Filosofía en español 
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Teodicea

A primera vista, la palabra teodicea parece ser la traducción exacta de una palabra griega. Sin embargo, la teodicea, tal como se entiende, era desconocida de los antiguos. En efecto, ¿qué quiere decir la palabra teodicea? Significa, si se traducen a la letra, de dos palabras griegas de que se halla compuesta, justicia a Dios. Los antiguos nos han dejado teorías y tratados sobre la justicia de Dios y sobre la Providencia, pero no titulaban a estos tratados teodicea. La investigación de los atributos de Dios, la demostración de la existencia de la divinidad formaba para ellos el dominio propio de la metafísica. Más tarde, cuando una nueva religión es levantada sobre las ruinas del antiguo politeísmo griego y romano, cuando los doctores del cristianismo trataron de colocar la revelación divina sobre la razón humana, la ciencia de Dios cesó de ser la que había sido antes.

Al lado de la libre investigación del primer principio, es decir, al lado de la metafísica, vino a colocarse la interpretación del dogma, y creóse entonces la teología. La palabra teodicea no vio la luz hasta el siglo XVII. Leibnitz la imaginó para ponerla al frente de su Tratado sobre la bondad divina y sobre la libertad humana. Si teodicea quiere decir justicia de Dios, tratado sobre la providencia divina, el libro de Leibnitz era precisamente un libro de teodicea; el contenido no excedía siquiera los límites del libro, puesto que la cuestión general de la providencia se resuelve en estas dos cuestiones particulares. ¿Es Dios justo y bueno? ¿Es el hombre libre? Y si es libre, ¿cómo conciliar la libertad humana con la presciencia divina? La palabra inventada por Leibnitz convenia muy bien a su libro. Esta palabra estaba llamada a ser popular por mucho tiempo.

A fines del siglo XVII y en todo el XVIII, no se la emplea sin embargo casi nunca, al no ser al citar la obra de Leibnitz, sobre la bondad divina y sobre la libertad humana. De repente, a principios del siglo XIX, sácase del olvido en que ya hacia la palabra teodicea, y se hizo de uso frecuente hasta el punto de designarse todavía con esta palabra la filosofía que trata de Dios y de sus atributos.

He aquí cómo se hizo tan general la palabra teodicea. A principios del siglo que corre, la filosofía sensualista de Locke y de Condillac gozaba todavía en Francia de altas consideraciones. Laromiguiere, el ingenioso lógico, la enseñaba en la Sorbona. Se quiso reemplazar esta filosofía fina, precisa y exacta por algo más sonoro, más grandioso y más deslumbrador. Royer-Collard y Víctor Cousin se opusieron a la obra. M. Taine ha referido en sus Filósofos franceses del siglo XIX, como Royer-Collard, que acaba de recibir sin esperarle el nombramiento de profesor de filosofía en la Sorbona, tuvo la suerte de encontrar por casualidad un pequeño libro inglés de Dugald-Stewart, sobre las facultades del alma. Coge el libro, le abre y le estudia, y se le lleva a su casa. Este libro explicaba lo que había de ser el espiritualismo francés en el siglo XIX. He aquí el origen del eclecticismo.

Desde entonces empezó a introducirse en las escuelas la palabra, cuando aquellas cuestiones de que se ocupaba fueron reducidas a un cuerpo, y elevadas a condición de ciencia. Es cierto que se hizo con intención o de justificar o de rechazar el sistema del optimismo; pero en este caso la palabra teodicea, al pretender significar apología de Dios, es una expresión inexacta porque representa una idea vaga. No hay dualismo en la divinidad, ni Dios necesita justificación en cuanto a la existencia del mal, puesto que se explica por sí mismo. Aunque se tomen las soluciones panteístas, nada se adelanta como queda demostrado en el artículo Mal (tomo VII, pág. 44), donde quedan indicadas las soluciones católicas y filosóficas. De todos modos, es cierto que el hecho de la existencia del mal en el mundo en nada se opone a la idea de un Dios soberanamente justo y perfecto, como ha demostrado claramente Mgr. Maret, en su obra Teodicea cristiana, que anda en manos de todos, y probablemente se hallará también en la librería de todos los lectores de este artículo.

Calvo.