Filosofía en español 
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Vicisitudes y Anhelos del Pueblo Español

Cuarta parte ❦ Hacia el resurgimiento

§ IV
Virtualidad del sindicalismo

Falta de preparación para abordar las cuestiones sindicales.– La lucha de clases.– Interés hacia el obrero.– El neo nomadismo.– La función de la clase obrera.– La atención por el proletariado.– Sindicación: su virtualidad.
 

FALTA DE PREPARACIÓN PARA ABORDAR LAS CUESTIONES SINDICALES.– Uno de los signos que demuestran de manera inconcusa, fehaciente, la enorme disociación con que se desarrolla en las naciones latinas el pensamiento colectivo, nos lo ofrece la falta de preparación y, por lo tanto, el desconocimiento que tenemos acerca de problemas de tanta entidad y hondura como los concernientes a las relaciones entre el capital y el trabajo, los patronos y los obreros. La depresión de los caracteres, sojuzgados por las preocupaciones pseudorreligiosas, producto de la hipocresía ambiente, va acentuándose más y más cada momento; de tal suerte, que se puede afirmar, sin temor a equivocarse, que en España, por ejemplo, los espíritus amplios y reflexivos son planta de estufa. El misoneísmo está tan íntimamente arraigado en la conciencia social, que ha hecho imposible que aquí se operara el movimiento de expansión de las ideas socialistas que en toda Europa y en Norte América se viene realizando en cuanto atañe a la concepción de la moral del trabajador y la consideración que ha conquistado ante el poder público y la sociedad entera el obrero.

La causa principalísima de nuestro atraso es la absoluta disparidad existente entre el modo de considerar los fenómenos inherentes al progreso material y los que conciernen al psiquismo, a la educación cívica: al Arte, la Ciencia, la Filosofía, las disciplinas sociológicas, la Cultura, en síntesis. Error lamentable, gravísimo, es éste, porque en todos los órdenes de la vida, la experiencia demuestra que hay tal convergencia, que en muchas ocasiones la correlación llega a ser absoluta. No cabe, pues, en la hora presente prescindir ni un solo instante de un factor importantísimo: el maquinismo, cuya significación y extraordinaria importancia son incuestionables, ya que ha determinado la mayor de las revoluciones, la que supone la transmutación del valor ético y asimismo la total inversión de los términos en que se hallaban planteados los fenómenos de la producción.

 
LA LUCHA DE CLASES.– Aunque los reaccionarios y los retrógrados de todas las castas perseveren negando insistentemente y se atrincheren en su credo, ya desacreditado, de que los acontecimientos son por completo ajenos a toda influencia humana y no dependen del choque de las ideas encontradas, es indudable que, a pesar del escepticismo burgués que en nuestra tierra hace estragos, la evolución, en esto como en todo, se realiza majestuosamente, siquiera sea con las intermitencias propias de todo proceso ideológico. Es punto menos que imposible abrigar en estos tiempos la necia pretensión de que aquellas ventajas que se consiguen por el obrerismo en todos los pueblos contemporáneos, dejen de obtenerse en España a título de excepción, ciertamente nada gloriosa. Sostener en serio, tratando de convencer a las gentes, que la lucha de clases, tal como actualmente tiene lugar en todos los países del continente europeo, Australia, Nueva Zelanda, los Estados Unidos, el Japón, &c., puede cesar en un momento determinado, como obedeciendo al conjuro de algún misterioso mandato omnímodo, es, además de erróneo, imperdonable. Cuando la Ciencia evidencia que las luchas modernas vienen a ser algo superior e independiente de la voluntad, no se concibe que haya espíritus estrechos, raquíticos, con una visión parcial de los hechos históricos que, después de todo, según ya está averiguado, no son otra cosa que una mera resultante de las fuerzas sociales en tensión, un producto de la dinámica total de los pueblos.

El sinnúmero de cambios, las mutaciones que en distintas épocas se operaron en la esfera del trabajo, muestran y hacen bien patente que la persistencia de la protesta de los asalariados y la aspiración sintética a intervenir el proletariado en el desenvolvimiento y renovación de la vida social, constituyen una manifestación elocuentísima del eterno devenir, ley sociológica que rige la marcha de las naciones.

 
INTERÉS HACIA EL OBRERO.– La suerte del obrero a nadie, en nuestra época, puede serle indiferente. En los instantes de intimo recogimiento para el espíritu, cuando tratamos de poner en orden las múltiples impresiones recibidas en el tráfago del batallar cotidiano por subvenir a las necesidades, cada vez más absorbentes y despiadadas, de la existencia, cualquier detalle leído en los periódicos trae a la memoria algún recuerdo aciago y doloroso, que nos emociona súbitamente –haciéndonos pensar en la aflictiva situación de esos millares y millones de obreros que trabajan de sol a sol– y despierta en el ánimo más impasible un sentimiento de honda simpatía, de cordialidad hacia lo rudo y callado de su labor, la inestabilidad de su posición, los paros forzosos, las penosas condiciones en que de ordinario se ven obligados a trabajar, &c.

 
EL NEONOMADISMO.– El industrialismo, la concurrencia inherente al despertar de la actividad manufacturera, aunque aquí es poco intensa, ha producido el fenómeno social del nuevo nomadismo y con ello ha aparecido una manera especial de actuación, que podría denominarse la familia convencional, porque el obrero que por imperio de las circunstancias se ve obligado a cambiar de residencia en demanda de ocupación, forma un nuevo hogar en la localidad donde se halla, porque las más de las veces carece de recursos para trasladar a su primitiva familia. Este hecho, es una de las manifestaciones de la ilegalidad, que se convierte, en realidad, en una norma de conducta, que aunque esté en pugna con los preceptos estatuidos, tiene una importancia social que no se puede desconocer, pues disocia la célula social, la familia, lo cual trae como consecuencia, el extravío de los cónyuges y el abandono de los hijos, siendo en la actualidad un elemento de trastorno de la situación jurídica de España. Si nuestros legisladores se hubiesen preocupado de los problemas que conciernen al trabajo, habrían dictado disposiciones para regular el funcionamiento de la vida proletaria por medio de las colonias obreras, las asociaciones de mutualidad, cooperación, &c.

 
LA FUNCIÓN DE LA CLASE OBRERA.– ¿Quién es incapaz de comprender el heroísmo innominado de esos pobres mineros que se juegan la vida a cada momento y que cuando entran en el ascensor para descender a las mortíferas galerías ignoran si la luz del sol volverá a herir su retina? ¿Quién que haya pasado, siquiera sólo breves horas, en una fundición o en una fábrica de vidrio no guarda un recuerdo imperecedero de aquellos espectros de rostro requemado, casi negro y respiración fatigosa, anhelante, que se mueven de acá para allá, entre el vivo fulgor de la roja llama que amenaza envolverlos? ¿Quién no ha sentido una inmensa compasión ante aquel cuadro macábrico digno del vigoroso pincel de Rembrandt? ¿Quién no ha creído ver en el contraste que ofrecen la boca flamígera del horno y las paredes ennegrecidas por el humo, el símbolo del odio concentrado en unos, en los obreros, y de la indiferencia cruel de los patronos y del Estado? ¿Quién no ha pensado: quizá algún día del calor de estos hornos, como de las entrañas de la tierra, surja potente, avasallador, un grito de rebeldía, de santa indignación, una llamarada justiciera que disipe tantas sombras?

Y no son tan sólo estos infelices, los parias modernos condenados a trabajar en la mina, la fundición y la fábrica, los que nos interesan sobremanera, llenando el ánimo de preocupaciones, sino todos los obreros en general, por fácil y cómoda que se nos figure su tarea. Aun la menos ingrata, tiene su amargor y ocasiona fatiga, hace víctimas, supone crímenes, derechos hollados, dolor, hombres vencidos, en fin. El más inhábil de los operarios, el bracero y el gañán mismo, son agentes valiosos, dentro de su esfera, del progreso social. ¡Cómo dudarlo! Cada uno de ellos cumple un cometido; desempeña su papel y rinde una utilidad que tiene su valor. El egregio poeta francés Sully-Prudhomme, lo comprendió perfectamente al escribir aquel hermoso soneto titulado: «Un sueño».

No cabe desconocer que es a los obreros a quienes debemos principalmente la noción de seguridad en la existencia diaria. Sabemos que, gracias a ellos, a lo titánico de su esfuerzo silencioso, en el haz de la tierra se van realizando las cosas a su hora y en el lugar adecuado; que cuando sentimos hambre, sed o sueño, encontramos, merced a los eternos siervos, el modo de satisfacer nuestras imperativas necesidades. Por esta razón, aunque no hubiese otras de mayor transcendencia, son legítimas sus quejas y sus peticiones, las cuales, por haber sido secularmente desoídas, adquieren a veces los tonos violentos de una airada protesta, y son justos sus clamores y requerimientos, para que los servicios que prestan a la sociedad alcancen la suficiente retribución para recompensar debidamente el esfuerzo llevado a cabo en todos los fenómenos de la producción.

 
LA ATENCIÓN POR EL PROLETARIADO.– Pero hay, por desgracia, todavía tantas, tan penosas y miserables ocupaciones, que no es posible renumerarlas cumplidamente, ni aun echando mano de todo el oro existente en las arcas de los Bancos. He ahí por qué es preciso amar al obrero, prestarle una protección resuelta y efectiva, preocuparnos por su suerte y coadyuvar sin reservas en su lenta ascensión hacia el bienestar y la emancipación.

Pero no es quererle bien halagar sus prejuicios y excitar su emotividad hasta exacerbar las pasiones. Desde hace mucho tiempo –más de medio siglo–, la mayoría de los agitadores y aun los hombres de acción de los partidos de la extrema izquierda, se dedicaron a indicarle al proletariado cuáles eran sus derechos. Hicieron bien; los meneurs del período romántico del socialismo cumplieron perfectamente al efectuar la propaganda de los principios igualitarios. Pero hoy las circunstancias nos dicen terminantemente que la labor de proselitismo, cuando no va acompañada de un contenido ideológico que esté arraigado hasta lo más recóndito de nuestro ser, no puede alcanzar gran vitalidad ni llegará, por lo mismo, a infuturarse.

Las contrariedades que lleva aparejadas la existencia en la actualidad, reclaman y exigen que se atienda con otros medios a plantear el problema obrero tal cual se presenta, en conjunto y en los detalles. Pero ante las apremiantes demandas de la falange de los asalariados, significan muy poco las victorias obtenidas en el orden jurídico. Hay que ahondar más el escalpelo. No es bastante haber aumentado el sentimiento de la dignidad, y, por consiguiente, el valor social del obrero, enseñándole teóricamente cuáles han de ser los rendimientos de la energía nerviosa y del esfuerzo muscular, al demostrarle que no es un esclavo, que cuenta con la protección de las leyes y que tiene el derecho inalienable e imprescriptible de alzar la frente ante los que pretenden seguir oprimiéndole y explotándole. Es, además, preciso decirle al obrero que para hacer efectivas tales ventajas y conquistas, urge que se compenetre de la potencia insólita, colosal, enorme de la asociación profesional, en la que hallará la palanca de su redención económica basada en lo solidaridad moral.

 
SINDICACIÓN: SU VIRTUALIDAD.– El obrero para conseguir sus anhelos, la ansiada emancipación integral, ha de unirse y tejer vínculos de afecto y mutualidad, adentrándose las fórmulas prácticas, fruto de los postulados de la ciencia sociológica, que le servirán de medios seguros y eficaces para oponer victoriosamente en la lucha por la existencia el trabajo al capital. El sindicalismo ha sido pródigo en resultados tan excelentes que han restituido algo de lo que abolió la Revolución al suprimir las Corporaciones. La unión de los obreros ha de afianzarse para que resulte una fuerza incontrastable. Aun desde el punto de vista de los mismos contra quienes se dirige el sindicalismo, considerado ahora por muchos como arma de dos filos altamente peligrosa, es excelente en grado sumo, puesto que, como toda organización social disciplinada y coordinada, es cien veces superior a una masa anorgánica y sin freno. Es incuestionable que antes de poco el sindicalismo, habiendo gastado todo el fuego de su juventud, comprenderá lo vasto y transcendental de su misión en la Historia. Aquel día aparecerá, no como un organismo de desorden y perturbación, sino como un instrumento que servirá para una leal inteligencia entre obreros y patronos, beneficiando por igual a unos y a otros al concertar los intereses del capital y los del trabajo.

No hay, pues, derecho a indignarse ante los sucesos ocurridos hace cuatro años en Parma, con motivo de las colisiones sangrientas motivadas por la huelga agraria, y posteriormente en Vigneaux y Draveil, por los disturbios que tanto preocuparon a los gobernantes franceses y a la prensa europea en general. No hay para qué oponerse a cuantos nobles esfuerzos tiendan a mejorar la suerte de los obreros. Lo único que hemos de procurar es que los que se proponen oficiar de directores del movimiento reivindicador, al mismo tiempo que traten de derrocar la injusticia secular, ejerzan una influencia decisiva en el obrero para decidirle, por medio de una educación bien orientada, a formarse una nueva concepción del mundo y de la sociedad más justa, más equitativa, más humana. Hay que robustecer ante todo la voluntad y acrecentar el amor al trabajo, despertando la vocación y señalando los peligros de la negligencia. Esto es, en suma, lo que la sinceridad nos obliga a predicar al obrero. Aquellos que consigan inculcar en el ánimo de las clases proletarias estos sanos principios, se habrán mostrado más amigos de ellas que los que se limitan a hablarles sin cesar de meros derechos.

Que acertaron en sus anticipaciones Marx, Lassalle, Engels, Henry George, Malon, Antonio Labriola, y otros, definidores y propulsores del movimiento emancipador del cuarto estado, lo evidencia, por modo incontestable, el éxito que ha alcanzado en los últimos lustros, el asociacionismo obrero. La aparición del proletariado organizado proclama el triunfo ruidoso y definitivo de las nuevas concepciones económicas, basadas todas ellas en los principios científicos.

A las abstracciones absolutistas y arbitrarias, producto del saber a medias, han substituido las concreciones relativistas del pensamiento sincrético. El relativismo del dato es, en la actualidad, el fundamento de la inducción, y el conjunto de estas constituye el concepto que, de empírico, siguiendo la evolución inherente a todos los fenómenos psicológicos, deviene, a la postre, en conocimiento genérico.