombre. El solo tiene facultad para suplir los defectos de su organización, y no es posible que aquella sea una consecuencia de esta. Con la palanca aumenta sus fuerzas sobre las del poderoso elefante: con el microscopio analiza el átomo imperceptible; y con el telescopio contempla en su asombrosa magnitud esos brillantes mundos que ruedan en el inmenso espacio, y que a la simple vista sólo aparecen como trémulos puntos luminosos salpicados en el oscuro manto de la noche. Para el hombre no hay tiempo pasado. Todas las combinaciones de la inteligencia de las generaciones de los setenta siglos que nos han precedido ¿no están hoy vivas a nuestros ojos en las páginas de la historia? ¿Dónde están los Asirios, los Medos, los Babilonios, los Egipcios, los Griegos, y los Romanos? Pasaron sus siglos, y sus imperios; pero al través del tiempo, y del polvo de las ruinas, y de la muerte su pensamiento inmortal ha llegado hasta nosotros, y pasará enriquecido con el nuestro, a los siglos futuros. Así el hombre goza de todos los tiempos, de todos los lugares, sometiéndose a su poder intelectual cuanto no alcanzan los términos de la vida. Solo le falta [110] sondear con seguridad el abismo de lo futuro para ser un Dios; pero si no lo consigue lo intenta, y en eso mismo reconozco el espíritu, y la inmortalidad.

Rey el hombre, domina o investiga la creación: sorprende a la naturaleza en sus secretos e imperceptibles elaboraciones: revela sus leyes y sus arcanos: rompe el tiempo y el espacio; y solo se detiene sorprendido, ofuscado, y ciego su pensamiento ante la majestad del Criador. No puede menos de reconocerle, porque siente dentro y alrededor de sí su mano poderosa; pero orgulloso intenta analizarle, definirle, y ponerle también bajo el dominio de su inteligencia. ¡Insensato! no lo logras, ni lo lograrás: ese es el límite de tu poder intelectual: tú reposas en su seno como hijo querido; pero no te es dado comprenderle, así como ni tampoco al mar que descansa en la tierra traspasar el límite de su imponente poderío. Empero no por esto afectes impío desconocerle, ni envilezcas tu especie despojándola de su verdadera diferencia, de su más noble prerrogativa, que es el espíritu.

J. G. Valenzuela


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