Filosofía en español 
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juzgando un libro
Ante el centenario de la Batalla de Clavijo

Por Francisco Gutiérrez Lasanta

Iniciamos hoy la publicación de un excelente trabajo, original del señor cura párroco de Valdecantos, don Francisco Gutiérrez Lasanta, autor, como nuestros lectores saben, del libro «La Virgen del Pilar reina y Patrona de la Hispanidad», premiado en memorable certamen zaragozano y extraordinariamente celebrado por la crítica.

Es el presente año de 1944 eminentemente jacobeo o santiaguista. En él se celebra el XIX Centenario del martirio de nuestro Apóstol en Jerusalén y probabilísimamente también del arribo de su cuerpo a las costas de Galicia traído por sus discípulos. La efeméride no va a cogernos desprevenidos, ya que hace precisamente un año, el Instituto de España, secundando un deseo del Caudillo convocó a certamen y a estas horas se está desentrañando la historia entera de España tan esencialmente cristiana como eminente santiaguista. Y por si algo faltara, el Sumo Pontífice ha concedido gracias extraordinarias a cuantos visiten debidamente la tumba del Hijo del Trueno en Compostela, iniciándose ya preparativos y organizaciones de romerías rumbo a aquellos santos Lugares.

También se celebra en el presente año el VIII Centenario de la fundación de nuestra Marina de Guerra creada por el insigne Arzobispo don Diego Gelmirez, el prelado a quien más debe la ciudad de Santiago de Compostela. Sobre este hecho, relacionado igualmente con las glorias jacobeas viene haciéndose también honrosísima mención en la literatura y en la prensa. Nada dejan, pues, que desear ambos acontecimientos en su fecha de conmemoración.

Pero en lo que no se ha reparado tanto, es en esta otra efeméride, también 11 veces centenaria de la Batalla de Clavijo, encuadrada igualmente dentro de este año jacobeo.

Y ello, no precisamente porque pase desapercibida a historiadores y literatos, sino por el estado puramente negativo en que este acontecimiento había llegado a ser declarado, pasando a la categoría de amena y fantástica leyenda. Mas he aquí que con visión certera y oportunidad pocas veces conseguida en la historia, el Dr. don Julián Cantera Oribe, canónigo de Santo Domingo de la Calzada y actualmente lectoral y profesor en el Seminario de Vitoria, acaba de publicar su valiente y erudita obra «La batalla de Clavijo» y aparición en ella del Apóstol Santiago como un anticipado y magnífico regalo de este Centenario, y sobre todo, como un clarín que convoca a examinar de nuevo la historia y a retocar y rectificar criterios.

 
Estado de la cuestión

Porque no constituye secreto para nadie, según ya hemos dicho, que la batalla de Clavijo, con sus aditamentos adyacentes: el Tributo de las 100 Doncellas, la aparición del Apóstol Santiago y el famosísimo y discutido privilegio de Voto, habiendo llegado casi en absoluto a perder su carácter histórico y real. No digamos se discutían sus argumentos con crítica más o menos recta y científica según es norma en otras cuestiones similares, y menos aún se exponía objetivamente la cuestión aduciendo pruebas favorables y objeciones adversas: nada de eso. Sobre la batalla de Clavijo y sus cuestiones adyacentes llegó a avanzarse mucho más. Se tachó de puramente legendaria y algunos historiadores nacionales ni le daban un reducido lugar en sus obras ni siquiera para rechazarla.

Pero siempre quedaba en el ánimo «un no sé qué» difícil de explicar; una especie de duda que no acertaba a expresarse, quizá más que por falta de palabras y de razones por el atuendo autoritario de los enemigos de la Batalla; una serie de anomalías que buscaban exteriorización; todo eso, en fin, que el señor Cantera con agudo raciocinio y dato elocuente ha sabido manifestar.

Porque la «representación» del Duque de Arcos nunca llegó a satisfacer a entendimientos rectos e imparciales por apasionada, demagógica y cobarde. Y sin embargo era lo cierto que de aquí partía la lucha cruda y sin cuartel contra la famosa Batalla.

El criterio supercrítico del P. Masdeu está ya juzgado por la historia y no podía aducirse su autoridad como decisiva en la materia. Más reprobable era todavía la actitud exagerada, ya puesta en rechifla, de Ferreras.

Entre tanto algunos historiadores españoles se empeñaban en sacar adelante la Batalla y sus cuestiones, como López Ferreiro (H. S. A. M. Iglesia de Santiago, t. II cap. IV); el padre Luis Ortiz S. J., cuyo trabajo «Aparición de Santiago en la batalla de Clavijo y Voto de Santiago» en tres volúmenes en folio, inédito todavía, premió la Real Academia de la Historia en 1920; y otros de menor valía. Pero ante la opinión negativa de la generalidad de los historiadores y la actitud confusa de aquellos otros que como el Marqués de Lozoya, parece que solo a título de literatura trataban estas cuestiones, el ánimo más decidido vacilaba, aunque sin acabar nunca de resolverse.

Quedaba aun un último autor. El P. Zacarías García Villada que en el tomo III de su Historia eclesiástica de España consagró un capítulo al asunto. La verdad es que en la parte expositiva, nada nuevo añade a lo anteriormente escrito y su proceder al querer dar solución al asunto, es prueba de la confusión existente en torno de él. Porque cabía esperar una respuesta personal y directa, como de quien ha estudiado la cuestión a fondo y emite el último dictamen. Sin embargo el P. Villada se guarda de ello y cede la palabra a otro historiador. Atendamos al relato decisivo del nudo gordiano, una vez expuestas las razones adversas y favorables. He aquí las palabras del P. Villada:

«…Así estaban las cosas, cuando don Manuel Gómez Moreno, en el discurso leído ante la Real Academia de la Historia, el año 1917, con motivo de su recepción, al hablar de la batalla de Simancas, que tuvo lugar en 939, escribió (pág. 19): “Cabe recordar aún, a propósito de esta misma campaña, otro testimonio, no alegado por Dozy, y que data de 984 con toda probabilidad. Es de la Crónica Iriense (ES. 20, 598), donde se dice: “En cuyo tiempo –de Ramiro II– Abderráhmen, rey de Córdoba, con todo su ejército fue vencido y puesto en fuga. El cual rey Ramiro antes había ido a Santiago a orar, e hizo allí “votos” de que cada año rindiesen censo a la iglesia del Apóstol (sus Estados) hasta el Pisuerga, y Dios le dió la victoria” (ES, 20, 604). “Votos a Santiago… hasta el Pisuerga… rey Ramiro… Son precisamente los datos que las Bulas Pontificias del siglo XII consignan, a propósito del famoso censo impuesto a la nación en circunstancias indefinidas. Los decretos reales confirmatorios del siglo XII, especifican que el tributo fuese de una fanega de trigo por yunta: y el Cronicón de Cardeña declara el nombre técnico del tributo, “adras” (ES, 23, 376). Estas sabemos que se destinaban en el siglo IX para sostenimiento de castillos y palacios reales, y Alfonso III cedió a la catedral de Oviedo las “adras” de Asturias, fijadas entonces en un sextario de cebada por yunta. Todo ello es auténtico y perfectamente admisible. El voto de Santiago hubo de disponerlo, pues, Ramiro II en acción de gracias por la batalla de Simancas. Aun el diploma famosísimo, aquella fantástica y amena superchería tal vez obra del canónigo cardenal de Santiago Pedro Mancio, hacia la mitad del siglo XII, alude con toda precisión a Ramiro II, sirviéndole de modelo otro genuino de 934 (véase en López Ferreiro, obr. cit. tom. 3.º, ap. LV). Su fecha quiere ser esta misma, pero la omisión de una C al redactarlo, quizá indeliberadamente, dio margen a que, puesto el asunto en manos de leguleyos, creciese y se enredase tan admirablemente. Sin Clavijo y sin doncellas, el voto de Santiago puede entrar en nuestra historia con patente libre.”» (Zacarías García Villada, o. c., t. 3º, págs. 214-215). [Historia eclesiástica de España, tomo 3, 1936.]

Hasta aquí, el señor Gómez Moreno. А él, pues, parece ha sido concedida la última palabra y su autoridad ha quedado como definida como la terminante y resolutiva en este asunto. Permítasenos, sin embargo, hacer algunas observaciones. «Así estaban las cosas…» que es decir, en un estado confuso e impreciso se encontraba esta cuestión del voto de Santiago, y cuestiones adláteres, cuando el señor Gómez Moreno trajo la solución. Y ¿cuál fue esa solución? Enderezar todos los argumentos y razones, hasta entonces atribuidas a la Batalla de Clavijo y Ramiro I hacia la batalla de… (Continuará).





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Ante el centenario de la Batalla de Clavijo

Por Francisco Gutiérrez Lasanta

…Simancas y a Ramiro II. Es decir, que se trata de relegar al terreno de la fábula la batalla de Clavijo enriqueciendo a sus expensas esta otra de Simancas, dejando en el aire la aparición de Santiago y el comienzo del Voto, que no se concreta precisamente en la acción determinada de Ramiro II, sino en la devoción imprecisa de nuestros reyes, que acudían allí, al sepulcro de Santiago a orar antes o después de las batallas, como más adelante dice García Villada.

Nosotros, no vamos a aquilatar todas y cada una de las razones que estos historiadores dan para arriesgarse a decidir la cuestión, porque ya lo hace el señor Cantera. Únicamente insistimos en el hecho ya acusado: Que tampoco la explicación del señor Gómez Moreno viene a satisfacernos, cuando otros motivos no existan, porque una cuestión de esta índole y envergadura exigía más profundidad de estudio, más extensión en los argumentos y más examen de las pruebas, cosa que no brindan las cortas líneas de un discurso académico.

 
Un nuevo estudio

El P. Villada, con su atenta y delicada condescendencia para con el señor Gómez Moreno, no había logrado resolver la cuestión. Antes bien presentaba una nueva anomalía, la que ya hemos indicado: ¿Cómo podían resolverse cuatro asuntos tan complejos como estos: el tributo de las 100 doncellas, la batalla de Clavijo, la doble aparición del Apóstol Santiago y el privilegio del Voto en 20 o 30 líneas de un discurso académico? Más que resolver la cuestión se había cortado infelizmente el Nudo Gordiano. El espíritu impaciente y la Historia exigían algo más amplio, profundo, documentado y definitivo. Y esto ya en bien ya en mal, ya en favor ya en contra de la batalla, que nosotros no tratamos de defender una solución premeditada sino una solución satisfactoria. La cuestión requería, pues, una monografía completa. Y esto es lo que ha venido a ofrecer el Dr. Cantera.

No pretendemos hacer una crítica minuciosa y concienzuda de la obra (350 páginas ilustradas con 131 fotografías) sino señalar los nuevos jalones que el autor ha plantado en orden al asunto en cuestión.

El señor Cantera busca ante todo fundamento en las cuestiones y de ahí el estudio preliminar de su libro sobre la Rioja Árabe. Quizá diga algún espíritu ligero que «a qué viene ese preámbulo no directamente requerido por el asunto de la obra...» Pero el señor Cantera le dirá, que como se ha pretendido buscar un Clavijo distinto del de la Rioja, como si este país no ofreciera probabilidad y hasta coyuntura fácil y viable a la batalla, era necesario demostrar primero que esta parte de Castilla fue campo y teatro de correrías musulmanas, «que los moros eran muy vecinos» y que Abderrahmen llegó en sus expediciones hasta Tudela, Pamplona y Arnedo, y en fin, que avanzando un paso más, se puede señalar hasta «por dónde vinieron» a dar la batalla.

Trazada la posibilidad bélica, el señor Cantera da un nuevo paso, y trata de probar lo verosímil del Tributo de las 100 doncellas, causa de la contienda.

Solo un espíritu demagógico que saca las cosas de quicio, puede aducir razones para tratar de hacer inverosímil tal suceso, midiendo aquellas costumbres con la pauta y criterio de nuestros tiempos. Pasen, pues, los arrebatos oratorios del Duque de Arcos, lo que no puede pasar es que la historia autorizada haya dado cabida en sus páginas a tales arengas meramente sentimentales, como pruebas y argumentos serios.

Dado el espíritu afeminado de los musulmanes, nada de extrañar tiene la exigencia de doncellas en los triunfos, como hastían las crónicas árabes aduciendo ejemplos y mientras no se pruebe la rectitud moral de Mauregato y su concepto del bello sexo tal cual hoy es patrimonio de los cristianos, será sofístico ofrecer motivos de esta índole frente a la historicidad de la batalla de Clavijo. Pero si en la historia hemos de admitir únicamente lo recto y normal, rechazando lo que encierra alguna extrañeza, desde ahora debemos borrar tres cuartas partes de sus páginas. Cuando los historiadores árabes del siglo XXX escriban los hechos del XX, se resistirán a creer que un sector de su raza se aprestó a defender los derechos de la Cruz de Jesucristo en nuestra Santa Cruzada y precisamente en un terreno secularmente enemigo. Pero ¿dejará por ello de ser cierto?

Nosotros mismos, ¿no estamos presenciando alianzas monstruosas que la historia se resistirá a creer? Sigamos adelante.

 
El diploma de Ramiro I

El señor Cantera estudia después con meticulosidad digna de la causa el discutido diploma de Ramiro I o privilegio del Voto. Para responder a las dificultades opuestas, pone de manifiesto los argumentos sofísticos empleados por los adversarios y patentiza algunas contradicciones en que han incurrido.

Omite, sin embargo un hecho paralelo al nuestro, a la batalla de Clavijo, en el cual los adversarios, especialmente el P. Villada a quien el señor Cantera trata de refutar más directamente, proceden con una lógica laudable. Es en nuestra opinión el argumento más decisivo y por eso lo hemos de exponer. Veamos:

Al tratar el autor mencionado en su Historia Eclesiástica de España, cap. 1.º IV, del descubrimiento del sepulcro del Apóstol Santiago en Compostela encuentra las primeras noticias explícitas del hecho en los Martirologios de Floro y Adón. Y se pregunta:

¿Pero de dónde tomaron ambos las noticias? Y da así la respuesta: «Para nadie que esté medianamente enterado de la composición de estos documentos martirológicos es un secreto que sus autores los zurcían con los dípticos y calendarios de las iglesias particulares y con los textos hagiográficos que sobre los santos se iban esparciendo poco a poco para edificación de los fieles. Esta consideración nos incita a buscar la fuente donde Floro y Adón bebieron los datos que nos interesan. Parece natural que brotara en España.» Así lo confirma el autor dos páginas más adelante: «Lo natural es, dice, que al descubrirse el sepulcro hacia el 814... se tejiera una narración del fausto acontecimiento, que sería la fuente de Floro y Adón. El original de esta narración se ha perdido, pero de ella se derivan la carta que corre con el nombre del Papa León, una relación existente en un códice del siglo XII que perteneció al antiguo monasterio de San Pedro de Gemblours, la del Libro Calixtino y la de la Historia Compostelana.»





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Ante el centenario de la Batalla de Clavijo

Por Francisco Gutiérrez Lasanta


[ Tal como aparece en Duero ]

Ya lo vemos. Hacia el año 814 se descubre el sepulcro de Santiago en Compostela. Sobre el suceso se teje una narración que indudablemente se ha perdido. Esta narración es la fuente de Floro y Adón y de los documentos venidos después: la carta de León, al manuscrito de Gemblours, el libro Calixtino y la historia Compostelana. ¿Todos estos documentos, son contemporáneos al suceso que escriben? Oigamos al mismo autor.

«Hemos visto que hasta el siglo IX callan todas las fuentes españolas. Ni en las crónicas ni en ningún otro documento hagiográfico hay rastro de tal sepulcro. En esto tan singular, que llamó la atención del que compuso el relato del descubrimiento en la crónica Compostelana a principios del siglo XII. Ni antes, dice, de la invasión sarracena, en que a causa de la persecución se había amortiguado la religión, ni durante ella, ni mucho tiempo después de la restitución del culto católico en esta comarca, se sabe fuese frecuentada por los cristianos la tumba del Apóstol. Permaneció un larguísimo período oculto entre la espesura de la selva y hasta los días del obispo de Iria Teodomiro, a nadie le fue revelada ni conocida. En su tiempo, hacia el año 814 tuvo lugar el descubrimiento. Atestiguan el hecho el diploma de Alfonso II del 829 (en parte auténtico), y los expedidos por Alfonso III mencionados ya antes que corresponden a los años 867, 886, 895 y 899. Pero si estos documentos dan fe del acontecimiento, guardan por su misma índole y estructura silencio completo sobre los pormenores y sobre las razones que hubo para atribuir el sepulcro encontrado al hijo del Zebedeo.

Parece natural que se compusiera a raíz del suceso, según ya indicamos una narración, que corriera de mano en mano; pero también ésta nos falta; y para enterarnos de lo acaecido tenemos que acudir a un documento de 1077, algo, sospechoso, y a la crónica Compostelana escrita entre 1100 y 1139.

[ compulsadas las citas ]

Ya lo vemos. Hacia el año 814 se descubre el sepulcro de Santiago en Compostela. Sobre el suceso se teje una narración que indudablemente se ha perdido. Esta narración es la fuente de Floro y Adón y de los documentos venidos después: la carta de León, al manuscrito de Gemblours, el libro Calixtino y la historia Compostelana. ¿Todos estos documentos, son contemporáneos al suceso que escriben? Oigamos al mismo autor.

«Hemos visto que hasta el siglo IX callan todas las fuentes españolas. Ni en las Crónicas, ni en ningún otro documento hagiográfico, hay rastro de tal sepulcro. Es esto tan singular, que llamó la atención del que compuso el relato del descubrimiento en la Crónica Compostelana, a principios del siglo XII. “Ni antes, dice, de la invasión sarracena, en que a causa de las persecuciones se había amortiguado la religión, ni durante ella, ni en mucho tiempo después de la restitución del culto católico en esta comarca, se sabe fuese frecuentada por los cristianos la tumba del Apóstol. Permaneció un larguísimo período oculta entre la espesura de la selva, y hasta los días del obispo de Iria, Teodomiro, a nadie le fue revelada ni conocida.” En su tiempo, hacia el año 814 tuvo lugar el descubrimiento. Atestiguan el hecho el diploma de Alfonso II, del 829 (en parte auténtico), y los expedidos por Alfonso III, mencionados ya antes, que corresponden a los años 867, 885, 886, 895 y 899. Pero si estos documentos dan fe del acontecimiento, guardan por su misma índole y estructura silencio completo sobre los pormenores y sobre las razones que hubo para atribuir el sepulcro encontrado al Hijo del Zebedeo. Parece natural que se compusiera a raíz del suceso, según ya indicamos, una narración, que corriera de mano en mano; pero también ésta nos falta; y para enterarnos de lo acaecido tenemos que acudir a un documento de 1077, algo sospechoso, y a la Crónica Compostelana, escrita entre 1100 y 1139.»

[Zacarías García Villada, S. I., Historia eclesiástica de España,
Tomo I (primera parte), CIAP, Madrid 1929, pág. 92.]

 

Ese documento tardío y sospechoso a que el P. Villada alude es un acto de concordia habido entre el obispo don Diego Pelaez y el abad de Antealtares San Fagildo acerca de varios puntos de derecho en litigio sobre la iglesia de Santiago en el cual se relata ya bastante ampliamente y con los pormenores de las luces y de los Ángeles el hecho milagroso del descubrimiento del sepulcro y cuerpo de Santiago. Sobre este documento dice el mismo historiador:

«El grado de veracidad del maravilloso relato no podemos contratarlo. Lo que sí sabemos es que se presenta por primera vez, según nuestra noticia, dos siglos y medio después del suceso, sin que el narrador aduzca prueba ni referencia alguna, ni conste interviniera en su comprobación la autoridad eclesiástica. De ahí la imposibilidad de pronunciar juicios definitivos sobre su valor histórico».

En una palabra: Faltan también en torno al descubrimiento del sepulcro jacobeo los documentos contemporáneos. Pero el P. Villada, califica por eso de legendarios e inhistóricos los que se escribieron después? De ninguna manera, sino que procediendo con una lógica laudable y acertada establece la dependencia de todos ellos en estos términos: «Con los datos precedentes, podemos ya establecer la mutua dependencia de los documentos que hablan de la traslación del cuerpo de Santiago desde Jerusalén a Galicia. Al descubrirse su sepulcro a principios del siglo IX, se escribió un relato contando la traslación y el descubrimiento: Ahí vinieron sus noticias martirológicas Floro y Adón. De este relato se derivó un documento retocado tres veces, que su autor primitivo puso en forma de epístola, atribuyéndola al Papa León III que entonces gobernaba la Iglesia, a fin de que tuviera mayor autoridad. Con la primitiva redacción de esta carta y con la vida de los siete varones apostólicos de la Bética, se tejió la Traslación trasmitida por el códice de San Pedro de Gemblours; y de esta, juntamente con la tercera redacción de la carta leonina, más los catálogos donde constaba la predicación de Santiago en España, y la historia de los siete varones apostólicos béticos, nació el relato del códice Calixto... Los documentos históricos y litúrgicos que vinieron después, se basan todos en los precedentes...» (págs. 91, 92, 93). Hasta aquí el P. García Villada.

Su raciocinio no puede ser más lógico, concienzudo y de acuerdo con la crítica y la historia. Y precisamente por eso preguntamos: ¿Por qué no se procede del mismo modo en el asunto de Clavijo? ¿Por qué no se extiende este método a otros asuntos similares íntimamente relacionados con la predicación y personalidad del Apóstol Santiago?

¿No será más lógico pensar que a semejanza del descubrimiento del sepulcro jacobeo, en la batalla de Clavijo se tejió también un relato más o menos próximo al suceso, o ya recogiendo el hecho en sí de testigos autorizados o ya tomándolo de la tradición, reciente aún en la memoria de los hombres, y que ese relato es la fuente de los documentos escritos después? Los hechos son muy similares en su tramisión ¿qué impide seguir frente a ellos el mismo proceder?

Más lógico nos parece este método ante la batalla de Clavijo y el famoso privilegio de Ramiro I, que no manchar sin prueba ninguna la autoridad histórica de don Rodrigo suponiéndolo «inventor, del suceso o imputar a don Pedro Marcio, canónigo cardenal de Santiago la calumnia atrevida y gratuita de autor o «falsificador» del Privilegio.

Quizá se diga «que los documentos referentes al sepulcro de Santiago no abundan en los defectos que son patrimonio del Privilegio de los votos»; pero observemos, que ni las crónicas españolas contemporáneas, ni los diplomas y documentos de los reyes asturianos, ni el Albeldense, ni la crónica de Alfonso III hablan de este hecho. El argumento negativo, se presenta, pues con la misma fuerza.

Respecto a los documentos existentes, cada uno ofrece una narración escalonada en el número de pormenores del suceso. No son, pues, copia fiel ni trascripciones correctas.

Ese documento tardío y sospechoso a que el P. Villada alude es un acto de concordia habido entre el obispo don Diego Pelaez y el abad de Antealtares San Fagildo acerca de varios puntos de derecho en litigio sobre la iglesia de Santiago en el cual se relata ya bastante ampliamente y con los pormenores de las luces y de los Ángeles el hecho milagroso del descubrimiento del sepulcro y cuerpo de Santiago. Sobre este documento dice el mismo historiador:

«El grado de veracidad del maravilloso relato no podemos contrastarlo. Lo que sí sabemos es que se presenta por primera vez, según nuestra noticia, dos siglos y medio después del suceso, sin que el narrador aduzca prueba ni referencia alguna, ni conste interviniera en su comprobación la autoridad eclesiástica. De ahí la imposibilidad de pronunciar juicios definitivos sobre su valor histórico».

En una palabra: Faltan también en torno al descubrimiento del sepulcro jacobeo los documentos contemporáneos. Pero el P. Villada, ¿califica por eso de legendarios e inhistóricos los que se escribieron después? De ninguna manera, sino que procediendo con una lógica laudable y acertada establece la dependencia de todos ellos en estos términos: «Con los datos precedentes podemos ya establecer la mutua dependencia de los documentos que hablan de la Traslación del cuerpo de Santiago desde Jerusalén a Galicia. Al descubrirse su sepulcro, a principios del siglo IX, se escribió un relato contando la traslación y el descubrimiento: ahí bebieron sus noticias martirológicas Floro y Adón. De ese relato se derivó un documento retocado tres veces, que su autor primitivo puso en forma de epístola, atribuyéndola al Papa León III, que entonces gobernaba la Iglesia, a fin de que tuviera mayor autoridad. Con la primitiva redacción de esta Carta y con la vida de los siete varones apostólicos de la Bética, se tejió la Traslación trasmitida por el códice de San Pedro de Gemblours; y de ésta, juntamente con la tercera redacción de la Carta leonina, más los Catálogos donde constaba la predicación de Santiago en España, y la historia de los siete varones apostólicos béticos, nació el relato del códice Calixtino. […] Los documentos históricos y litúrgicos que vinieron después, se basan todos en los precedentes...» (págs. 91, 92, 93). Hasta aquí el P. García Villada.

Su raciocinio no puede ser más lógico, concienzudo y de acuerdo con la crítica y la historia. Y precisamente por eso preguntamos: ¿Por qué no se procede del mismo modo en el asunto de Clavijo? ¿Por qué no se extiende este método a otros asuntos similares íntimamente relacionados con la predicación y personalidad del Apóstol Santiago?

¿No será más lógico pensar que a semejanza del descubrimiento del sepulcro jacobeo, en la batalla de Clavijo se tejió también un relato más o menos próximo al suceso, o ya recogiendo el hecho en sí de testigos autorizados o ya tomándolo de la tradición, reciente aún en la memoria de los hombres, y que ese relato es la fuente de los documentos escritos después? Los hechos son muy similares en su transmisión ¿qué impide seguir frente a ellos el mismo proceder?

Más lógico nos parece este método ante la batalla de Clavijo y el famoso privilegio de Ramiro I, que no manchar sin prueba ninguna la autoridad histórica de don Rodrigo suponiéndolo «inventor, del suceso o imputar a don Pedro Marcio, canónigo cardenal de Santiago la calumnia atrevida y gratuita de autor o «falsificador» del Privilegio.

Quizá se diga «que los documentos referentes al sepulcro de Santiago no abundan en los defectos que son patrimonio del Privilegio de los votos»; pero observemos, que ni las crónicas españolas contemporáneas, ni los diplomas y documentos de los reyes asturianos, ni el Albeldense, ni la crónica de Alfonso III hablan de este hecho. El argumento negativo, se presenta, pues con la misma fuerza.

Respecto a los documentos existentes, cada uno ofrece una narración escalonada en el número de pormenores del suceso. No son, pues, copia fiel ni trascripciones correctas.

 



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Ante el centenario de la Batalla de Clavijo

Por Francisco Gutiérrez Lasanta

Los relatos dependientes, pero con absoluta libertad de estilo y narración. Sin embargo, no se han sometido a una crítica tan rigurosa y demoledora como lo han sido los documentos referentes a la batalla de Clavijo en especial el Privilegio del Voto y sus copias y transcripciones. Podemos decir con el señor Cantera ¿cur tam varie?

¡No! La batalla de Clavijo y el Diploma de Ramiro I merecen un trato más benigno que el que se les ha dado. Por lo menos una consideración semejante a la adoptada frente a sucesos similares, como este del sepulcro jacobeo que ampliamente hemos descrito. Porque la leyenda, dice el Marqués de Lozoya, no nace nunca sin un hecho cierto que adorna luego con fingidos pormenores. La leyenda no crea, sino que se limita a ornamentar con el prestigio de su vana hojarasca. Un relato de tan enorme trascendencia no puede nacer de la pura invención de un clérigo, sino que es preciso un acontecimiento que haya impresionado fuertemente a una generación.

Los pormenores de que se fueron adornando las copias sucesivas del sepulcro jacobeo, no han servido para que se adopte una actitud puramente negativa frente a todo el hecho. Pues de la misma manera, esos pequeños reparos, puestos al Diploma de Ramiro I, que felizmente refuta el señor Cantera, no deben tampoco, en buena lógica, llevarnos a adoptar una postura negativa frente al hecho.

 
La Batalla de Clavijo

No hemos de seguir al autor citado en sus largas secciones consagradas a la batalla de Clavijo armonizando maravillosamente la conjetura, la tradición, la historia y el arte. Entre los precedentes a las pruebas, habla de los sueños franceses, de aquellos sueños en los que Santiago ya cabalgaba en su caballo sobre la imaginación de los Turpines y demás juglares y romeros. Aún no dando a los sueños más autoridad que la de sueños, bueno será advertir, como dice el P. Pérez de Urbel, que el hombre hoy como siempre, delira enfermo y sueña dormido lo que antes ha soñado despierto y delirado en salud completa.

Más valor que los sueños tienen las pruebas históricas, y es digno de notarse, que atendiendo primero al origen de la noticia, parte esta de un historiador tan autorizado como don Rodrigo Jiménez de Rada, Arzobispo de Toledo. Sabemos por la historia, la rivalidad existente durante muchos siglos entre la sede Primada de España y la Iglesia Compostelana con apetencias también de primacía. Por eso se hace de todo punto imposible que el Arzobispo de Toledo inventase esa batalla con tanta gloria para su sede rival, y se hace increíble que diera paso a una noticia de mera tradición oral, si no contó con documentos estrictamente ciertos e innegables. La noticia, pues, de la batalla de Clavijo con la aparición de Santiago, el Tributo de las 100 Doncellas y el Voto que de todo se hace cargo el insigne arzobispo nace con mucha autoridad y con una fuerza probatoria innegable.

Al contrario: la tendencia negativa se origina fanáticamente en el anónimo de la «Representación» contra el Voto de Santiago por el Duque de Arcos, alegato partidista y apasionado, al que importan muy poco los argumentos históricos y muy mucho sus afanes demagógicos. Creemos, pues, que en buena crítica deben acusarse estos extremos por todo historiador objetivo e imparcial. El Sr. Cantera ya lo hace, ¿por qué no los historiadores anteriores?

Entre las crónicas que a la batalla aluden la de Alfonso III parece reunir más carácter de autenticidad, y en ella se lee esta frase referente a Ramiro I: «Nam adversus Sarracenos bis praeliavit et victor extitit».

Tal frase hace suponer a Ferreiro que una de estas dos victorias fue la de Clavijo. Pero de tal suposición no se satisface la crítica, como afirma García Villada. «Puede ser cierta, pero hoy se necesitan datos más concretos para adoptar una conclusión que no solo no está explícita en esa ni en ninguna otra crónica, sino que además por su transcendencia y lo milagroso de sus circunstancias, necesariamente hubiera sido consignada en obras como esta en las que con tanta facilidad se atribuye a ayudas sobrenaturales los resultados felices de las armas cristianas».

Así es, pero si ninguna otra batalla se conoce atribuida a Ramiro I, no está fuera de lógica la suposición. Lo grave y avanzado hubiera sido afirmar redondamente que a la batalla de Clavijo se refiera la crónica: pero L. Ferreiro no llega a tanto, no hace sino suponer.





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Ante el centenario de la Batalla de Clavijo

Por Francisco Gutiérrez Lasanta

Cierto que el testimonio no es ni concreto ni alusivo, pero recordemos, que tampoco lo son los de Floro y Adón en el asunto del sepulcro jacobeo y sin embargo los da por buenos y valiosos la historia. El manuscrito de Floro dice refiriéndose a Santiago: «…Los sagrados huesos de ese bienaventurado Apóstol, trasladados a España y guardados en los últimos de sus confines, es decir frente al mar británico, son venerados por la celebérrima piedad de aquellas gentes». De este escueto testimonio a los documentos posteriores en los que se refiere el descubrimiento del sepulcro en un campo de estrellas y debido a la revelación de Ángeles con otros pormenores curiosos va una diferencia inmensa. Sin embargo, nadie podrá negar su valor probativo como un indicio del hecho. Pues también la frase lacónica de Alfonso III sirve, al menos de indicio para concretar en las batallas peleadas por don Ramiro I contra los moros. Una ya la conocemos y parece que se localiza en Portugal, según historiadores portugueses: ¿por qué no localizar la segunda en Clavijo mientras no se pruebe otra cosa?

La arqueología, topografía y toponimia vienen a confirmar los indicios de las crónicas y los testimonios de la historia con nuevos vestigios y rastros dignos de tenerse en cuenta. Es curioso lo que observa López Ferreiro a este respecto. Residuos de cerámica, piezas de arquitectura, trozos de muralla o torreones sirven a los arqueólogos para reconstruir civilizaciones casi prehistóricas separadas de nosotros cientos y miles de años, y estos mismos indicios de la arqueología, la topografía y la toponimia, ¿no han de servir a los historiadores para confirmar sucesos de hace pocos siglos?

De ahí la importancia que el señor Cantera da a la enumeración de localidades, lugares, nombres y objetos relacionados con la batalla de Clavijo. Y de ahí también la selección gráfica de las manifestaciones del arte que apoyan con sus obras los apartados de la cuestión: Doncellas, Batalla y aparición de Santiago.

En este aspecto, el señor Cantera, no pretende ni con mucho agotar la cuestión. Las rutas jacobeas están pobladísimas de «Santiagos» en sus dos aspectos: como peregrino y como caballero. Pero el segundo es aún más abundante. Y es que en la imaginación del pueblo y del arte, ha hecho más impresión el Santiago Matamoros que hiende y descabella las huestes enemigas, que el Santiago caminante y peregrino llevado del cansancio y del hastío hasta las orillas del Ebro donde recibe la visita consoladora de la Madre de Dios aún viviente en la tierra. No sabemos si la crítica reaccionará frente a todas estas manifestaciones de la tradición, la historia y el arte. Es probable que no, encastillada en sus principios y cánones de que «un hecho o tradición recibe fuerza, no del mayor o menor número de autores que la adoptan como cosa corriente y sin examinarla de propósito, sino de los argumentos fehacientes en que ella por sí misma estriba; argumentos que en semejantes casos están constituidos por los eslabones de una cadena interrumpida de testimonios que nos llevan, como por la mano, hasta el origen de los sucesos». Ello podrá ser así, pero el señor Cantera descubre en este concepto un sofisma o confusión de materias, y a mi modo de ver, no le falta razón. No es historia lo mismo que tradición, y la constitución entitativa de esta, elude las exigencias de aquella. Un hecho histórico, exigirá esa cadena de testimonios que nos llevan de la mano hasta el origen del suceso; una tradición no. Esta admite, sí, las pruebas documentales, pero no las exige y cuando llega al último testimonio, supone una trasmisión verbal del asunto o suceso anterior a él, que viene a suplicar los testimonios documentales que faltan hasta el mismo origen del hecho. ¿De qué se trata en el caso presente, de un hecho histórico o de una tradición? He aquí un concepto equivocado emitido en obras monumentales y que desfigura por completo las cuestiones. El señor Cantera hace aplicación concreta en este asunto.

Por eso, después de sus argumentos, pruebas documentales, testimonios de la tradición, confirmaciones de la arqueología, la topografía y la toponimia y manifestaciones del arte, puede hacerse ésta pregunta: Esa serie heterogénea de pruebas ¿presuponen una tradición oral o escrita relacionada con la batalla de Clavijo? La lógica y sana crítica le responderá que, en efecto, no se comprende cómo se pudo estampar la noticia en los documentos aducidos si no hubo un hecho o fundamento anterior. Inventar un suceso no es empresa fácil y admitir únicamente aquellos acontecimientos confirmados por testimonios contemporáneos es sentar la base del escepticismo histórico. ¿Quién asegura que una hecatombe universal no puede borrar todo vestigio de civilización de sobre la faz de Europa? ¿Y seremos tan necios que con los monumentos hagamos desaparecer también la historia?…





juzgando un libro
Ante el centenario de la Batalla de Clavijo

Por Francisco Gutiérrez Lasanta

(Conclusión)

Terminemos, pues, parodiando unas palabras ya trascritas, reafirmadas con nuevos motivos razones. Así estaban las cosas... es decir, vagaban en la confusión e incertidumbre cuestiones tan importantes como las que acabamos de trascribir, cuando el Dr. Cantera con su magnífico y erudito estudio vino a pronunciar la última palabra. De tal estudio se desprende que la crítica, con todos sus argumentos no ha logrado reducir al límite de lo inexistente e irreal la famosa batalla de Clavijo. No ha hecho sino amontonar tierra sobre la realidad histórica, afanándose de haberla sepultado por completo. Pero el señor Cantera, con paciencia de rebuscador incansable y pericia de diligente arqueólogo, ha ido escarbando esos escombros y las auras saludables de sus ciertos y fundados raciocinios, han aventado la tierra acumulada, volviendo a descubrirse un hermoso monumento de realidad y de vida con legítima patente histórica. Y sobre todo se ha descubierto, que estas cuestiones no estaban estudiadas debidamente.

Ni Barrau-Dihigo, ni Dozy, ni Gómez Moreno, ni el P. Villada, a juzgar por la autoridad concedida a los demás y por la ligereza con que pasó por fuentes y lugares donde existía documentación, han estudiado los Documentos y datos que caracterizan de reales estas cuestiones. Sus argumentos en pro, tratando de sacar adelante la sustancialidad escueta del voto de Santiago sin origen preciso ni modalidad concreta, no satisfacen; y las contradicciones que ofrecen sus argumentos en contra, calcados en el Duque de Arcos, sin crítica y sin examen prueban ligereza suma en la materia y quizá un algo de contagio en el autor de la Representación.

¡Lástima que la serenidad pretendida que tratan de demostrar estos autores adversos, no sea patrimonio del último escritor señor Cantera! Aún con toda, la razón le asiste y su intemperancia en alguna ocasión contra los críticos, es prueba de que conoce y domina el asunto con perfección. Nuestra opinión es que el libro del señor Cantera y su breve preliminar sobre la crítica, es comienzo de una vuelta a lo normal, a ese medio ecuánime y equilibrado en el que radica el acierto y la virtud. Los extremos se tocan, y ya dijo Balmes que el hombre es como un borracho montado a caballo, que se cae hacia una parte, se le endereza y se cae hacia la otra. Por eso, más que en la voluntad de los críticos, hacemos radicar nosotros el vicio de la historia moderna en la época en que vivimos. Los siglos XVII XVIII fueron nimios y propensos en creer y escribir historias y crónicas legendarias que después autorizaban con nombres jubilados ya por los siglos. Los siglos XIX y XX han surgido como una reacción contra ese vicio, pero no se detienen en el justo medio sino que dan en el extremo contrario y exigen de la historia unas pruebas que ésta no puede dar. Y si en ese caso primero se cometieron errores vituperables, en el segundo se cae en anacronismos risibles.

No ha mucho que un autor infatuado exigía la partida de nacimiento de Colón para poder localizar definitivamente la patria del descubridor del Nuevo Mundo, no sabiendo, por lo visto, que desde el nacimiento de Colón hasta que el Concilio Tridentino ordenara la inscripción de las partidas habían de pasar bastantes años. Esto es a nuestro entender, el falso método seguido en la criteriología. Se aplican a los siglos pasados normas que aquellos hombres no conocieron, y así, al darse una batalla suponen prácticamente los historiadores de hoy, según de exigentes se muestran, que aquellos reyes, capitanes y guerreros organizaban una preparación, no tan compleja y dilatada como la que va precediendo a la invasión de Europa, pero sí tan perfecta como la de cualquier otra batalla de nuestros tiempos con cronistas y escritores que como testigos narren los pormenores del suceso. Y lo que decimos de la guerra lo afirmamos también de la diplomacia. No sabemos en qué se fundarán los modernos preceptistas de críticas para asegurar que los documentos de los reyes asturianos y en general de la Edad Media deben constar ya de protocolo, exposición y escatocolo, dividiéndose además en documentos semisolemnes, solemnes y qué sabemos cuántas más subdivisiones. Tales anacronismos y sofismas, los pone de manifiesto el señor Cantera así como otras quiebras de la crítica.

Con sencilla lógica y no muy trabajado argumento, ha podido comprobar el autor citado que la batalla de Clavijo goza de perfecta viabilidad en la Historia. Como la causa que la origina es el tributo de las 100 Doncellas, este hecho es muy verosímil y casi connatural a aquellos contendientes. No hay tampoco razón suficiente para negar la aparición de Santiago en la batalla, y los defectos que oscurecen el documento de Ramiro I no son de índole tan grave que obliguen a rechazarlo, máxime cuando éste es copia y no el original. Si se pretende hacerlo bueno para comprobar la batalla de Simancas poniendo una C allí donde se quiere suponer que falta y atribuyendo sus otros deslices a «manos de leguleyos», más lógico es componer todos esos defectos y seguir atribuyéndolo a la batalla de Clavijo de acuerdo con la tradición histórica.

Y el voto de Santiago, mejor que atribuirlo a un comienzo impreciso e indeterminado, seguiremos atribuyéndolo a la famosa batalla.

Bien venido sea el libro del doctor Cantera, al que deseamos un éxito eficaz ante la crítica, y ojalá sea el comienzo de otros y otros trabajos que el autor nos debe ofrecer aclarando no pocas cuestiones jacobeas resueltas con tan mal fallo como esta que hemos comentado. El señor Cantera debe hacerlo y lo hará, en aras de su fe y su patriotismo. «La sua fortuna, tanto honor li servat».