Filosofía en español 
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Libertinos

1. Significado de esta palabra. Dos significados muy diferentes tiene este vocablo, el uno se aplica a la persona que se entrega al libertinaje, es decir, al desenfreno en sus palabras y acciones o a la falta de respeto a la religión, y el otro se refiere a los hijos de libertos o a los mismos libertos en cuanto opuestos al que nació libre y nunca perdió la libertad, es decir, al ingenuo. La Sagrada Escritura habla alguna vez de libertos y libertinos en este segundo sentido, como luego veremos, pero no aplica el nombre de libertinos en el primer sentido, a los que en nuestro lenguaje vulgar ahora lo aplicamos, sino que les da otros nombres, como “hijos de iniquidad” (Salm. LXXXVIII, 23), “hijos de Belial” (I Rey., II, 12), “hijos malvados, raza de bastardos” (Is., LVII, 4), e&. Trataremos aquí primeramente de los libertinos en el segundo sentido, bajo el epígrafe de libertos.

2. Los libertos. Dos veces en el Nuevo Testamento se hace referencia a los libertos, una san Lucas en los Hechos de los Apóstoles (VI, 9), al hablar de la predicación y los milagros de san Esteban, contra el cual se “levantaron algunos de la sinagoga de los libertinos” o libertos, y miembros de otras sinagogas que “trababan disputas con Esteban”. En este lugar el texto griego emplea el vocablo libertinoi, y la Vulgata libertinorum; y san Pablo se refiere a ellos escribiendo a una de sus Iglesias (I Cor., VII, 22): “Aquel que siendo esclavo es llamado al servicio del Señor, se hace liberto del Señor”, y aquí el texto griego dice apeleutheros, que la Vulgata traduce libertus. Ambos vocablos libertinus y libertus designan la misma clase de individuos pero desde puntos diferentes; libertino es el que nació o por algún tiempo cayó esclavo y luego fue libre; y liberto es ese mismo individuo ya libre, en relación con el que fue su dueño, por ejemplo: Onésimo, aquel esclavo de Filemón del que trata san Pablo en la carta escrita a éste, y que se cree que luego consiguió la libertad, era libertino por razón de haber conseguido la libertad, pero era liberto de Filemón, aun después de ser libre.

Ahora bien, es sabido que muchos de los judíos después de la guerra que contra ellos hizo Pompeyo al frente de las huestes romanas, fueron llevados como esclavos, y algunos de ellos o sus hijos, conseguida la libertad, probablemente fueron los que fundaron en Jerusalén una de las varias sinagogas que había allí de judíos oriundos de tierras extrañas a la Judea o residentes en ellas, como eran las sinagogas “de los cireneos, de los alejandrinos, de los cilicianos y de los asiáticos” (Hch., 1, c.). Y estos tales libertinos fanáticos de la ley de Moisés fueron los acérrimos adversarios del Protomártir cristiano.

En cambio, muchos de los primitivos cristianos, especialmente entre los gentiles, eran esclavos, o libertinos o libertos, por eso, una de las notas con que los enemigos de la naciente Iglesia pretendían injuriarla era con decir que su religión era “la religión de los esclavos”; pero esta nota no era de modo alguno denigrante, porque ante Dios no hay diferencia entre libres y esclavos, como lo proclamaba bien alto el Apóstol de las gentes: “¿Fuiste llamado” al cristianismo “siendo siervo?, no te impacientes viéndote en tal condición; antes bien, saca provecho de eso mismo, aun cuando pudieres ser libre. Pues aquel que siendo esclavo es llamado al servicio del Señor, se hace liberto del Señor, y de la misma manera el que es llamado siendo libre, se hace esclavo de Cristo” (I Cor., VII, 21 y 22); siendo hijos de Dios “nosotros no somos hijos de la esclava” Agar, “sino de la libre” Sara: “y Cristo es el que nos ha adquirido esta libertad” (Gal., IV, 31); somos libertinos, porque antes fuimos esclavos, y somos libertos de Cristo, porque Él es quien nos dio la libertad. Por consiguiente, entre los cristianos “no hay distinción de judíos ni griegos, ni de siervos ni libres” (Ib., III, 28).

3. Los libertinos. Por su libertinaje en expresarse y en su conducta escandalosa, se dio el nombre de libertinos a los miembros de varias de las sectas antiguas y modernas de que está llena la historia; sectas de pretendida religiosidad farisaica, con un fondo de paganismo epicúreo, de herejía y de cinismo. Entre ellas descuella una de tantas sectas que como hongos brotaron del protestantismo, y más concretamente del feroz calvinismo ya en sus principios, hacia el año 1525, secta nacida en Lille, propagada por un sastre llamado Quentin, por otro individuo llamado Chopin y por un sacerdote francés, Antonio Pocques; secta que se esparció en París y en varias provincias, protegida por la hermana de Francisco I, Margarita de Angulema, casada en segundas nupcias con Albret, rey de Navarra, a quien asimismo se debió el desarrollo del calvinismo en Francia, protectora decidida de cuantos fuesen sospechosos de herejía; ella favoreció de un modo particular a los libertinos dándoles acogida en su ciudad de Nerac, en el departamento del Lot y Garona. Esta secta partiendo de un error panteísta, admitía la existencia de un solo espíritu, que era el mismo Espíritu de Dios, el cual animaba a todos los hombres y obraba en ellos y estaba íntimamente unido a sus cuerpos; de donde concluía que el responsable del bien o del mal no era el hombre, sino el mismo Dios, pues era quien obraba en él, por tanto, al hombre nada se le podía condenar ni castigar, y éste podía vivir tranquilamente conforme a sus deseos, fuesen los que fuesen; asimismo los libertinos afirmaban que la redención obrada por Jesucristo no consistía sino en restablecernos en el estado primitivo del hombre, consistente en ignorar el bien y el mal; interpretando a su capricho la Sagrada Escritura, negaban la resurrección de la carne y el juicio universal. Y como consecuencia de estas doctrinas, se entregaban a una vida tan escandalosamente inmoral aun entre tantas sectas viciosas, que merecieron por antonomasia el apelativo de libertinos.

De un modo hipócrito, un fraile se hizo apóstol de esta infame secta, y pretendía probar su doctrina con la autoridad de los Libros Sagrados, negando el pecado original y la libertad humana, y atribuyendo a Dios la culpabilidad del mal. Encarcelado en Ruan por estas doctrinas, su prisión se convirtió en lugar donde acudían a escucharle, y de donde salían sus escritos que eran leídos con avidez, sobre todo por las mujeres. Contra este fraile publicó Calvino en Ginebra una carta en 1547, pretendiendo refutar con la Sagrada Escritura sus doctrinas, cayendo él en idénticos errores, pues no admitía ni la libre voluntad en el hombre, ni la voluntad divina de la salvación de todos, sino sólo de los escogidos, ni la posibilidad en el hombre de guardar los mandamientos si Dios no da la gracia necesitante; y todo esto con la hiel que Calvino mezclaba en sus escritos y sus hechos. Dos años antes había publicado otra carta “contra la secta fantástica y furiosa de los libertinos que se llaman espirituales”. También escribió una carta a la reina de Navarra, en la que decía él, el feroz antipapista, que la tal secta de los libertinos deshonraba a Dios aún más que el Papa, pues éste al menos “conservaba una forma de religión, no negaba la esperanza de una vida futura, enseñaba el temor de Dios, reconocía la diferencia entre el bien y el mal, confesaba que Jesucristo era verdadero Dios y verdadero hombre y respetaba la autoridad de la Sagrada Escritura”.

Desde el siglo XVII ya se denominó con el nombre de libertinos a los afiliados a los clubs de librepensadores y a los que hacían gala de la libertad de espíritu, de despreocupación religiosa unida a una vida de libertinaje.

4. Los libertinos de Ginebra. Dióse este nombre a los miembros del partido que en esta ciudad suiza se formó contra la tiranía y el absolutismo de Calvino, que había logrado hacerse dueño absoluto de aquélla. Los ginebrinos se habían adherido a la reforma protestante para librarse de la autoridad del Obispo; pero poco a poco cayendo en los lazos de Calvino. En sólo cinco años se dictaron en Ginebra, además de innumerables autos de encarcelamiento contra los más ilustres personajes, setenta y seis sentencias de destierro y cincuenta y ocho penas de muerte, entré ellas la del español Miguel Servet, quemado vivo el día 26 de octubre de 1553. Derrotado el jefe de los libertinos, Ami Perrin, en 1555 quedó desde entonces Calvino dueño absoluto de la ciudad hasta su muerte en 1564, dominada con el terror.