Filosofía en español 
Filosofía en español


Filosofía del siglo XVIII

Los escritores imparciales, sin distinción alguna, están de acuerdo en atribuir a la funesta filosofía incrédula del siglo pasado, todos los males que afligieron a la Iglesia, cambiaron radicalmente el modo de ser de la desgraciada Francia, y extendieron después por todas las naciones de Europa el espíritu revolucionario con sus lamentables consecuencias.

El barón Henrion, en su Historia general de la Iglesia, tom. XIII, trae un erudito discurso sobre el objeto y resultados de aquella filosofía, del cual extractamos el presente artículo: “El siglo XVIII presenció en el seno mismo de la cristiandad, la conjuración más vasta y universal que hasta entonces había existido contra la religión. Los filósofos modernos concibieron el proyecto de atacar a la Iglesia y destruirla hasta en sus cimientos. El jefe de esta conjuración impía, Voltaire, fue un hombre famoso por su talento, no menos que por sus vicios, y, sobre todo, por el rabioso encono que había jurado a la religión, y por la guerra que la declaró desde su juventud, y que sostuvo, a pesar de sus escasos resultados, hasta la más impotente decrepitud. En breve reunió bajo sus banderas a muchos literatos, que sin méritos sólidos aspiraban a la celebridad; a muchos cortesanos y mujeres frívolas, y sobre todo a muchos libertinos que habían abandonado la religión por la inmoralidad de su razón, y la desenfrenada licencia de sus costumbres.

Comprendiendo que no podían atacar la moral sublime del Evangelio, aunaron todos sus esfuerzos contra sus dogmas y misterios, suponiéndolos en contradicción con la razón, empleando principalmente para desprestigiarlos el sofisma y el ridículo. Al principio se vieron obligados a ocultar su marcha; pero alentados con la acogida que recibieron y con la tolerancia del gobierno, no tardaron en presentarse al descubierto. Viéronse suceder rápidamente una multitud de obras llenas de la mayor impiedad, en las cuales, los atributos de la divinidad, y los misterios más augustos, eran objeto de las más terribles blasfemias y de los sarcasmos más osados. Los que no hayan leído sus obras, no podrán figurarse el frenesí y el furor con que prodigaban a la religión, las imputaciones odiosas de fanatismo, de superstición, de estupidez, de intolerancia, de crueldad y de barbarie, mientras por el estilo de sus escritos se denunciaban así propios como verdaderamente culpables de todos estos excesos. Al ver este inconcebible delirio de un puñado de hombres contra la divinidad, suscítase en la imaginación el recuerdo de aquellos habitantes del Nilo, de quienes habla Diódoro de Sicilia, que molestados por los rayos del sol, y no acertando a librarse de ellos, le insultaban con gritos y exclamaciones impotentes. Faltos absolutamente de freno, publicaron obras, que serán siempre el oprobio de la época que las vio salir a luz, atacando todas las religiones, negando todos los deberes del hombre, santificando todos los desórdenes, llegando alguno a emitir este voto feroz: “Quisiera que el último de los reyes, fuese ahorcado con las tripas del último de los sacerdotes.”

Este odio criminal contra la religión, anduvo secundado por la mala fe de los filósofos, que exageraban los abusos que alguna vez ha habido en la Iglesia, y por la debilidad de los ministros, que al fin son hombres, confundiendo el abuso con la misma religión. Al mismo tiempo daban la preferencia sobre el cristianismo, sobre su culto y sobre sus preceptos religiosos, a los absurdos del politeísmo, a las imposturas groseras de la religión mahometana, y al culto supersticioso y fanático de los pueblos indios. Este odio injusto de los filósofos, no traía su origen de otra parte que de los deberes que la religión impone. Los dogmas de esta humillan el orgullo, su moral reprime las pasiones, y estos supuestos sabios querían seguir libremente su orgullo y sus pasiones. Queriendo someterlo todo a su razón, tenían que detenerse a cada paso por los insondables misterios que la religión profesa; y los que se veían precisados a confesar respecto de la naturaleza, que hay muchos hechos, cuyas causas son desconocidas, lo negaban refiriéndose a su autor, y por una inconsecuencia necia negaban la verdad de los misterios, solo porque no los comprendían. Pareciéndose los filósofos a los gigantes de la fábula, en el delirio de su orgullo, se propusieron nada menos que destronar a Dios mismo, quitarle la adoración y el homenaje de los mortales. ¿Quién creyera que hubieran podido llegar a tal exceso de demencia, y que no se trataba de calumniarlos, si no se supiera que su jefe estaba realmente envidioso de Jesucristo, que se irritaba al pensar en su gloria, y que frecuentemente, con el acento de la desesperación, solía decir: “Este hombre estableció en tres años una religión que yo en vano hace medio siglo que trabajo por destruir”? Esta envidia era más o menos común a todos los escritores que tomaron parte en aquella guerra impía contra la religión. No hay duda que la idolatría de la propia razón es la que hizo a los filósofos enemigos de los dogmas y de los misterios de la religión cristiana, así como la idolatría del corazón les hizo desertar de su moral.

La moral tan pura del Evangelio, pero a la vez tan severa, no podía menos de indignar a unos hombres enamorados de sí propios, que nada querían rehusar a sus sentidos, que consideraban toda privación voluntaria de los bienes, ofrecidos a su goce, como una locura o una estupidez. Aún aquellos filósofos que estaban menos dominados por los sentidos, la encontraban demasiado incómoda; pues no solo prescribe la adoración y amor debidos al Ser Supremo, sino que además ordena un culto externo tan necesario al hombre, y tan indispensable como el mismo culto interno.

Sin embargo, muchos filósofos admitían un culto interior, cuya naturaleza y extensión arreglaba cada cual a su placer. Exceptuando algunos insensatos que en el exceso de su delirio, llegaban a negar la existencia de Dios, la mayoría de ellos hacían profesión pública de lo que llamaban religión natural, la cual hacían consistir en la adoración interna del autor de la naturaleza, sin ninguna especie de culto exterior, y toda su moral se reducía a esta máxima: “A nadie hagas lo que no quieras te hagan a tí mismo.” Pero ¡qué lejos estaban de cumplir con los escasos deberes que esta religión les imponía!

Pero sea cual fuere la moral de los filósofos, reiterados hechos demuestran cuan distante estaba su conducta de conformarse con la máxima que les servía de base. Sabido es que no era por cierto el desinterés, la virtud dominante de su jefe: nadie ignora los medios poco decorosos y delicados con que Voltaire aumentó considerablemente su fortuna.

Difícil seria creer hasta qué extremo llegaba su envidia a toda clase de reputaciones, si sus escritos no lo acreditaran. La historia de sus desavenencias con Maupertuis y La-Baumelle, es una obra cuyas palabras, lejos de ser dignas de la Academia, parecen tomadas de las verduleras.

Mas, sobre todo, por su intolerancia religiosa, ¡quién lo creyera! es por la que estos hombres demostraron la mayor contradicción entre su conducta y sus principios. Todos sus escritos están llenos de las más bellas máximas sobre la libertad de pensar y de escribir, y sobre la tolerancia de todas las opiniones y de todos los cultos. Pero la experiencia nos ha dado a conocer lo que debía creerse de aquellos principios de tolerancia, y de aquel espíritu de moderación que afectaban en todas sus obras, pues cuando llegaron a ser gobierno, y pudieron hacerlo impunemente, se convirtieron en los hombres más intolerantes.

Llevados del ciego encono que los animaba, no solo contra aquellos de quienes tenían que quejarse, sino aun contra todos los que conservaban algún afecto a la religión de sus padres, no repararon en excesos. Aquellas primeras escenas escandalosas que deshonraron los templos de Francia, aquellos insultos tan bárbaros como indecentes, hechos al pie de los altares a mujeres cristianas, ellos son los que los provocaron. La cruel persecución suscitada en toda Francia durante la revolución contra la religión y sus ministros, los atentados sacrílegos de todo género, la espantosa época del terror, los torrentes de sangre que inundaron todo el imperio, los millares de cadáveres arrojados al río por mano de los verdugos, todas aquellas ejecuciones atroces, aquel lujo de crueldad en los suplicios, aquellos atentados nunca oídos en la historia de los pueblos, todo eso ¿no era por ventura obra suya?: ¿no fueron autores inmediatos de estos crímenes por sus consejos, o sus causas remotas, por la influencia de sus escritos? Y, ¡estos son los hombres que criticaban de fanatismo a la religión, que la acusaban de quitar a la razón su libertad, y de hacer violencia al espíritu en sus opiniones religiosas! ¿Qué secta hubo en ningún tiempo más fanática que la que puso las armas en manos de unos malvados, y levantó hogueras y cadalsos, no para obligar a los hombres a dar a Dios el culto que le place prescribirles, sino para obligarlos con el terror a renegar de todas las religiones y cultos?

Hemos visto el uso que hicieron de su poder: faltaba que nos hicieran ver su experiencia y capacidad en materia de legislación y gobernación; pues en esta parte pretendían sobrepujar a cuantos sabios legisladores y grandes políticos ha producido la antigüedad. Jamás se les presentó mejor ocasión de justificar tan orgullosas pretensiones. Los hombres que dominaron en las Asambleas legislativas eran casi todos discípulos o partidarios suyos. Citábanlos como oráculos, y con arreglo a sus máximas redactaron las leyes, y sobre las ruinas de todos los principios religiosos levantaron el edificio de su legislación. No es este el lugar de discutir las diversas constituciones que hemos visto sucederse con tanta rapidez, y que obra de la precipitación o de la violencia, han caído en olvido casi al nacer, no pudiendo por lo efímero de su existencia, lisonjear el orgullo de los titulados sabios que las dirigieron. Parece que la Providencia divina no permitió que ejercieran tanto influjo sobre esas legislaciones proclamadas con tanto énfasis como instrumentos de la felicidad pública, más que para convencer a todo el universo, al que esos hombres orgullosos habían tenido engañado por tanto tiempo, de toda su incapacidad y nulidad de la ciencia, que creían poseer exclusivamente. Con arreglo a sus obras pudieron ser juzgados.

Sin embargo, al pensar en los esfuerzos que esa tan audaz secta está haciendo de un siglo a esta parte para, sostener la conjuración impía fraguada contra la religión, no podemos menos de convenir en que el veneno de su doctrina ha infestado muchas almas, que los filósofos han hecho cómplices de su funesto extravío. Pero ¿qué es lo que a la religión han quitado de sus misterios y de su moral? ¿Cuál es el dogma cuya creencia hayan destruido? ¿De qué promesa de las hechas a la Iglesia han quebrantado la certeza? Gracias sin fin hay que dar a Dios, que acredita de día en día la infalibilidad de sus oráculos. Las puertas del infierno no prevalecieron contra la Iglesia, y todos los ataques y maquinaciones de los filósofos, solo sirvieron para ilustrar las verdades de la fe, confirmarlas con la ciencia, y darlas mayor solidez.

Por último, debemos hacer notar el hecho repetido de los solemnes testimonios que han dado los filósofos contra sí mismo. Aquellos hombres que se jactaban de despreciar igualmente las promesas que las amenazas, mientras consideran aún distante el término de su vida, cuando una enfermedad grave anuncia su hora postrera, desmienten aquella temeridad que les hacía provocar los rayos de la justicia divina. En aquellos instantes, que siempre habían considerado como un sueño, que insensiblemente los hacia volver a la nada, sufren los más acerbos dolores, que los conducen a la desesperación, o los más vivos temores, que los convierten al seno de la religión. En la hora de la muerte, sea con su desesperación o con su arrepentimiento, rinden testimonio a la verdad que han combatido durante su vida. ¿Quién ignora el terrible ejemplo que dio Voltaire en la hora de su muerte? El desdichado espiró en medio de los más atroces remordimientos, devorando sus propias inmundicias, y exclamando lleno de furor y desesperación: Estoy abandonado de Dios y de los hombres. Espectáculo terrible, según su médico, que hubiera desengañado a cuantos se han dejado seducir por sus escritos, si hubieran estado presentes. Lametrie, Boulanvilliers, Dumarsais, el Marqués de Argens, Maupertuis, Toussaint, Boulanger y otros muchos de los corifeos de la incredulidad, se convirtieron en su última hora. Diderot quiso hacerlo, y se lo impidió D'Alembert, el cual, a su vez, quiso hacerlo también cuando llegó su hora, y se lo impidieron sus amigos.

Si sostienen tan mal en su hora postrera esa pretendida fuerza de espíritu de que tanto se jactan los campeones de la incredulidad, ¿qué deberá suceder con la oscura turba de sus prosélitos, que no están interesados como ellos en sostener hasta el extremo el tono de seguridad e intrepidez que tanto afectaban durante su vida? Al aproximarse la muerte se abren los ojos del alma, resuenan terribles los gritos de la conciencia, y la idea de la eternidad cercana los sumerge en la desesperación.

¡Infelices víctimas del error! He aquí los recursos que os ha dejado esa pretendida filosofía, que os arrulló con tan seductoras promesas. ¡Pluguiese a Dios que todos aquellos que se han dejado seducir por ella, no aguardasen a tan terrible momento para arrepentirse y pensar en el terrible porvenir, cuando ya sea tardío su arrepentimiento, e infructuosos sus remordimientos! ¡Ojalá acudan presurosos a beber en el seno de la religión, esa esperanza consoladora que experimenta una alma fiel, que solo ve en la muerte un sueño tranquilo, que la hace dormir con la dulce confianza de una felicidad eterna!

Perujo.