Filosofía en español 
Filosofía en español


Medicina homeopática de Hahnemann

Desde que emprendimos la publicación de este periódico, nos propusimos hacer el análisis e imparcial crítica de todos los sistemas médicos de nuestros tiempos, y efectivamente empezamos nuestros trabajos bajo este plan que llegó hasta el sistema de Rasori. No habría tardado mucho seguramente en llegar su turno al de Hahnemann a no haber venido a interrumpir este orden el fatal cólera epidémico que ha absorbido por su importancia hasta el presente, nuestra principal atención. Desembarazados ya de este cuidado, daremos conocimiento a nuestros lectores de este nuevo sistema, a fin de que se hallen dispuestos a formar juicio de él, sin perjuicio de que pase a su vez por el mismo crisol a que sujetamos a los que le han precedido.

Este sistema, que no tiene tantos secuaces en Francia como quiere suponer el traductor del Organon que se nos ha anunciado no hace muchos días, sin darnos a conocer siquiera su nombre, cuenta sin embargo mayor número de partidarios en Alemania, que es su cuna, en Italia y en Inglaterra, y no le faltan algunos en España, aunque pocos hasta ahora; porque los españoles no somos tan fáciles en entregarnos a las novedades, particularmente en un asunto de tanta trascendencia, antes de reunir un número de datos capaces de hacernos juzgar hasta qué grado podemos conceder nuestra confianza.

Esta justa prudencia es también otra de las causas del silencio que sobre el particular han debido guardar los periódicos médicos de la Capital, y que parece echarlos en cara el número 444 de la Revista española, pues que desde luego creyeron excusada con sobrado fundamento la exposición lisa y llana de la doctrina del célebre alemán, que, a pesar de la falsa hipótesis del equivocado traductor del Organon{1} era harto conocida de infinitos profesores españoles, pudiendo citar solo en esta Corte más de treinta, entre ellos nuestros estimables comprofesores los dignos catedráticos del Colegio de Medicina y Cirugía de san Carlos, que al tiempo de la publicación de la doctrina Homeopática en Francia se hallaban exactamente impuestos en todos los puntos de la expresada teoría o llámese sistema: fundados pues en estas razones los periódicos Médicos, no han creído conveniente presentar el cuadro de la doctrina de Hahnemann sin acompañar su examen crítico, haciendo ver según el juicio de los redactores, las ventajas o desventajas y el grado de filosofía que encierra, que por de pronto diremos que no nos parece tan elevado como al atrasado apóstol de la Homeopatía en España, de quien distamos mucho respecto de creer que ella sea la única filosofía que ha habido jamás en Medicina: esto supuesto y para que no se nos acuse de morosos por más tiempo publicamos el siguiente extracto, ínterin podemos presentar a nuestros lectores el examen crítico que hemos anunciado.

Casi todos los sistemas que ha habido en la Medicina hasta el presente se han fundado en el principio contraria, contrariis curantur; pero la doctrina homeopática fundada por Hahnemann se funda en el opuesto similia similibus, es decir, que para obtener la curación de cualquiera enfermedad, debe buscarse un medicamento que sea capaz por sí solo de provocar una afección semejante a la que tratamos de combatir; de modo que los vómitos obstinados pueden ser curados por un vómito, las diarreas por un purgante, los sudores por los sudoríficos &c.; pero en una dosis altamente diminuta y conforme a un método particular de administración que expondremos luego. Los homeopáticos dicen que todas las curaciones que los médicos de los demás sistemas han obtenido hasta el día, han sido debidas a la casualidad o a los esfuerzos de la naturaleza.

Sin embargo, los médicos han curado muchas veces a sus enfermos, siguiendo sin sospecharlo la doctrina homeopática; así pues, el díctamo que provoca alguna vez un flujo mucoso por la vagina, ha curado de leucorreas crónicas a la matriz; el agua de rosas se usa con buen éxito exteriormente en las oftalmias, sin duda por causa de la virtud que tienen sus flores de excitar por sí mismas una especie de oftalmia; la dulcamara, que ha provocado muchas veces una erupción herpética, se emplea con igual éxito contra las herpes que aparecen en diferentes partes del cuerpo; el estramonio excita un delirio fuerte, y convulsiones, al paso que cura la corea, varias especies de convulsiones y la enajenación mental; lo mismo puede decirse de la haba de san Ignacio. El uso de la belladona ha producido síntomas semejantes con corta diferencia a los de la hidrofobia; y también esta planta es un remedio eficaz contra la rabia; el beleño ha curado la epilepsia, y en otros casos ha producido convulsiones muy análogas. Una infusión de té muy cargada ocasiona en las personas que no están acostumbradas a tomarle, palpitaciones en el corazón y ansiedad; y tomado en dosis pequeñas, es un remedio excelente contra estos accidentes provocados por otra causa &c. &c.

Pero no son únicamente los médicos los que han usado la medicina homeopática; muchos remedios usados vulgarmente demuestran que se han reconocido no pocas veces los buenos efectos de los semejantes. Fiel ejemplo de esta verdad nos suministra el cocinero que acabando de escaldarse una mano la pone a cierta distancia del fuego; la experiencia le ha enseñado que aun cuando en aquel momento es más agudo el dolor, no tarda mucho la quemadura en mejorarse sensiblemente. Las partes heladas se frotan con nieve &c. Todos los ejemplos precedentes son suficientes (según los homeópatas) para demostrar que en todas épocas se han seguido, sin sospecharlo, los preceptos que hoy en día están reunidos en un cuerpo de doctrina, de los cuales vamos a referir los más notables.

Cuando se presenta a nuestra observación una enfermedad, debemos ante todas cosas buscar y destruir la causa, si es posible; por este motivo quitamos en la oftalmia el cuerpo extraño que la produce, aflojamos el aparato muy apretado que amenaza a un miembro de gangrena &c. Mas como en la mayor parte de los casos la causa del mal nos es desconocida, es preciso ocuparnos en buscar una sustancia capaz de producir los síntomas con poca diferencia semejantes a los que observamos, con el objeto de destruir con una dosis pequeña los accidentes que constituyen la enfermedad. Este hecho lo demuestra la experiencia y sería inútil crear una teoría para dar su explicación.

Es preciso, pues, dividir las enfermedades en dos clases: a saber, naturales, que son las que continuamente observamos, y cuyas causas ignoramos las más veces, y en medicinales, que son las que producen los medicamentos. Los remedios usados antes del descubrimiento de la homeopatía causaban casi siempre síntomas que en hada eran parecidos a los que se quería combatir, de suerte que el procedimiento casi siempre era puramente paliativo, y cuando el estado de los órganos precisaba a suspenderlo volvía a aparecer la enfermedad de nuevo y con más fuerza: por esta misma causa muchos cáusticos alejan por cierto tiempo una enfermedad crónica interna, que vuelve a aparecer tan luego como se cicatrizan las llagas; por lo mismo los purgantes reiterados destruyen momentáneamente una afección de la piel &c., y muchas veces solo se consigue añadir un nuevo mal al que se trata de combatir.

Pero cuando la enfermedad medicinal es semejante a la que nos proponemos curar, estas dos enfermedades encontrándose en el mismo organismo no tardan mucho en destruirse mutuamente; así vemos curarse con las viruelas una infinidad de males semejantes a ellas, tales son la oftalmia, las disenterías &c. Las viruelas destruyen la vacuna, y recíprocamente. Lo mismo se verifica con respecto al sarampión, que no pocas veces destruye para siempre una infinidad de afecciones cutáneas.

Sin embargo, si las enfermedades que sobrevienen de este modo, tienen algunas veces una influencia tan considerable sobre la curación de las anteriores, ¡hasta dónde llegarán los recursos del hombre, que podrá producir a su arbitrio síntomas semejantes, y moderar los efectos de modo que solo les quede un poco más de fuerza que la enfermedad natural a la que deben oponerse!

Estas consideraciones preliminares son necesarias para demostrar que la doctrina homeopática está fundada en la experiencia y en el raciocinio: vamos a ver ahora la marcha que debe seguirse en su aplicación.

Los síntomas son para el médico homeopático la única guía que debe seguir para la clasificación de la enfermedad y la elección del remedio que debe oponerle. Llamado para dirigir a un enfermo deberá, pues, hacerse cargo con el mayor cuidado de todo lo que experimenta, y notar cada cosa escribiéndola; y después examinando el estado del enfermo, tendrá pintada de este modo en el papel la imagen de la enfermedad. Este examen debe ser muy rigoroso, porque de él depende el éxito del método curativo que se proponga adoptar.

Una vez concluido este cuadro, el médico deberá ocuparse en buscar la sustancia que puede constituir una enfermedad facticia lo más semejante posible a la reunión de los principales síntomas de la enfermedad natural que trata de curar.

Para conocer las propiedades de varios medicamentos es necesario usarlos primero en el hombre sano, y notar con el mayor cuidado los efectos que le producen. Esto es lo que el fundador de la doctrina Homeopática practicó consigo mismo y con varios individuos con relación a un número considerable de sustancias; y él mismo recomienda que, ya queramos experimentar su acción o ya producir síntomas que destruyan una enfermedad preexistente, administremos siempre un medicamento solo, y en estado de pureza. Se debe exprimir el jugo de las plantas indígenas y mezclarle con un poco de alcohol con el fin de impedir que se corrompa. Los vegetales exóticos se pulverizan, y se prepara con ellos una tintura; finalmente, las sales y las gomas se disuelven en el agua en el momento mismo en que se va a hacer uso de ellas. Cuando los médicos hayan probado de este modo los efectos que produce cada medicamento y las enfermedades artificiales a que dan lugar, llegarán de una manera cierta y durable a obtener la curación de todas las enfermedades. El arte de curar se aproximará entonces a la certidumbre de las ciencias matemáticas.

Verdad es que aún no se ha llegado a este grado de perfección; pero ya se conocen remedios ciertos para el mayor número de nuestras enfermedades: y si muchos de ellos no producen exactamente los síntomas del mal que queremos combatir, podemos, sin embargo, asegurar que desde este momento el método homeopático obtiene infinitamente mejores resultados, que jamás han producido las doctrinas conocidas hasta el día.

Cuando el médico ha trazado el cuadro de la enfermedad, y escogido el medicamento que produce en el hombre sano los síntomas más semejantes a los que quiere combatir, puede tener por cierta la curación; porque los síntomas semejantes, pero más violentos, que va a producir, van a disipar los que antes existían. Se substituirá en vez de la enfermedad natural, la artificial, y siendo ésta producida por una dosis muy refracta del medicamento, desaparecerá por sí misma al cabo de pocos días.

Cuando el medicamento se administra con acierto, bastan algunas horas o pocos días para restablecer completamente la salud; y apenas percibimos la enfermedad artificial que originamos. Muchas veces después de la administración del remedio homeopático los síntomas se nos presentan más pronunciados. Esta exacerbación es de buen agüero, porque anuncia el desarrollo de la enfermedad artificial; pero no es probable que los síntomas que ocasionamos oscurezcan en cierto modo completamente los síntomas preexistentes: las más veces solo destruimos rápidamente los síntomas principales, y la enfermedad así modificada desaparece al cabo de algunos días. Es claro que el éxito será tanto más completo cuanto el medicamento usado pueda producir en el hombre sano los síntomas más conformes con los que queremos combatir. Por lo demás, el médico jamás debe perder de vista el nuevo estado del enfermo: si los síntomas presentados al día siguiente son diferentes, es menester buscar nuevos remedios homeopáticos, y de este modo combatir sucesivamente los producidos por el remedio y los que no ha podido anular su acción.

El método homeopático debe aplicarse a todas las enfermedades que designamos con el nombre de locales, y que no provienen de alguna lesión exterior, como son los golpes, las llagas &c., porque entonces estas afecciones son pertenecientes a la cirugía. También pueden sacarse buenos resultados de este método, cuando estas heridas, afectando al sistema de la economía, producen síntomas generales. Pero atacar con un procedimiento externo un síntoma local, procurar, por ejemplo, quitar una erupción sarnosa por medio de unturas en la piel, sin curar la enfermedad miasmática interna, es el método más funesto, y sin embargo es el que generalmente se sigue en el día. En todas las afecciones de la piel, como son la sarna,{2} cáncer, sífilis &c., es preciso atacar el miasma capital, que le sino de base.

En el examen del enfermo conviene sobre todo preguntarle su estado moral y la disposición de su espíritu, con el objeto de escoger un medicamento que tenga una influencia semejante sobre su espíritu; así el acónito no produce jamás una curación rápida y duradera cuando el enfermo tiene espíritu igual y tranquilo; ni la nuez vómica cuando el genio es apacible y flemático, ni la anemona cuando es alegre, sereno &c. Las enfermedades del espíritu y del alma se curarán, pues, del mismo modo que las del cuerpo. Pero el procedimiento homeopático no excluye el régimen y las precauciones a las cuales hay costumbre de sujetar a los individuos que padecen afecciones mentales. En los diversos géneros de locura es sobre todo donde ha obtenido este procedimiento brillantes resultados.

En las enfermedades intermitentes el remedio homeopático debe proporcionarse inmediatamente o muy poco tiempo después del paroxismo.

Estando observados los síntomas de una enfermedad y escogido y administrado el remedio, es preciso seguir los efectos, y mientras que se manifiesta francamente y hace progresos la mejoría, es preciso tener cuidado de no contrariar estos saludables efectos con una nueva dosis del medicamento. Sin embargo, cuando la primera no es suficiente para conducir al enfermo hasta el estado de perfecta salud, llega a constituir un punto de paramiento. Examinando entonces los síntomas, se halla el estado del enfermo de tal suerte cambiado, que no conviene ya el mismo remedio. Es preciso, pues, escoger otro medicamento que sea lo más homeopático posible para la reunión de los síntomas restantes.

El régimen dietético debe ser severo; sin dar para esto reglas, podemos decir que es preciso alejar del enfermo todo lo que pueda contrariar la acción del remedio homeopático. Por lo demás, el tratamiento por lo regular es de poca duración; una dosis pequeña basta las más veces en las enfermedades agudas; y es necesario mayor cantidad para las crónicas.

Tales son las bases principales en que estriba el sistema de Hahnemann.

Continuaremos el modo de administrar los remedios homeopáticos.

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{1} Todo resuena ya, dice el entusiasmado traductor del Organon del arte de curar, en alabanza de la única filosofía que haya habido jamás en la ciencia médica, cuando apenas se tiene de ella ni una imperfecta idea en nuestra patria. Estas expresiones nos dan a conocer la sobrada ligereza con que procede en sus juicios el editor expresado, obligándonos a creer que solo ha tenido contacto con infelices sangradores que apenas pueden conocer el lenguaje de la ciencia, pues es imposible que, de haber tratado con algunos profesores regulares, hubiese dejado de hallar quien le hiciese ver que en nuestra patria se tiene algo más que una imperfecta idea de la homeopatía, y que nos compadecemos de la debilidad científica de los alucinados que nada menos la suponen única filosofía que ha habida en Medicina.

{2} La sarna es según Hahnemann el principio de casi todas las afecciones crónicas de la piel y de una multitud de enfermedades internas, como son las calenturas intermitentes, la locura y casi todas las enfermedades crónicas.

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El encargado de la redacción, A. Ortiz de Traspeña.
Madrid. Imprenta que fue de Fuentenebro.
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