Filosofía en español 
Filosofía en español

mancheta
Revista de Tropas Coloniales - Propagadora de Estudios Hispano-Africanos - Ceuta - Calle de Gómez Pulido, 32 - Director Excmo. Sr. D. Gonzalo Queipo de Llano - Consejo de Dirección: Silverio Cañadas - Francisco Franco - Director Artístico: Luis Martí - Administrador: Manuel Bendala.




Gonzalo Queipo de Llano

El problema de Marruecos
Al aparecer la “Revista de Tropas Coloniales”


A nadie puede ocultársele la gravedad de este problema, por causas tan distintas, que la responsabilidad de tal situación alcanza; desde los partidos políticos que dirigieron la vida de la Nación, con su desconocimiento práctico del problema y consiguiente irresolución para proceder, pasando por nuestros diplomáticos, y por el Ejército con su falta de preparación adecuada, a la que quizá no falten ciertos ribetes de ineptitud y de apatía, alcanza al pueblo que, con indolencia verdaderamente musulmana, permitió que le siguiesen gobernando quienes de fracaso en fracaso y en constantes luchas intestinas de una esterilidad desesperante, habían conducido a la Nación hacia la anarquía.

Jamás podrá decirse con mayor propiedad al pueblo español ante el estado lamentable de alguno de sus trascendentales problemas. ¡Todos en él pusisteis vuestras manos!

El divorcio que los políticos parecían tener interés que existiese entre los gobiernos y el pueblo, al que engañaron tratándole como eterno menor de edad, fue causa de que la pérdida de nuestro imperio colonial trajese consigo la enorme depresión que sufrió el espíritu español hasta entonces vigoroso y dispuesto siempre al sacrificio por la Patria; espíritu que se procuró abatir aún más por algunos intelectuales que, por corrupción del gusto, por una moda desdichada o afán de notoriedad, interpretando caprichosamente las ideas del gran patriota Costa, comenzaron a realizar labor negativa sin darse cuenta del gravísimo perjuicio que causaban a su Patria.

Se desterró la Marcha de Cádiz, poco menos que como atentatoria contra la dignidad de esa novísima modalidad de ciudadanía. Hablar de patriotismo, según ésta, era prueba de imbecilidad y difícilmente se encontraba quien se atreviese a merecer tal estigma. El Ejército, base de la tranquilidad pública, garantía de las instituciones que rigen la vida de la Nación, fue blanco de los más villanos ataques; blanco de las iras de multitudes, franca, neciamente hostiles, como si después de haber vertido a raudales su sangre generosa, en aquellas guerras desdichadas, víctima del máximo abandono de los Gobiernos, fuese el único responsable de los males sufridos por España.

En su precioso artículo publicado en el primer número de esta Revista, hablaba Maeztu de «la hostilidad de nuestras clases intelectuales contra el heroísmo» contra el Ejército, que continúa y sin duda existió siempre acaso por la ventaja –de que habló Don Quijote– de las Armas, «por las cuales se alcanza si no más riquezas, a lo menos mas honra que por las Letras»… «que puesto que han fundado más mayorazgos las Letras que las Armas, todavía llevan un no sé qué los de las Armas a los de las Letras, con un sí sé qué de esplendor…»

Sea cualquiera la causa de esa hostilidad de los intelectuales contra el Ejército, no hay duda que exacerbada por la actuación, caprichosamente interpretada, de las Juntas Militares, que cuando así convino a los políticos las hicieron cabalgar, como Santiago, aún después de muertas, fue otro de los factores que agravaron el problema, dificultando su desarrollo.

Desde el principio de nuestra actuación en Marruecos en cumplimiento de honrosos e ineludibles compromisos internacionales, nuestros escritores sintieron el prurito de poner al descubierto todas las lacras de nuestra organización, no para aplicarlas el medicamento apropiado, sino para emponzoñarlas como si tuviesen interés en debilitar el débil organismo en que aparecían. Con informes equivocados, admitidos quizás con excesiva ligereza, extraviaron a la opinión pintándole la empresa que hablamos de acometer con los más negros colores, proclamando su absoluta ineficacia. Quienes debían de infundir alientos y demostrar mayor fe en los resultados de nuestra actuación, contribuyeron a extender la desesperanza. Quienes más obligados debían estar a prestar ayuda a la oficialidad del Ejército para elevar la moral de éste, contribuyeron a deprimirla porque no se dieron cuenta de que la moral de los Ejércitos empieza a forjarse en los centros vitales del país ni de que no son ciertamente, buenos procedimientos para elevarla, difundir manifestaciones, de desconfianza en nuestra actuación, de impotencia para continuar nuestro esfuerzo o de la injusticia de nuestra causa ni mucho menos, restar autoridad a quien ejerce el Mando.

Al mismo tiempo, los políticos, en lugar de buscar los oportunos remedios para tal estado de cosas, se limitaron a soslayar habilidosamente el problema marroquí, rodeándole del mayor misterio en el que en vano pretendía penetrar la opinión pública, esgrimiéndole solamente como ariete cuando sucesivamente trataban en el Parlamento, de abrir brecha en la consistencia de los gobiernos. Y como casi todos los periódicos españoles servían intereses de los partidos políticos anteponiéndolos a los de la Patria, este problema llegó a hacerse enojoso para todos los ciudadanos que llegaron a considerarle insoluble, superior a los medios con que contaban nuestros gobiernos y a la potencia económica del país.

Sin darse cuenta, políticos e intelectuales del gravísimo perjuicio que causaban haciendo endémico un mal que hubiera podido resolverse con la terapéutica de energía apropiada aplicada en momentos oportunos, indujeron a los gobiernos a salir del paso obligando al Mando a no tener bajas por ningún concepto ¡oh, debilidad eterna de nuestros gobiernos!

Eso era lo mismo que condenarnos a la inacción, a colocarnos para siempre a la defensiva ante un enemigo osado y aguerrido, eterno adorador de la bizarría, que sintió acrecentado su entusiasmo y su espíritu de acometividad, a lo que contribuían las informaciones de prensa, propaladoras de las luchas intestinas de nuestras clases directoras, en relación con este problema y la campaña abandonista fundada en nuestra supuesta impotencia.

Así se llegó a momentos en que la situación no era por demás halagüeña. En la Zona oriental interpretando el enemigo nuestra actitud como cobardía o incapacidad, acosaba nuestras posiciones avanzadas suponiéndose invencible y organizaba una parodia de república digna de risa, si no tuviese efecto a expensas de nuestro decoro como Nación. En esta Zona al mismo tiempo que en la Zona Occidental, después de los enormes errores cometidos, realiza el general Aizpuru, con el mayor entusiasmo, una labor que parecen contemplar con cierto recelo los españoles y marroquíes, que perdieron la fe en los procedimientos seguidos o que se puedan ya seguir: pesimismo que carece de base sólida.

* * *

Nosotros creemos que el problema es perfectamente soluble: que es problema de voluntad, de querer afrontarle resueltamente con todas las asistencias necesarias que nuestro pueblo, si ha de ser digno de su historia, debe conceder siempre para la resolución de sus problemas nacionales.

Si hubiéramos de creer a la mayoría de los periódicos españoles, no habría que pensar en que el pueblo español concediese su apoyo para la resolución de este problema porque no quiere ni que se le hable de tal asunto. Pero quien conozca un poco la manera de pensar del verdadero pueblo; del que trabaja, produce y sostiene sobre sus hombros la pesada carga de la vida de la Nación, sabe que a pesar de las caciquiles iniquidades que hicieron odioso al Estado, conserva en lo íntimo de su noble corazón un altar en el que rinde culto a la Patria con fervoroso entusiasmo.

Su instinto le hace lamentar que, estérilmente, venga a estas tierras una parte de la juventud española; pero si un gobierno cualquiera llegara a merecer su confianza, vería a ese pueblo apoyarle decididamente, pues piensa (yo lo he oído de muchos labios), que si la dignidad de la Patria lo exige, debe afrontarse resueltamente el problema, pues es preferible el momentáneo sacrificio de vidas y de dinero que la rápida resolución exigiese, que esa labor realizada durante quince años, tejiendo y destejiendo lo que a la larga nos ocasiona más pérdidas en hombres y una sangría suelta en la economía nacional, sin que por ninguna parte se vislumbre la solución.

Al pueblo español, puede aplicarse apropiadamente la semejanza que Catón encontraba entre los romanos y las ovejas «porque –decía– a estas una a una se las lleva muy mal y juntas siguen fácilmente unas tras otras a los conductores». Que los conductores del pueblo sepan conducirle por los caminos del deber para con la Patria y seguramente le encontrarán siempre dispuesto a cumplirlo hasta el sacrificio.

La prensa debe hacer examen de conciencia y disponerse a ayudar a conducir al pueblo, porque su asistencia es la más indispensable para la resolución del problema. En reciente charla con los periodistas declaraba el Marqués de Estella que cuantas veces se dirigió a aquella en demanda de que no tratasen doctrinalmente asuntos peligrosos, encontró en ella un patriotismo y un desinterés dignos de elogio. Aún reconociendo en la Prensa española en general sobresalientes cualidades que la hacen digna de nuestra consideración, hemos de confesar con la sinceridad que hemos de poner siempre en nuestros escritos, que en lo que se refiere al problema marroquí, salvo muy honrosas excepciones, no procedió con aquel patriotismo ni aquel desinterés; sino que sirviendo intereses de partido, instigaciones del despecho o pasiones más inconfesables, causó grave perjuicio a la Patria, destruyendo prestigios bien legítimos, en momentos decisivos para nuestra actuación, bien creándolos caprichosamente sin otra base que amistades personales o razones de agradecimiento, cuando no estímulos de la diosa Némesis. ¡Ídolos de barro que el tiempo se encargará de ir desmoronando…!

En cuestiones que afectan tan íntimamente a la vida de la Patria, la Prensa no debe servir otros intereses que los de ésta, teniendo en cuenta que si en tiempos de Fígaro podían los periódicos que la integraban ser llamados órganos de la opinión, aunque aquel no la encontraba por ninguna parte, la rapidez de las comunicaciones y los sorprendentes adelantos en el arte de imprimir, hacen que la prensa moderna sea la que cree la opinión, marchando delante de ella, encauzándola, moldeándola al gusto de quienes en ella escriben hasta tal punto, que la inmensa mayoría de los ciudadanos españoles sustentan y defienden como propias las ideas que leyeron en el diario que leen habitualmente, manteniendo al poco tiempo otras distintas, si por cualquier circunstancia tuvieron que cambiar de periódico. De ahí proviene la importancia tan enorme que ha alcanzado la Prensa en la vida moderna que puede afirmarse que del cuarto poder del Estado, como la llamó Pi y Margall en La Estafeta de Palacio, ha pasado a ser el primero. «¡Palanca poderosa capaz de remover el mundo!»

Su poder inmenso, lo demostró en el desarrollo de la conflagración mundial: le vemos en todas las manifestaciones de la vida: es fuente de cultura e influye tan poderosamente en la gobernación de las naciones, que no es posible que haya políticos capaces de despreocuparse de ella y mucho menos de atraerse sus iras.

Ese enorme poder debe ejercitarse siempre haciendo escuela de patriotismo, haciendo labor positiva para la Patria, tratando siempre los problemas que la afectan desde un plano tan elevado que jamás lleguen a hollarlo intereses mezquinos. Su espíritu de crítica, su afán de lucha debe emplearlos en otras cuestiones o en combatir a aquella parte de la Prensa y determinados organismos franceses que a impulsos de su patriotismo, virtud que tanto les distingue, combaten nuestra actuación, procurando nuestro desprestigio por creer que así realzan el prestigio de su país en Marruecos.

Por nuestra parte, venimos a la Prensa animados de los más fervientes deseos de ser útiles a nuestra Patria; practicaremos cuanto acabamos de exponer, otorgando nuestro modesto apoyo a quién rija los destinos de esta Zona, no por imposición que no se nos hará nunca y que rechazaríamos, prefiriendo antes quebrar nuestras plumas; sino por creer que de ese modo serviremos mejor a nuestra causa.

Hoy representa al Gobierno en esta Zona, el General Aizpuru, cuyo elogio no hemos de hacer para evitar la maledicencia de las almas ruines. Si podemos decir, que nos merece las máximas garantías de acierto.

Así como por distintos caminos se va a Roma, creemos que por procedimientos opuestos puede llegarse, en el problema marroquí, a idénticos resultados, puesto que la condición primordial para alcanzar el éxito es la absoluta continuidad de las normas a seguir que deben permanecer constantes, con racional adaptación a las circunstancias, cualquiera que sea el gobierno que nos rija y la personalidad que aquí le represente. La continua variación de personas y procedimientos, solo puede conducir a la desorientación que hemos venido padeciendo y desconcierto en los indígenas distinguidos que nos otorgaron su adhesión y nos prestaron su valiosa ayuda.

Al aceptar, el General Aizpuru, el sacrificio enorme que hoy supone el desempeño del cargo que ocupa, sabía ciertamente que comprometía su puro prestigio, sin poder aspirar a otro premio que el agradecimiento de sus conciudadanos. Tiene, pues, derecho a exigir, dadas las circunstancias dificilísimas en las que se hizo cargo del Mando, que todos los españoles le prestemos con el mayor entusiasmo, toda clase de cooperaciones.  La Revista de Tropas Coloniales le ofrece incondicionalmente la suya tan sincera, como modesta.

Gonzalo Queipo de Llano




Baldomero Argente

El desprecio a la muerte


Junto a los infinitos daños que hacen odiosas y abominables las guerras, figura como pálida compensación un sólo bien: el de afirmar y difundir entre los sentimientos confusos que rebullen y hierven en el fondo del pecho humano, el desprecio a la muerte. Cada hora la ciega segur abate mieses en plena lozanía. Un azar que encamine la bala, un capricho que inspira súbita audacia al enemigo, corta la vida. El rasguño de hoy, preserva de la muerte de mañana. Un centímetro de distancia en la trayectoria, nos separa o nos hunde en la ultratumba. Nuestro amigo de ayer, hoy ha desaparecido para siempre.

Y todo este conjunto de impresiones nos comunica, poco a poco, el despego hacia un vivir tan precario que está suspenso de lo inapreciable. La contingencia de la muerte deja de espantar. Al fin o al cabo, en paz o en guerra, ha de sobrevenir; un poco antes o un poco después, ¿qué importa? En la paz o en la guerra, el curso de unos cuantos años, nos ha de igualar en la fosa. Caer bajo el plomo enemigo o de pulmonía, ¡qué más dá! La ventaja es para quien puso su vida, al servicio de una pasión noble: la libertad, la justicia, la Patria. El ideal embellece la agonía.

Fundamentalmente, esa evolución de los sentimientos, equivale a subordinar el más poderoso de los instintos humanos, el instinto de conservación, a las creaciones del espíritu. Pero no es otro el objetivo y el secreto de toda sana civilización. El afán de conservarnos, –vano afán que el tiempo malogra,– nos ata a lo presente. Más allá, ante nuestros ojos, como luminarias furtivas entre las tinieblas de lo porvenir, están los ideales: la equidad, el derecho, la virtud. Para acercarse a ellos, un pueblo ha de hacer la renuncia de su vida y saturarse, no del amor a la muerte, pero sí del desprecio hacia ésta.

El instinto de conservación es el egoísmo, la pusilanimidad, las abyectas resignaciones ante el destino, preñadas de vilezas y claveteadas por vergonzosas abdicaciones, si el corazón no reobra contra esa amenaza de aniquilamiento, contra el miedo a la muerte. Todas las tiranías, todas las iniquidades se han cimentado siempre sobre ese instinto de conservación. La prudencia, la moderación, la templanza, el sentido práctico, no son más que invenciones de la hipocresía, velos arrojados sobre la flaqueza o sequedad de nuestro espíritu.

Si alguna religión hay que predicar a la multitud, no es la del sacrificio, sino la del esfuerzo. Confesar la verdad, combatir por el triunfo del bien, sean cuales fueren las consecuencias y los resultados, ese es el dogma, un dogma cuyo asiento está en el desprecio a la muerte, en la íntima y profunda convicción de que este alentar transitorio que nos mantiene en pie, nada vale si subsiste a costa de renunciar a nuestros secretos afanes, a nuestros amores por la libertad y la justicia, a la exhibición de nuestras dudas, al desbordamiento de nuestras inquietudes, al colaborar en fin, en la formación de la conciencia colectiva, de la gran alma de la familia humana, que lentamente van las generaciones arrancando al bloque de los primarios instintos animales.

En esa cooperación está la verdadera inmortalidad, inmortalidad de nuestra obra, que una vez realizada, no dejará de haber sido y de vibrar en el Universo eternamente, cualquiera que sea el destino que las evoluciones cósmicas tengan aparejado al Planeta. Pero el triunfo de la inmortalidad, supone el previo vencimiento del temor a la muerte.

Por esa familiaridad con la muerte, perdurable compañera desde el nacer, las razas jóvenes han sido creadoras. Todas las doctrinas, todas las predicaciones que han sembrado el temor en las cercanías del último transito, erizando de horrores el umbral de lo desconocido, han quebrantado la potencia creadora del hombre, aminorando su espíritu, restringiendo la fecundidad de su corazón. Completar su labor haciendo de la vida una espera temerosa a la muerte, ha sido envilecer un pueblo, condenarlo a una obscuridad rasgada por los relámpagos de las venganzas futuras. No es posible arrojar sobre un pueblo el fardo de los temores ultraterrenos sin acobardarle para la vida. Y ese temor es la conformidad con la miseria y la injusticia, la renuncia al combate contra la ignorancia y la iniquidad, contra la opresión de los hombres y las crueldades de la Naturaleza, contra los asedios del mal en todas sus formas y en todos sus momentos.

Durante siglos se ha infiltrado en el pueblo el desprecio a la vida y el temor a la muerte. La vida es dolor, se ha dicho, padecimiento y constante peligro de pecar; la muerte es la hora de las justicias inexorables, del premio para una vida de humildad y sumisión. Esa es la doctrina de las razas sometidas, de la plebe sin esperanza.

No. Hay que amar la vida y porque se la ama ennoblecerla. Es el esfuerzo, quien la glorifica y enaltece. Hay que vivirla con la persuasión incontrastable de que cada acto nuestro es definitivo en la existencia. Que cada acción por mínima que sea deja una estela indeleble al través de los siglos. Que nuestra vida, si es vida de esfuerzo, de combate, no se sumergirá en la indiferencia de lo creado, porque perdurará eternamente por las obras de la energía que irradió nuestro espíritu.

Nada importa entonces que sobrevenga la muerte. Llegará tarde, porque el esfuerzo realizado es una afirmación que nada borra. La verdadera muerte es la inercia, la pasividad, la renuncia del alma a derramarse por la vida. Por eso es muerte el egoísmo, que equivale a un instintivo recogimiento de la energía.

«Desprecio a la muerte» supone la aceptación voluntaria de todos los riesgos y todas las incomodidades en aras de un ideal. Y ¿qué ideal más refulgente que la grandeza de la Patria y el desarrollo de la civilización, perpetuo anhelo que constituye la gloria y el martirio juntamente, de la humanidad? El desprecio a la muerte es el sentimiento que ha hecho siempre a los hombres y a los pueblos merecedores de la verdadera inmortalidad.

Quienes en nombre de España vienen luchando en África, ofrendando a diario su vida en una guerra obscura donde ni siquiera enardecen y sostienen el ánimo los resplandores de la gloria, guerra de sacrificio y deber exclusivamente, son sacerdotes de ese culto heroico, caballeros de la legión despreciadora de la muerte, y ofrecen a su Patria un motivo de orgullo y a sus conciudadanos todos, un ejemplo ¡ay! difícil de imitar.

Baldomero ARGENTE




Francisco Franco Bahamonde

La maniobra


Catorce años llevamos en nuestra acción marroquí y a duros golpes se fue forjando el alma del Ejército colonial educándose los mandos para la obra de mañana. Aquellos soldados de ros y traje blanco fueron borrados definitivamente del cuadro africano. Los campamentos generales rodeados de altos parapetos, en que las rondas de Generales y Jefes formaban en la noche procesión interminable y en que la agresión era forzado corolario de los servicios, dejaron su lugar a estos otros de efectivos reducidos, con sus avanzadas alejadas, guarnecidos por soldados de aspecto recio, y en los cuales los servicios no tienen ya la timidez de los primeros tiempos. A la época en que las columnas formaban larga cinta que se movía perezosa sobre las carreteras, y en que los innumerables blokaus erizados de alambradas parecían recordarnos otras tantas agresiones ocurridas en aquellos lugares, sucedió esta otra en la que, las pequeñas unidades recorren de día y de noche los caminos del territorio poseídas de su fortaleza y en la cual los puestos destacados guardan o vigilan los puntos necesarios del campo. Las guerrillas rígidas en que los hombres con escasos intervalos formaban visible y dilatada fila jaloneada por oficiales en pie, –codiciado blanco del fuego rifeño– fueron sustituidas por el flexible y bien dosificado orden abierto de las unidades coloniales. La guerra de Marruecos apartándose de arcaicos reglamentos y de la rutina de añejos prejuicios de la vida de guarnición, se abrió camino y constituyó por sí una nueva escuela de combate, necesitada de perfección; pero que igualmente que las campañas argelinas se caracterizaron en anteriores y posteriores a Bougeau, las de aquí les imprimen nuevo sello el mando de Berenguer; así vemos ya en los años trece y catorce antes del comienzo de la guerra europea, las operaciones de su columna, en que los fuegos de barrage y las concentraciones artilleras, fueron precursores de lo que poco tiempo después caracterizó el empleo de la artillería en la gran guerra.

El combate moderno con sus aumentos de material, municionamiento, transportes, artificios de guerra, aviación, &c. &c. se complicó en forma tal, que requiere en el mando una preparación y estudio indispensable al éxito, necesidad que ha servido para que los que se titulan nuestros técnicos militares pretendan definirnos la guerra del mañana y que se desprecie el limitado horizonte de la guerra colonial, volviendo la espalda al único campo de experimentación y maniobra.

Si la historia militar es luz que alumbra la ruta militar de las naciones; la guerra fue siempre el crisol donde se purificaron los valores, y escuela forzada de los grandes capitanes.

La guerra leída o vista detrás de los cristales del gabinete o en los simulacros de los campos de instrucción, es tan distinta de la realidad del combate, que todos los cálculos y teorías vienen a tierra al sufrir la depreciación que el coeficiente moral y situación táctica les imprime.

Es el terreno Señor en el combate y arma poderosa que acercará la victoria a quién mejor sepa utilizarlo; y de él solo conoceréis el valor cuando a fuerza de combatir acertéis a apreciar sus características y accidentes. Elemento poderoso en el que la maniobra se apoya, y ésta es el alma de la acción, que no obstante las limitaciones que el crecimiento de material y de efectivos le impone, es y será siempre la aliada de la victoria y de los buenos Jefes, y encuentra en los campos marroquíes el terreno más abonado para su empleo.

Consecuencia lógica de todo es conservar la capacidad maniobrera de las tropas, sin que el aumento de potencia de sus armas y artificios limite su movilidad, que si siempre es capital, mayor importancia tiene, cuando se combate con el rifeño que a la movilidad y buen aprovechamiento del terreno une la falta de organización y disciplina con que resistir la maniobra.

Pero poco importa que conozcamos el valor de la maniobra y que deseemos utilizarla, si no acertamos a ver en medio de la acción; para ello es preciso que la guerra nos sea familiar y sepamos sacar partido del terreno; situación enemiga y rendimiento de las armas, y esto que desde lejos nos parece cosa sencilla es en el combate la piedra de toque para el Jefe. Muchos hombres acreditados en la práctica de la profesión y que en maniobras y simulacros fueron maestros, al parecer inteligentes y laboriosos, se vieron cortados ante la verdad de la guerra. Todos aquellos valores que ellos creían positivos se desvanecieron ante los factores reales de la acción y la indecisión y timidez fueron el eco de su impresión moral. La maniobra requiere discurrir en el combate, y no todos los espíritus se forjaron para sentir el mando en los duros trances de la guerra. Preciso es, que la práctica reemplace lo que la naturaleza no brindó y familiarizándonos con la campaña busquemos en ella las enseñanzas y la práctica.

No basta solo lo expuesto para poder mandar en el combate, preciso es que respondan la calidad de las tropas propias; que el mando tenga confianza en la calidad del soldado y éste fe en sus Jefes, pues de otro modo habrá que buscar en la cohesión material la garantía del éxito, y todo padecerá la inercia de soldados bisoños o de oficiales poco preparados… Esto sin duda justificará a muchos, la diferencia entre aquellas operaciones de Xauen, Beni-Lait y Beni-Arós de 1921 en que la maniobra fue esencial, y aquellas otras de Melilla posteriores a Julio de 1921 en que la cohesión y el material tuvieron que ser la garantía del empeño.

Por ser la calidad del soldado, tan necesaria en el combate, y fiel reflejo del Jefe y cuadro de oficiales, es indispensable que éstos preparen al soldado para la misión combatiente, despertando en él los sentimientos dormidos, haciéndole diestro en el mejor servicio de sus armas, inspirándole gran confianza en ella y educándole para esta guerra, no perdiendo ocasión ni momento para irle infiltrando el espíritu de acometividad y disciplina, a servirse del terreno, subir a las crestas, disparar con tranquilidad y orden y dominar el espíritu de conservación; procurando que su alma se eduque al relato de episodios guerreros de la campaña que le sirvan de enseñanza y ejemplo. Solo en el momento que el oficial tenga fe ciega con sus soldados y éstos en él, podremos decir que la calidad de la unidad triunfará de los duros embates de la guerra. Esta es la misión sagrada del oficial y éste debe ser el norte de las instrucciones de todo Jefe.

Si el oficial no vive para el Ejército, si no siente la grandeza del sacrificio por su Patria y solo ve en el trabajo y sufrimientos lo penoso de su profesión, si hurta a sus obligaciones militares la actividad y entusiasmo indispensables y participa de la hipocresía negativa que considera de buen tono el criticar al que trabaja; si no siente en presencia de sus soldados el cariño y confianza necesaria, y solamente busca en la profesión militar su granjería o bienestar, será la más pesada carga en el camino de la victoria y habrá faltado al sagrado juramento con su Patria.

F. Franco BAHAMONDE.

Ceuta. Febrero 1924




Manuel del Nido

Marruecos
Las Colonias Militares Marroquíes


Entre las varias divisiones que se hacen de las kábilas marroquíes, merece conocerse la de kábilas Guix o militares y kábilas Naiba. Las primeras constituían una fuerza armada con carácter permanente; y las segundas solo tenían que dar un pequeño contingente de hombres para engrosar la harca del Sultán.

Tanto las kábilas Guix como las kábilas Naiba, carecen al presente de toda importancia guerrera, pero como las primeras, o sean las kábilas Guix, formaron verdaderas colonias militares, consideramos interesante su estudio, y por esto, vamos a ocuparnos de ellas con la brevedad que requiere esta clase de trabajos.

La falta de un ideal común en Marruecos, debido a estar constituido por distintas kábilas que se consideran independientes y enemigas las unas de las otras determinó un estado de anarquía tan grande, que ha producido como consecuencia el atraso enorme que en todos los órdenes atravesaba Marruecos, llegando a tal extremo, que incluso la agricultura y ganadería apenas si daban lo necesario para el sostenimiento de la población.

Este estado de cosas dio lugar a la creación de las kábilas Guix, cuyo número no pasó de seis, pero que fueron las suficientes para sostener en Marruecos una relativa tranquilidad; que tomase algún incremento la agricultura y por último que al mismo tiempo fuese reconocida en más de una ocasión la autoridad del Sultán.

En efecto, en aquellos territorios, cuyos habitantes aparecían con caracteres más indómitos, se establecía una kábila Guix a cuyos individuos, además de los elementos indispensables de combate, se les daba una parcela de terreno de extensión suficiente para que, cultivada, produjese lo necesario para el mantenimiento, no sólo del individuo a quien se concedía, sino también de su familia.

Se trataba, por tanto, de un ejército compuesto de voluntarios que no costaba un solo céntimo al Tesoro del Sultán, puesto que éste pagaba concediendo parcelas de terreno comprendidas dentro del territorio de las kábilas más insumisas.

Por este medio consiguió el Sultán tener una fuerza militar permanente, extremo muy difícil de conseguir en Marruecos, pues así como no falta nunca número, más que sobrado, para formar una harca, porque esta lleva consigo la razzia del enemigo, que es uno de los encantos del marroquí, en cambio el carácter de éste, por demás voluble, le hace casi incompatible con una larga permanencia en filas, y tanto es así, que una vez conseguido el objeto de la expedición, el Sultán no se preocupaba de licenciar sus harcas, pues esto tenía lugar sin que para ello fuesen precisas ordenes emanadas de su autoridad.

Pues bien, se comprenderá con lo dicho que no faltasen voluntarios para formar parte de los Guix y además, porque los Sultanes, conociendo muy bien el modo de ser de sus súbditos, les concedían todo aquello que más apetece un marroquí, esto es, armas, una parcela de terreno, que era heredada por sus hijos si seguían formando parte del Guix, y por último les declaraban libres de pagar los impuestos que no fuesen los coránicos.

Estos Guix llegaron a constituir grandes contingentes, pues solo el denominado Abi-el-Bojari o simplemente Buajaras, que significa «Servidores del libro de Bojarí», tenía en filas 150.000 negros. Ahora que con el tiempo se relajó la verdadera misión de estas fuerzas, en las cuales era frecuente que se apoyasen los agitadores que aspiraban al Sultanato y esto dio lugar a que se convirtiesen en una especie de guardia pretoriana, constituyendo con ello un elemento más de desorden, por lo que fue preciso dividirlos y aún trasladarlos de territorio.

Con esta medida no se consiguió otra cosa que aumentar la perturbación que, en el orden jurídico de la propiedad rústica, representaba y representa en la actualidad la concesión de parcelas en la forma que se hacía por el Sultán; con todo lo cual se ha venido a parar en que ha desaparecido por completo la eficiencia militar de los Guix y que, en cambio, repetimos, ha quedado latente la dificultad que en la transmisión de la propiedad rústica constituye las concesiones hechas a las kábilas Guix; cuestión que reviste una gran importancia en general, aunque para nosotros la tenga muy relativa, toda vez que de los seis Guix, el Guix-er-Riffi se estableció en la región del Fahs después de haber contribuido a tomar a los ingleses la plaza de Tánger, y que si bien los Buajaras los estableció el Sultán Muley Ismail en gran número por el territorio del Riff, en esta región no se conserva otra cosa de ellos que algunos restos de las alcazabas en que permanecían, más bien como prisioneros que como dominadores, puesto que muerto el Sultán acabado de nombrar, aquella región recobró su independencia y los rifeños, aprovechándose de la debilidad de los Sultanes sucesores de aquél, dieron buena cuenta de los Buajoras.

Como dato curioso vamos a terminar exponiendo la copia del documento especial que otorgaba el Sultán para la concesión de tierras a los Guix:

«Loor a Dios único.

Que Dios reparta sus bendiciones entre nuestro señor y amo Mahoma, su familia y sus compañeros y que le conceda la salud.

Por la gracia de Dios y la liberalidad de nuestro amo Mahoma, asistido de Dios, otorgamos por esta nuestra carta a … el disfrute de la parcela situada en … y limitada … que antes se encontraba en poder de quien no la merece, a fin de que aquél la disfrute en las mismas condiciones que sus compañeros del Guix-er-Riffi.

Todo el que conozca esta carta dará cumplimiento a lo en ella mandado.

Y la paz».

Por último, hemos de decir que de estas concesiones se llevaba un registro especial que estaba en poder del jefe de la kábila Guix.

Manuel DEL NIDO.

Auditor de División




M. F.

El “Tercio” y la población indígena


Han procurado siempre las naciones colonizadoras, imitando el sabio ejemplo de la antigua Roma, que las tropas de ocupación en las colonias y protectorados, sobre todo en países habitados por gentes de mentalidad, costumbres y religión diferentes de la metrópoli, no constituyeran un obstáculo para el desarrollo de su acción política, por diversas causas, siendo uno de los medios empleados para conseguir dicho objeto, fijar los acantonamientos en sitios alejados de las urbes y el castigar severamente todo acto que implicara un atentado contra las costumbres, leyes y religión del país protegido o colonizado.

Hasta ahora, dicho sea en honor de la verdad, los soldados españoles han dado pocos motivos de queja a la población indígena, musulmana e israelita, salvo los daños causados en las huertas y arbolado, en el primer período de la ocupación y las molestias que ocasiona a los moros la curiosidad, a veces impertinente, de los reclutas recién llegados al país. Mayores son los motivos de disgustos en relación con los soldados indígenas, aunque ni remotamente tienen comparación con los que proporcionaban los askaris de las mejal’las imperiales a los habitantes de las ciudades y kábilas, en algunas de los cuales quedó poco grato recuerdo del paso de las huestes indisciplinadas de Muley-Arala, Muley Bub-buker y Bustá Bagdadi, lo que causa admiración a los indígenas, al observar como nuestros oficiales y clases con elementos personales idénticos a los de las antiguas mejal'las, han constituido cuerpos disciplinados, en los que los actos colectivos en perjuicio de los habitantes del país, son casi nulos y los hechos aislados disminuyen progresivamente.

Es de presumir que las consideraciones apuntadas, tenidas en cuenta por los gobernantes españoles, influyeron mucho en la indecisión observada en lo que respecta a la creación del Tercio, como las tuvo el Gobierno de Luis Felipe antes de proceder a la organización de la «Legión Extranjera», que tanto contribuyó a la conquista de la Argelia y tanta gloria alcanzó luego, en la campaña carlista, en Méjico, guerra de 1870-72, Túnez, Tonkín, Madagascar, Dahomey y en la reciente contienda europea. Y es indudable que la presencia de las primeras banderas del Tercio en Tetuán y Xauen, a la par que dio a los indígenas la sensación de que un nuevo factor y de importancia, venía a aumentar los medios de nuestra acción militar en su país, despertó cierto recelo en ellos, por el temor de que, al contrario que los otros soldados europeos, se entregaran a actos de violencia con las personas o causaran daños en sus propiedades; de ahí que, en un principio, los denominaron los rejot.

Pero, ante las repetidas pruebas de bravura que han dado los legionarios en los campos del Rif y la Yebala y la conducta observada en relación con los indígenas, hoy ya éstos no los califican de rejot, sino que los denominan los butribech (los del gorrito); los bujannó (los del madroño) y los afif el ayanabi (partida de extranjeros), siendo curioso el hecho, que se presta a consideraciones de cierto género, de que en los registros de la Policía gubernativa de Melilla y Tetuán y en las benikas de los baxas de Tetuán y Xauen figuren en muy corta proporción las denuncias contra los legionarios, por atentados contra las personas y las propiedades.

M. F.




[ Víctor Ruiz Albéniz ]

La causa de muchos males
La actuación del periodista en la guerra colonial


I

En un libro recientísimo, editado en Santander bajo las iniciales N. C. y dedicado a sacar a la luz de la critica El pánico de Anual y el socorro de Monte-Arrut, libro que debiera de ser leído por todo buen español amante de la justicia y del Ejército, he visto inserta la siguiente frase; «Y la Prensa, o una parte de ella, que tanto ha azuzado, agitado y extraviado al país en la cuestión de Anual y en toda nuestra actuación en África desde 1909, tiene también enormes responsabilidades que nadie le ha exigido todavía, pero que sería justo y saludable liquidar».

Con estas o parecidas palabras, he oído expresarse repetidamente a muchos hombres de gran valer, a no pocos generales, jefes y oficiales de nuestro Ejército… ¡y, lo que es más grave!, con estas palabras, cien, mil veces se ha alzado en nosotros el sentir de nuestra conciencia.

Va llegando la hora de que todo buen ciudadano haga, virilmente, en alta voz, pública confesión y reconocimiento de las propias culpas. Sólo de este modo, ese grave problema de las responsabilidades, que tiene a España conmocionada, al extremo de constituir el eje positivo de toda la vida política nacional, sólo de ese modo, reconociendo cada cual la parte de responsabilidad que le corresponde en las desdichas a que arrastramos a la Patria, será realizable el anhelo de hacer justicia igualitaria y el mil veces más santo deseo de evitar para lo futuro la repetición de hechos delictivos, generadores de lutos, tristezas y bochornos. Y porque así lo entendemos, predicando con el ejemplo, nosotros, que a honor y gloria tenemos el ejercer la profesión del periodismo, vamos en este artículo a hablar, con la voz de la verdad, de las culpas de la Prensa, los yerros de los periodistas, y lo que entendemos que debería de ser, en el aspecto colonial, la obra levantada que los órganos de opinión pueden y deben realizar en provecho y prez de la Patria.

* * *

En firme. Yerran los que con frecuencia propalan la especie de que nuestra Prensa nacional es algo venal, corrompido, siempre dispuesta a servir al que mejor pague. Veintidós años de trabajar en los periódicos hispanos, y repetidos viajes al Extranjero, me han dado el convencimiento de que quizás sea la Prensa española la más desinteresada y honrada del mundo civilizado. Lo evidencia su propia pobreza. No hablamos de los periodistas, que éstos suelen vivir con estrechez y morir en trance de recibir sepultura de caridad; ya ni siquiera sirve el periódico para escalar altos puestos en la política (en las últimas Cortes, de 414 diputados, había sólo cinco periodistas); nos referimos a las mismas Empresas de Periódicos, donde se registra idéntico desinterés (salvo contadísimas excepciones) que entre los periodistas.

Y, sin embargo, aun siendo esto verdad, aun reconociendo y proclamando esta honradez material de nuestros periódicos, es evidente, evidentísimo, que nuestra Prensa es injusta, atrabiliaria, pasional, falta de ecuanimidad, y en muchos, muchísimos casos nefasta para el interés del país. Hay que decirlo así, con crudeza, porque tal es la verdad.

Un sectarismo desenfrenado, unas constantes idolatrías, un aferrarse a tal o cual criterio por absurdo que sea, un juzgar por imprevisión, de ligero, un eterno afán de adjetivación hiperbólica, una falta de medida en el elogio como en la censura, un pasional fichaje y clasificación de personas en amigas y enemigas a ultranza, atendiendo, no al verdadero mérito de las mismas, sino al nimio detalle de si en esta o en la otra ocasión recibiera al redactor-representante del periódico con cara de «buenos amigos», en fin, un sistema que lleva a supeditar la crítica en general a los sentimientos de simpatía o antipatía, hace que nuestra Prensa no llene cumplidamente y en todo momento la alta misión que le está confiada.

En trance de furiosos partidismos, para muchos periódicos no existe freno ni barrera que en su labor pasional los detenga. Ni siquiera el alto interés de la Patria; ni siquiera el supremo culto a la Justicia. No importa que un Fulanito lleve a efecto obra meritoria para el interés del país, si Fulanito está en la lista de los indeseables del periódico; con tal de vencerle, de anularle, todo se acepta, lo mismo el propalar nocivas especies falsas, como el elevar sobre el pavés a sus enemigos, aunque sean de la más baja y repudiable condición moral y social.

Por otra parte, en nuestra nación, los periódicos tienen establecida entre sí una pugna, una ineludible hostilidad recíproca; a la que todo lo subordinan. Basta el simple hecho de que un diario diga que tal color es blanco, para que su rival en la Prensa declare y proclame que el color de lo apreciado es de un rojo rabioso. Basta que un periódico obtenga un éxito publicando una información sensacional; para que el órgano enemigo pase por alto el asunto o le dedique cuatro líneas, no sin registrar en la lista de los que «ya nos las pagarán» al que facilitó el éxito informativo al periódico rival.

Trae esto como obligada consecuencia la creación de un ambiente apasionado, en el que los más graves y transcendentales problemas son sacados de quicio, removidos de sus bases reales; desfigurados, contrahechos… La opinión pública, con ello, vive en plena desorientación: ¿a quién creer?… «A B C» dice que aquello fue una gloriosa jornada, y «La Libertad» afirma que fue una vergonzosa y triste etapa; «El Sol» mantiene que tal personaje es talentudo, y «El Debate» que es un necio o un saco de ambiciones. ¿A quién creer?… ¿Qué debe pensar el vulgo?… ¿Dónde está la verdad, la justicia…?

Se llega en ello a extremos vituperables, que encierran extraordinaria gravedad. Soy testigo de excepción en la materia.

* * *

Los celos, las rivalidades han sido causa de no pocas campañas de Prensa injustísimas. Bastaba que un periodista visitara –a veces por oficiosidad– las oficinas de los Cuarteles Generales, o que a él se dirigiera con más frecuencia el Mando, para que el resto de los corresponsales se sintieran postergados, desatendidos, y tradujesen su mal humor en crónicas pesimistas o diatribas envenenadas. Como compensación, los que por preteridos se tenían, solían buscar a algún inquieto, a algún despechado, para de él obtener noticias y razones que justificasen censuras sobre lo que se hacía o se pretendía hacer.

Pero, el que esto pudiera llegar a ocurrir no era culpa sólo del periodista, sino de los que le facilitaban informaciones de tal carácter. Por desgracia, es este un defecto harto frecuente en nuestro Ejército. Son muchos los verborreicos que facilitan noticias a los reporteros, sin tener quizás exacto conocimiento de la importancia de lo que hacen. Entre nosotros, los hombres de pluma que hemos hecho campañas en África, es frecuente el clasificarnos como amigos y por ende «confesores» del general X, el coronel Z, o el capitán W. Es fácil ganar la confianza de un jefe, por poco amigo de la publicidad que éste sea; escribiendo una o varias crónicas alabando sus dotes de mando, o la brillantez de actuación de sus tropas. Es éste un halago al que pocos resisten, y como pago, los periodistas solemos recibir confidencias, noticias, datos de relativo interés, pero que al fin sirven al objeto por todo el que escribe en los periódicos afanosamente perseguido, de decir algo nuevo, algo que los demás no hayan dicho, algo que tenga el carácter de sensacional, y cuando no, de original. En este truco todos los periodistas somos maestros, y lo seguiremos utilizando hasta que los generales, jefes y oficiales de nuestro Ejército se den cuenta de que, a veces, una revelación imprudente a un periodista puede originar graves males y, en casi todas las ocasiones, una palabra cuyo alcance no se mide bien por el que la pronuncia, es causa de serios conflictos, ya que al escribir, el periodista, que en realidad es sólo un cotizador y tasador de ideas y palabras, sabe aprovechar lo que con mayor inocencia se haya pronunciado, para colocarlas en momento y sitio en que adquieran inusitado, incalculable valor e importancia.

Muchas veces hemos pensado (perdón por la rudeza de nuestra expresión) que cuando tanto y con tanta facilidad se habla por quienes visten uniforme, no es dable dolerse de la buena información que tiene el enemigo, sin achacarla a difusión y pululación de los espías. ¿Qué espionaje es necesario cuando con tanta libertad y abundancia se habla de todo, y todo se cuenta a quienes creen que tienen como ineludible, el deber de referir lo que averiguaron a sus lectores?…

En ningún país del mundo, ¡en ninguno!, se da este caso que entre nosotros es frecuentísimo. Lo subrayamos con mano recia, porque es preciso que el militar español se dé perfecta cuenta de la gravedad que encierran las indiscreciones y los contactos con periodistas amigos. ¡Cuántos que me leen tendrán sobre su corazón el remordimiento de haber hablado demasiado un día de intempestiva expansión ante un periodista! Esas pequeñas indiscreciones, con ser pequeñas, pueden ocasionar grandes males. Yo, a fuer de periodista, y por ende de primer perjudicado con el consejo, pido a todo militar español en campaña, que piense en que su deber primario es el de la reserva. «La palabra dicha» –canta un proverbio árabe– «puede ser tu mayor enemiga; la que calles, nunca te hará daño.»

El Tebib ARRUMI

Madrid y Febrero del 24.




Fermín Galán

Ensayo de desarme
Grandes Kaídes


Muchos son los criterios sobre el proceder con respecto al indígena. Al conjunto de estos modos de proceder se ha llamado «política», encerrando esta palabra la preparación y sostenimiento o afianzamiento de lo que se ocupó militarmente. La política es el medio para preparar, ocupar y afianzar una zona que al fin ha de estar dominada.

Realmente las armas son las que deciden, pero obran nada más que en el momento preciso, para dejar después campo libre a la política que se encarga del afianzamiento de lo ocupado.

La preparación de una zona, ante la amenaza de las armas, es sencilla, por el temor de que ante una terca insistencia éstas jueguen con efectos destructores. La ocupación de la misma es el hecho militar, que se desarrolla más o menos profundo, según el objetivo, la clase de terreno y capacidad guerrera del enemigo. El afianzamiento del terreno ocupado es operación más delicada. Afianzar no es sostener. El sostenimiento simple es costoso y nuestra intervención es superficial, porque al limitarnos a sostener, todo queda organizado al deseo de los sometidos, sin soliviantarlos, luchando siempre con las dos paletadas, la suave y la rígida, a fin de continuar sosteniendo lo que con puntas de alfileres se mantiene. Como es lógico, todo está a merced de la lealtad de los kaídes, que como musulmanes, son de carácter voluble, y se dejan influenciar por las presiones extrañas, que el viento al azar mueve, marcando de este modo éxitos y fracasos que se achacan a las personas que dirigen y que realmente son motivados por el sistema de mantenimiento.

Nada hay tan delicado para la política como el afianzamiento. Afianzar no es sostener, es asegurar lo ocupado.

Ya tenemos ejemplos en nuestra actuación en Marruecos, que nos demuestran que después de la ocupación debe venir el afianzamiento enérgico, no el sostenimiento lento y perecedero que hace paralizar la acción de muchos fusiles de las kábilas ocupadas, pero no les impide el que éstos jueguen a tenor de la influencia extraña, que los movilice en su ocasión y en su tiempo.

Afianzamiento no existe sin desarme. Con las kábilas armadas podrá haber sostenimiento de las mismas, pero nunca estarán afianzadas. Se alejará la influencia de la civilización, porque las armas en las kábilas no le dan seguridad ni confianza al colono, que va a exponer su capital en beneficio de nobles intereses y que en horas nada más, puede quedar arruinado. Imponen respeto los fusiles a los arados y no dejan la entrada victoriosa de éstos en tanto campo virgen. Las industrias no se lanzan en empresas, porque éstas temen, al exponerlo todo, que venga la bancarrota en uno de estos volubles cambios políticos a que están sujetas las kábilas armadas. El comercio no se extiende, porque por el mismo temor no se arraiga ni crea intereses. De este modo todo se sostiene, todo marcha más o menos bien, pero todo se mantiene como prendido con alfileres. Nada hay afianzado. La ocupación tiene visos de real y no es nada más que aparente, haciéndose costosísima y expuesta.

Es pues preciso para conseguir el afianzamiento, el desarme de todo lo ocupado.

Generalmente al hablar del desarme se suscitan comentarios más o menos variados, en los que el optimismo muchas veces se aleja de los comentaristas; indudablemente desarmar las kábilas no es un hecho sencillo, de unas horas de trabajo, pero tampoco es una labor irrealizable; necesita, como toda empresa, su preparación correspondiente y su plazo de margen para que maduren los frutos.

El sistema de los grandes kaídes para el gobierno de las kábilas, es el más capacitado para, una vez encuadradas éstas, conseguir el desarme en breve tiempo.

La constitución orgánica de una kábila está a merced de las alteraciones que por orden político se produzcan en sus jefes o bien por simples cambios naturales debidos a muertes o enfermedades.

Una kábila aislada no tiene por si la cohesión debida al organizarse en harcas o ídalas. Necesita encuadramiento. Esto también es preciso para el desenvolvimiento político de ella, pues al ir hermanada con las otras que le son limítrofes, agrupadas con sus kaídes bajo una misma orientación que emana de un gran kaíd, se influyen unas a las otras y forman un conjunto organizado, en el que el mando subalterno –los kaídes respectivos– tienen cohesión, repercutiendo beneficiosamente en todas las labores que se emprendan y que afecten por igual a las fracciones hermanadas.

En nuestra zona de Yebala las ciudades están repartidas de tal modo, que cada una puede ser centro o cabecera de los grandes kaídes a organizar, –Tetuán, Xauen, Arcila, Alcázar y Tazarut, son cinco bajalatos de sobra capacitados para agrupar hacia sí las kábilas de Yebala, llegando al contacto de la línea Lau-Xauen-Lucus.– En Tetuán radica el Alto Mando y el Majzen; en Larache, muy bien puede haber una Delegación de este último, con atribuciones sobre los bajalatos de aquella zona.

Cada Bajá o Gran Kaíd puede tener a su cargo las kábilas cercanas que se le asignen. En Gomara puede crearse del mismo modo aunque no haya ciudad, pues para los efectos es lo mismo, Bajá de Uad-Lau o Tiguissas que Gran Kaíd de la Región, lo que nos hace falta es un prestigio, bien del país o extraño, que asuma con el mando, la responsabilidad de su sector. Desde luego, es preferible que sea del país y si estuviesen todos ellos viciados o simplemente no hubiera, no habría gran inconveniente en traer de otra zona distinta, un indígena prestigioso leal y de capacidad, a quien entregar el mando de algunas kábilas. Actualmente el Bajá de Xauen es de la zona de Larache y de todos es conocido el éxito de su nombramiento.

Estando organizados los grandes kaidatos y establecidos estos en las ciudades o en los centros de comunicación más principales, a cada uno podría hacérsele responsable de la zona asignada, para lo cual podrían organizarse, mientras las kábilas estuviesen armadas, idalas o harkas de número determinado de hombres entre las kábilas del bajalato, para atender a la tranquilidad de las mismas. Los harkeños podrían estar mantenidos por las fracciones mismas, como las levas musulmanas que se hacen al estilo del país.

La orientación del Alto Mando por boca del Gran Visir, sería transmitida a los grandes kaídes y estos a su vez lo harían a las kaídes subalternos y en tiempo no lejano, la cohesión de las kábilas sería un hecho y cada Bajalato sería el alma de la Región en sentido político-militar.

Las kábilas podían gobernarse independientemente cada una con su fuero, los kaídes tendrían toda su autoridad, así como los kadies, jurídicamente; los grandes kaídes no tendrían más intervención que la que les diera el puesto intermedio entre el Gran Visir y los kaídes subalternos.

Organizadas las kábilas del modo expuesto, quedarían los Bajalatos de Gomara y Xauen de contacto y los demás, los de Tetuán, Tazarut, Arcila y Alcázar, de retaguardia; estos últimos podían desarmarse sin grandes dificultades.

Cada Gran Caíd podría tener, como ya se ha dicho, una harka de 200 fusiles por ejemplo, y cada kaíd subalterno un grupo de 100 fusiles, los cuales, serían sostenidos por las kábilas mismas en el caso preciso de que se congregaran.

El Majzen podría pagar por cada fusil que se fuese a recoger un interés pequeño de dos pesetas, por ejemplo, de las cuales 0’50 serían para el Gran Kaíd; 1’00 para el Kaíd subalterno y el resto a distribuir entre el Chej y el Mokadem de la Yemaa a donde el fusil perteneciera. Este pequeño interés en kábilas de 2000 fusiles o más como tienen la generalidad, suma una cantidad de pago que sirve de estímulo a los jefes y que la propia codicia del carácter musulmán sería un acicate para que no hubiera ocultaciones.

Antes de esto, como es natural, las Oficinas de Intervención, todas ellas, tendrían terminadas las estadísticas de personal y armamento de las kábilas, para poder comprobar las entregas que en días sucesivos se fueran verificando.

Cualquier intento de pasividad o no acatamiento sería resuelto por los grupos de fusiles del gran Kaíd y Kaíd subalterno que reunirían 300 fusiles de harka. Si fuese preciso las Mehal-las prestarían su apoyo.

Se empezaría el desarme de retaguardia a vanguardia sucesivamente.

Las kábilas no se opondrían, siempre que se les diera la sensación de que los poblados no serían robados por las partidas de ladrones, para lo cual las Mehal-las y harkas previamente, darían batidas para expulsar todos aquellos que quedasen y que perturbasen la vida de los kabileños. Con labor lenta y constante, el desarme sería un hecho real. Las mehal-las y gente armada de los kaídes vigilarían los caminos y lugares de refugio de bandidos, las primeras como tropas del Majzen y como guardias rurales de las kábilas las segundas.

Los contactos, a medida que se fuese avanzando, quedarían siempre armados a fin de exigir a sus grandes kaídes la vigilancia precisa, para evitar a toda costa las incursiones que el enemigo pudiera hacer en terreno desarmado.

La zona que dejase de ser contacto, debido a un nuevo avance, sería desarmada inmediatamente.

En este sistema puede basarse el desarme de las kábilas de Yebala.

Fermín GALÁN.

Teniente de la Intervención Indígena de Tetuán.

Enero 1924




[ José Figuerola Alama ]

El poder del alma


Al ver la luz el primer número de la Revista de Tropas Coloniales, es posible, que muchos se hayan preguntado. ¿A dónde va?

Después de leído el artículo de presentación ya saben en parte a qué atenerse, pero nosotros entendemos que hay más que el vasto programa, que en aquél se esboza. Y el resumen de lo que allí no se dice, lo condensaremos nosotros diciendo que la Revista de Tropas Coloniales, puede y debe, y por lo visto quiere, encauzar la cuestión marroquí por los derroteros más convenientes a España. No digáis jamás, que España no siente el problema. Faltaríais inconscientemente a la verdad histórica. Seguid un instante mis razonamientos y si al fin de ellos, no reconocéis conmigo que ingenuamente vivíais engañados en cuanto al concepto que España tiene de su misión en África, (no sólo en Marruecos) forzoso nos será reconocer, qué, quién nos engaña, es nuestra propia (cuánto la ajena) historia.

El problema de Marruecos, ¿es de colonización? Si lo es, ¿cómo no ha de sentirlo, un país que da vida a gran parte de América, al Sur de Francia, a Argelia, sin descuidar su país, si bien rinda más, mucho más, fuera de él, por razones que no son del momento? Recapacítese un instante sobre la importancia de la emigración temporal o definitiva a esas regiones. ¿Cómo no ha de sentirlo un país que en todo tiempo ha dado contingentes notables para poblar y repoblar, en cada época, las más lejanas regiones de su suelo?

¿El problema es de cultura? ¿Cómo no ha de sentirlo un país que siempre llevó la que tenía a todas partes, con un altruismo digno de más constante suerte? Desde la más remota antigüedad hasta el presente, hubo sabios artistas y poetas que llevaron a todas partes el nombre español y derrocharon sin provecho para sí, pero con gloria para el mundo, los tesoros de su arte o de su ciencia: y fueron tantos que dejaron tendencia en su Patria a continuar obra tan altruista, como magna. ¿Las generaciones actuales, no habrán heredado esa tendencia? Imposible étnicamente.

¿El problema, es de redención social, es de civilización, es de progreso? ¿Es de negocio? ¿Es de aventura? ¿Es de conquista? En cualquiera de estos aspectos, ha de sentirlo un país, aventurero y conquistador de toda su vida, paladín de la fe cristiana, desde las predicaciones del Apóstol, o más bien, desde la conversión de Recaredo, como lo fuera antes de su paganismo local contra las imposiciones de Roma desafiando a la gran República, en la difusión de sus creencias. Ni puede ser indiferente, ante este problema, un país que acude a las desgracias de las potencias centrales y orientales de Europa. Ni se puede creer que un país como España se desentienda de otro país como Marruecos, en que tantos signos de semejanza, consigo misma encuentra; porque España, jamás desoyó la voz de la sangre de sus hermanos.

¿Qué ocurre, pues, que dé motivo a algunos frívolos nacionales y extranjeros a decir, que España, no siente, el problema de Marruecos? Ocurre, que como en tantas otras cosas, nuestra Patria, yace aletargada, en un sopor de narcótico, debido a que le han venido administrando mal inspirados gobernantes. Ocurre que España, que siempre lo dio todo, quedó pobre y exhausta, salvo contados de sus hijos, y teme no poder con los esfuerzos que para toda obra de regeneración interior o exterior le son precisos. Mas acordaos de aquél, que en circunstancias ordinarias, no pudo levantar la piedra y al ver bajo ella un niño, la levantó como una pluma, por salvarle, y luego decía simplemente, «es que yo con el alma tengo mucha fuerza». Busquemos, pues, el alma de España, que se interesa, por toda causa noble, por toda causa justa y para ello presentémosle nuestra actuación en África, como lo que es, no cómo lo que algunos aprovechados quieran hacerle creer que sea. Y a esa labor, que puede ser, la más importante de la Revista de Tropas Coloniales, deben colaborar todos los buenos españoles, aportando al conocimiento de la opinión española, cuantos datos puedan decidirla a mostrarse resuelta y despejada.

No olvidéis que España, siente cuanto es noble, aunque la hayáis creído dormida en esta hora.

José FIGUEROLA

Capitán de Estado Mayor.