Francisco Gutiérrez Lasanta
Capítulo II
Fundamentos apostólicos de la Hispanidad
Sumario: Unidad y Nacionalidad españolas.– Unidad Geográfica, Política, Religiosa.– Los dos Apóstoles.– Los siete varones apostólicos.– Venida a España.– Citas.–Tradiciones.– Santiago.– San Pablo.– Recuerdos. Exactitud de este capítulo.
La Hispanidad ha de fundamentarse en la nacionalidad española. La nacionalidad de nuestra Patria tiene su origen en el principio de unidad. España debe su primer elemento de unidad en la lengua, en el arte, en el derecho, al latinismo, al romanismo{1}. “Pero faltaba otra unidad más profunda: la unidad de la creencia. Esta unidad se la dio a España el Cristianismo. No la elaboraron ni el hierro de la conquista ni la sabiduría de los legisladores. La hicieron los dos apóstoles y los siete varones apostólicos. La regaron con su sangre el diácono Lorenzo, los atletas del circo de Tarragona, las vírgenes Eulalia y Engracia, las innumerables legiones de mártires cesaraugustanos. La escribieron en su draconiano código los padres de Ilíberis... La cantó Prudencio en versos de hierro celtibérico...” Es decir, que en la elaboración de la unidad española intervienen cuatro elementos: una predicación, una confirmación de sangre, una legislación y un canto de triunfo. He aquí cuatro factores que brindan campo anchuroso donde explayarse. Nosotros no hacemos sino enunciarlos. Respecto a la predicación del Cristianismo en España, abruman ya los libros, escritos y documentos. No seré yo quien trate de recorrerlos, ni aun siquiera de reseñarlos. Porque nuestro propósito no es probar las tradiciones, sino exponer los enlaces y nudos de unión entre ellas y la Hispanidad. Las tradiciones no las probamos, las damos ya por probadas y únicamente, en cuanto sirvan para tejer la trama de nuestros documentos y raciocinios en torno a la Virgen del Pilar y la Hispanidad, echaremos mano de ellas y de sus pruebas y fundamentos. Pero siempre lo haremos de soslayo.
Sabido es que fue el apóstol Santiago el primer sembrador en nuestra Patria, y su presencia entre nosotros se agiganta más y más a medida que son más reñidas las disputas. Entre los historiadores que de su venida a España se han ocupado, ninguno como los Bolandos han tomado el hilo de la tradición más exactamente{2}. Retrotraen el punto básico nada menos que a las palabras de Jesucristo, reiteradamente expuestas en los Evangelios. “Porque así estaba escrito, convenía que Cristo padeciese y al tercer día resucitase de entre los muertos y se predicase en su nombre la penitencia y remisión de los pecados EN TODAS LAS NACIONES comenzando por Jerusalén”{3}. Estas palabras las dice el Señor a sus apóstoles, que han de evangelizar la tierra. Más henchidas de significación son aquellas otras que se toman como la despedida clásica de Jesucristo: “Euntes in mundum universum... Marchando por todo el universo, predicad el Evangelio a toda criatura”{4}. Notemos el carácter de movimiento que impregna este mandato. Euntes, dice: marchando, como si en el momento mismo en que hablaba, hubiese querido Jesucristo que partiesen.
San Marcos, que escribió su Evangelio unos veinte años después de proferir el Maestro estas palabras{5}, añade una cláusula confirmando la exactitud del mandato respecto de su cumplimiento: “Illi autem profecti praedicaverunt ubique... Y ellos, marchando, predicaron en todas partes...”{6}.
Esta universalidad del Evangelio en orden a la predicación de los mismos apóstoles la había anunciado ya Jesucristo al decirles: “Me seréis testigos en Jerusalén y en toda la Judea... y HASTA LO ÚLTIMO DE LA TIERRA”{7}. Para ello los preparó el Espíritu Santo, comunicándoles el don de lenguas, entre las cuales modularon también la dulce del Lacio, que entonces imperaba en nuestra Patria, romanizada por la capital del Imperio: “Partos y medos, elamitas y naturales de Mesopotamia... romanos y judíos, todos los oímos hablar en nuestra lengua”{8}. Pero lo que cierra brillantemente el ciclo de estos testimonios escriturísticos nos lo ofrece San Pablo, cuando escribe a los romanos alborozado: “Vuestra fe se anuncia EN TODO EL MUNDO”, “quia fides vestra annuntiatur in universo mundo”{9}. Colofón de estas afirmaciones es la interpretación de los Santos Padres, que por cierto no puede ser más halagüeña en orden a la pronta y rápida dispersión de los apóstoles{10}. A la luz de estos textos e interpretaciones no se comprende cómo ilustres escritores dan margen en sus obras a no sé qué tradiciones o revelaciones hechas por Jesucristo en orden a su dispersión{11}. Y es lo curioso que, después de examinarlas y darles una importancia que no merecen, vienen a concluir que son falsas, por oponerse a la verdad del sagrado Texto{12}. Contradicen además a la exactitud histórica, pues consta, por los Hechos de los Apóstoles{13}, que San Pedro y San Juan salieron de Palestina mucho antes de pasados los doce años. Posteriormente se ha pretendido dar una solución matemática retrasando la muerte de Santiago el Mayor, adelantando los cómputos referentes a Jesucristo. Sea de ello lo que fuere, es lo cierto que los Santos Padres --excepción de Clemente de Alejandría-- y los escritores, menos Apolonio, ponderan la rapidez y progreso del Evangelio y la prontitud de su predicación. En ellos tenemos que apoyarnos para completar este vacío de tres siglos y medio, que nos separan del primer testimonio concreto alusivo a Santiago. Se propaga el Evangelio inmediatamente por Jerusalén, Roma, Antioquía, Éfeso y cuantos lugares son alcanzados por los apóstoles. San Juan escribe ya sus epístolas a las iglesias de Asia, Éfeso, Esmirna, Pérgamo, Filadelfia, Laodicea, &c.{14}. San Pedro a las del Ponto, Galacia y Capadocia{15}. San Pablo a las de Corinto, Filipo, Tesalónica, y dirigiéndose a los romanos, les comunica la gran nueva de que su fe se anuncia en todo el mundo{16}. San Clemente romano, cuyas cartas tienen sabor apostólico, ensalza la gran multitud de los escogidos, “multitudo ingens electorum”{17}. San Ignacio Mártir, también de estilo apostólico, puede congratularse de ver extendida la Iglesia de Cristo por todos los confines de la tierra, “a terrae fine usque ad finem”{18}, y San Justino que escribió en la primera mitad del siglo II, pudo afirmar que no existía género de hombres infieles o bárbaros, ya griegos, ya de cualquier otro nombre, entre los cuales no se hiciesen oraciones al Padre en nombre de Jesucristo{19}.
Con el avance del tiempo los apologistas cristianos concretan la predicación apostólica. Y así San Ireneo no habla ya en lenguaje general, sino que enumera en el catálogo de las iglesias, las de Germania, las Galias, ESPAÑA, Egipto, Libia a las cuales ilustra una sola fe, como ilumina la redondez del globo un único sol{20}. Tertuliano escribía a principios del siglo III y enumera entre las conquistas del Cristianismo a “partos, medos, elamitas... TODOS LOS TÉRMINOS DE ESPAÑA, “HISPANIARUM OMNES TERMINI”, diversas provincias de las Galias...”{21}. Un paso más y llegamos al año 310 del nacimiento de Dídimo Alejandrino, que nos ofrece el primer texto de un apóstol que predicó en España{22}. Pero este vacío hemos de llenarlo de alguna manera.
San Ireneo viene a decirnos “que si surgiera la duda sobre alguna cuestión, tendríamos que recurrir a las iglesias antiguas con las cuales estuvieron relacionados los apóstoles y recibir de ellas la solución cierta. Porque, ¿qué hemos de hacer si no cuando ninguna escritura nos dejaron los apóstoles? ¿Acaso no convenía seguir el orden de la TRADICIÓN que nos legaron aquellos a quienes se encomendaron las iglesias?”{23}. Wouters sale a satisfacernos igualmente con estas palabras: “Refiere San Lucas en el libro de los Hechos las cosas principales realizadas por los apóstoles en Jerusalén y lugares vecinos, principalmente los viajes de San Pablo, del cual era compañero. Pero calla en absoluto los viajes y predicaciones de los demás apóstoles: sus muertes, hechos, si exceptuamos la degollación de Santiago... POR LO MISMO, EN TODAS ESTAS COSAS, DEBEMOS APRESTARNOS A LA TRADICIÓN QUE SE NOS HA CONSERVADO”{24}. Y ¿qué tradición nos han conservado las iglesias respecto de la predicación de los apóstoles? Abriendo a ellas nuestros ojos con afán de luz y nuestros oídos con ansia de verdad, escuchamos a Roma gloriarse con la predicación de San Pedro y San Pablo, a Éfeso con la de San Juan, y a otras iglesias privilegiadas con las de otros apóstoles. Y, por lo que a nosotros interesa, escuchamos a España gozarse con la predicación de Santiago, nuestro Padre y Maestro en la Fe. Tradición, cuyos testimonios datan del siglo IV, acercándose hasta nosotros ininterrumpidamente. Y hasta este siglo, ya hemos expuesto testimonios de Santos Padres, ponderando la difusión de la fe en el mundo y de una manera especial en España. Estos testimonios generales, en unión con la tradición hablada que se condensa históricamente en el texto de Dídimo el Ciego, llenan muy colmadamente los eslabones de esa cadena, que enlazan ya con la misma presencia del apóstol. Si los límites de este trabajo nos lo consintieran, ponderaríamos la fuerza expresiva de esos testimonios; pero no creemos sea necesario. Igualmente nos ahorraremos el trabajo de aducir los que concretamente tratan de la venida de Santiago a España, por encontrarse en todas las historias eclesiásticas{25}. Únicamente nos queda ya proclamar una vez más la predicación del apóstol Santiago como siembra primitiva y fecunda de una semilla, que da origen al principio de nuestra unidad, y, después, andando el tiempo, al árbol frondoso de la Hispanidad.
Cooperación del apóstol San Pablo.– El segundo de los apóstoles que viene a aportar su grano de trigo a la siembra de la Hispanidad es San Pablo. Su venida a nuestra Patria adquiere un rango providencial, por anunciarse como una especie de proyecto superior. Toda la aureola de su apostolado recae sobre España como una bendición del Espíritu Santo. “Espero que os veré cuando me encamine para España”, dice a los romanos{26}. Y dos renglones más adelante: “Por vosotros pasaré a España”{27}. ¿Qué impresiones habían llegado al corazón del apóstol? ¿Quizá relatos de las legiones romanas formadas por tantos y tantos iberos? ¿Quizá tristes nuevas del carácter irreductible de sus habitantes? ¿Quizá lamentos y llamadas del apóstol Santiago? No lo sabemos. Lo cierto es que el viaje a España constituye en San Pablo una verdadera obsesión.
Muchos historiadores ven en la predicación de San Pablo una dificultad para la estancia del apóstol Santiago. Yo he creído siempre que la venida de San Pablo a nuestra Patria complementa la predicación de Santiago. Fue tan escasa la labor de éste, que bien pudo resentirse San Pabló del fracaso y formar el propósito de intensificar la siembra entre los iberos, o llegar a donde no había llegado el Hijo del Zebedeo. Por lo mismo, su anhelo de venir a nosotros es fuerte. Pero... ¿pasó de proyecto su deseo?
Hasta hace unos años cundía la opinión de que las cartas de San Pablo únicamente daban fe de algo futuro sin plasmar en realidad. Hoy se consiente con absoluta certeza en el hecho consumado de la predicación de San Pablo en España sin necesidad de salir de sus epístolas. Sirve de apoyo el capítulo 4.º de la Carta 2.ª a Timoteo su discípulo{28}. Esta carta que los exégetas califican de testamento de San Pablo{29} se expresa en términos de satisfacción por la labor realizada. En ella dice: “Bonum certamen certavi... He luchado una buena batalla, he conservado mi Fe y he consumado el curso de mi carrera”{30}. Si, pues, algún trabajo o servicio hubiese quedado sin realizar de los proyectados por el Apóstol, argumentan los intérpretes, éste no se hubiera expresado con tanta satisfacción.
Después de estas reflexiones los testimonios históricos se encadenan ininterrumpidamente hasta enlazar con el mismo Apóstol. Es el primero de San Clemente Romano, sucesor de San Pedro en la Sede Primada. Este santo, dice San Ireneo, conoció y trató a los apóstoles Pedro y Pablo{31} y es, en opinión de Eusebio, el que nombra San Pablo en su epístola a los Filipenses{32}. Pues bien, en esta carta expresa categóricamente San Clemente que el Apóstol de las Gentes vino a España{33}. Habla también de esta venida el Fragmento muratoriano, cuyo descubrimiento y demás circunstancias pueden verse en el Padre Villada{34} en el que se afirma con la misma claridad la venida de San Pablo de Roma a España{35}. A este documento sigue el “Actus Patris cum Simone” escrito hacia el año 170 donde se relata una visión tenida por San Pablo y en ella se le dice: “Levántate, Pablo, y preséntate a los españoles para que seas su médico”. Mandato que Pablo cumplió, exactamente embarcándose en Ostia. Después se pone en boca de un cristiano llamado Aristón esta frase: “Desde que Pablo marchó a España, no se ha encontrado ninguno que nos consolara.” En cuyo relato dice el P. Villada se afirman tres cosas: la venida a España del Apóstol, su mandato divino y su embarcación en determinado puerto{36}.
En el siglo IV afirma esto mismo San Epifanio{37}; San Cirilo habla de los proyectos de viaje del Apóstol{38}; San Juan Crisóstomo{39}; San Jerónimo, Teodoreto. Fuentes todas estas que vienen de muy distintas partes y, por tanto, proceden con independencia. Si hemos presentado aquí los documentos, ha sido por enriquecer los fundamentos apostólicos de nuestra unidad católica con joyas tan valiosas como las presentadas. Además, estos textos son menos conocidos que los del apóstol Santiago, ya por ser más modernos, ya por no excitar la pasión que engendra cuanto se relaciona con el Patrón de España.
De la estancia de San Pablo entre nosotros nos quedan los siguientes recuerdos que reseña Aguilar{40}: “En Tarragona se nos enseña el punto donde predicaba; Tortosa refiere la fundación de su Iglesia a San Rufo, compañero del apóstol; en Écija hemos aprendido la tradición de que San Pablo, predicando en la plaza, convirtió a Probo presidente del convento jurídico, Hieroteo, Jamtipa, Poligena y otras, personas principales, y nombró obispo a San Crispín martirizado en la primera persecución; en San Miguel de Viana, que dicen fue templo dedicado a Diana, hay una inscripción, que dice: “Paulus, praeco Crucis = fuit nobis primordia lucis”. Otros testimonios más modernos y más significativos se han encontrado. En una necrópolis de Tarragona apareció una inscripción en que se nombra a San Pedro y a San Pablo{41}; en la Liturgia visigoda se lee una fórmula de consagración tomada de la Epístola 1.ª de San Pablo a los de Corinto, caso único y raro en las liturgias{42}. Todo ello son reminiscencias muy significativas de la estancia de San Pablo entre nosotros.
Participación de los varones apostólicos.– Menéndez Pelayo enumera a estos santos varones discípulos de Santiago como los más cercanos sembradores en torno a los apóstoles y sus más eficaces instrumentos en nuestra Patria. Y en realidad, su acción apostólica no tendrá para la historia la brillantez de los discípulos directos de Jesucristo, pero sí puede asegurarse que su eficacia es más profunda y decisiva.
En las lecciones del apóstol Santiago leemos: “Llegado a España, convirtió a algunos a la fe, de los cuales siete fueron enviados a Roma y consagrados obispos por el apóstol San Pedro”{43}. Desembarcados de nuevo en la Península, propagaron el Evangelio en diversos lugares. En términos idénticos se expresa el Martirologio lionés: “Idus Maii natalis sanctorum confessorum Torcuati, Tesifontis, Secundi, Indalecii, Cecilii, Esicii, Eufrasii, qui Romae a sanctis apostolis episcopi ordenati et ad praedicandum verbum Dei ad Hispanias, tune adhuc gentili errore implicatas directi sunt...”{44}.
Perdónesenos la trasmisión, en gracia al sabor vetusto que para nosotros suponen unas palabras donde parece que la Hispanidad se saborea ya con regusto ibérico. Porque, aunque el citado Martirologio esté escrito en el año 806, supone una copia anterior, como observa el P. Villada{45}. En términos similares copió las biografías de estos santos el Cerratense en el siglo XIII, según la transmisión de Flórez en su “España Sagrada”{46}. Y el mismo autor amplió las biografías y apostolados de estos varones{47}, tarea imitada después por Villanueva{48} y otros escritores.
Vueltos de Roma nuestros santos, decidieron aposentarse en las ciudades de la Bética, a causa de la persecución que tenía en peligro a la España tarraconense. Torcuato se estableció en Guadix; Tesifonte fijó su silla en Verja; Segundo llegó hasta Ávila; Indalecio quedó en Pechina; Cecilio escogió Elvira, marchando Esicio a Cartagena y Eufrasio a Andújar.
Sobre ellos se levanta el edificio de nuestra unidad y nacionalidad, que dará con el tiempo una cosecha vigorosa de frutos al alumbrar el sol de la Hispanidad. No es pues un título vano el que encabeza este capítulo. Los dos apóstoles y los siete varones apostólicos, al sembrar la semilla de nuestra unidad, labran con mano maestra el pedestal que sirve de fundamento a la Hispanidad.
{1} M. Pelayo. H. H., Epílogo.
{2} “Acta Sanctorum", P. P. Bolandos, 25 julio, núm. 52.
{3} Lucas, 24-47.
{4} Mateo, 28-19; Marcos, 16-15.
{5} Cornely, “Compendium introductionis in S. S.”, p. 476.
{6} Marcos, 16-20.
{7} Hechos de los Apóstoles, 1-8.
{8} Ibi c. 2, v. 4-9-10.
{9} Ad Romanos, 1-8.
{10} Patrología Griega y Latina. S. Juan Dámasceno, t. 96, c. 1411; Teofilacto, t. 123, c. 486; 679; E. Ziogabeno, t. 129, c. 850; Edic. Migne.
{11} Villada, “H. Eca. de España”, t. 1.º, p. 42-43.
{12} Id., ibi.
{13} Hechos de los Apóstoles, c. II.
{14} Apocalipsis, c. 2.º
{15} S. Pedro, Ep. 1.ª, c. 1, v. 1.
{16} Rom. I, 8.
{17} Portel, H. Eca., p. 55.
{18} A. S., t. 33, p. 77, núm. 341.
{19} Tertuliano, Adversus Judaeos, ibi núm. 342, y San Epifanio P. G., t. 42, c. 746.
{20} A. S., t. 33, p. 4 y P. G., t. 7.
{21} Adversus Judaes, núm. 342.
{22} Dídimo Alejandrino, que forma parte de la Escuela Alejandrina formada por San Clemente, Orígenes y es Maestro de Herón y San Jerónimo. Villada, c. 2, p. 125.
{23} Aguirre, Colección de Concilios, t. I, c. 10, núm. 18.
{24} Wouters, Dissertatio XII-II, p. 71.
{25} Flórez, Risco, “España Sagrada”; Aguirre, “Colección de Concilios”; M. Pelayo, “H. H.”; L. Ferreiro, “Historia de Galicia”; Henrión, “H. Eca”, &c.
{26} Ad Romanos, XV-24-28.
{27} Ibi.
{28} Ad Timotheum, 2.ª IV, 7.
{29} Cornely, o. c., p. 581.
{30} l. c.
{31} Eusebio, “H. Eca.”, t. III, c. 15.
{32} Ibi.
{33} Citado por Villada, “H. Eca.” E. p., 118.
{34} Ibi. 64.
{35} Ibi.
{36} Villada, “Razón y Fe”, núm. 39, p. 54.
{37} Migne, t. XXVII, c. 1.º
{38} Ídem, “Catequesis”, XVII.
{39} P. G., t. 60, c. 662.
{40} Aguilar, “H. Eca.”, c. V, núm. 68.
{41} Villada, p. 332.
{42} Ídem, 1, 2.º, parte 2.ª, c. IV, p. 54.
{43} Breviarum Romanun Die 25 Julii. Espasa, t. 2.º, p. 745.
{44} Villada, “Los orígenes del Cristianismo en España”, R. F., v. 41, p. 204.
{45} Ibid.
{46} E. S., t 3.º, p. 395.
{47} Ibi, p. 380-395.
{48} Villanueva, “Viaje literario por las Iglesias de España”, III.