Filosofía en español 
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Conde de las Navas

Un progreso

En la primavera de 1834 volvió a España un amigo mío español hasta el hueso; de aquellos de imaginación meridional, de fibra dura, figura seca como bacalao antes de remojar y su cara de ángulos agudos: traía el hombre la cabeza hecha una olla de grillos en fuerza de sus ardientes deseos de prosperidad para su patria y de tantos cuentos como le habían soplado en ella otros españoles que habiendo salido después que él de el país, le relataban (y los creía él) los progresos, que en las maneras de viajar se habían experimentado. ¡Qué revolución tan estupenda tenía el buen hombre en su cabeza, gracias a MACARANDONA. ¡En medio de tantos males como a mi patria han afligido, decía él, algo ha ganado; pues es indudable que en nada se conoce tanto la civilización de un país como en las conveniencias de que disfruta el viajero. Acalorada su imaginación veía visiones y se figuraba que viajar por España sería como en Suiza, Francia o Inglaterra, no una necesidad, sino un placer. Pues señor en este estado, empaquetóse en la diligencia provisto de un pasaporte, aunque sin el visto bueno de la amnistía que estaba en moda en aquel tiempo, franqueó la frontera y respiró el placer supremo, que solo saben apreciar los que han estado privados por algún tiempo de él que comunica el aire patrio: allí se cambió por los ¡hiooo!! monótonos de los conductores franceses, la bulliciosa algarabía de los caleseros españoles; y alegraronsele las pajarillas con las ¡¡Gaoonas! ¡Coronelas! y Capitanas! sazonadas con el ruido de las campanillas y los continuos chasquidos de los látigos. Su ilusión no tuvo por qué entibiarse, pues [47] efectivamente algo habían ganado las posadas de la carretera hasta Madrid, merced a la compañía de diligencias. Descansó en la corte, en la misma fonda donde desde su niñez lo había hecho. En ella fue bien alojado, y tratado aunque sin notar grandes variaciones PROGRESÍSTICAS. Continuó luego su viaje hacia su pueblo y este ya no fue, ni en coche, ni en diligencia, sino reverendísimamente; es decir en mula, que aunque de paso duro, teníalo bastante largo para aligerar el camino y procurarle unas divertidas agujetas o séanse dolores generales en los huesos. Llegó a su destino: y es escusado pintar las emociones de su corazón; pues no es del caso. A los pocos días tuvo que dirigirse a Salamanca, cuna del saber en otros tiempos; pero en ninguno emporio de buenas posadas: dispuso su viaje, ó mas bien le dispuso su dependiente, teniendo en consideración el calor de la estación y las necesidades de un viajero, que pocos como él conocen; y en efecto a las cinco de la tarde fue avisado que todo estaba dispuesto, y esperando en el portal las colosales mulas, que si bien miradas por delante lo eran, por detrás, podían equivocarse con una provista despensa, según las grandes alforjas que encerraban en su inmenso espacio una copiosa provisión de viandas y el vino correspondiente a alimentar aquellas, y alegrar este, a una caravana de religiosos jerónimos. Montaron a caballo y enderezaron las proas de sus GALEONAS por entre riscos y breñas hacia su destino sin que en un par de leguas conociese mi amigo si era camino o despeñaderos por donde los animalitos los conducían: llegados a la llanura, pues es preciso advertir que el pueblo de nuestro viajero eslo de sierra, entablaron el amo y el dependiente una discusión producida por una interpelación de aquel, cuyo objeto fue designar el punto donde deberían descansar un rato y reponer los vacíos o claros que así en los estómagos de los caballeros como en los de las cabalgaduras debería producirlo fuerte y digestivo del movimiento: decía el amo, hombre, puesto que viene esa despensa ambulante, que la noche convida por lo apacible, y que aquel prado, que está a la vista está también convidando, si no a nosotros a nuestras bestias, nada me parece mejor que descansar en él: pero el dependiente conocedor práctico del terreno, no solo no convino sino que hizo triunfar su opinión de continuar hasta una venta donde creía de buena fe encontrarían un cuarto bueno y regular cama para su amo; amen de otras conveniencias que deben tenerse siempre a la vista. Pues señor, para mal de sus pecados y para borrar las ilusiones de que todavía estaba llena la cabeza de quien en continuar no la tuvo siquiera hasta la no bendita venta, punto en que mediaba su jornada, que no era corta, pues lo era nada menos que de doce estrechas y estiradas leguas. Pusieron pie en tierra y entraron en lo que más bien parecía establo que posada; y que se compone de un portal o sea descargadero; a la derecha una estrecha y mezquina puerta o postigo que da entrada a una reducida y humosa cocina, y a la izquierda la caballeriza, acomodaron las caballerías después de la común pregunta de ¿hay cuarto mozo? no señor: ¿pues y el amo y el ama? no están, fueron esta mañana a la fiesta del lugar: pero hombre ¿no habrá una cama para mi amo? no señor. El amo que todo lo observaba en silencio comenzando ya a ver claro y conocer que 20 años hacía era la venta de la Fuensanta lo mismísimo que lo era entonces, y que mirando a el desigual piso del portal lo consideraba como el verdadero descargadero de su traqueteado cuerpo, dirigió la palabra a el dependiente y le dijo: y bien ¿dónde pasamos el mal rato? no hay cuidado señor: ahí donde está vd. de punta, se pondrá tendido en una cama que con las mantas y aparejos le haremos luego que aligerando las alforjas demos pesadez a nuestros estómagos: así se verificó ni más ni menos. Cenaron con buen apetito y tendiendo las [48] mantas entre la entrada de la cuadra y la subida de una escalera, sitio que pareció más seguro y apropósito para descansar: acostóse el amo; y como el cansancio le hiciese superior a el duro y mal pergeñado camastro pudo, si no dormir profundamente hacerlo a asoma traspón. Serían como las dos de la madrugada cuando una especie de asonada despertó a el cansado, y ¡oh progreso estupendo! era el caso que llegó el ventero con su mujer de la fiesta montados ella sobre un jumento, y él sobre una cuba de vino: soltaron el burro que naturalmente encaminó sus pasos hacia el pesebre, y sin reparar en chiquitas soplóse encima del iluminado viajero, que despertando a el mismo tiempo se encontró debajo del jumento, y despavorido y soñoliento salió a gatas, como vulgarmente se dice, exclamando ¡viva el progreso! ¡viva el progreso! y sin despedirse de nadie ni poder echar el susto del cuerpo salió a el campo y anduvo más de una legua a pie, con tal prisa que las andadoras mulas no podían darle alcance maldiciendo la venta, los venteros y a los contadores de tantos embustes con que le hicieron creer que las posadas de España en 1834, eran otra cosa que lo que siempre fueron.

L. A. P. [Luis Antonio Pizarro Ramírez] Conde de las Navas