φñZeferino GonzálezHistoria de la Filosofía (1886)

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§ 13. Continuación de la escuela físico-naturalista

Los españoles Laguna, Huarte y Servet pertenecen también a la escuela físico-naturalista, por más que sus tendencias y direcciones teológicas sean diferentes.

Andrés Laguna, natural de Segovia (1499-1560), y médico de Carlos V, fue uno de los hombres más instruidos de su tiempo, y adquirió justa celebridad en [50] toda Europa. Buen humanista y muy perito en la lengua griega, anotó y tradujo al castellano las obras de Dioscórides, y publicó varios libros originales referentes a medicina, matemáticas y ciencias físicas. Así es que contribuyó eficazmente a la reforma y progreso de la medicina, con su enseñanza, con su práctica y con sus escritos, éntrelos cuales merecen especial mención en este concepto su Anathomica methodus.

La erudición filológica de Andrés Laguna no era inferior a su erudición filosófica y científica. El ilustre médico segoviense, no solamente consultó gran número de ejemplares impresos en diferentes lenguas, sino que adquirió y comparó muchos códices latinos y griegos{1} de la obra de Dioscórides, para hacer la versión con toda fidelidad. Demás de esto, enriqueció esta versión, sin contar sus excelentes anotaciones, con el nombre correspondiente a cada planta, nada menos que en diez idiomas, a saber, griego, latín, arábigo, bárbaro, que es el que se usa por las boticas, como dice el mismo Laguna, castellano, portugués, catalán, francés, italiano y alemán o tudesco, según lo denomina el médico español.

Católico tan ilustrado como sincero y humilde, la vida y los escritos de Laguna son un modelo de [51] acendrado catolicismo,{2} a pesar de haberse hallado en contacto frecuente e inmediato con el protestantismo, con motivo de sus viajes y excursiones por Alemania, Italia, Francia y otros países.

Juan Huarte, natural de San Juan de Pie de Puerto, es bastante conocido por su Examen de ingenios, especie de tratado físico y frenológico, en el cual discute y señala la influencia de la complexión, de los climas, de los alimentos, etc., en el origen y desarrollo de las ciencias, las artes, de las virtudes morales y de los vicios, a la vez que las disposiciones o aptitudes naturales del hombre. «Saber distinguir y conocer estas diferencias naturales del ingenio humano, y aplicar con arte a cada una la ciencia en que más ha de aprovechar, es el intento de esta mi obra.{3}» [52]

El aragonés Miguel Servet, que nació por los años de 1509, merece ocupar un lugar distinguido al lado de los representantes de la escuela físico-naturalista de la época. Este genio ardiente, entusiasta e inquieto, que estudió primero el derecho en Tolosa, la medicina después en París, pero que dedicó preferente atención a los estudios humanistas, filológicos, exegéticos y religiosos, y que recorrió gran parte de la Europa disputando con todo el mundo acerca de la Trinidad divina y de la consubstancialidad del Verbo, misterios que, o negaba o desfiguraba, pereció miserablemente en Ginebra, torturado primero y quemado vivo y a fuego lento por disposición e influencia de Calvino, con aprobación y aplauso de los protestantes contemporáneos,{4} así calvinistas como luteranos. [53]

Puede decirse que el fondo de su concepción filosófica es panteísta, pero con un panteísmo vago e indeciso, que es difícil caracterizar de una manera precisa y concreta. Parece, sin embargo, que el panteísmo de Servet tiene algo de emanatismo material. El médico español no se contenta con dar a entender que la esencia de Dios es una esencia universal y omniforme, que constituye el ser y como la substancia del hombre y de todas las demás cosas, que las esencia o constituye esencialmente (ipsa Dei universalis et omniformis essentia, homines et res alias omnes essentiat), sino que presenta los ángeles y las almas humanas como emanaciones de la substancia divina: Substantia Dei, a qua angeli et animae emanarunt.

Todavía aparece más explícita la concepción panteísta de Servet, cuando, después de afirmar que Dios es todo lo que vemos (est id totum quod vides) y todo lo que no vemos, concluye diciendo que es la forma, el alma y espíritu de todas las cosas: Deus est omnium rerum forma, et anima, et spiritus.

Como elemento, y hasta cierto punto como base de su sistema panteísta, Servet admite la existencia de una luz, emanación inmediata de la esencia divina, la cual viene a ser como un medio entre la luz ordinaria y material, y la luz puramente inteligible y en sentido metafórico, como cuando decimos de Jesucristo que es la luz verdadera. Esta luz sui generis, que es como una difusión superior, una emanación espontánea de la substancia divina, es para Servet el elemento primordial de todas las cosas; penetra, informa y vivifica los cuerpos y los espíritus; representa el principio y el nexus de todas las cosas; es como la fuerza cósmica [54] universal. Esta teoría lumínica de Servet, que no carece de originalidad, sirve de apoyo y se halla en estrecha relación con su teoría panteísta, y hasta parece ser la que comunica a esta última el sabor materialista que en ella se advierte. Así vemos que, después de exponer con cierto entusiasmo las propiedades y caracteres de la luz; después de afirmar también que es capaz de penetrar, vivificar y dividir las almas y los ángeles, dividiendo sus elementos, concluye diciendo que, en realidad de verdad, sólo Dios es propiamente indivisible: Angelorum et animarum substantiam ad cujus divisionem penetrat lux Dei.... Omnia sunt divisibilia, excepto Deo.

Las ciencias físicas y naturales debieron algunos progresos y descubrimientos a su espíritu emprendedor y fecundo. Además de sus obras teológicas y de controversia religiosa,{5} el filósofo aragonés publicó la Geografía de Ptolomeo, ilustrándola y completándola con notas y adiciones, y una obra perteneciente a medicina con el título de Syruporum universa ratio. En ellas, y principalmente en la última, y más todavía en el Christianismi restitutio, Servet descubre y revela conocimientos especiales adquiridos por medio de la observación y la experiencia.

Adelantándose a su siglo, el filósofo español indica y expone ideas nuevas acerca de las funciones vitales y la importancia fisiológica de los grandes vasos arteriales, y si no fue el primero que descubrió y afirmó [55] de una manera precisa la circulación de la sangre, es indudable que, por lo menos, presintió este gran fenómeno biológico, y que sus ideas acerca de los pulmones y los ventrículos del corazón contribuyeron de una manera directa y eficaz a este gran descubrimiento.

Servet contaba sólo cuarenta y dos años de edad cuando Calvino le envió a la hoguera.

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{1} En esta empresa de reunir y comparar códices ayudáronle el médico italiano Matiolo, y el español Páez de Castro, acerca del cual dice en el prólogo de su Dioscórides traducido y anotado: «Asimesmo el doctor Juan Páez de Castro, varón de rara doctrina y dignísimo Coronista Cesáreo, me ayudó para la mesma empresa con un antiquísimo códice griego y manuscripto del mesmo Dioscórides, por medio del cual restituye más de 700 lugares, en los cuales hasta agora tropezaron todos los intérpretes de aquel autor, así latinos como vulgares.»

{2} Con motivo de sus viajes por diferentes partes de Europa, en más de una ocasión aprovechó el prestigio de su nombre y de sus beneficios para exhortar a los pueblos a perseverar en la fe de Jesucristo y en la obediencia al Sumo Pontífice. Tal sucedió en Metz, cuyos habitantes le estaban muy agradecidos por la asistencia esmerada y caritativa que los prestó en la época de terrible peste que afligió a aquella ciudad. Así no es de extrañar que los Papas, y entre ellos León X, le honraran a porfía. Julio III le nombró Conde palatino y caballero de San Pedro, para recompensar su mérito a la vez que su celo cristiano.

{3} Es curioso, y no del todo infundado, lo que dice Huarte acerca de la facilidad de la palabra y la profundidad de la ciencia en un mismo sujeto. «Una de las gracias por donde más se persuade el vulgo a pensar que un hombre es muy sabio y prudente, es oírle hablar con grande elocuencia, tener ornamento en el decir, copia de vocablos dulces y sabrosos, traer muchos ejemplos acomodados al propósito que son menester, y realmente nace de una junta que hace la memoria con la imaginativa.... Los que alcanzan esta junta de imaginativa con memoria, y trabajan en recoger el grano de todo lo que ya está dicho y escrito en su facultad, y lo traen en conveniente ocasión con grande ornamento de palabras y graciosas maneras de hablar, parece a los que ignoran esta doctrina, que es grande su profundidad, y realmente son muy someros, porque llegándolos a probar en los fundamentos de aquello que dicen y afirman, descubren la falta que tienen. Y es la causa que con tanta copia de decir, no se puede juntar al entendimiento, al cual pertenece saber de raíz la verdad.» Cap. XI.

{4} Casi todos los protestantes de algún nombre escribieron a Calvino aplaudiendo el suplicio horroroso de Servet, y basta el mismo Melanchthon, el moderado y pacifico Melanchthon, aprueba la muerte de Servet y la califica de pium et memorabile ad omnem posteritatem exemplum. Esto no obstante, los racionalistas declaman y declamarán eternamente contra la Inquisición, y sólo contra la Inquisición, sin acordarse para nada de la doctrina y la conduela de Calvino, de Enrique VIII, de su hija Isabel y de tantos y tantos partidarios, protectores y corifeos del Protestantismo. Al menos la Inquisición tenía más derecho para castigar, desde su punto de vista de la infalibilidad dogmática de la Iglesia, que no Calvino y demás protestantes, que no podían ni pueden alegar derecho alguno, y cometen enorme injusticia al condenar a un hombre porque interpreta en diferente sentido que ellos algunos textos de la Biblia, es decir, porque pone en práctica el principio fundamental del Protestantismo.

{5} Las dos principales son: Dialogus de Trinitate, libri duo, en la que ataca la trinidad personal y la consubstancialidad del Verbo: Christianismi restitutio, que, a pesar de su título, es la negación radical del Cristianismo.