Filosofía en español 
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La cuestión del cinematógrafo y la de la moral de la calle

[ Domingo Corominas Prats ]

Contestación al cuestionario sobre la moral del Cinematógrafo

A. I. ¿Debe fomentarse el apartamiento del Cinematógrafo o bien someter este espectáculo a un control especial?

Ambas cosas deben hacerse, mas como los medios para la consecución de la primera, con ser la mejor, son necesariamente largos o difíciles, bueno será que entre tanto reclamemos de las Autoridades que ejerzan este control o previa censura. Esto es indispensable a mi entender, ya que la poca aprensión y el mal gusto de los empresarios y de los fabricantes de films han convertido el espectáculo del Cinematógrafo en escuela de malas costumbres y academia de sandeces; digo que es indispensable este control, pues así como tiene el Maestro el deber de escogitar los libros que pone en manos de los niños, tienen las Autoridades el de hacer objeto de una selección los espectáculos a que ha de concurrir ese niño grande que se llama Pueblo, que con la media-instrucción que hoy posee, cree poder ya emanciparse de toda tutela, no percatándose de la funesta que sobre él ejercen sus explotadores que más le halagan, al fomentar flaquezas de su instinto o errores de su inteligencia poco cultivada. No quiero decir con esto que la perniciosa influencia del Cinematógrafo únicamente la sienten las clases populares, no: la sienten todas, mas aquellas, por ser precisamente las menos ilustradas, son las que tienen una resistencia menor que oponer a la infección y son, por lo tanto, las que con mayor intensidad sienten sus efectos.

Para que la censura sea a los ojos del pueblo menos antipática debería ser ejercida por el pueblo mismo, por medio de sus re presentantes más genuinos. Podría formarse una Junta, Comisión, Jurado, llámese como se quiera, compuesta de los presidentes o delegados de las asociaciones populares de carácter cultural: Ateneos, Bibliotecas, Centros, Escuelas, Sociedades corales, &c., que examinara por encargo de la autoridad competente las películas que los empresarios de los cinematógrafos se propongan dar al público, y sin cuya autorización no debería permitirse la exhibición de las mismas. Nada de hacer intervenir en esta Junta elemento alguno de los llamados por el pueblo reaccionarios o clericales, que hoy, atendidas sus ideas, lo vería con malos ojos. Que sea el mismo pueblo, que sean los avanzados quienes ejerzan este control, a fin de que más fácilmente se decida a coartarse una libertad, cual esa de los espectáculos, que redonda en perjuicio suyo. Yo no dudo de los buenos resultados que habría de dar, pues estoy íntimamente convencido de que los que actuarían de censores, justamente orgullosos de la confianza en ellos depositada por sus conciudadanos conscientes de su responsabilidad, darían satisfactorio cumplimiento a su cometido, informando sus actos en el más sano juicio y estricta moralidad. Si las Autoridades que están llamadas a designar este Jurado entendiesen que la labor del mismo había de ser para los que la formaran harto pesada para pedirles que a ella graciosamente se prestaran, podríase exigir de los empresarios una cuota de examen por las películas que presentaran a la aprobación, con cuyos ingresos remunerar el trabajo de los censores... Mas esto es cuestión de detalle; en esta o en otra forma parecida las Autoridades tienen el deber de intervenir para moralizar el Cinematógrafo.

II. ¿Deberíase cuando menos, alejar de este espectáculo a los niños?

Sin el control, sí, decididamente; con él, puede tolerarse –si bien no están los cinematógrafos instalados en locales que por sus condiciones higiénicas se hagan recomendables a los niños, a quienes conviene especialmente aire y sol en abundancia– digo que puede tolerarse, sobre todo, si se procura confeccionar para ellos programas adecuados compuestos de viajes, leyendas, episodios históricos, experimentos científicos, manipulaciones industriales, &c., películas éstas que deberían ir acompañadas de explicaciones orales y no escritas como acontece hoy, que ni los pequeños ni los mayores tienen tiempo suficiente para leer las más de las veces y que si lo consiguen, es tal la redacción de las mismas (traducciones hechas sin conciencia) que son incomprensibles o tan inicuamente atentatorias a la gramática que claman al Cielo venganza contra el autor de las mismas. Para facilitar a los empresarios estas notas explicativas no habrían de faltar en Barcelona entidades de cultura que se prestaran a redactarlas en bella y clara forma; o bien cuidaría de ello la misma Junta de Censura. Interín no se haga así, no es prudente llevar los niños al Cinematógrafo.

III. ¿Por qué otro espectáculo o diversión popular podría ser substituido el Cinematógrafo?

De momento por ninguno, por el Teatro y el Concierto más adelante. Mas para conseguir esto es preciso, que así como el Cinematógrafo ha invadido el Teatro, el Teatro se apodere del Cinematógrafo. Quizá para llegar a este resultado se haga preciso crear un género dramático nuevo que se adopte a las condiciones de espacio, tiempo y baratura de los cinematógrafos y sea como la preparación del público a que vuelva al teatro, al Teatro grande, de donde parece que ha desertado. Dígalo si no esta crisis teatral que todos lamentamos, y mas que nadie nosotros los autores, y que en gran parte es debida al éxito del Cinematógrafo. El Cinematógrafo: voilá l'ennemi! Pues hay que combatirlo con sus propias armas. Por fortuna el enemigo parece que va cediendo; ya los blancos telones donde se proyectan las películas descórrense a menudo para alternar el espectáculo de las mismas con el que ofrecen artistas de diversos géneros. Procuremos que dejen libre aquel minúsculo escenario esa grey de contorsionistas, musicólogos, cupletistas, bailaoras y demás gentezuela, o gentecilla, para que suban a él músicos, actores, conferenciantes... Una vez el público acostumbrado a oír buena música, buena declamación y buena literatura acudirá al Concierto, al Teatro, al Ateneo o a la Academia donde, indiscutiblemente, hallará aquello que empezó a saborear en el cine, ennoblecido, con mayor interpretación y más dignamente copilado. “Si la montaña no va hacia ti, vé tu hacia ella.” dijo Mahoma o no se quien; si el público no va hacia el gran Arte, que vaya el gran Arte hacia el público, que invada sus locales y acabará por adueñarse de su espíritu. Y esto lo hemos de conseguir lentamente, con perseverancia y... con el EJEMPLO.

Al hablar de “ejemplo” no puedo menos de pensar en el funestísimo que dan nuestros clases directores, responsables en primer término de toda relajación de costumbres, pues sabido es que el pueblo, ahora como siempre, fija la mirada en los de arriba, imita sus acciones como imita sus trajes, que la barrera que pone entre los dos sus diversos intereses económicos, y que el proletario estima contrapuestos, no es infranqueable para la sugestión que sobre de él ejercen los actos de los favorecidos por la fortuna. No vemos a tantos señoritos asiduos concurrentes a infectos music-halls? ¿Y qué decir de tantas encopetadas damas como hallaréis en la preferencia de algunos cinematógrafos peor o mejor iluminados –más bien lo primero que lo segundo– que han dejado sus automóviles en la puerta para que pregonen en el mal gusto o la insensatez de sus propietarios que dentro de aquel local saborean las insulseces o las picardías de un “film d'art” (sic)?... Me diréis acaso que en su estancia, entre cinco y siete, mas atienden muchas a un flirt que a las películas... ¿Cómo va a dejar de entrar en el cine la vanidosa burguesa al ver que se codeará con la aristocracia?... Y el bueno, el inocente pueblo, no verá en este hecho como la sanción de aquel espectáculo?

Si el sentimiento de su responsabilidad estuviera más desarrollado en nuestras clases directoras de éste y de muchos otros actos se obtendrían sin necesidad que a ello les invitáramos quienes, guiados de la mejor intención, quizás aparezcamos a sus ojos como antipáticos puritanos, intransigentes doctrinarios de una moral, que si bien les merece todos sus respectos, según dicen conculcan a cada momento con sus acciones.

B. IV. ¿Podríase legalmente conceder al Maestro jurisdicción sobre las calles que circundan su escuela para la limpieza moral de las mismas?

No, rotundamente. Dejemos al Maestro en su escuela que bastante que hacer tiene en ella y no le convirtamos en polizonte dándole unas atribuciones que ni podría ni sabría desempeñar. Otro ha de ser su papel, como diré luego, enfrente de esta coacción de inmoralidad que el niño, como todo ciudadano, padece desgraciadamente en casi todas las grandes urbes.

V. ¿En qué forma material (consejos de barrio, jurisdicción única del Maestro o mancomunada con el padre de familia o con la autoridad) podría verificarse la intervención del Maestro en la moralización, o por lo menos, en la neutralización de vía pública?

Entiendo que antes de neutralizar la calle es preferible que dediquemos nuestros esfuerzos a inmunizar a los que han de andar por ella, especialmente a los niños, neutralizando así en estos los efectos producidos por las sugestiones eróticas que en el ambiente de la ciudad necesariamente recibirán. Esto lo conseguiremos dándoles en tiempo oportuno una “educación sexual”; este “capítulo secreto” de la enseñanza, como le llama el Dr. Toulouse “que trata del misterio de la vida, de las funciones que las transmiten, de las emociones que provoca, de las costumbres que engendra y de los peligros a que expone. Este capítulo del que los padres no hablan nunca a sus hijos, como si la ignorancia de estos pudiera prolongarse indefinidamente y no llegara un día en que querrán saber lo que se les oculta y en que todos nuestros esfuerzos para ahogar su curiosidad no producirán otro resultado que excitarla más.”

A este propósito dice una ilustre escritora, Marcela Tinayre: “en el colegio el misterio del amor excitaba la curiosidad de las muchachas; lecturas tempranas, frases oídas, negligencias de los padres habían enseñado a más de una en este período de inquietud inevitable y constante por las cosas del amor. Al recordarlo recuerdo también la repugnancia que me produjeron ciertas confidencias y me pregunto si la delicada y prudente revelación de la realidad no sería mejor que la hipocresía obligatoria.” Y si esto ocurre tratándose de muchachas –dice Félix Thomas– que no acontecerá entre los jóvenes, dadas las fuentes de información que están a su alcance! Y digo yo con él: aunque fiscalizáramos la calle, arrojando de ella a periódicos y anuncios inmorales y prohibiéramos a las meretrices su exhibición, habíamos de conseguir que la excitación de los sentidos desapareciera? Si es cien veces más poderosa la que ejercen el paso de una pareja amorosa o el coquetismo de tantas mujeres decentes que ni por lo provocativo de su traje, ni por desenvoltura tomaría nadie por tales!

Al llegar a la crisis de la adolescencia se impone la educación sexual, que con tal se ponga en ella el tacto y la prudencia que requiere. Preferible es anticiparla a que llegue demasiado tarde; pero tal como están constituidas las familias y dados los usos, tradiciones y preocupaciones que en ellas dominan –añade el citado Dr. Thomas– se explica muy bien la inquietud y los escrúpulos que sienten los padres en dar semejante educación. “Dejando esta a la incumbencia del Maestro, su autoridad y la elocuencia de los hechos científicos que había de exponer no podría menos de producir sobre aquellos niños que empiezan a dejar de serlo, una saludable impresión que precisaría sus conocimientos incompletos y les pondría en guardia contra sorpresas nefastas. No nos engañemos; nuestros hijos son hoy más exigentes que lo eran en otro tiempo, cuando la autoridad del padre de familia era indiscutible y profunda la fe; su sentido crítico se ha afinado y no se conforman ya con las secas afirmaciones con que se contentaban o parecían contentarse en tiempo de nuestros abuelos. Quieren explicaciones y no podemos negárselas sin perjuicio para ellos y para nosotros. No tengamos ya, pues, el miedo ridículo a la verdad y no temamos llamar en nuestra ayuda a la ciencia, la cual como se ha dicho, anestesia cuanto toca.”

La opinión de otros muchos pedagogos podría citar en apoyo de que la educación sexual es el mejor medio para inmunizar al niño del contagio de la inmoralidad pública. Esto no significa que debamos descuidar en absoluto el saneamiento del medio ambiente, pero esto no debe ser de la incumbencia del Maestro, sino de las Autoridades, que si en vez de dedicar su atención a mezquinas cuestiones políticas se preocuparan de hacer cumplir las leyes y reglamentos de nuestra legislación vigente, ello bastara a corregir los abusos que en nombre de la libertad se cometen “en esta propaganda de todos los vicios industrializados” como muy acertadamente expone la Redacción de Cataluña en el preámbulo a las preguntas de su cuestionario.

D. Corominas Prats

Barcelona, Septiembre 1911