Filosofía en español 
Filosofía en español


Miguel Cruz Hernández

Filosofía del Albaicín

El Español

«La vida social de Granada es todavía muy moruna. Nuestra mujer no es mujer de lujo, de calle o de salón. Su colección de trajes no es muy complicada ni tiene muchas ocasiones para lucirlos. En el ajuar de una novia de la clase media los vestidos se cuentan por los dedos de la mano y casi nunca se pasa del primer dedo, y las camisas y enaguas se cuentan por docenas y no se acaba nunca. Nuestra mujer ama con amor entrañable la ropa blanca. Así es que cuando tiene que salir a comprar, ya sea porque las trajes no abundan, ya porque no tiene ganas de emperejilarse, sale casi siempre “de trapillo” y huye de las tiendas de relumbrón.»

Ángel Ganivet

Dispuestos a entrar, siquiera sea superficialmente, como las ausentes lluvias de este otoño, en la filosofía del Albaicín, encontramos la primera y radical dificultad en la índole de su propio objeto. El Albaicín se levanta, se escapa vertiginoso por las pendientes ondulantes de sus cuestas y cuando nos ceñimos a las escamas de éstas y serpenteamos hacia su cumbre, se nos fuga en la primera estrella que pasa junto a sus campanarios.

Hasta ahora hemos permanecido en la ciudad baja burguesa, de falsas calles torcidamente perpendiculares; la Granada burguesa y fría de las solteronas se halla separada de la inquietud del Albaicín por la fría y pegajosa amplitud de la Gran Vía. Pero desde aquí abajo no se pueden atisbar las cumbres; otras partes de la ciudad se pueden vislumbrar desde fuera, pero para descubrir la esencia del Albaicín, como para descubrir la esencia de toda filosofía, hay que entrar en él; lo que sea el Albaicín sólo se puede aprender albaicineando.

Todas las ciudades tienen su cuerpo: una densidad de calles, casas y campanarios que encierran la inquietud de su su espíritu; pero el Albaicín es sólo alma, no tiene cuerpo. El cuerpo del Albaicín es una soledad, una carencia, una nada. Pero una nada realísima que aprisiona para siempre al que cae en el beso de su inanidad amorosa.

Cuando las cadenas sin fin de las cuestas que atan al Albaicín con Granada nos arrastran hacia el pozo sin fin de su ausencia, en las cuatro esquinas tentadoras de los vientos nos asalta el Albaicín oficial para turistas. Nos encontramos con el Albaicín “servicio público”; el de la sociedad servidora de burgueses, que ha establecido una burocratización turística y paga cátedras de vulgaridades típicas y crea esas estúpidas editoriales de baedekers que manchan la blanca nada de la carne albaicinera con la carroña de la falsa pandereta. Pero este Albaicín de pastiche no tiene nada que ver con la impalpable realidad del Albaicín auténtico; el camino del que quiere entrar en el Albaicín auténtico no son las rutas engañosas de las guías, sino un proceso de destrucción de esos falsos caminos.

Tampoco del Albaicín se puede tener una idea; las ideas son los esqueletos de los cosas, algo pasivo, desarraigado, y en el Albaicín sólo se puede estar viviéndolo activamente con la desgarradora pasión del que vive un amor o un odio –esos amores y odios primarios que en el Albaicín sustituyen a las piedras–.

El Albaicín es tiempo, porque el tiempo es “un ingrediente de la constitución misma del espíritu”; allí no hay que buscar la eleática pasividad de los seres de la naturaleza, sino el fluir desgarrado de la historia; el Albaicín habla del tiempo, no de los tiempos; el Albaicín no tiene historia, es historia; el Albaicín no tiene filosofía, es filosofía; su único sistema es carecer de él. Como un Sócrates desnudo y viejo que patalea con sus campanarios, tumbado panza arriba, el Albaicín inquieto está sentado en medio del ágora milenaria del mediodía, y, como el viejo Sócrates ateniense –que no tenía rasgos griegos, sino meridionales, tartésicos o andaluces–, se entretiene en preguntar, montado en la potra sin bridas de saber su ignorancia, a todos los que acarician el leve aire que le envuelve. Y el Albaicín pregunta; pregunta a todos, al general engolado de plumas y al soldado curado de espanto, al magistrado sucio de plumas y tintas y a algún bandolero que acaricia el filo de navajas y pistolas, al sabio torcido por viejos infolios y al niño que estrena cada día un vocablo, a la triste soltera que riza el camino desde sus flores a la iglesia y a las prostitutas que ríen con ojos de llanto.

El Albaicín, también como Sócrates, tiene su daimom, su duende. La vieja ciencia milenaria del Albaicín tiene hasta este término exacto para traducir al viejo daimom griego.

El Albaicín está lleno de duendes que juegan con las nubes y con los pájaros, que de noche atormentan el sueño de sus niñas hasta ponerles las ojeras como lirios; hay otros que cambian los letreros de las calles, que borran los números de las casas, que plantan claveles en invierno, que siembran de rosas todo el año. Hay otros, duendes negros, que aguzan los filos a cuchillos y navajas, que sonríen en los puntos de mira de los empavonados fusiles, que colocan dianas invisibles sobre el temblor de los corazones, que anudan las trenzas morenas a tu garganta y ponen veneno en los besos. Sin duende, decía Federico García Lorca, que tanto supo de los duendes, no hay cante, ni baile, ni arte, ni toros. Los duendes eran quienes encendían la garganta de la Niña de los Peines; los duendes bailaban con los pies de Encarnación López Julvez; los duendes bailaban en el capote de Ignacio Sánchez Mejías; los duendes mojaban la pluma de Federico en el Romancero gitano, y el pincel de Zuloaga cuando pintaba al enano Gregorio el Botero, y al embufandado piano de Falla,  agitado por el Amor Brujo. Y fueron duendes también los que se llevaron la garganta de la Niña de los Peines y los pies de Encarnación López Julvez.

Los duendes del Albaicín bailan en los ojos siempre en penumbra de la mujer del Albaicín; yo los he visto alguna vez, fugaces relámpagos de soledad, de nada, perdidos en el fondo de una copa.

A veces los duendes se apoderan de nosotros y nos empujan cuesta arriba, hasta el alma gigante del Albaicín, y allí encontramos la esencia de éste, existiendo en el mundo y entre las cosas, luchando con el mundo; la relación que existe entre el Albaicín y el mecanicismo que agarrota al mundo no es la serena pasividad con que el espejo refleja las cosas; todo gira atropelladamente en torno a la nada del Albaicín, y cada día ha de ir decidiendo lo que va a ser. Sumergidos en la vida cotidiana, el Albaicín se nos presenta como un gigante problema, como una flagrante contradicción; como un río atravesado en la carrera del que persigue a la caza o del perseguido por fieras, el mismo río es a la vez obstáculo y puente, problema urgente y  solución inmediata; pero solución tan sólo para quien se arroja en él de cabeza y bracea con la prontitud del naufrago.

El Albaicín es extraño, porque nosotros somos extraños a él; porque él esta oculto en su impalpable existencia por la banalidad cromática de las cosas cotidianas; el Albaicín es extraño porque siendo eterno es siempre joven, nuevo y nosotros nos extrañamos no de las cosas sino de la novedad de las cosas. Porque, menguados y limitados microcosmos, nos encerramos en nuestros mundos peculiares entre las cuatro paredes de nuestros horizontes y sólo vemos la aséptica perspectiva que nos conviene. Por eso nacemos al Albaicín por la extrañeza, por la problematicidad y por ella llegamos a los problemas del Albaicín y descubrimos que el Albaicín no tiene problemas, sino que él mismo es problema. Sólo por esto el Albaicín es filosofía.

Hasta un día vivíamos aquí abajo, como todos los hombres, soportando la ineludible existencia premiosa de lo cotidiano; pero aquel día en que un duende astuto y enredador, como el de Sócrates, patentizó súbitamente esa posibilidad constante que tiene todo hombre de poder verse arrastrado a la soledad del Albaicín; y entonces el Albaicín se apoderó ya para siempre de nosotros, en ese minuto de silencio intransitable que en medio de las notas de un concierto o de un amor nos dice: dentro de dos horas todo esto habrá terminado.

Por esto decíamos que nadie puede ascender por sí sólo hasta el Albaicín; nadie puede lanzarse hacia él si ya antes él no se ha abrazado a nosotros; nadie posee al Albaicín, sino que hay hombres poseídos por el Albaicín. Porque el Albaicín es sólo alma, alma sin cuerpo, como decía Waldo Franck, que anda errante como el viejo judío, esperando la tierra de promisión de su cuerpo, y día tras día va haciendo posada en los cuerpos y en las almas, que arrastra hacia su soledad sin límites. Por esto cuando queráis buscar al Albaicín, esperar a sentiros solos, y cuando la soledad ponga sus labios incansables en la sequedad de los vuestros, lanzaros hacia arriba por las vírgenes cuestas –Santa Trilogía de Alacaba, San Gregorio y el Chapiz, abrazadas por mil pequeños ángeles entrecruzados–, y pasar cármenes, conventos y campanarios hasta llegar a la calva aeronáutica de San Nicolás. Desde allí –en el incendio vacío de su campanario blanco–, el Albaicín lanza sus dardos de cal y tejados contra la vecina molicie sensual de la Alhambra, de la Alhambra sin alma que ofrece a las nubes su cuerpo, sólo cuerpo, sin nada de alma, esto es, sin nada y sin alma, que es lo mismo.

Por la noche se abrirán los misteriosos cármenes que ostentan la media luna del cielo cristiano, en vez de la media luna de plata islámica; y en la última esquina una trenza de noche se anudará a nuestro cuello y nos besará de amor ardiente de virgen o de pecadora. Y cuando la soledad, de brazos del amor o del pecado, nos lance a la ocre soledad del hastío, por alguna ventana misteriosa una cruz imantará de estrellas el ciprés blanco del campanario. Porque la filosofía del Albaicín, como toda auténtica filosofía, acaba en teología; en pura teología, condensada en azúcar en los alfajores de Zafra, las magdalenas de Santiago, el alajú de las monjas y el huevo molle de San Antón. Y por esto la teología del Albaicín es una teología cristiana, latente y acechante detrás de cada una de sus esquinas; aunque a veces duerme con el sueño profundo de la fe muerta; una fe que necesita que el apocalíptico ángel, que aquí es gitano y moreno, dilate sus pálidas mejillas hasta reventar su torso ambiguo y adolescente en un grito que derrumba sepulcro y palacios.

Y cuando nuestros ojos miran después de este viaje a la realidad opaca de las cosas, la noche profunda cae lentamente por las cuestas. Una torre lanza una flecha aguda y veloz: ¡Niiiiña!, y el silencio oscuro de fuera y el agrio y tumultuoso de dentro rezuma gota a gota su soledad espesa y azucarada como el jugo de una naranja. Por eso desde aquí también puede escucharse ese grito oscuro de la nada, con menos trompetería wagneriana que en Martín Heidegger, pero más agudo, veloz y penetrante y lleno de auténtico sentido: La muerte es una manera de ser.

Miguel Cruz Hernández