Filosofía en español 
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Historia natural

Fuerza del hombre

Aunque el cuerpo del hombre en su exterior es más delicado que el de todos los animales, es sin embargo extremadamente nervioso, y tal vez más fuerte en proporción de su volumen que el de los animales más fuertes. Si queremos comparar la fuerza del león con la del hombre, deberemos considerar que este animal está armado de garras y de agudos dientes, y que el uso que hace de ellos nos da una idea exagerada de su fuerza. Atribuimos a su fuerza lo que es solo efecto de sus armas. El hombre no las ha recibido ofensivas de la naturaleza. Feliz si el arte no hubiera puesto en su mano armas aun más terribles, más mortíferas que las garras del león.

Maldito el que primero
Osó forjar el homicida acero.

El mejor modo de comparar la fuerza del hombre con la de los animales es atender al peso que pueden soportar. Si se compara siempre atendido a la proporción del volumen el peso que puede llevar un hombre y un caballo se encontrará que este no puede levantar la sextupla cantidad de peso que el hombre, no obstante que viene a tener un sextuplo más de volumen. Los mozos de cordel que vemos en las esquinas de las calles de Madrid cargan sobre sus espaldas ordinariamente ocho arrobas de peso, y es seguro que ningún caballo soportará el peso de cuarenta y ocho arrobas que es lo que proporcionalmente le corresponde.

La superioridad de la fuerza del hombre se puede también conocer por la continuación del ejercicio de ella, y por la ligereza de sus movimientos. Los hombres acostumbrados a correr adelantan a los caballos en la carrera, o al menos la resisten más largo tiempo. Aun al paso regular, un hombre acostumbrado a caminar a pie, andará más terreno que un caballo, y si no andase igual terreno al cabo [55] de un cierto número de días necesario para cansar un caballo el hombre se hallará aun en estado de continuar su camino sin incomodidad.

Los Chater de Ispahan, que son corredores de profesión, andan treinta y seis leguas en catorce o quince horas. Aseguran varios viajeros que los hotentotes adelantan a los leones en la carrera, contando mil prodigios de la ligereza y movilidad de los salvajes, de los largos viajes que emprenden, y que terminan a pie descalzo en las montañas más escabrosas, en países intransitables, cubiertos de malezas y espinos, vírgenes, donde la mano del hombre no ha trazado ningún camino ni su huella abierto ninguna senda. Estos hombres según refieren, andan mil o mil doscientas leguas en menos de dos meses. Celeridad prodigiosa que no tiene ningún animal excepto los pájaros cuyos músculos son proporcionalmente más fuertes que los de los demás animales.

El hombre civilizado no conoce sus fuerzas, no sabe cuanto las disminuyen la molicie, el ocio, y el regalo, cuan útil le sería fomentarlas por el ejercicio.

Hombre se encuentran sin embargo entre nosotros de fuerzas extraordinarias, pero este don tan precioso de la naturaleza para emplearlo en defensa propia, o en trabajos útiles, es de muy corta ventaja en los pueblos civilizados, en donde el talento y el espíritu lo arregla, lo dirige todo, y el trabajo mecánico es la ocupación de las clases ínfimas. Así pues esos hombres de fuerzas privilegiadas solo sirven y son apreciados en los teatros, en los juegos gimnásticos. Nosotros hemos visto diversos Hércules en Madrid, Mateveth, Triao, y otros. En el estado de pura naturaleza serían jefes del pueblo, en el estado de civilización son un espectáculo. La fuerza es la que domina en el estado natural, la inteligencia en la sociedad.

Las mujeres no son ni con mucho tan fuertes como los hombres, y el mayor abuso que estos han podido hacer de sus fuerzas es haber esclavizado, y tratado tiránicamente a esta hermosa mitad del género humano creada para compartir con él los placeres, y las penas de la vida. Los salvajes obligan a sus mujeres a un trabajo continuo, a cultivar la tierra, é ínterin se ocupan estas en tan penosa fatiga ellos perezosamente tendidos a la sombra de un árbol no se levantan sino para ir a cazar, pescar o permanecer en pie horas enteras sin hacer nada. Los salvajes efectivamente no hacen nunca lo que entre nosotros se llama pasearse. Les pasma, no pueden concebir qué utilidad se saca de ir marchando en línea recta, volver después por el mismo camino, y repetir muchas veces esta misma operación. Nuestros paseos del Prado les admirarían seguramente, porque ellos no se mueven por el simple gusto de hacer ejercicio ni encontrarían placer en un movimiento de línea recta y no pocas veces molesto por los apretones y vaivenes de la concurrencia.

Los hombres todos son naturalmente inclinados a la pereza, pero los salvajes de los climas ardientes son los más perezosos, los más indolentes de todos los hombres, los más tiránicos con las mujeres, por los trabajos que exigen de ellas con una dureza verdaderamente salvaje. En los países cultos los hombres como mas fuertes han dictado leyes en que las mujeres son mas o menos bien tratadas según el grado de su civilización, y solo en las naciones más adelantadas en ilustración es en las que la mujer es de igual condición al hombre y tiene iguales derechos, igualdad absolutamente necesaria para la conservación de la sociedad y que ha introducido la suavidad en el trato y la moralidad en las costumbres. A esta suavidad, a este trato culto es lo que se llama política.

Esta política es obra de las mujeres, ellas han opuesto a las fuerzas del hombre sus encantos, a sus armas victoriosas sus gracias realzadas por la modestia, que han sometido al hombre al imperio de la belleza, ventaja de que se hallan dotadas las [56] mujeres y que es superior a la de la fuerza que es el atributo del varón. La belleza empero necesita del arte para triunfar. Distintas y contrarias son las ideas que diversos pueblos se han formado de la hermosura. País hay en que se reputa por el hombre como bello lo que se tiene en otra por deforme. Las cinturas gruesas y anchas son muy apreciadas en Asia, ínterin en Europa se mira como una perfección un talle ligero, delicado y esbelto. Una cintura estrecha es lo que en España se llama buen cuerpo. Si los hombres juzgan con variedad acerca de la hermosura, acordes están en una sola cosa, en el valor de las mujeres. Este valor depende del modo de conducirse ellas mismas. El precio del objeto de los deseos del hombre está en proporción de la dificultad de conseguirlo. Las mujeres son hermosas desde el momento mismo en que han sabido respetarse bastante para no conceder sus encantos sitio a los que los pretenden interesando su corazón y rechazando todo otro camino que el del sentimiento. Una vez inspirado el sentimiento su consecuencia natural es la política en las costumbres, y la civilización.

Así el amor entre las tribus salvajes es una necesidad animal, entre las naciones civilizadas es una pasión, es el sentimiento más delicioso de la vida. Las mujeres entre los salvajes son esclavas, obedecen, no tienen consideración alguna, entre los españoles mandan, tienen la mayor influencia, y son el objeto de nuestras más delicadas atenciones.

M.