Universalistas
El Sínodo de DORDRECHT (V.), que se reunió en 1618 y 1619, enseñó que Dios, por un decreto irrevocable, predestina ciertos hombres a la salvación y otros a la condenación, sin mirar para nada sus méritos o deméritos; que a unos les concede gracias irresistibles que deben necesariamente hacerles llegar a la felicidad eterna, en tanto que rehúsa dar estas gracias a otros, por lo cual infaliblemente han de ser condenados. Tan absurda y revolucionaria doctrina no podía ser admitida por aquellos calvinistas que tenían alguna ciencia teológica, por más que hubiesen caído en otros errores.
Así pues, mientras que una parte de los discípulos de Calvino se dieron prisa en subscribir las decisiones del Sínodo, los otros, manifestándose contrarios, sostenían que Dios concede su gracia a todos los hombres para alcanzar la salvación; por lo cual se les dio el nombre de “universalistas”. Juan Camerou, profesor de teología en la academia de Saumur, y después, Moisés AMYRAUT (V.), su sucesor, abrazaron la doctrina de los universalistas. El último enseñaba: a) que Dios quiere la salvación de todos los hombres sin excepción; que ningún mortal está excluido de la Redención ; b) que nadie puede participar de los beneficios de Jesucristo, sin creer en Él; c) que Dios, por su bondad, no quita a ningún hombre el poder ni la facultad de creer, pero que no a todos concede los socorros necesarios para usar ampliamente de este poder; de donde se sigue que un gran número padece por su culpa y no por la de Dios. Pero fuera de la Iglesia, el espíritu mejor intencionado no puede sustentar el justo medio entre los dos errores, por lo cual Amygraut, combatiendo la predestinación, cayó en el pelagianismo.
Una gran parte de calvinistas, especialmente en Francia, Inglaterra y Suiza, abrazó estas opiniones sobre la gracia.