Filosofía en español 
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La cuestión del cinematógrafo y la de la moral de la calle

Mercedes Tapís de Furest

Contestación al cuestionario sobre la moral del Cinematógrafo

El Cinematógrafo y el ejercicio libre de propaganda de vicios industrializados

Cinematógrafo. Entiendo, por lo visto, que la mayoría de películas cinematográficas perturban la conciencia moral del público, por cuanto nos reproducen ficciones sin sentido común, sin arte, sin enseñanza, fatigando la inteligencia, el corazón y el sistema nervioso, al par que envenenan el alma de la infancia, por sus escenas sensuales, criminales y sugestivas, al punto de no faltar niños precoces que tratan de imitarlas.

El Cinematógrafo debiera únicamente reproducirnos cuanto nos ofrece la Naturaleza en todas sus infinitas demostraciones, cuya gama es inagotable.

El Cine fue creado para reproducirnos lo bello, lo útil, lo agradable, lo instructivo, lo transferible a futuras, edades. Jamás para ayudarnos a pasar un tiempo inútil, sin belleza, sin arte, sin instrucción, de un modo repugnante y fatídico.

Al Cine no deben llevarse los niños bajo ningún concepto, a excepción de cuando las películas reúnan las condiciones apuntadas.

De ahí que las películas del Cine debieran sufrir un control antes de ser expuestas al público, al objeto de rechazar todas las que atentaran contra la moral pública.

El Cine no morirá, por cuanto tiene un campo de acción ilimitado. Está aún en mantillas. Todavía no nos ha apuntado si quiera los episodios submarinos, ni los de índole microbiológica, &c.

Del ejercicio libre de propaganda de vicios industrializados. Es este un punto de moral pública, dificilísimo para todos. Entiendo yo que todos los gobiernos debieran, con mano fuerte, privar absolutamente toda coacción inmoralizadora, de la misma manera que no permite las coacciones de orden civil, jurídico, económico, político, etcétera.

La provocación en público, de la mujer pública, es un atentado a la moral, imperdonable. Y si lo es para el hombre, con mil motivos lo será más para la infancia. La provocación inmoral en los niños, es un crimen de lesa Patria, por cuanto de un ciudadano que quizás robusto hubiera prestado grandes servicios a la Patria, débil sólo le servirá de carga pesadísima, y, ¡triste del día que llegue al grado de la criminalidad a que conduce esa debilidad obtenida en los momentos del crecimiento!

Finalmente, cuanto a neutralización de la vía pública por donde el niño ha de pasar, para ir a la escuela, para no ser víctima de inmorales coacciones, o de enseñanzas inmorales, ¿qué duda cabe que esas vías debieran ser sagradas para la niñez que las atraviesa al ir al santuario del saber? El pobre maestro no creo tenga valiosos resortes para evitar esos riesgos, ni es ese su deber. El que está plenamente obligado es el Municipio. El Municipio es el que, velando por la salud material de sus administrados, viene obligadísimo a velar también por la salud moral de los mismos y en especial por la salud de los indefensos niños.

Los padres, todos, sin excepción, debieran acudir ante el Jefe del Municipio, ante su alcalde, conminándole a que la vía por donde la inválida niñez acude al sitio de su aprender, libre esté de asechanzas inmorales, las que, matando su cuerpo, matan su inteligencia, y así. cuerpo e inteligencia muertos, darán por resultado una infancia, que, lejos de ser útil al hombre, será a éste perjudicial.

Las escuelas públicas debieran estar en puntos alejados de toda posible inmoralidad, para que los niños, que hacia esos templos del saber se encaminan, no se vieran inmoralizados antes de entrar en ellos.

En España, hasta hoy, nadie se ha preocupado de ello. Por esto toca ya los perniciosos resultados de tanta dejadez, inconcebible.

Mercedes Tapís de Furest