Filosofía en español 
Filosofía en español


Congreso de los Diputados
Presidencia del Excmo. Sr. D. Eduardo Dato
Sesión del martes 22 de octubre de 1907

Reforma de la Administración local: continúa la discusión del dictamen. Discurso del Sr. Emilio Junoy Gelbert, quinto turno en contra. Contestación del Sr. Carlos Cañal Migolla. Rectificaciones de ambos señores. Se suspende la discusión

Reforma de la Administración local

Continuando la discusión del dictamen (Véase el Apéndice 31.º al Diario núm. 41), sobre el proyecto de ley relativo a este asunto, dijo

El Sr. PRESIDENTE: El Sr. Junoy tiene la palabra para consumir el quinto turno en contra.

El Sr. JUNOY: Señores Diputados, al cumplimentar el encargo para mí abrumador, aplastante, de consumir un turno de totalidad en la discusión del proyecto de ley de reforma de la Administración local, y al recoger la alusión que se sirvió dirigirme en la sesión del sábado desde su escaño el Sr. Suñol, en el cual me pareció que revivía con su verbo clásico y su austero pensamiento el inmortal Pi y Margall, es posible, es natural, lo reconozco, que habéis de considerar impertinentes, ajenas al debate, cuatro sencillas palabras para mis amigos y correligionarios, cuatro sencillas palabras explicativas de un hecho personalísimo que no importa a la Cámara, del hecho de no haber tomado parte en aquel gran debate político, en aquella amplia y luminosa discusión, en la cual tomó forma parlamentaria el pensamiento de Solidaridad catalana y en la cual ante vosotros, sin tempestades, se explayó serena y diáfana el alma de Cataluña.

Entonces, en aquella ocasión, creí de mi deber hacer a mis compañeros, a esta minoría, la ofrenda del silencio, porque, claro es, Sres. Diputados, que si yo había tenido la amargura, el gran dolor de tener que ser uno de los hombres de aquella pugna violenta entre republicanos y catalanistas de que hablaba el Sr. Suñol; que si yo había tenido la gran desgracia de tener que ser uno de los caudillos de aquella especie de guerra civil que ardió en Cataluña cuando unos y otros disputábamos la hegemonía del alma catalana, no podía ni debía yo aspirar al honor de aparecer en esta tribuna como uno de los definidores aprovechados de la nueva doctrina, como una especie de verbo imperfecto, de verbo irregular de este gran movimiento.

Las circunstancias han cambiado totalmente, radicalmente, entre todos nosotros. Todos somos unos, a pesar de las habilidades de la Comisión, a pesar de las pequeñas perfidias del Sr. Calderón; todos somos unos dentro del histórico y patriótico programa del Tívoli, y cada cual, con el bagaje de sus compromisos, de sus convicciones, de sus radicalismos, sin deterioros; sin eclipses; cada cual también, y principalmente yo, con el saco, y por cierto que es grande, que es enorme, el sino de mis antecedentes, y quizá, si queréis, señores liberales, de mis contradicciones.

Y de esta unión indestructible de todos nosotros, que no se deshará, que no puede deshacerse, porque surgió de un sentimiento muy hondo, de las entrañas de nuestra tierra, del sentimiento del amor y se ha consolidado por el sentimiento del deber y de la responsabilidad; de esta unión indestructible entre nosotros se deriva la gran autoridad colectiva de esta minoría, y de esta gran autoridad, la parte de autoridad individual, o, mejor dicho, con relación a mí, el derecho y el deber de intervenir en esta discusión, de combatir vuestro proyecto de ley, de señalar sus deficiencias y sus errores, de oponer, en suma, a su tendencia y a su espíritu el nuevo espíritu, nuestro espíritu, el cual os demanda, sea dicho con claridad diáfana, sin eufemismos, la reconstitución, la redención de vuestro propio Estado, vacilante y carcomido, que se cuartea por todos lados, de vuestro Estado que marcha a una rápida y fatal decadencia y descomposición, sobre dos bases muy patrióticas, sobre dos soluciones bien sencillas: la autonomía de las municipalidades y la reconstitución armónica y orgánica de las antiguas regiones de las viejas y gloriosas nacionalidades españolas.

Ahora bien; ¿es esto vuestro proyecto de ley? ¿significa esto? ¿se inspira en esta tendencia, en esta orientación, en ninguno de sus fragmentos, en el más tenue de sus incisos, en el más insignificante de sus detalles? No. Y por no responder vuestra obra ni al pasado, ni al presente, ni al porvenir; por ser tan contraria al progreso de la libertad, como a nuestras tradiciones municipalistas, no sólo de Cataluña, sino de España entera; por no constituir siquiera un pequeño anticipo, un minúsculo fragmento de nuestro ideal autonomista, es por lo que todos, cada uno de nosotros desde sus puntos de vista y a través de su temperamento, venimos a combatir enérgicamente con airada protesta vuestro proyecto de ley, por el cual el Gobierno de S. M. está a punto de ponerse definitivamente para siempre enfrente de las fuerzas propulsoras de la regeneración de los pueblos de España, y por el que el Gobierno de S. M., el Sr. Maura también, como ha dicho un escritor catalán de una manera clara y gráfica, el Sr. Maura ha preferido a la autonomía, vuestra monótona, vuestra siniestra uniformidad; a la naturaleza y a la historia, el artificio de la ley administrativa; y al pueblo y a los ciudadanos, el predominio de un Poder público estéril y la omnipotencia de una burocracia ineptas.

Yo bien quisiera, Sres. Diputados, que la sabiduría resplandeciese en la oposición que voy a hacer esta tarde al proyecto del Gobierno de S. M. Ello no podrá ser, porque mis compañeros, ese Sr. Suñol que es pródigo en todo, en virtudes cívicas y privadas, en altos ejemplos de patriotismo, de desinterés, de entrañable amor a la tierra, es egoísta de tan alta cualidad del entendimiento y no me ha dejado nada; pero si no me acompaña la sabiduría, procuraré que me acompañe constantemente el espíritu de la imparcialidad, esa pequeña antorcha, esa pequeña lucecita para nosotros los catalanes mediocres, pudiéndoos asegurar y anticipar que voy a juzgar vuestra obra con singular respeto a las personas, y respetos aún mayores, más profundos si cabe, a la persona y a la intención del Sr. Presidente del Consejo de Ministros.

Yo no quisiera acordarme (de tal manera se ha despertado en mi conciencia el sentimiento de mi responsabilidad y de mis deberes para con mi patria, para con Cataluña) de que soy de la izquierda, tan de la izquierda como el Sr. Suñol; todo izquierda; tan de la izquierda, que cuando me contemplo a mí mismo y noto que de las cosas de la política, de las cosas de la vida, no veo más que el lado izquierdo, me encuentro deformadamente, monstruosamente zurdo de ambas manos (Risas); yo no quisiera acordarme de que espero de vuestra resistencia temeraria e imprudente a este movimiento, el derrumbamiento del régimen imperante; yo no quisiera acordarme de que soy republicano, regionalista convencido, aunque algunos señalen en mí los fervores excesivos del neófito, y partidario de la autonomía integral de Cataluña; yo no quisiera acordarme de nada de esto.

Quisiera, por el contrario, juzgar vuestra obra en espíritu, penetrado de la relatividad de todas las cosas y de todas las doctrinas que la filosofía humana puede engendrar en espíritus emancipados de las tendencias del sectario, como hombre convencido, como lo sois vosotros, de la gradual, evolutiva y suave metamorfosis de todas las ideas y de todas las instituciones que los tiempos y las costumbres engendran y que han de recibir el ideal creador del porvenir, las artísticas y bellas modalidades del perfeccionamiento.

No todos, bien lo sabéis, aquí y fuera de aquí, han juzgado vuestra obra predilecta de Gobierno con este alarde, con este espíritu de imparcialidad. En casa tengo textos condenatorios e implacables contra vuestra obra; sentencias tremendas contra sus autores. Ya oísteis el sábado al Sr. Suñol, suaviter in modo, fortiter in re; pero yo no quiero que sea mi ambiente un ambiente de parcialidad y de pasión.

Yo reconozco que así como la ignorancia, la sofisticación unida a la ignorancia, era la característica de los que adulteraban las aspiraciones y los sentimientos de Cataluña: que así como la ignorancia era la característica de aquellos Gobiernos y de aquellos oligarcas que ponían sus manos odiosas y pecadoras sobre el problema catalán, sofisticándole, engañándose a sí propios y engañando al país, esa ignorancia no puede, no debe señalarse en la voluntad, en la inteligencia, ni en la intención del Sr. Presidente del Consejo de Ministros.

Así como es cierto que esos oligarcas fomentan la satisfacción de los verdaderos sentimientos de Cataluña, digo que entre los hombres políticos de primera fila en España, esos que se llaman eminencias, esos que tienen o pueden llegar o han llegado a tener la madera de que se labran los verdaderos gobernantes, los verdaderos estadistas, sólo dos se han penetrado o se han puesto en condiciones subjetivas de penetrarse del alcance y transcendencia del movimiento de la Solidaridad catalana, con relación al transcendental problema de la reforma de la Administración local en España: el Sr. Salmerón, ausente, y el Sr. Maura.

Y aquí tiene el Sr. Suñol, y aquí podía encontrar el Sr. Bertrán y Musitu, la causa de aquello que no se explicaban, que el Sr. Maura, mallorquín, casi catalán, supongo que más catalán que antes después de haber estado en Barcelona y hablado en catalán con el alcalde de la ciudad condal al dirigir en nuestra lengua una salutación al Jefe del Estado, que el Sr. Maura, prefiriendo al papel de hijo predilecto, de hijo glorioso, de hijo precursor de Mallorca, su tierra, su patria, el papel de un canciller de un Estado en decadencia, de un Gobierno peninsular que se cuartea, tuvo por culpa del medio, del ambiente de altas, altísimas esferas, que comenzar por hacer frases irónicas a costa del movimiento catalán y regionalista y por revestirle con un proyecto de ley que es fundamentalmente la negación de este movimiento.

Aquí tiene el Sr. Suñol por qué conjunto de extrañas circunstancias y concausas un momento de la política española, una orientación de la política española, que aparte la nota radical republicana que hemos aportado, era un movimiento entrevisto ya, como se ha dicho por el Sr. Silvela, hombre de clarísimo entendimiento, aunque servido éste por flaquezas de la voluntad, un movimiento político, una orientación ya definida con mayor audacia, con mayor claridad, si no de estilo, de fondo, por el Sr. Sánchez de Toca, un movimiento que trae fuerzas conservadoras, intereses conservadores, clases conservadoras en su seno, aparece en la historia nuestra presidido, inspirado, regulado por un hombre radical, radicalísimo, ultrarrevolucionario, el Sr. Salmerón; y en cambio, la gran corriente catalana, ese movimiento, con tanto fondo conservador como en él palpita, se ve bruscamente cortado, se ve con temeridad resistido por el Sr. Presidente del Consejo de Ministros, quien por su carácter, por su circunstancias, por sus antecedentes, por sus propagandas académicas, por sus discursos, por todo, había de ser quien lo encarnara, quien lo dirigiera, quien lo llevase al menos, ya que puede, a las esferas del Poder y a las realidades concretas y positivas de la vida nacional.

¿Por qué ha sido esto? ¿Es que no le han dejado? ¿Es que no ha podido? ¿Qué clase de obstáculos se han interpuesto entre la convicción íntima, quizás, del Sr. Presidente del Consejo y su obra? Yo soy un hombre muy extraño, muy original a mi manera; de las novelas no leo nada más que los capítulos de amor, que me cautivan siempre (Risas); de la mayor parte de los libros no leo ni una palabra, generalmente sólo el índice, salvo que sean del Sr. Azcárate, porque en este caso los leo y los devoro todos; de las cosas procuro buscar la esencia, y para conocer el espíritu, la tendencia de ciertas leyes, me basta mirar a la cara de los Ministros que las presentan. (Risas.)

En cuanto al pensamiento del Sr. Presidente del Consejo, no sé leerlo, no sé descubrirlo sino a través de sus grandes frases. Son bellas, son intencionadas las frases del Sr. Presidente del Consejo; son, en ocasiones, como aquellas frases de los grandes oradores franceses que en dos o tres palabras concretan, encierran un momento emocionante, sensacional, decisivo de la política de su país; y yo digo que aquella frase que pronunció el Sr. Presidente del Consejo dirigiéndose a los bancos de los solidarios entre apóstrofes de arrebatadora elocuencia, entre imprecaciones y acariciantes llamamientos a nuestro patriotismo, aquella frase en la que decía arrogantemente el Sr. Maura que nosotros seríamos sus colaboradores o no seríamos, que de grado o por fuerza seríamos los colaboradores de la obra del Gobierno, o es fuego de virutas, en él no frecuente, o es una confesión paladina de que entre vosotros, ni de un lado ni de otro lado de la Cámara, podía encontrar colaboradores.

Es evidente que, fuera del Sr. Sánchez de Toca, que está embotellado en un frasco devino desgravado por el Sr. Ministro de Hacienda (Risas), fuera del señor Canals, aunque nuestro distinguido e ilustrado compañero se crea víctima propiciatoria de una fiera, de una gran venganza catalana, fuera de algún que otro Diputado de la mayoría, allí veo a mi particular amigo el Sr. Lombardero, buen gallego, pero no sé si tan buen ministerial (Risas), vosotros no sentís el problema, vosotros tenéis miedo al problema, vosotros no queréis acompañar a los tradicionalistas cuando van al pasado por miedo a tener que abordar, conocer y resolver el presente; vosotros no queréis que se hable del presente por miedo a resolverlo, porque lo tenéis al porvenir; a vosotros, a la inmensa mayoría de vosotros, os asustan nuestras palabras más claras, los gestos más inofensivos del Sr. Puig y Cadafalch (Risas), nuestros propósitos más llanos; y por esto, poseídos de este sentimiento del miedo, del pánico y de la desconfianza que la gran prensa ha fomentado, que todos los caciquismos, todos los intereses que crujen, amenazados por la ola de la Solidaridad han alentado, no lo servís al Sr. Presidente del Consejo de Ministros, que se encuentra solitario con una mayoría, compacta, numerosa, señorial, adicta, en la triste condición de un náufrago que se agarra a una tabla de salvación, el proyecto de Administración local, que no será tabla de salvación por sus proporciones inconmensurables y absurdas, que no le salvará, y que tal como está redactado, si no lo modificáis fundamentalmente en el sentido y orientación que señalaba el Sr. Suñol, no será ley, y si es ley, ya lo dijo el Sr. Suñol con la autoridad de aquello destinado a ser una profecía: no será cumplida.

A vista de pájaro, considerada en blok, en conjunto, sin descender al detalle, vuestra obra no es la obra de un gobernante que ha querido vivir el problema que trata de resolver, en la realidad, ni en el seno de las grandes municipalidades con sus complejas y enrevesadas palpitaciones de ser enorme, de ser a veces monstruoso, ni en la sencilla primitiva vida de los pequeños Municipios; vosotros no habéis vivido este problema municipal, provincial y regional, por dentro, como le han vivido casi todos los representantes de esta minoría, el Sr. Corominas, el Sr. Marial, el Sr. Puig y Cadafalch, el Sr. Moles, el Sr. Suñol, como os lo demostró cumplidamente el Sr. Cambó, a quien al aludirle de un modo personal y directo habréis de permitirme que por primera vez en público le rinda un homenaje de la consideración y estima de Cataluña entera, por haber tenido el alto honor de sellar con su sangre joven y ardiente su amor inextinguible a nuestra tierra, a Cataluña. Todos ellos han pasado por los bancos, por la escuela de la realidad. El Sr. Presidente del Consejo de Ministros, no; el Sr. Presidente del Consejo de Ministros no ha vivido personalmente estos problemas. Por sus grandes talentos, S. S. saltó del pueblo a la Universidad, de las aulas a los escaños rojos, de los escaños rojos rodó con una estrella de fortuna brillante al banco azul, para quedarse clavado como un astro fijo en la cabecera, y desde la cabecera de ese banco, Sres. Ministros, desde ese sitio, enclavado en un lugar sin ambiente, o lo que es peor a veces, con un ambiente infecto, desde ese lugar, lejos, muy lejos de la plaza pública; lejos, muy lejos de las grandes urbes; lejos, muy lejos de las tranquilas y apacibles aldeas, desde esa cabecera, que sólo conduce a los pasillos y al salón de conferencias, hervidero de todos los convencionalismos que han degradado la política española y envilecido la vida nacional, aunque tuvieseis mirada y vuelo de águila, aunque os remontarais al espacio y desde allí pudieseis contemplar en su enrevesada complejidad la gran urbe, el pequeño Municipio y el Municipio mixto, no los veríais sin confundirlos y sin dislocarlos, no sabríais verlos como nosotros los vemos y los sentimos, resumiéndolos y cristalizándolos en una gran capitalidad, foco inmenso de atracción y de expansión al mismo tiempo, la capitalidad triunfante de la región natural, de la región patria.

Desde el Gobierno, desde ese banco, vosotros habéis estudiado los múltiples problemas de la Administración local al través de los pleitos contencioso-administrativos, rodeados, perdidos, como mi particular amigo el Sr. Ministro de la Gobernación, entre verdaderas montañas de papel de oficio, de papel judicial, de cuyas hojas amarillentas sólo se desprenden corrupciones desenfrenadas, arbitrariedades, infamias, pero no se desprende lo que hay de sano, lo que hay de fuerte, lo que hay de vigoroso y de fecundante en el Municipio y la región; por eso vuestro proyecto es farmacopea, es terapéutica, es patología, es vigilancia, es inspección, es tutela, es sanción, es responsabilidad, es castigo, es condicionalidad; lo es todo menos autonomía, menos regionalismo, menos Municipio, menos región natural viva e histórica. Con sus 400 artículos, que son otros tantos bajorrelieves en los cuales brilla por su ausencia la sustancia autonomista y la sustancia democrática, que elimináis, que ahuyentáis pérfidamente, vuestra ley no es otra cosa que un monumento elevado por un hombre a la omnipotencia del Poder y a la tiranía del Estado. La idea, la sugestión del abuso y de la corruptela invadiendo el espíritu, la recta conciencia del jefe del Gobierno se apodera de tal manera del espíritu vuestro, que bien puede denominarse vuestra obra, vuestro proyecto de ley, el proyecto de ley de la desconfianza, el proyecto de ley de las tres famosas llavecitas que pasarán a la historia, sí, pero a la historia de la caricatura.

Todo es desconfianza en vuestro proyecto de ley. Por desconfianza clasificáis las facultades, las funciones del Municipio en propias y delegadas; por desconfianza, olvidáis aquella clasificación del señor Bertrán y Musitu de las funciones mixtas; por desconfianza a la vida municipal, arbitrariamente acumuláis entre las funciones delegadas aquellas que son genuinamente municipales; por desconfianza, establecéis las tres famosas llaves con las cuales tendremos que abrir y que cerrar la caja especialísima, la peregrina y extraña caja en la que quedan los 250 millones de pesetas, los 1.000 millones de reales vellón, según la contabilidad genuinamente monárquica, de nuestra reforma interior; por desconfianza, frente a los alcaldes de los pueblos, frente al genuino representante de la voluntad y del derecho del Municipio, eleváis la institución, maldecida antes que nacida, de los alcaldes corregidores; por desconfianza, al nacer la mancomunidad voluntaria de provincias, enviáis su examen al Gobierno, y sus constituciones, sus acuerdos, sus concordias, todo, al gran centro burocrático, al Consejo de Estado; y llegan momentos en que este criterio de la desconfianza acaba por convertirse en pánico, llega a trocarse en verdadero terror, y es cuando, presa de un verdadero furor homicida, ahogáis en flor al pequeño Municipio, al Municipio de menos de 2.000 habitantes. Y luego mutiláis al sufragio universal, so pretexto de arrancar una tercera parte de su representación para concedérsela a las fuerzas vivas sociales de la representación corporativa, y en cuanto habéis herido por la espalda el sufragio universal, le inferís una segunda herida, sustrayéndole la integridad de la vida provincial.

Y para que todo sea violento, para que todo sea reaccionario, para que todo sea antidemocrático, para que todo sea homicida y macabro en vuestro proyecto, nos ofrecéis una concepción de las mancomunidades de las provincias que bien se parece a una urna funeraria, en la cual podría dormitar, si no la despertara del letargo nuestra energía, la región histórica, la región natural.

Nosotros, como demócratas, no podemos consentir el atentado alevoso que habéis preparado contra el sufragio universal. Y cuidado, señores, que yo he de ser sincero.

El sufragio universal, en estos bancos no es principio común; como fuente de soberanía lo repugna la conciencia de los señores tradicionalistas; es posible que esta expresión de soberanía, que este instrumento de Gobierno no entusiasme, no apasione, inspire recelo a algunos elementos de nuestra derecha; pero el sufragio es la expresión de la voluntad de Cataluña, el sufragio es nuestra razón de ser, es toda nuestra personalidad, y por ser nuestra personalidad, todos los elementos componentes de esta minoría os pueden decir, como yo os digo, que no esperábamos, que no esperaba el país este atentado contra el sufragio universal.

Quizás se diga que es para enaltecer, para dignificar la vida municipal, para integrarla con todas las fuerzas vivas sociales de cultura y de riqueza del país, pero, en realidad, es una obra regresiva, es una obra reaccionaria la que habéis intentado consumar. En todas partes la tendencia mundial es hacia la extensión del sufragio, hasta completar su universalidad con la propia audaz creación de la mujer ciudadana; pero aunque esta sea la corriente, cualquiera puede pensar en sustraerse al sufragio menos vosotros que habéis gobernado bien para vosotros, que habéis gobernado cómodamente, que habéis gobernado impunemente.

Puede el Kaiser, cuando el sufragio universal se rebela contra sus designios imperiales, mostrar malquerencia a ese principio y fustigarlo con el látigo de la disolución arbitraria; puede el partido reaccionario conservador católico belga resistir la gran corriente, la gran reforma, porque sabe una cosa, sabe que con él peligrarían esos quinquenios acumulados de Poder y de presupuestos que envidiáis a los belgas; se comprende también que la Monarquía portuguesa resista la extensión del sufragio, el advenimiento de la gran masa popular, de la gran ola del proletariado a la vida pública, porque seguramente ésta llegaría a socavar los cimientos del Trono; pero vosotros no habéis ensayado nunca, no habéis ejercitado nunca sinceramente en España el sufragio.

Vosotros no lo podéis ejecutar en todo o en parte, vosotros no lo podéis mutilar, porque no le habéis dejado hablar, porque no ha hablado nunca. ¿Es porque ha hablado en Cataluña con la Solidaridad? Qué, ¿vais a mutilarle, vais a atentar contra su vida, por el resultado de las elecciones de la Solidaridad? Por Cataluña, para Cataluña y contra Cataluña impusisteis la ley de Jurisdicciones; por Solidaridad, para Solidaridad y contra Solidaridad habéis presentado vuestra reforma de la Administración local, vuestra mutilación del derecho de sufragio.

Fijaos bien. Yo no quisiera ofender al Gobierno, dudar de la rectitud de su intervención; sería injusto, soberanamente injusto, después de haber resistido los requerimientos y estímulos que os ayudaban a burlar la voluntad y el derecho de Cataluña; pero vosotros no seréis eternos, no viviréis siempre. Veo al Sr. Presidente del Consejo de Ministros (El señor Presidente del Consejo de Ministros: Resignado a no vivir siempre) lleno de salud y sonriente; un poco pálido está el Sr. Ministro de la Gobernación; algo neurasténico estaba el Sr. Ministro de Fomento la otra tarde, cuando hablaba el Sr. Conde de Romanones, y bastante indispuesto, al parecer, el Sr. Ministro de Hacienda (Risas); pero vosotros no viviréis siempre, no habéis de ser eternos, y tenéis que pensar en que han de venir otros después.

Yo observaba la otra tarde a los otros, y veía a un ex Ministro –que no siento que lo haya sido, lo que siento es que ha de volver a serlo– relamerse de gusto cuando el Sr. Moret hablaba de las cosas que podían hacerse con la tutela y con los alcaldes corregidores, y decía para sus adentros: «¡Alcalde corregidor! ¡Tutelas a mí!» Con eso y media docena de artículos de esta ley de Administración local, nos eternizaremos en el Poder. (Risas.)

Lo digo en serio; expreso una convicción sincera y honrada; tememos fundadamente que, después de vosotros, al interpretarse vuestra ley, si pasara en la forma en que la habéis presentado, al aplicarse, no tardaríamos en ver, con cualquier pretexto, verdadero o amañado, por cualquier infame ¡muera España! escrito criminalmente, brutalmente, sin conciencia, en las paredes de un Centro autonomista, 500 ex sargentos administrando y humillando nuestros Municipios, toda el hampa electorera de Madrid y distritos adyacentes yéndose a vivir y triunfar a nuestra Cataluña a costa de sus pueblos y de sus vecindarios.

Como demócratas, también hemos de reprocharos la mutilación de la representación provincial de las grandes urbes, de las grandes ciudades, en términos tales, que ni Madrid, ni Barcelona, ni Sevilla, ni Granada, ni Huelva, ni Valencia se explicarán jamás la estrangulación de que es objeto en el proyecto su representación provincial.

Yo comprendo la política de desconfianza, de resistencia contra la Metrópoli, contra las grandes urbes, contra esos focos de agitación incesante, caldeados por todas las atmósferas, por todas las audacias, por todas las propagandas, por todos los ideales; yo comprendo que Gobiernos impopulares, que Gobiernos medrosos, se amparen de la representación rural contra la acción que creen absorbente de las grandes capitalidades; yo comprendo esa política en Gobiernos conservadores. ¿Cómo no? Delante del Club de los Jacobinos, por ejemplo, que desde París trata de tiranizar a Francia, se ve surgir la protesta de los Gironda a nombre del buen sentido francés, a nombre de la Francia entera, como ante la Commune de París, que trata de erigir su Estado dentro de otro Estado, que no deja deliberar al Parlamento, que no deja funcionar al Parlamento, la República de los conservadores reúne en los jardines de Versalles la Asamblea, en la que funda las instituciones republicanas; pero esta cuestión de ponderar, de refrenar los grandes centros, es de oportunidad, de tacto, de prudencia para los mismos reaccionarios. ¡Y en qué proporciones realizáis esta obra de mutilación de las representaciones de las grandes urbes!

Hay en la provincia de Madrid 167 o 170 Ayuntamientos; su censo electoral se compone de 2.500 a 3.000 electores (no sé si me equivoco), y a Madrid en este censo electoral le tocará una proporción misérrima de un 2 por 100. De suerte que los famosos caciques de Getafe, de infausto recuerdo, y media docena de caciquillos de la sierra del Guadarrama, de común acuerdo, regirán, gobernarán la capitalidad de España, la Diputación de la capital de la Monarquía. ¡Y en qué circunstancias proponéis esto, Sres. Diputados! Cuando Madrid afirma con vigor su personalidad municipal; cuando su digno e ilustre alcalde se encara con el Poder ejecutivo, con el propio Ministro de Hacienda, que ha desnivelado sus presupuestos; cuando Barcelona viene quejándose, y bien lo sabe el Sr. Presidente del Consejo de Ministros, a quien tantas veces hemos acudido, de que le mermáis, contra la Constitución, su representación en las elecciones de Diputados a Cortes, porque, correspondiéndola once Diputados, los reducís a siete, menguando así su influencia social y su influencia política; cuando Barcelona piensa, por conducto del ilustre presidente de su Diputación provincial, Sr. Prat de la Riva, en ofreceros fórmulas para la construcción de los ferrocarriles secundarios; cuando Barcelona piensa completar la red de carreteras de toda su provincia; cuando Barcelona celebra certámenes internacionales; cuando sólo piensa en desparramar por todo el territorio de la región sus inmensos medios financieros.

Enfrente de un movimiento, de una acción tan vigorosa, social y cultural, tenéis el valor de proponerle una Asamblea deliberante, grotesca, de siete Diputados provinciales, una guardia permanente de una pareja y media, una Comisión ejecutiva, y para toda Barcelona, para la gran urbe, 40 votos justos y cabales.

Y casi después de rechazar en nombre de los sentimientos y principios democráticos más fundamentales, he dicho cuanto tenía que decir, porque al llegar al punto culminante, lo que es cuestión de cuestiones, preocupación de preocupaciones, desideratum, razón de ser de nuestra presentación, plataforma, programa, el reconocimiento de la personalidad de Cataluña, yo dejo entera la cuestión, incólume el problema, sin desflorarle, al Sr. Salmerón y al Sr. Cambó, que representando fuerzas y elementos sociales, aunque confundidos con nosotros, fuera de la órbita de solidaridad representan tendencias e intereses de los cuales yo no podría ser genuino ni autorizado intérprete.

Pero aun sobre este punto fundamental, acerca del que nada tengo que decir, sobre todo después de aquella joya de arte, de orfebrería, que cinceló delante de la Cámara asombrada el Sr. Suñol, permitidme que os diga que en los actuales momentos del debate mis impresiones no pueden ser más pesimistas, ni más desconsoladoras. Son pesimistas y desconsoladoras, ¡quién lo había de decir!, o, mejor dicho, en Cataluña, ¡quién ha de extrañarlo!, por culpa del Sr. Moret. El Sr. Moret es nuestra pesadilla; el Sr. Moret es el hombre, para nosotros, de los tristes destinos. Con la mayor buena voluntad del mundo, sintiéndolo mucho, queriéndonos mucho, a los pocos días de ofrecer a los regionalistas mucho más de lo que pedían, promulgó la ley de Jurisdicciones; con la mayor buena voluntad del mundo, el Sr. Moret inició este debate para enaltecerle, para dignificarle con su intervención, y resultó que por haber intervenido, dando el ejemplo de consumir el primer turno, el Sr. Moret lo inundó con el torrente desbordado de su elocuencia, y los que no la poseemos nos hemos encontrado después con la retórica al cuello, no sabiendo cómo salir del paso, no sabiendo cómo terminar, y teniendo que pediros la pequeña barca de vuestra benevolencia.

Pero otro daño nos causó el Sr. Moret: con el supremo arte que le caracteriza, con motivo de una palabra, palabra esencialísima, presentóse alarmado, preso de pánico y de indignación por la palabra servicios puesta por la Comisión en su dictamen, a propósito del régimen de las municipalidades; y después de decirnos angustiado que servicio era ejército, era magistratura, era derecho, era enseñanza, era obras públicas, lo era todo, dirigiéndose a nosotros nos vino a decir: eso deseáis, eso pedís, eso pretendéis, y lo hizo saber en seguida al Sr. Presidente del Consejo, como quien dice: ¡qué amigos tienes, Benito! (Risas.) Y sucedió que el Sr. Presidente del Consejo de Ministros, para tranquilizar al Sr. Moret, nos intranquilizó a nosotros, porque el Sr. Presidente del Consejo cantó un himno elocuentísimo, como suyo, a la omnipotencia, a la gloria del Poder, a la omnipotencia y a la gloria del Estado: el Poder no desertará de ninguna parte; estará en el último de los villorrios, estará en todas las funciones delegadas, en los Municipios, en la región, en las Diputaciones; el Poder no se ausentará jamás, añadía el Sr. Bellver en su notable discurso de la otra tarde. Y nosotros decimos: esta es la concepción centralista por excelencia; esta es la apoteosis del Estado y del despotismo del Estado; esta es la seguridad de la institución del Estado en todas las funciones de la vida municipal y de la vida regional; esto es asegurarnos un porvenir por virtud del cual veremos constantemente al Ministro de la Gobernación subiendo nuestras montañas y bajando al fondo de nuestros valles. Esta es la concepción centralista; pero el centralismo no hay derecho a ejercerle más que en aquellos países en que el Estado da cultura, en que el Estado da ideales, da comunicaciones, riqueza, respeto a la ley, prosperidad, libertad, seguridad personal. En vuestro Estado no hay más que una solución, y es la autonomía.

Por eso os pido, como final de este discurso, que incorporéis a vuestra obra la sustancia del programa del Tívoli, que os sustraigáis a este ambiente, a esta atmósfera que os rodea, a esta impresión monótona y triste de la meseta central.

Nosotros hemos subido, antes de venir aquí, al Canigó, y desde allí hemos visto a nuestros pies la Cerdaña, el Conflent, el Rosellón, la vasta y hermosa Provenza, llamándonos, saludándonos en catalán, en nuestra lengua; y mirando a nuestra tierra, el Montserrat, la cinta de plata del Ebro, los riscos del Maestrazgo, la franja azul de la costa hasta Mallorca, la Illa hermosa, la tierra patria del Presidente del Consejo, y allí hemos soñado que todo esto revivía, que todo esto resurgía, que todo esto se inflamaba por un espíritu nacional, por un movimiento genuinamente nacionalista; hemos soñado que todo esto se incorporaba sólidamente, vigorosamente, amorosamente a una Iberia grande; hemos soñado en una Iberia grande, pero diversamente, bizarramente, pintorescamente varia, muy diversa y varia; hemos soñado los que son monárquicos con diademas imperiales y los que somos republicanos con grandes y fuertes e indestructibles confederaciones, y la noción de nuestro patriotismo se ha ensanchado con esta visión magnífica.

Señores gobernantes de los pueblos de España, incorporad el espíritu del programa del Tívoli, incorporad la autonomía a vuestra obra de Gobierno; servíos poneros, si no a la altura del Canigó, a la altura de las circunstancias.

El Sr. PRESIDENTE: El Sr. Cañal tiene la palabra.

El Sr. CAÑAL: Señores Diputados, los derroteros que el Sr. Junoy ha trazado en su elocuentísimo discurso, la significación personal suya y la de otros que como él piensan, dentro de la minoría de Solidaridad catalana, me obligan, muy a mi pesar, pero hacer lo contrario sería caer en descortesía, a apartarme breves instantes de la defensa del dictamen del proyecto de ley de Administración local que se discute y a entrar por aquellos derroteros a que antes he aludido; porque si bien es cierto que el Sr. Junoy, al comenzar su elocuentísimo discurso, quería tender un tupido velo sobre diferencias y profundos abismos que en otros tiempos, y en esta Cámara, manifestó que le separaban de las tendencias que hoy integran esa minoría, y claro es que no ha de ser de estos bancos, donde toda la prudencia es poca, de donde han de salir voces que traten de avivar los rescoldos de aquellas discordias, no es menos cierto que una cosa sería esto y otra es que desconozcamos la significación que en la política española han tenido partidos y personas. Muy al contrario, conviene que contrastemos las de unos y otros, porque si no, se daría el caso verdaderamente raro, verdaderamente anómalo de que los que siempre hemos mantenido una idea, los que por mantenerla en otros tiempos nos vimos acusados de sostener ideas contrarias a las que verdaderamente podían redundar en beneficio de la Patria, seamos precisamente hoy atacados por mantenerla con cierta debilidad. Eso hay que aclararlo; eso tiene que mostrarse ante la faz del país, porque es menester que éste sepa quiénes son los consecuentes y quiénes los versátiles.

Decía el Sr. Junoy que él era poco aficionado a enterarse del contenido de los libros, con la sola excepción de los que salían de la muy docta pluma del Sr. Azcárate. Pues yo, recogiendo su indicación, me permito decirle, como principio de las palabras que he de tener el honor de pronunciar en contestación a las suyas, que si el Sr. Junoy se hubiera tomado el trabajo de volver a leer, porque seguramente lo ha leído, el notabilísimo discurso que el Sr. Azcárate pronunció en la apertura de las tareas del Ateneo en el año 1891, y después de leído con todo detenimiento hubiera también pensado despacio en el contenido de todos y cada uno de los artículos del proyecto de ley de Administración local, de seguro no hubiera hecho de él la crítica despiadada que ha hecho, a pesar del conocimiento que seguramente tenía de ese trabajo del Sr. Azcárate. Porque contra las afirmaciones del Sr. Junoy de que el proyecto de ley no es autonomista, que es centralizador y es antidemocrático, este humilde individuo de la Comisión, este modesto Diputado, tiene que decir absolutamente lo contrario.

El proyecto es completamente autonomista, porque limita, destruye totalmente la injerencia gubernativa en la vida local; es descentralizador, porque rompe por completo las amarras que ligaban el organismo local a los organismos de la Administración central del Estado; el proyecto de ley es democrático, porque trae a la representación de los Ayuntamientos fuerzas y elementos, precisamente de los progresivos y avanzados, que hasta ahora estuvieron excluidos de intervención en los negocios populares.

Yo lamento que no hubiera habido tiempo para que la Secretaría del Congreso, al igual que ha recopilado, y yo me complazco en este momento en felicitar al Presidente que lo ordenó, al oficial mayor y a todos los empleados de la casa que han trabajado en esta provechosa labor, al igual que ha recopilado, repito, los precedentes de la legislación municipal y provincial en España, hubiese recopilado todas leyes Municipales y Provinciales extranjeras y todas las distintas disposiciones donde no hay cuerpo legal sobre esta materia, de las Naciones civilizadas, para con textos en la mano (de seguro la mayoría de los Sres. Diputados los han consultado) poder demostrar la verdad de mis afirmaciones, corroborando lo que desde este mismo banco manifestaba ayer mi digno compañero de Comisión, Sr. Calderón.

Este proyecto de ley es susceptible de reforma, claro es, de modificaciones de detalle; a eso os invitan el Gobierno y la Comisión, a que constantemente trabajéis con nosotros para mejorarle. Pero, yo en tesis general, en principio, manifiesto –si es error podéis sacarme fácilmente de él con sólo demostrarme lo contrario– que no hay Nación ninguna que en un cuerpo de doctrina tenga mayor cantidad de democracia, mayor cantidad de autonomía y de descentralización que la que encierra el proyecto de ley presentado por el Gobierno de S. M. y el dictamen que ha tenido la honra de presentar esta Comisión de que formo parte.

Decís, señores, que es antidemocrático, centralizador, antiautonomista, un proyecto de ley que principia reconociendo la personalidad del Municipio, no sólo en la letra, como decía ayer el Sr. Suñol, sino en el desenvolvimiento de los artículos; porque en esto hay un equívoco que es necesario desvanecer cuanto antes.

Aquí se habla mucho del Municipio como organismo natural, y cuando se trata de limitar las funciones propias del Municipio como organismo natural y en sus relaciones con el Estado, se borra de la mente de los que impugnan el proyecto la idea del Municipio natural, y por el contrario, viene a su imaginación la idea de la Ciudad-Estado, cosa completamente distinta, cosa que nada tiene que ver con el Municipio natural y que es incompatible con el Estado nacional, con el Estado jurídico moderno, y lo que nosotros queremos y vosotros debéis pretender no más, es el reconocimiento del Municipio como entidad natural, pero no como Ciudad-Estado.

Pues si en este proyecto se respeta la constitución y la personalidad natural del Municipio, no menos se respeta la integridad de su capacidad jurídica, su completa personalidad jurídica, como lo demuestran los varios artículos de la ley que a esto se refieren y aquellos otros referentes a la municipalización de servicios, que abre un campo provechosísimo para los Municipios, hasta ahora completamente cerrado y en el que no habían podido desarrollar ni extender sus iniciativas.

Y ¿es antiliberal, es antiautonomista, es centralizador un proyecto que, a mayor abundamiento, entrega al Ayuntamiento por completo todos los casos de incapacidad y de excusa de concejales y la aprobación de cuentas, quitando toda intervención al Ministro de la Gobernación y al gobernador; un proyecto de ley que anula aquellos célebres y famosos recursos de alzada, todavía hoy existentes, que yo confieso que esterilizan en gran parte la labor municipal y que casi siempre han sido utilizados como arma de los partidos; un proyecto de ley que exige toda clase de responsabilidades a los concejales, que quita los concejales interinos, con objeto de que la voluntad del pueblo, por medio de la designación de suplentes, sea la que en todo momento esté al frente de la gestión de los intereses públicos; un proyecto de ley que trae, señores, la representación corporativa, de la cual hablaremos luego más despacio, porque lo que menos me podía figurar es que de esos bancos salieran apóstrofes para condenar esta orientación del proyecto, que significa un gran progreso; un proyectó de ley que declara una cosa por la que tanto habéis suspirado y que han pedido siempre los partidarios de la autonomía local, que es que las Diputaciones provinciales no sean superiores jerárquicos de los Ayuntamientos; un proyecto de ley que, recogiendo anhelos de la opinión, que recogiendo el espíritu de una enmienda que al anterior proyecto presentó el Sr. Salmerón, da caracteres de legalidad a las ansias, tantas veces manifestadas, de extender la capacidad, la elegibilidad, a todas las personas, a todos los vecinos de una localidad para ser concejales; un proyecto de ley, en fin, que extiende el sufragio de esta manera? ¿Es este el proyecto antiliberal, antidemocrático, que trae el Gobierno?

Lo mismo podría decir de la parte del proyecto relativo (aunque he de ocuparme más despacio de ella) a las mancomunidades de Municipios y de provincias, materia en la cual se establece, en contra de esa uniformidad y rigidez que vosotros equivocadamente señaláis, una gran variedad en la organización municipal; porque desde el pequeño anejo al Municipio rural a la unión de Municipios formando la mancomunidad y lo que podríamos llamar la reunión comarcal de Municipios, y siguiendo por los grandes centros de población, para los cuales se concede en la ley (será también punto en que fácilmente podremos entendernos, ampliando el número de los que puedan acogerse a esta excepción, una organización especial), todo ello tiene matices que autorizan a decir que en contra de esa uniformidad y rigidez que vosotros proclamáis existen la mayor variabilidad y flexibilidad en la ley para que se adapte a las diversas clases de poblaciones y de Municipios que hay extendidos por España.

La distinción de la personalidad del alcalde, que yo entiendo también que es una prueba del verdadero deseo que hay en el Gobierno de apartar toda injerencia de las autoridades gubernativas de la vida local, la encuentra el Sr. Junoy atentatoria a la autonomía local; y yo, francamente, pregunto como preguntaba días atrás el Sr. Presidente del Consejo de Ministros, aludiendo al ilustre jefe del partido liberal, Sr. Moret: «¿Tenéis alguna fórmula por virtud de la cual podamos, como es nuestro deber y como es necesario, llevar la representación del Poder público al último lugar de la Nación? Si la tenéis, proponedla; pero una de dos, o hemos de conferir a los alcaldes las facultades delegadas del Poder central, con lo cual quizá se da una muestra de respeto a los elegidos por el pueblo para presidentes de su Ayuntamiento, o tenemos que extender por el país una organización jerárquica y gubernativa que recargaría el presupuesto enormemente y caería sobre los Municipios como carga irresistible.

En ninguna Nación, y puedo citarlas todas, ocurre cosa distinta de lo que por este proyecto se os presenta, y esto en alguna está notablemente agravado; porque en la única Nación que seguramente se os viene a las mientes, Inglaterra, aparte de que allí hay una tendencia –y muchas personas hay en la Cámara que podrían hablar de esto con más autoridad que yo–, aparte, repito, de que allí hay una tendencia a la centralización, y esta tendencia a la centralización pone de manifiesto la descentralización que anteriormente tendría, en Inglaterra, donde por las últimas disposiciones legales, por las últimas leyes dictadas, hay una tendencia a la uniformidad y centralización del Municipio, aparte de esto, repito, aparte de cómo han ido centralizando servicios y constituyendo comités y juntas dependientes del Poder central o dependientes del instituto central del Gobierno local o como queráis llamarle, aparte de eso, hay una condición social que, de seguro no hay en España y a la cual se refería Orlando, el insigne profesor de Derecho administrativo de la Universidad de Palermo, cuando, aludiendo a Italia, decía que en Italia –y esto puede decirse con más razón de España– no había una clase superior, aristocrática, como en Inglaterra, con autoridad, capacidad y voluntad bastantes para encargarse de las funciones locales; y esto es mucho más aplicable a España, en donde desgraciadamente parece que siempre se está en período constituyente, y, por consecuencia, no hay en todos, altos y bajos, ese respeto y subordinación constantes a las instituciones y al Gobierno constituido.

La tutela es, a juicio del Sr. Junoy, otra injerencia del Poder central. Señores, por lo que a la tutela se refiere, tal y como ha quedado en el dictamen de la Comisión, después de haberse variado, con gran contentamiento del Gobierno de S. M. y de su ilustre Presidente, la fórmula que acerca de ella venía en el primitivo proyecto de ley, hasta el punto de haberle hecho exclamar al Sr. Maura que mejora notablemente el proyecto; después de las reformas introducidas por la Comisión, creo que debería variarse el título de este capítulo, porque en realidad no queda nada de la tutela, aunque haya un nombre que así lo diga. Porque la tutela, como decía muy elocuentemente ayer el Sr. Suñol, tiene que ejercerla alguien, y en el proyecto del Gobierno se nombraba una Comisión por el gobernador o el Ministro de la Gobernación en su caso, que era la encargada de velar por los intereses del Ayuntamiento mientras venía la nueva elección y se nombraba el Ayuntamiento; pero con la innovación que hemos introducido en el proyecto, haciendo que sean los Tribunales los que la declaren, y viniendo nuevos elegidos del pueblo a llevar la representación del Municipio, es claro que no existe tutela. Yo lo que creo que existe es un caso de incapacidad colectiva, que declararán los Tribunales. Por tanto, si el nombre os asusta puede desaparecer, porque ha desaparecido la institución; pero reparad que no os debe amedrentar, porque no hay ley Municipal en ninguna Nación modernamente organizada, ni aun en la misma Inglaterra, donde no haya preceptos terminantes con relación a la tutela.

El mismo Sr. Azcárate, en el folleto a que me refería al principio de mi discurso, la admite con todas aquellas condiciones necesarias para que pueda alejarse todo temor de que la tutela sea un arma de gobierno.

En cuanto a Inglaterra, sabéis de sobra hasta qué punto se ejerce la tutela en el país del self-government, por el Parlamento, no ya en los Condados, sino en las ciudades, en los burgos que se rigen por ley propia e independiente, y que para la menor innovación que afecta o entraña a la vida local tienen necesidad de pedir autorización al Parlamento.

Suprimís muchos Municipios, decía el Sr. Junoy. Aseguro terminantemente, Sres. Diputados, y mi aseveración delante del proyecto de ley no sería necesaria, que no hay supresión de un solo Municipio, ni chico ni grande; y eso que yo podría encontrar a docenas testimonios, procedentes no por cierto de bancos reaccionarios, en que se pide como medida de buen gobierno la supresión de los Municipios pequeños. Pues el proyecto de ley respeta todos, absolutamente todos los Municipios, porque ya se explicó ayer desde esta Comisión que la mancomunidad forzosa de los Municipios menores de 2.000 almas, para los efectos de la delegación del Poder central, no atañe ni poco ni mucho a la constitución propia y peculiar de cada Ayuntamiento. Aun a los que no forman Municipio, aun a los que forman barrios aparte, a los que jamás tuvieron vida municipal, hasta a esos se les da mayor viabilidad, porque tienen ya personalidad propia, la de anejos, con sus juntas de vecinos, y vienen a ser entidades que no tendrán la misma organización que el Municipio de que son anejos, pero la tienen propia. De modo que el proyecto, no sólo no destruye ni modifica ningún Municipio, porque parte de la base de que son organismos naturales, sino que los respeta a todos, absolutamente a todos.

Representación corporativa. Yo creí que era este un punto completamente dilucidado después de los años que llevamos oyendo hablar en Academias, Ateneos, libros y folletos de todas clases, de la necesidad de compensar la libertad abstracta, el elemento individualista puro, de la necesidad de tener en cuenta que la sociedad es algo que vive, que se mueve y que es preciso considerar no estáticamente, sino dinámicamente, y de que hay personas jurídicas, personas colectivas, que tienen tanto derecho a la vida, y, por consiguiente, a la representación, como las personas naturales.

Yo creí que los esfuerzos de tantos y tantos publicistas, que no voy ahora a citar, porque sería ofender vuestra indudable ilustración, habrían sido suficientes para llevar al ánimo de todos la conveniencia de admitir esta representación corporativa y de llevarla al Municipio, que es donde más falta puede hacer, porque esos elementos van a ser los que representen las fuerzas vivas de las localidades, los factores que integran la vida local, cuyo voto y cuya opinión debe ser muy tenida en cuenta en los asuntos que se refieren al común de vecinos. Pero ¿es que los testimonios (por no citar más que los de españoles) de Pérez Pujol, de Costa, del mismo Azcárate en una conferencia en el Círculo de la Unión Mercantil, de Giner de los Ríos en su libro sobre las Personas jurídicas, de Posada, de tantos y tantos pensadores que comulgan en vuestras ideas, no bastan y sobran para comprender la conveniencia y la razón de que la ley, atendiendo a este criterio progresivo, manteniendo una verdadera concepción orgánica de la sociedad y comprendiendo lo que es el contenido social del Estado, admita esta representación?

Y además hay una razón práctica: la representación corporativa va a servir indudablemente de panacea para que se destierre la política de los Ayuntamientos; porque aquí estamos acostumbrados a que la apertura de una vía de comunicación, la instalación del alumbrado o cualquier mejora en los servicios de un pueblo, sea cuestión de conservadores o liberales, de monárquicos o de republicanos. Basta que los unos tengan la idea de la reforma para que los otros la combatan. Pues si en el Ayuntamiento no tuvieran ese predominio los partidos políticos, si en él tuvieran ingreso y ejercieran su legítima influencia Asociaciones que responden a una necesidad permanente, los intereses del pueblo tendrían en toda época un defensor desligado por completo de las luchas políticas, que no perseguirá otro interés que el interés de la localidad.

Las Sociedades obreras, por lo que se refiere a las subsistencias y a los medios de alimentación, así como las demás Sociedades, ya patronales, ya intelectuales, tendrán, sobre todo en lo concerniente a las reformas locales, un criterio distinto del de los partidos políticos, y de ese modo, unidos los que han ido al Ayuntamiento por el sufragio individual con los representantes del sufragio colectivo, tendremos la verdadera resultante para el beneficio de los pueblos y la prosperidad de los Municipios. (Muy bien.)

Diputaciones provinciales. Yo deseo ardientemente escuchar las opiniones de los demás señores que han de seguir al Sr. Suñol en el uso de la palabra, porque todavía no sé si en el criterio regionalista que SS. SS. sustentan entra o no la supresión de las Diputaciones provinciales, puesto que según sea ese criterio, según entre o no en su idea la supresión de dichas Corporaciones, tienen que variar naturalmente nuestros razonamientos.

¿Pueden subsistir las Diputaciones provinciales según vuestras ideas, y, además, existir la Diputación regional, añadiendo un eslabón más a la cadena, o se suprimen las Diputaciones provinciales y quedan sólo las Diputaciones únicas regionales? Por lo pronto os diré que, partiendo el proyecto de la base de la autonomía de la vida local, da a las Diputaciones provinciales carácter totalmente distinto al que han tenido hasta aquí, y, naturalmente, al quitarlas el carácter de Corporaciones populares, al instituirlas más bien en concepto de Consejos provinciales, se explicará fácilmente el Sr. Junoy esa elección de segundo grado, que no merma en lo más mínimo los derechos de los ciudadanos españoles. Alejad toda sospecha de que el Gobierno que se sienta en este banco y esta mayoría, que buenas pruebas tienen dadas de su respeto al sufragio universal, cuando tantas veces ha declarado el Sr. Presidente del Consejo de Ministros que es la única base que hay en España para constituir una representación nacional verdad, vengan a menoscabarlo, y menos por procedimientos arteros, incompatibles con el carácter de los que aquí nos sentamos.

No; es que la Diputación provincial se transforma, cambia su hechura, cambia su carácter, cambia su organización, cambia su representación; son cosas distintas lo presente y lo futuro, y como son cosas distintas, porque ya no van a interesar al común de los vecinos, a las personas aisladamente, sino a la entidad colectiva municipal, es claro, ¿quiénes han de nombrar esas Diputaciones provinciales? Pues los representantes de los Ayuntamientos, los concejales, los concejales, que son los que van a designar sus mandatarios para que decidan aquellas cuestiones que afectan al Municipio como tal persona colectiva, y no a los individuos aislados, no a los particulares.

Y llegamos, señores, a la cuestión batallona de la solidaridad catalana, al reconocimiento de las personalidades regionales.

Bien ha hecho, discretamente, como siempre, se ha conducido el Sr. Junoy al esquivar esta cuestión. (El Sr. Junoy hace signos negativos.) ¿No? Perfectamente, más pie me da S. S. para mis argumentos; pero yo creía que el Sr. Junoy lo abandonaba a aquellos más libres de precedentes que S. S. La historia en ocasiones, en vez de ser maestra de la vida, pesa como losa de plomo sobre la vida de los individuos.

El Sr. Junoy sólo hacía una ligera alusión al programa de la solidaridad, y se dedicaba más bien a atacar el proyecto por la forma en que aborda este asunto.

Yo, poco amigo de medias tintas, ni de eufemismos, ni de decir que sí y que no al mismo tiempo, sin que en esto vaya más que mi pobre, pobrísima opinión particular, debo manifestar respecto de este asunto lo siguiente.

Claro está, la región es un organismo natural, ¡qué duda tiene! No se forma por la voluntad de los hombres, la forma la historia, la tradición, &c., &c., lo que todos sabéis; pero de que sea organismo natural, ¿se va a deducir que sea, como el Municipio, célula primaria y necesaria para toda organización política? Jamás; y en España menos que en otras partes; porque podrá haber Naciones, podrá haber Estados nacionales en que la configuración de su suelo, su distribución geográfica, las islas que lo formen, den lugar a una permanencia al través de los siglos de ese sentimiento; pero en España, donde sólo causas meramente históricas han determinado la formación de reinos y regiones, creer que es célula necesaria de una organización de Estado nacional la personalidad regional, en mi humilde sentir, en mi modestísima opinión, es un profundo error. La misma historia de España os lo demuestra.

Señores, yo quisiera que no se me pusiera en el caso, porque francamente no tengo títulos para ello, ni lo deseo, de hacer alarde de una erudición barata, recordando lo que está en la mente de todos; pero ya que el Sr. Puig y Cadafalch es tan aficionado a estas disquisiciones históricas y arqueológicas al través de la Historia de España, yo le ruego, si en ello tiene gusto, que breves instantes me acompañe en una mirada retrospectiva hacia el pasado, y su gran ilustración, su conocimiento completo de estas materias le harán comprender que así como los Municipios españoles, todos o en su mayoría, existían, tenían personalidad en la época en que Roma dominaba a España, y aun antes, entonces no había ni noticia ni indicio de la existencia de regiones españolas. (El Sr. Puig y Cadafalch: Las hay.) Podrá ser ocasión de discutir esto más en una academia que en una Cámara deliberante. (El Sr. Puig y Cadafalch: Las hay claramente, precisas.) Yo sostengo lo contrario; no las había entonces, como no las hubo con posterioridad, en la dominación visigoda; como que nacieron luego, por las necesidades de la Reconquista, por la formación aislada de los nuevos núcleos de población, por la variedad dialectal de las lenguas romances, y por otra multitud de circunstancias; fue entonces cuando vino la separación y la formación de regiones. (Protestas en los bancos de la izquierda.– El Sr. Sánchez Guerra: Pues oídlo bien, para poder combatirlo mejor.)

Señores, yo también he leído algo de esto, aunque no mucho, y tengo formada mi opinión. Pero ¿vamos a confundir durante la época romana y con posterioridad, durante la visigótica, las distintas influencias orientales que ora en la bahía de Cádiz, ora en las costas de Levante, por la comunicación establecida con Italia, con Grecia y con los pueblos de Oriente, produjeron determinadas influencias y variedades, vamos a confundir esto con las verdaderas regiones españolas? Estos eran elementos ajenos a la civilización del solar ibérico y ajenos también a su romanización, que se extendió a toda la Península. (Rumores en la izquierda.)

Luego viene el siglo XV, y viene la unidad nacional, mejor o peor hilvanada, y conserváis diferencias regionales, y en ellas fueros y libertades durante tres siglos. (El Sr. Suñol: Diferencias nacionales.) En mi humilde opinión, jamás. Yo, Diputado español del siglo XX, que reconozco la existencia de modalidades regionales, a las que por cierto atiende este proyecto, digo que jamás ha habido ni habrá en España más que una sola Nación. (El Sr. Suñol: Cuando enviudó Fernando el Católico y volvió a casarse, si le hubiera sobrevivido el hijo de este matrimonio, hubiera sido rey de Aragón.) Perdonadme un momento. Y cuando perdisteis aquellas libertades, hubo un momento, a principios del siglo XIX, en que, ante el enemigo común, nos juntamos todos, y entonces desapareció el espíritu regional, y ante la invasión enemiga nadie se acordó ya de catalanes, ni de aragoneses, de castellanos ni de andaluces, sino que al grito de ¡viva España! y ¡muera el invasor!, todos se unieron contra él; y todas estas causas históricas motivaron el que fueran desapareciendo las variedades regionales. Cierto es que luego, un régimen centralizador, absorbente, que yo condeno, pero que la historia ha sancionado, y, por tanto, mi condenación no va a producir efecto útil, fue levantando rescoldos que quedaban del sentimiento regional; pero esto fue luego, después de un período de cancelación, y, entonces, cuando este sentimiento se fue otra vez levantando, gobernantes ilustres, como el Sr. Moret en su proyecto del año 1884, que creo que no llegó a tener estado parlamentario, y en aquel trabajo a que habéis aludido el Sr. Sánchez de Toca, por encargo del Sr. Silvela, atendieron a recoger este sentimiento; porque todo lo que digo no tiene nada que ver con que yo declare ingenuamente que esos sentimientos regionales deben ser tenidos en cuenta cuando se trata de una organización de la Nación, para adaptar un sistema de división administrativa a esos sentimientos y a esas variedades; por eso lo recogió el Sr. Moret, y por eso lo recogió el Sr. Sánchez de Toca, por encargo del Sr. Silvela.

Pero desde entonces acá ha variado grandemente la cuestión; ya el catalanismo –y quien dice el catalanismo dice cualquier otra región, porque yo no quiero particularizar–, ya no se presenta con aquella exaltación del sentimiento regional, más bien mantenido por trovadores y por artistas, sino con las manifestaciones políticas que hoy se advierten.

Ya se proclama, en contra de la opinión mía, y conmigo de muchos, que hay un verdadero nacionalismo; y yo entiendo que cuando esto se dice y esto se manifiesta y cuando aquellas primeras manifestaciones regionales tienen y toman este carácter, es previsión de gobernantes, deber de patriotismo, verdadero acierto de el legislador, quizá el mayor que la ley tiene, encauzar el problema en la forma en que se hace en el proyecto de ley. Voy a tratar de demostrarlo.

El menor observador, aunque no lo creáis vosotros, ha podido notar la verdadera lluvia benéfica de Diputados barceloneses que han caído sobre los distritos de las cuatro provincias catalanas a impulsos de un sentimiento que, si antes latía en el fondo de ese pueblo, se agravó, adquirió vínculos de cohesión y de protesta contra el Poder central en momentos en que creísteis que determinaciones de este mismo Poder y de Gobiernos que se sentaban en este banco hollaban vuestros derechos y os atropellaban. Y al venir en aquellos mismos momentos, porque en la historia unos meses más o menos importan poco, este Gobierno al banco azul y al presentar este proyecto, ¿qué queríais? ¿Que no discerniera lo que pudiera haber de verdad en el movimiento y de algo real que respondiera a la conciencia del pueblo catalán, que no distinguiera esto del acceso febril que significa esa esporadición de Diputados barceloneses por las cuatro provincias catalanas, en aquel momento en que quizá estuviera exaltada la opinión por virtud de esas disposiciones del Gobierno a que yo antes me refería?

El mayor acierto del gobernante es el haber sabido distinguir eso, y como lo ha distinguido, pues ha autorizado en la ley las mancomunidades de provincia, las cuales permitirán, mediante el referéndum, institución que tanto alabáis, que a todas ellas se apele, para que sepamos lo que piensan y lo que sienten acerca del particular todos los organismos de las otras provincias catalanas, y la de Barcelona también, sobre el asunto del regionalismo; para qué fines regionales quieren asociarse y para cuáles no; cuál es la intensidad de la protesta y cuál no es la intensidad de la misma afirmación.

Y respecto de aquella culpa que nos achacaban algunos señores solidarios de haber nosotros los conservadores apelado al procedimiento del pacto provincial para llegar a la formación de regiones, cosa, según SS. SS., incompatible con la tradición conservadora, ¿qué he de deciros sino que afirmáis que es incompatible el pacto con la tradición conservadora cuando se trata de las provincias para formar las mancomunidades regionales, y luego vosotros, los de la derecha de esa minoría, que según creo sois conservadores, no diré del partido conservador, pero conservadores allá en Cataluña, os permitís en vuestros meetings y en vuestras reuniones hablar del pacto federativo para organizar a España una vez que estén constituidas las regiones? Yo siempre sostendré que la nacionalidad única en el suelo ibérico está más representada, con fisonomía peculiarísima, con una personalidad propia, geográfica, étnica, histórica y de todas clases, que la mínima que queréis que forme Cataluña dentro de ese común denominador.

La orientación, sobre todo, del proyecto de ley me parece excelente, y, por tanto, un sofisma aquel que el Sr. Suñol exponía brillantemente cuando decía: «O existe la región o no existe; si existe, debéis reconocerla; si no existe, no.» ¡Ah, Sr. Suñol! Nosotros la reconocemos, y en la forma que creemos que es más adecuada a los momentos presentes de la cuestión. Nosotros no nos atropellamos, no nos precipitamos, no os organizamos aquí en las Cortes españolas la región catalana tal como vosotros la definís, porque queremos que Cataluña sea la que diga cómo ha de constituirse y organizarse. (El señor Suñol: Dadnos libertad para hacerlo.)

Romper, Sres. Diputados, en un momento dado con las Diputaciones actualmente constituidas me parece que sería verdadero delirio de Gobierno, por mucho que sea el deseo de adaptar a la organización natural del territorio nacional la división administrativa. Tenemos que reconocer que si cuando se hizo la primera división en provincias hubiera habido este Gobierno u otro que hubiera pensado como él, de seguro que no se hubiera hecho en la forma que se hizo; pero lo cierto es que lleva un siglo de constituida, que se han creado intereses alrededor de las provincias, y, por lo tanto, el desgarrarlas, el eliminarlas, el suprimirlas, sería origen de perturbaciones.

Recordad, si no, que cuando se inició vagamente la idea de que algún Gobierno de los que se han sentado en ese banco, siendo Presidente el Sr. Silvela, y Ministro de la Gobernación el Sr. Maura, se dijo que se intentaba suprimir algunos, se levantaron protestas airadas de todos aquellos sitios donde se habían creado esos intereses, viniendo a hacer imposible la reforma que se decía que se iba a realizar.

Pero yo me admiro, y quiero terminar lo antes posible mi contestación al Sr. Junoy, porque estoy seguramente molestando vuestra atención (Varios Sres. Diputados: No, no), yo me admiro, Sres. Diputados, de que sea el Sr. Junoy el que nos hable de la necesidad de dar personalidad a la región catalana, de que se respete la autonomía, no sólo de los Municipios, que en eso todos estamos de acuerdo, sino de la región catalana, cosa que nosotros, dentro de ciertos límites, hemos predicado siempre y ha sido tradición constante de este partido, sobre todo en los últimos años. ¡Ah, Sr. Junoy! Pero ¡quién nos lo había de decir! ¡A este Sr. Junoy nos lo han cambiado! Porque el Sr. Junoy no hace muchos años era individuo dignísimo de aquel partido dirigido por el gran tribuno D. Emilio Castelar, y yo sé de memoria un artículo que el Sr. Castelar en sus últimos tiempos publicó en El Liberal, de Madrid, aludiendo a la tendencia regionalista del programa que, a raíz de constituirse la Unión conservadora, dieron a la publicidad los señores que formaban la plana mayor del partido conservador.

El Sr. Castelar decía: «Esa tendencia al regionalismo que veo en el programa del Sr. Silvela me asusta, porque eso nos obligaría a una nueva reconquista, a volver a la unidad nacional, como en el siglo XV, y al régimen cesarista de autoridad soberana, como en el siglo XVI.» Y el Sr. Junoy, yo creo, quizá me equivoque, que era adicto partidario disciplinado de la fe republicana del Sr. Castelar y de las ideas que él sustentaba.

¿Es que el Sr. Junoy y el Sr. Castelar decían esto hace ya siete u ocho años y los hombres cambian con los tiempos? Pero, Sres. Diputados, ¡si el Sr. Junoy hace mucho menos tiempo, el 22 de Noviembre de 1905, no hace dos años, decía lo siguiente discutiendo en esta Cámara con los señores regionalistas, con el Sr. Rusiñol!

No tenga el Sr. Junoy cuidado; sé bien los deberes que este banco impone y no he de traer al debate nada que tenga carácter de contienda personal ni pueda avivar rescoldos de guerras civiles o intestinas entre republicanos y catalanistas; yo voy sólo a cumplir con mi deber, entiéndalo bien S. S.

Decía el Sr. Junoy, protestando de aquellas frases que en reivindicación de la personalidad regional para Cataluña lanzaba el Sr. Rusiñol:

«No es cierto que nuestros ríos canten la separación, la protesta ni la rebeldía; susurran todos la canción de la España nueva.»

De seguro, Sr. Junoy, esa nueva España no es la que preconizaban los señores regionalistas. (Varios Sres. Diputados de la minoría solidaria: Sí, sí.) No; esa es la España nueva del Sr. Lerroux. O ¿es que ya susurran en otro tono, o es que ya han cambiado de partitura los ríos catalanes? (Risas.)

Pero, no ya el Sr. Junoy, el ilustre, el insigne jefe de esa minoría, el Sr. Salmerón, cuyo nombre pronuncio siempre con todo el respeto y la reverencia a que tiene derecho, y a quien os ruego supliquéis que me perdone la libertad que supone hacerle esta alusión, decía dirigiéndose a la Cámara en 29 de Noviembre de 1905, unos cuantos días después que el Sr. Junoy, decía al Gobierno: «Distinguid todo esto (lo que era lastre reaccionario y clerical del catalanismo, de lo que era representación liberal progresiva), llevad vuestro análisis sereno, tranquilo, mesurado, a depurar en las soluciones políticas qué es lo que cabe que se incorpore en la vida nacional de esas varias tendencias que constituyen hoy un conglomerado indigesto.»

De ese conglomerado indigesto, cuya falta de condiciones digestivas debe de haber aumentado con cierta salsa republicana y con algunos entremeses tradicionalistas, es hoy jefe indiscutible D. Nicolás Salmerón.

Decía además dicho insigne parlamentario: «Yo puedo concebir el nombre y el apellido de todos los partidos; lo que no puedo concebir es el apellido del partido catalanista, porque con esa mera denominación, notadlo bien, estáis infiriendo una grave ofensa a la vida de España, de la Nación española, no sólo del Estado. Es menester que el fundamento de vuestra peculiar representación política arraigue en la condición del individuo, en la condición, si queréis, territorial, pero dentro de la comunidad y de la continuidad de la vida nacional. Sin esto sois una representación atávica más que medioeval, sois un partido de índole y condición feudal, que en vez de engendrar la soberanía en la condición de la persona, tratáis de fijarla en la señal muda e inerte de la tierra.»

Pues bien; D. Nicolás Salmerón y Alonso, que tales cosas decía, aún no hace dos años, y los que, como él, son republicanos dentro de la Solidaridad, nos presentan hoy como único programa el manifiesto del Tívoli, donde lo primero que se pide es el reconocimiento de la personalidad de Cataluña. ¿No es esto incompatible con los párrafos que acabo de leer? Al buen juicio de la Cámara dejo la respuesta.

Dijo un día el ilustre jefe de este Gobierno, aludiendo a la Solidaridad, que era un producto híbrido; yo, sin ninguna autoridad para ello, me atrevo a decir que en la evolución política significáis un verdadero retroceso, un salto atrás, y en la evolución social un manifiesto estancamiento.

Leía yo días atrás los extractos del Congreso internacional de sociología recientemente celebrado en Inglaterra, que, como sabéis, ha versado sobre las luchas sociales, y, sin querer, me acordaba de la Solidaridad catalana. Donde de seguro no tendréis sitio será en el que en Italia se celebrará el año próximo sobre la solidaridad humana.

Volviendo, señores, la vista atrás, sobre todo el camino recorrido, nos encontramos con que el Gobierno presenta un proyecto de ley, que estudia debidamente esta Comisión y lo eleva a dictamen, en el que cree que, en vez de volver la espalda a la realidad y desentenderse de la resolución del problema catalán, lo aborda sinceramente, y para resolverlo os pide vuestro concurso, como pide el concurso de todos los lados de la Cámara.

Prestadlo de buena voluntad; tengo por seguro que lo prestaréis; pero si así no fuera, lo que no espero, habríais demostrado que, vosotros que tanto apeláis a nuestro sentido positivo, a la necesidad de seguir la tendencia de la escuela positivista, sois completamente refractarios a aquellas dos leyes características de esa tendencia: a la de adaptación al medio y a la de la selección. Mediante la primera, si logramos que todos a una vayamos a hacer una obra verdaderamente nacional, mirando a la totalidad del Estado español, a la totalidad de los organismos sociales y políticos que dentro del Estado viven, entended que todos mereceremos bien de la Patria; porque también debéis ver que aplicándoos al trabajo que el Gobierno os brinda noblemente se irá realizando igualmente aquella otra ley de la selección, por virtud de la cual saldrán fuera del círculo de la política española, y, por tanto, del recinto de esta Cámara, todas aquellas opiniones inspiradas en precedentes antiguos centralistas opresores que han matado la vida local, contra los cuales ha protestado este Gobierno, contra los cuales ha protestado este partido, esta mayoría. Y buena prueba de ello es el proyecto de ley leído por el Sr. Ministro de la Gobernación en estas Cortes, que ampara con el mayor gusto esta mayoría, y para sacarle adelante pide el concurso de todos los partidos y de todas las tendencias de la Cámara. (Muy bien.– Aplausos.)

El Sr. JUNOY: Pido la palabra.

El Sr. PRESIDENTE: La tiene S. S.

El Sr. JUNOY: Comprenderá el Sr. Cañal, que a pesar de su elocuencia, a pesar del notable discurso que acaba de pronunciar, yo no puedo someter a la Cámara a la nueva tortura de una nueva disertación. Sin embargo, S. S. me pone en este caso, porque no obstante haber comenzado mi discurso curándome en salud, previendo las alusiones personales, la lectura de textos, la evocación de la figura gigantesca del Sr. Castelar, textos del Sr. Salmerón, &c. &c., diciendo que todos y cada uno de nosotros estábamos en Solidaridad, con nuestros principios, con nuestros programas de siempre, con nuestros ideales y con nuestras contradicciones, con el saco de nuestras contradicciones, y el mío era muy grande, enorme decía, no esperaba de S. S. que, a falta de argumentos para combatir la impugnación del proyecto de ley, desde el punto de vista de los principios democráticos que brillan por su ausencia, que se ahuyentan del proyecto, me dirigiera alusiones personales, en las que no soñaba en este momento.

Tiene razón que le sobra S. S.; yo he venido a esta Cámara y he atacado a los regionalistas y fuera de esta Cámara también, y el Sr. Suñol habló de estas luchas entre nosotros. Nosotros hemos zanjado cuentas (El Sr. Cañal: ¿Pero con las ideas?); hemos recibido agravios sin importancia; eran rencillas de familia entre nosotros, sin importancia de ninguna clase, sin valor para vosotros, sin derecho para intervenir vosotros, porque siempre que intervenís, como pasa con las familias, cuando tratan los extraños de entremeterse en ellas, no sucede otra cosa sino que vuelve a brotar la unión, la confianza y el cariño de antes. (Muy bien, en la minoría solidaria.)

Por lo demás, yo no he atacado a los regionalistas. Jamás el Sr. Cañal, jamás nadie habrá leído un texto mío atacando a la región. Lo que hay es lo que confieso, lo que he confesado en los meetings, lo que es público en Barcelona y en esta Cámara: que para todos los republicanos catalanes y especialmente para los republicanos de Barcelona, atentos al movimiento de nuestras ideas en nuestro campo, encerrados en nuestras luchas intestinas, pasaban desapercibidas en un momento dado las evoluciones de este movimiento, pasaba desapercibido el propio movimiento, el avance extraordinario, asombroso, y con posterioridad hubo de sorprendernos a todos, de sobrecogernos a todos el progreso extraordinario del movimiento de las ideas regionalistas.

No recojo la alusión referente al Sr. Lerroux. El Sr. Lerroux no está en este sitio para contestar; yo creí que S. S. se habría hecho cargo de esa circunstancia, como yo me hago cargo de ella, para no acordarme siquiera de las luchas pasadas ni de la situación en que puede encontrarse este representante de la ciudad de Barcelona.

Opina el Sr. Cañal que este proyecto de ley es autonomista, genuinamente autonomista, y para probarlo S. S. no ha producido nada más que la demostración de que es ligeramente descentralizador en el sentido de suprimir alguna de las invasiones del Poder ejecutivo, que antes el Poder ejecutivo ejercía en la vida local, en la vida municipal y en la vida provincial.

Yo no he negado nada de esto, y puesta la cuestión en este terreno, quizá le negara a S. S. incluso el carácter descentralizador del proyecto del Gobierno, porque si en cierta dirección de ideas, en algún punto, en la supresión, por ejemplo, del nombramiento de concejales interinos, &c., puede responder a un criterio descentralizador, en cambio aumenta y multiplica las intervenciones del Poder central dentro de la vida municipal y de la vida regional, en términos tales, que hacen de esta obra, no una obra de avance, sino una verdadera obra regresiva.

La autonomía no es lo que S. S. suponía, es un aspecto, es un fragmento del principio de la soberanía, pero el principio de la soberanía arranca de lo siguiente: del Gobierno, del Municipio y de la región, por sí mismos, sin otras limitaciones que aquellas que pueden derivarse de la función interregional o internacional.

Para probar que la sustancia democrática no se alejaba de la obra del Gobierno, sino que persistía, que era sinceramente aceptada por el Sr. Maura –a quien cabía la gloria de haber sido uno de los que contribuyeron a establecer el principio del sufragio en la vida legal del estado español–, S. S. me hablaba de las opiniones de los Sres. Costa, Posada y Azcárate, respetabilísimas, sobre la representación corporativa. Yo no he hablado, para impugnarla, de la representación corporativa; yo no participo de las opiniones de los Sres. Costa, Azcárate y Posada respecto a la representación corporativa. Yo pertenezco a la democracia pura; no pongo nada, no pongo a nadie sobre el principio del sufragio universal; pero reconozco que la representación corporativa, tal como la entienden estos ilustres maestros de la ciencia sociológica, tal como la regulan, deja de ser una herida mortal, deja de ser un atentado contra el principio del sufragio universal para responder a necesidades que vengan a integrarlo y a evitar el carácter panteístico que el principio del sufragio universal puede tener, ahogando los elementos cuantitativos de una sociedad. Pero no es esta vuestra representación corporativa.

Yo no quiero ofenderos diciendo que es la preparación de una representación corporativa de engaño y de trampa; pero sí os digo que lo será en manos menos puras.

Ahora mismo, ¿creéis que no nos enteramos, creéis que no observamos cómo se va revelando el propósito siniestro que alguien puede abrigar respecto a esta reforma que tratáis de introducir, respecto a la representación corporativa en los Municipios? De Castellón, de Sevilla se nos está denunciando diariamente el hecho inaudito de la creación de Corporaciones artificiales, de trampa, de amaño, mediante las cuales, aprovechando además la representación proporcional de mayorías y minorías, llegaréis a algo a que algún reaccionario puede aspirar, a ahogar la voluntad, el derecho, a ahogar el sufragio universal, la mayoría, mediante las minorías reclutadas de esta manera.

En Asturias, ayer nos los advertía el Sr. Salmerón para que lo tuviéramos presente en las enmiendas que esta minoría se propone presentar, en aquel territorio, donde es escasa relativamente la vida, la expansión social, se han creado en pocos días 400 Sociedades, 400 Corporaciones, con las cuales se va a hacer ineficaz, imposible en Asturias el ejercicio y el predominio del sufragio universal. ¿Quién os apremiaba para esta, reforma, caso de que constituya un progreso, caso de que responda a una necesidad social, quién os apremiaba para realizarla, para introducirla en este proyecto de ley que responde a otras necesidades más apremiantes de la realidad y del momento?

En casi toda España no existe la vida corporativa, es nula la representación corporativa por desgracia, y en las grandes urbes, en los grandes conglomerados de población, donde existe, existe de una manera tan confusa y tan intensa que, sin antes regularla, sin antes atribuirla fines sociales, es imposible que introduzcáis en la vida municipal esos nuevos elementos que vosotros queréis que integren las funciones municipales.

Deseaba conocer el Sr. Cañal, no sé cifrando qué clase de esperanzas en discordias que no existen, que no han de venir, porque ya lo he dicho, porque nuestra unión es cada día más fuerte, se basa en un sentimiento de tolerancia y de amor, se ha consolidado definitivamente por un alto sentimiento de deber y de responsabilidad; no sé, repito, esperando qué clase de discordias, deseaba saber qué opinábamos respecto de las Diputaciones provinciales. Voy a ser muy claro, muy breve y muy explícito. Votamos por su continuación con funciones puramente administrativas, por la instauración de un verdadero Consejo regional, con funciones sociales, con medios propios, con funciones propias, con todas aquellas que están determinadamente, claramente señaladas en el programa del Tívoli.

No sé si lamentando o tratando de arrancar un aplauso, o de herir fibras muy delicadas y exquisitas que siempre responden a los llamamientos de vuestra oratoria y de vuestra elocuencia, el Sr. Cañal hablaba de nacionalismo; decía que era nacionalista este movimiento el Sr. Cañal, y honradamente, sinceramente, tengo que asentir a las manifestaciones del Sr. Cañal. Es genuinamente nacionalista, es nacionalista hasta la medula de los huesos, es afirmación vigorosa, clara y rotunda de Cataluña como Nación fuertemente ligada a la nacionalidad española. ¡Sí lo ha sido Cataluña en la historia, sí lo es; sí tiene la voluntad de afirmarse en estos términos y en estas condiciones por las razones que aquí se han expuesto, porque tenemos una lengua; porque tenemos una historia; porque tenemos un derecho; porque tenemos una novela; porque tenemos un teatro; porque tenemos todas las manifestaciones externas e internas de un verdadero espíritu nacional! Es nacionalista, sí, y nacionalista será hasta el fin del movimiento. Por eso al terminar mi discurso hablaba de que nuestra concepción de la Patria y de la Nación se ensanchaba soñando en un Estado español compuesto; de España Nación, sí; más que Nación, Nación de Naciones.

El resumen de todas nuestras aspiraciones, aparte de querer organizar la vida municipal en las condiciones con admirable claridad expuestas aquí en el discurso del Sr. Suñol, se cifra en la organización del Consejo regional. No queremos, Sr. Cañal, un esqueleto de este Consejo, una ficción, una comedia de Consejo regional; un ser vivo que responda a la realidad de la Nación es a lo que aspiramos; con funciones propias, con funciones compuestas de aquellas que el Estado centralista invasor ha detentado; con funciones de aquellas que puede hacer que el Consejo regional realice la misión histórica y la misión social a que aludía.

El Sr. CAÑAL: Pido la palabra.

El Sr. PRESIDENTE: La tiene S. S.

El Sr. CAÑAL: Dos solamente, para tener el gusto de responder a las que acaba de pronunciar el Sr. Junoy, como rectificación a mi discurso anterior.

Respecto de la primera parte del suyo, lo que debo decir al Sr. Junoy, no insistiendo más en puntos de vista anteriores, es que, puesto que él nos da cuenta de su conversión, nosotros no debemos más que aceptarla y felicitarle sinceramente, porque cuando las conversiones son sinceras, como la del Sr. Junoy, sólo merecen el respeto y la consideración ajenos.

Respecto de las rectificaciones que ha hecho de algunos de los puntos por mí tratados, debo decir, en cuanto a la representación corporativa, que aceptaba en principio, pero no en la determinación y en la forma que la ley dicta, que está S. S. profundamente equivocado. La absorción, que supone que sea antidemocrática, que esos elementos corporativos pueden ejercer a veces sobre los elegidos directamente por el sufragio universal, no podrá jamás realizarse, porque comenzando porque en la ley no se consiente que sean más de la mitad de los concejales elegidos por el pueblo los representantes de Corporaciones; siguiendo porque se respeta el mismo número de concejales electivos que hoy existen en la actual ley Municipal; continuando porque, de los concejales delegados, una tercera parte ha de ser forzosamente representación de las Corporaciones obreras, y terminando, más adelante, porque como les damos mayor derecho de elegibilidad pueden ir al Ayuntamiento más elementos populares, cae por su base el razonamiento del Sr. Junoy.

En cuanto a la definición que daba de los organismos provinciales tal y como han de ser en su concepción de la sociedad política organizada, me permito decirle que, a pesar de militar en un partido progresivo, a pesar de tener una significación personalísima avanzada, que definía al principio de su primer discurso, está profundamente atrasado.

No conozco Nación alguna, tratadista alguno, publicista de ninguna clase, orientado con algún sentido moderno, que diga que puede haber Corporaciones populares exclusivamente administrativas y sin fines sociales. Casualmente la tendencia del derecho moderno, que como torrente avasallador invade todas las organizaciones, es que aquel círculo estrecho de organizaciones puramente administrativas se ensanche con los horizontes que las iniciativas económicas, y sobre todo el carácter social, han abierto en los siglos XIX y XX. Lo vuestro es medioeval, es un atraso, es un signo de centralismo. (El Sr. Hurtado: Lea S. S. el proyecto. Eso queda al alcalde, no al Ayuntamiento.) Lo tengo muy leído, como comprenderá S. S., no sólo por deber, sino por gusto. (El Sr. Hurtado: Pues entonces le recuerdo, como le ha recordado el Sr. Junoy, que lo relea.)

Por último, respecto a esa identidad de principios en que estáis perfectamente unidos, sobre el carácter del nacionalismo catalán, podrá ser, me basta la palabra del Sr. Junoy para que lo crea; pero de la lectura de vuestros periódicos, de la expresión de los distintos matices que existen en vuestras reuniones públicas, deduzco lo contrario, aunque S. S. defienda otra cosa. (El Sr. Salvatella: Eso demuestra la vitalidad del movimiento.) ¡Ah, es que no vale decir aquí una cosa y en Barcelona otra! Pero ¡si hay elementos entre vosotros que tienen que apelar a la famosa teoría escolástica y sutil de la tesis y de la hipótesis, que tanto combatisteis y criticasteis en boca de algunos elementos de la política española!

No tengo más que decir.

El Sr. PRESIDENTE: Se suspende esta discusión.