Discurso del
Excmo. Sr. D. Juan González Cabo-Reluz,
decano de la facultad de Teología de la Universidad de Madrid,
en el acto solemne de la apertura de los estudios de dicha Universidad, celebrado el día 1.º de octubre de 1846,
y presidido por los Excmos. Señores Ministros de Estado y de la Gobernación de la Península.
La Teología, lejos de condenar el estudio de la Ciencia, la considera como muy útil para la explicación y defensa de la doctrina de la Religión.
Madrid 1846. Imprenta y Fundición de M. Rivadeneyra y Comp.
Calle de Jesús del Valle, núm. 6.
Excelentísimos Señores.
El año pasado, en este solemne acto, el esclarecido profesor que ocupaba esta cátedra, decía: Una la naturaleza como su Autor, no es tampoco más que una la ciencia de comprenderla; y deduciendo de este principio la natural unión e intrínseca conexión de todas las ciencias entre sí, que siempre existiera, proclamaba el escolástico y legal consorcio que en aquel momento contraían por la inauguración del nuevo plan de estudios. Ampliando yo tan bello y oportuno pensamiento, vengo hoy a examinar, si en la comunión y alianza de todas las ciencias entra la ciencia de la Religión revelada. Repúgnanlo ciertos hombres amigos de la Religión, pero poco afectos a las ciencias; y lo niegan otros hombres que se precian de amantes del saber, y que son adversarios más o menos declarados de la Religión. Hay otra clase de personas, religiosas e instruidas al mismo tiempo, que no considerando en la teología sino la exposición metódica de las verdades reveladas por Dios, superiores e inaccesibles a la razón, creen que nada tiene que ver con las ciencias que nos enseñan las verdades descubiertas y ordenadas por el entendimiento humano. Así piensan la escuela racionalista alemana y la escuela ecléctica francesa. De estos pareceres, nacidos de distintos motivos y difundidos en el mundo por sabios y por ignorantes, se ha llegado a formar una opinión bastante generalizada, por desgracia, de que la ciencia teológica, si acaso merece este nombre por no ser susceptible de progreso, no debe ni puede hermanarse con las demás ciencias; que su estudio árido, abstracto y puramente clerical no tiene interés alguno para el común de las gentes; y que es imposible dar a sus investigaciones la variedad, la amenidad y el incentivo de la curiosidad, que prestan tanto atractivo a los otros estudios científicos y literarios.
Contra este errado modo de pensar, que no será el vuestro, ilustrados profesores de esta Universidad, me propongo hacer ver: que según la constante opinión de la Iglesia, y el ejemplo de sus más insignes doctores y pastores, la teología, lejos de condenar el estudio de la ciencia, le considera como muy útil para la explicación y defensa de la doctrina de la Religión; y que así sucede en efecto, en todos los casos en que se ha pretendido encontrar oposición entre las verdades religiosas y las científicas.
He elegido este asunto profundo y serio, entre otros más ligeros y amenos que aún me presentaba mi cansada imaginación, porque es sin duda el más propio de mi estado; pero más principalmente porque es de mucho interés para la causa de la ciencia que tengo la honra de enseñar, y para la dignidad y honor de las demás ciencias, tan dignamente representadas en este respetable claustro. Sin embargo, quizá no habré tenido acierto en haber escogido un asunto tan vasto, que es imposible encerrarle en los estrechos límites de un discurso académico. Espero que tendréis presente esta circunstancia y otras que me son personales, para escucharme con indulgencia si solo os presento el mezquino bosquejo de un magnífico cuadro: de aquel cuadro que simbolizó un pintor famoso en los techos del Vaticano, representando a la Religión asistida y servida por todas las ciencias.
Desde los primeros tiempos de la Iglesia, no han faltado cristianos, que con la mejor intención han creído que los estudios profanos son incompatibles con la ciencia sagrada, ya porque los juzgan reprobados en las santas Escrituras, y ya porque distraen la mente de la contemplación de las cosas divinas. Esta clase de hombres tímidos dirigió al principio su oposición contra la filosofía, que muchos santos padres, particularmente los de la escuela de Alejandría, procuraban conciliar con la teología cristiana. Clemente Alejandrino los impugnó con el mayor vigor, consagrando una gran parte de sus sabias obras, las Hipotiposis y las Estrómatas, a la defensa de sus estudios favoritos. San Basilio el Grande siguió sus huellas, y fue en su siglo un ardiente defensor del estudio de la filosofía y de la literatura; y así es, que no temió recomendar a la juventud cristiana la lectura de los poemas de Homero. San Gregorio de Nisa habla de San Basilio con mucho elogio, porque sostenía estos principios tan favorables a la causa de la Religión, y les daba fuerza y realce con su propio saber.
San Gregorio de Nacianzo profundizó aún más las ventajas de la ciencia. Había estudiado en Atenas al mismo tiempo que San Basilio; y animados del mismo espíritu religioso, se habían dedicado con el éxito más brillante al cultivo de la filosofía y de las buenas letras. Su condiscípulo Juliano comprendió el motivo de la importancia que ellos y los santos hombres de su tiempo daban a la ciencia humana, y el uso poderoso que de ella hacían para combatir la idolatría; y así es que, luego que declaró su apostasía, publicó un edicto en que prohibió a los cristianos asistir a las escuelas públicas y dedicarse al estudio de las ciencias: providencia que fue mirada en la Iglesia como una formal y cruel persecución. San Gregorio de Nacianzo fue pues uno de los padres griegos que con más calor sostuvo la conexión de la ciencia profana con la ciencia divina; y para que se vea en qué concepto tenía a los cristianos que pensaban de otro modo, referiré estas notables palabras que pronunció en la oración fúnebre de San Basilio: «Pues qué, ¿se ha de condenar la erudición porque así se les antoja a algunos hombres? Muy al contrario: tengamos a estos hombres por unos necios y por unos ignorantes, que quisieran que todos los demás se les asemejasen, para no ser conocidos entre la multitud, y poder así ocultar a todo el mundo su falta de educación.»
Si volvemos la vista a la Iglesia de Occidente, encontraremos la misma severidad contra los detractores de la ciencia profana. San Jerónimo, por ejemplo, se mofaba de ellos en estos términos: «Toman la ignorancia por la santidad, y están muy ufanos porque se creen verdaderos discípulos de los pobres pescadores que promulgaron el Evangelio.» Su ilustre amigo San Agustín contaba la ciencia mundana como una cosa necesaria al teólogo; y así ensalza tanto a un Cipriano, a un Lactancio, a un Victorino, a un Optato y a un Hilario, porque se habían apropiado, según la metáfora de aquellos tiempos, las riquezas de los egipcios para adornar el Tabernáculo del Señor: es decir, los conocimientos de la literatura pagana para ilustrar la ciencia teológica. ¿Y cómo habían de pensar de otro modo todos los padres, tanto griegos como latinos, cuando en sus escritos encontramos acumuladas las riquezas de la antigua ciencia, y en su estilo vemos que estaban familiarizados con los modelos clásicos? Y bien: esta reunión de las letras divinas con las humanas, que todos los padres de la antigua Iglesia poseyeron en mayor o menor grado, pero sin excepción, pues no hubo ninguno a quien pueda llamarse iliterato; esta reunión que con tanto empeño defendieron los más distinguidos, ¿fue inútil, fue perjudicial a la causa de la verdad? Díganlo los libros apologéticos de Tertuliano y Justino, de Arnobio y Orígenes, donde se ven empleados todos los argumentos que podía suministrar la ciencia pagana para combatir contra los paganos; díganlo los libros polémicos de San Basilio y San Jerónimo, de San Gregorio y San Agustín, donde se hace uso de todos los conocimientos filosóficos y literarios de la antigüedad para refutar las herejías de su tiempo. Pero pasó aquella dichosa edad, en que los maestros de la Religión estaban instruidos en la ciencia de Dios y en la ciencia de los hombres, y la siguió otra, en que los estudios sagrados y profanos fueron decayendo hasta el punto de quedar el mundo envuelto en las tinieblas de la barbarie. Y cuando llegó esta edad de hierro, ¿quiénes conservaban algunos restos del antiguo saber? Los clérigos, los que en las iglesias y en los monasterios estaban dedicados al servicio del culto y a la enseñanza de la Religión. Así lo atestigua de un modo irrefragable la historia de los siglos medios. En los que reinó la mayor oscuridad e ignorancia, el IX, el X y el XI, en las iglesias y en los monasterios, se recogían, se copiaban y se custodiaban los manuscritos de los autores profanos; y sin los cuidados del clero, casi toda la sabiduría de la antigüedad hubiera quedado perdida para el mundo. No me detendré a ponderar el inmenso beneficio que este celo acarreó a la humanidad, pero no puedo menos de observar que, en el largo período que medió entre la civilización antigua y la civilización moderna, lo mismo pensó sobre la utilidad de la ciencia humana la Iglesia ilustrada y guiada por sus hombres más eminentes, que la Iglesia en que lucían todavía un Alcuino, un Lanfranco, un Anselmo, un Bernardo y un Tomás de Aquino. Todos estos insignes teólogos, que si no igualaban a los antiguos padres en mérito científico, por la diferencia de los tiempos en que unos y otros vivieron, gozan sin embargo de una justa celebridad, habían aprendido de sus predecesores y maestros a unir el estudio de la teología con el de las ciencias. Citaré por ejemplo a un San Bernardo, cuyos escritos están llenos de erudición profana, y que compuso uno de sus sermones con el objeto exclusivo de probar que el conocimiento de la ciencia humana es bueno y provechoso; a un santo Tomás, que en sus voluminosas obras, a las que puede darse el nombre de enciclopedia del siglo XIII, recogió cuanto entonces se sabía en jurisprudencia, en filosofía, en historia natural, en historia profana y en literatura.
Vengamos ya a los tiempos modernos, y veamos cómo pensaba la Iglesia, después de la restauración de las letras, o sea después de la revolución intelectual que empezó en el siglo XIII y tomó tanta fuerza en el XVI. Los teólogos, es preciso confesarlo, no seguían con paso firme el movimiento del siglo, y aun se iban quedando rezagados; pero llegó el protestantismo levantando la bandera de libre examen contra la autoridad, y sosteniendo sus pretensiones con las armas de la ciencia, y entonces ya fue necesario servirse de las mismas armas para defender las antiguas doctrinas. Los primeros que impugnaron a Lutero, como Silvestre Prierio, Jacobo Latomo y algún otro, emplearon solo argumentos tomados de la teología escolástica, y esto tuvo un infeliz resultado. El heresiarca y sus discípulos, que se iban captando mucha popularidad por su elocuencia y su pericia en las humanidades, concitaron el desprecio y la risa pública contra sus inhábiles adversarios; y la buena causa, mal defendida, fue perdiendo terreno y cundiendo el error. Pero este triunfo de los protestantes fue de corta duración: los doctores católicos conocieron bien pronto la necesidad de refutar los nuevos errores con el auxilio de las lenguas sabias, de la crítica y de la historia, y así lo hicieron con el mejor efecto. Con solo mencionar las obras de controversia de Belarmino, de Arnaldo, de Nicole y de Bossuet, se da a conocer el grado de perfección a que llegó la teología polémica. Desde la reforma de Lutero, los estudios eclesiásticos recibieron un fuerte y benéfico impulso; y como ya observaba en 1529 el doctor parisiense Juan Mayor, «entre los gravísimos males que causó aquel gran cisma, produjo el bien de que los teólogos se dedicasen al conocimiento e ilustración de las verdades reveladas, y desechasen las cuestiones ajenas y aun indignas de su instituto.»
La España, esta nación de contrastes y anomalías, ejemplo vivo de las vicisitudes humanas, en cuyas aulas de teología dominaba el más bárbaro escolasticismo, y en cuyos púlpitos se ostentaba el más extravagante culteranismo, a fines del siglo XVII y la primera mitad del XVIII se había anticipado a todas las naciones de Europa en la reforma de los estudios sagrados; y sus teólogos, sin necesidad del estímulo de los protestantes, comprendían ya perfectamente a fines del siglo XV la genuina teología: es decir, la ciencia divina depurada de la liga de la filosofía arábigo-aristotélica y amalgamada con las ciencias. Podrá esto parecer una paradoja; pero una sencilla prueba mostrará que es un hecho histórico. En los primeros años del siglo XVI se fundó la universidad de Alcalá; y en el seno de aquella escuela naciente, cuyas glorias se oirán siempre con gusto e interés en este recinto, se trabajó la Biblia complutense. Este monumento literario, más grandioso en su línea que el colegio de San Ildefonso en la artística; esta políglota, que ha servido de modelo a todas las demás que después se han publicado, y que contiene cosas que aún hoy día causan admiración a los sabios católicos y protestantes, hace conocer los hombres que el gran Cisneros atrajo a su universidad para ser sus primeros maestros. A medio siglo de existencia, ya contaba la universidad de Alcalá entre sus hijos a Tomás de Villanueva, Juan de Medina, Pedro Serrano, Pedro de Fuentidueña, Benito Arias Montano, Domingo de Soto, Gaspar Cardillo Villalpando, Alfonso Salmerón, Domingo Báñez, Alfonso Deza y Gabriel Vázquez: todos tan profundos teólogos como hábiles humanistas. Si me fuera posible revolver los anales de las otras universidades de España, podría presentar iguales catálogos de teólogos ilustres que florecieron en aquella época; pero basta recordar el gran número que se presentó en el concilio de Trento, y admiró al mundo católico por su saber en las ciencias sagradas y profanas. Sin embargo, no puedo dejar de nombrar a dos de ellos, Melchor Cano y Luis de Carvajal, los cuales, mucho más de un siglo antes que Launoy, Dupin, Mabillon, Fleury y Verney escribiesen sobre la reforma de los estudios eclesiásticos, habían publicado, el uno la célebre obra de Locis Theologicis, y el otro el estimable libro de Restituta Theologia. Pero ya debo concluir este punto, pues lo dicho es más que suficiente para manifestar cuáles han sido la opinión y la conducta de la Iglesia católica, con respecto al uso y utilidad de la ciencia profana para la defensa y explicación de la verdad revelada; y si todavía hubiese hombres inconsiderados, que persistiesen en sostener que la teología no necesita estos socorros extraños y artificiales, les diré con un sabio obispo inglés: si la Religión no ha menester la ciencia, menos necesidad tiene de la ignorancia.
Otra clase de contrarios tiene el enlace de la teología con la ciencia, y es la de los enemigos de la Religión que pretenden que muchos hechos revelados están en contradicción con las verdades naturales; que los grandes adelantamientos en todos los ramos del saber destruyen o debilitan algunas de las pruebas de la revelación; y que así, lejos de tener interés la teología en acompañarse con las ciencias humanas, las mira con recelo, y en vez de fomentarlas ha querido siempre comprimirlas. A estos tres capítulos pueden reducirse las objeciones que hacia la falsa filosofía del siglo XVIII y en parte hacen hoy día la secta racionalista y la escuela ecléctica contra la asociación de la teología con la ciencia. Estas objeciones, estas calumniosas acusaciones, no son nuevas en el fondo, ni deben su origen a los grandes progresos que han hecho los conocimientos humanos en los tiempos modernos; son tan antiguas como el cristianismo. Celso, uno de sus primeros antagonistas, ya las propuso, y quiso burlarse de los cristianos, porque tenían miedo a la ciencia como poco favorable a su causa. Pero Orígenes, el sabio quizá más universal y más profundo que tuvo la Iglesia primitiva, refutó victoriosamente todos los argumentos y confundió todas las acriminaciones del filósofo epicúreo. La misma suerte han tenido las impugnaciones que después de trece, catorce y quince siglos han reproducido los discípulos de los Celsos, de los Lucianos, de los Porfirios, de los Julianos y de los Yamblicos, más pertrechados aún que sus maestros con las armas que les prestaban los descubrimientos y mejoras con que se enriquecían las ciencias y la literatura; porque, nuevas investigaciones hechas a conciencia y nuevos descubrimientos debidos a un infatigable estudio, han confirmado la perfecta armonía y concordancia de la fe con la razón. En efecto, los argumentos tomados de la etnografía o lingüística, de la historia natural y fisiología del hombre, de la historia y de la arqueología, de la geología, de la cronología y astronomía, y hasta de la anatomía comparada y de la medicina, han sido maduramente examinados y completamente refutados. Larga, mas no difícil tarea, sería la de presentar a vuestra consideración todo este cúmulo de objeciones y de raciocinios fundados, ya en falsas suposiciones, ya en datos equivocados y ya en teorías controvertidas; y las concluyentes respuestas dadas a tantos y variados argumentos, ora por hombres de la ciencia que han trabajado en los progresos de esta, sin cuidarse de la defensa de la revelación, y ora por hombres de la fe que han estudiado la ciencia para concordarla con la religión; pero ¿adónde me conduciría esto? A formar casi todo el curso elemental de la cátedra de estudios apologéticos de la Religión, que el Gobierno de Su Majestad ha tenido a bien encargarme. Habreme pues de contentar con algunos pocos ejemplos.
La palabra de Dios ha considerado siempre al género humano como descendiente de un padre único; y si se suponen diferentes creaciones de hombres sin ninguna relación entre sí, el profundo arcano del pecado original, el glorioso misterio de la redención, todo el sistema del cristianismo cae por tierra. Pero ¿cómo se han de reducir a una sola especie las multiplicadas variedades de familias humanas? Pues qué, ¿la historia natural no ha establecido divisiones tan profundamente marcadas entre los caracteres físicos de diferentes castas, que hacen increíble que una haya salido de otra? ¿Puede concebirse acción alguna de causas, ya instantáneas, ya sucesivas, que haya podido convertir la conformación de la cabeza y el color de todo el cuerpo de un negro en las formas y en la blancura de un europeo; o hacer que un etíope haya mudado de piel y producido las otras razas? El teólogo obligado a refutar estas objeciones, hechas por hombres que o niegan la divina inspiración de las Escrituras, o miran las narraciones del Génesis como mitos o alegorías, o ha de enmudecer o ha de acudir a la ciencia de que ha salido la objeción. Sí, señores: con el auxilio de la fisiología y de la historia natural del hombre podrá responder: que ni la forma ni el color son cosas invariables en la naturaleza viviente, y mucho menos en el hombre, en el cual la sensibilidad y la inteligencia son dos focos permanentes de perturbación; y que las variedades, que existen en las diferentes castas de la especie humana, son puramente esporádicas o accidentales, y pueden provenir del clima, de los alimentos, de las costumbres, de la civilización y de otros elementos que tienen una influencia constante en la economía animal. Esto lo comprobará con las muchas experiencias y observaciones hechas desde mediados del siglo pasado por un gran número de sabios en todas las partes del mundo; y concluirá por afirmar que, cuanto se ha averiguado y cuanto se sabe es bastante para invalidar lo que se quiera oponer contra el origen único del género humano.
Pasemos de la ciencia que describe las producciones de la naturaleza a la que nos muestra sus antigüedades. Varios geólogos del último siglo, cuando esta ciencia estaba en la infancia, decían: la creación, tal como se refiere en el Génesis, no se puede conciliar con la existencia de esa gran porción de fósiles monstruosos, que se han encontrado en las profundas entrañas de la tierra: esqueletos de animales que no fueron criados entonces, pues que no tienen analogía con los que conocemos; restos enormes que no han podido ser llevados por ningún diluvio, por violento que fuese, a los sitios donde se han encontrado. Pero han venido después geólogos más sabios que han respondido: la Escritura indica claramente un intervalo entre la primera creación y la organización definitiva. Ya sea que este intervalo fuese una serie de períodos indefinidos, como creyeron San Gregorio, San Basilio, San Cesáreo y otros antiguos padres, o fuese solo un largo espacio de tiempo, basta para suponer que en él fueron producidos los animales y plantas, cuyos fragmentos quedaron a grandes profundidades de la superficie del globo, a consecuencia de la perturbación y trastorno que sufrió la materia criada, hasta el completo arreglo de todos los seres. Las observaciones recientes, hechas por estos sabios, prueban que la disposición que tienen los restos orgánicos en las diferentes capas que se han descubierto, corresponde exactamente al orden en que, según la narración mosaica, fueron criadas las diversas clases de cuerpos.
Suscítase otra cuestión que puede llamarse teólogo-geológica, y es la del diluvio; cuya existencia primero, después su universalidad y últimamente su fecha, han sido puestas en duda por los primeros que se dedicaron a esta ciencia. Pero, de las averiguaciones hechas por los que después la han estudiado más a fondo, se colige evidentemente la perfecta coincidencia entre la sencilla descripción de Moisés y los fenómenos existentes. Hay muchas pruebas físicas que se elevan al grado de demostraciones, de que a la época que señala el Génesis hubo un diluvio o inundación que cubrió todo el globo terrestre; y no permitiéndome la estrechez del tiempo ni aun indicar estas pruebas, las reasumiré todas en este aserto del célebre Cuvier: «Si hay alguna cosa reconocida y averiguada en la geología es, que toda la superficie de la tierra ha sido víctima de una grande y súbita revolución, cuya antigüedad no puede exceder de cinco o seis mil años.»
El empeño de los enemigos de la Religión, de buscar por todas partes argumentos contra ella, los ha llevado a hacer excursiones en el terreno de la medicina, de esta noble ciencia que se precia de que sus más eminentes maestros, los Boherave, los Hoffman, los Sidenham, los Vansvieten, los Haller, los Zimmerman hayan sido acérrimos defensores del cristianismo. Pero ¿puede haber entre la medicina y la teología relaciones científicas? ¿Pueden los conocimientos médicos servir para la aclaración y defensa de algunas verdades reveladas? Sí, señores: se encuentran casos particulares, en que se ha echado mano de estos conocimientos para poner en pugna la ciencia y la revelación; y entonces, una discusión más profunda y más sabia, fundada exclusivamente sobre los principios científicos, ha producido una refutación más eficaz y más completa que la que la teología por sí sola hubiera podido dar. Pongamos algunos ejemplos: los médicos alemanes Paulus y Dam manifestaron en el siglo pasado la opinión tan singular como impía de que Jesucristo no había muerto en la Cruz; y examinando todas las circunstancias de aquel memorable suceso, sostuvieron que no había habido muerte real y verdadera, sino un deliquio o asfixia. Pero un gran número de médicos distinguidos del mismo país, entre los cuales se señalaron los dos Grunner, combatieron este error en obras sabias y eruditas, apoyándose en las leyes de la fisiología. Algunos otros hechos referidos por la sagrada Escritura como milagrosos, y a los cuales se intenta despojar de este carácter, pueden recibir de las ciencias médicas una explicación favorable a la revelación: tales son la ceguera repentina de San Pablo yendo a Damasco y curada por Ananías, que el naturalista Eichhorn quiere hacer pasar por una simple amaurosis, curable por la imposición de las manos o fricción sobre la cabeza; la curación de la ceguera de Tobías con el hígado de un pez, que se quiere suponer como un efecto natural, &c.
Si las ciencias de observación, en lugar de servir para los intentos de los incrédulos suministran abundantes pruebas de la concordancia que existe entre las narraciones de la Biblia y los fenómenos de la naturaleza, las ciencias intelectuales concurren al mismo objeto. No pudiendo hablar de todas me limitaré a las históricas. Todo el mundo sabe que en el último tercio del siglo XVIII, se intentó destruir la autoridad de los libros de Moisés, atribuyendo a algunas naciones del Oriente una antigüedad prodigiosa. Con las noticias que se tenían en Europa de las tablas astronómicas y otros documentos científicos y religiosos que conservaban los bracmanes de la India, se formó una teoría, según la cual había existido en el Indostán un pueblo completamente civilizado, millones de años antes de la era hebraica. El desventurado Baylli tuvo la desgracia de emplear sus conocimientos en defensa de este sistema imaginario, al que Voltaire, Dupuis y Volney prestaron el auxilio de la erudición. Pero Baylli encontró en sus compatriotas Delambre y Montucla fuertes impugnadores que desbarataron todos sus cálculos e inducciones astronómicas: obra que después han completado Laplace, Cuvier y otros sabios ingleses y alemanes; y se ha venido a descubrir por último que las tablas astronómicas de la India, con que se metió tanto ruido, habían sido formadas en el siglo VII de nuestra era, y trasferidas por el cálculo a épocas anteriores.
Los chinos aspiran a igual o mayor antigüedad que los indios; y de los vestigios de su antiquísima civilización, de su literatura nacional, obra de un inmenso espacio de tiempo, y de otras circunstancias propias de aquella nación singular, han sacado argumentos los adversarios de la Religión para contradecir la cronología del Génesis. Pues bien: examinada cuidadosamente la historia de la China, no por ignorantes misioneros, sino por literatos de primer orden como Klaporth y Abel Remusat, ha resultado que la fundación del celeste imperio no sube más que a unos dos mil años antes de Jesucristo.
Pero hay otra nación también antiquísima, más conocida de nosotros que los pueblos primitivos del Asia, por las relaciones que tuvo con los hebreos y por las noticias que de ella nos han trasmitido los griegos y los romanos, y que habita un país tan recorrido y examinado en estos últimos tiempos como una región del centro de Europa: ya conoceréis que hablo de Egipto. Reconocidos superficialmente sus asombrosos monumentos, las inscripciones de que están cubiertos, las pinturas y esculturas que en algunos de ellos se han encontrado; y comparando estos datos imperfectos con otros que nos dejaron los antiguos historiadores, se reunió y ordenó un cuerpo de objeciones contra la verdad de los libros santos, que en algunos momentos puso en cuidado a los amigos de la Religión. Pero los asiduos trabajos y profundas meditaciones de un Champollion, de un Rosellini, de un Letronne y de otros sabios franceses, italianos e ingleses, aseguraron el triunfo de la buena causa. Se logró leer las inscripciones jeroglíficas, de estos caracteres alfabéticos, tenidos hasta entonces por enigmas indescifrables; se examinaron cuidadosamente los famosos zodiacos de los templos de Denderah y de Esneh; se hicieron laboriosas investigaciones sobre otros importantes puntos, y se ha venido a concluir de un modo indudable, que la historia egipcia y la sucesión de sus reyes concuerdan admirablemente con las sagradas Escrituras.
Por estas ligeras muestras, queda patentizada la utilidad que saca la teología de los auxilios de las ciencias, y comprobado el enlace y conexión que entre una y otras existe. Pero si entre ciencias, que al parecer presentan pocos puntos de contacto con la de la Religión, hay sin embargo analogías, ¿qué vínculos no la unirán con la filosofía propiamente dicha, y con la jurisprudencia, con cuyas ilustres facultades siempre ha vivido en buena hermandad? Son bien notorias, y basta indicar la suma necesidad que tiene la teología de los estudios filosóficos como preparatorios, y el grande uso que hace de muchos conocimientos jurídicos como auxiliares.
Si del examen de las relaciones más o menos aproximadas, que tiene cada ciencia en particular con la teología, nos fuese dado remontarnos a contemplar los diversos ramos del saber, enlazados con un vínculo común, y formando una cadena, un sistema; desde esta altura podríamos ver en grande y de un golpe las relaciones que hay entre la ciencia humana y la teología. Esta es y se define con toda propiedad la ciencia de la Religión revelada: infiérase pues qué será esta ciencia divina con respecto a las humanas, cuando la Religión es el centro invariable, en cuyo derredor se mueve todo el mundo moral; el lazo que une lo visible a lo invisible, y que junta lo que ha sido revelado con lo que la razón puede descubrir; la solución de todas las anomalías y de todos los problemas de la naturaleza exterior y del alma invisible; el principio que fija y consolida toda ciencia; el último refugio del pensamiento y el término final de toda meditación. Por esta exacta y sublime idea de la Religión han formado los sabios el correspondiente juicio de lo que es la teología en el círculo intelectual; uno de los cuales, el gran filósofo Bacon, me suministra el mejor epílogo de mi discurso en este pasaje, tomado de su inmortal obra de Augmentis Scientiarum: «In succesione temporum, Deus veritatem suam aliis doctrinis veluti pedissequis comitatam, in mundum immisit. Sic et novimus, complures ex antiquis Episcopis et Patribus, egregiè fuisse in omni Ethnicorum eruditione versatos. Quinimo sola christiana Ecclesia, inter inundationes Scytharum et Saracenorum, pretiosas gentilis eruditionis reliquias, jamjam funditus perituras, sinu et gremio suo conservavit. Quare duo sunt praecipua officia et ministeria, praeter ornamentum et illustrationem, quae fidei religionique humaniores literae persolvunt: unum, quod efficacia sint incitamenta ad divinam gloriam exaltandam et celebrandam... alterum, quod singulare remedium antidotumque exhibeat Philosophia, contra infidelitatem et errores.» HE DICHO.
[ Edición íntegra del texto contenido en un opúsculo impreso sobre papel en Madrid 1846, de 24 páginas incluyendo cubiertas. ]