φñZeferino GonzálezHistoria de la Filosofía (1886)

tomo segundo:2021222324252627282930Imprima esta página

§ 26. Beda y Alcuino

Lo que fueron para la Galia Mamerto Claudiano, para la Italia Boecio y Casiodoro, para la España San Isidoro de Sevilla, fueron Beda y Alcuino para la Gran Bretaña y para la Alemania, en atención a que el segundo, aunque pertenece a la primera por su nacimiento, enseñó, escribió y difundió su influencia literaria en las provincias de Francia y de Alemania, sin contar que parte de los evangelizadores de la última y fundadores de sus escuelas, salieron de la Irlanda y la Inglaterra para llenar y cumplir la misión providencial que recibieran, de continuar la tradición filosófica de la antigüedad pagana y de la época patrística, hasta enlazarla con la Filosofía escolástica. Beda y Alcuino escribieron tratados elementales de las ciencias y artes entonces conocidas y cultivadas.

El primero, aparte de sus numerosas obras exegéticas, históricas y místicas, escribió tratados de retórica, de gramática, de Filosofía, de astronomía, de matemáticas y hasta de ortografía y versificación, y si bien es verdad que algunos de los tratados filosóficos y científicos que se encuentran en la colección de sus obras son apócrifos, indican por lo menos el concepto que se tenía generalmente acerca de sus conocimientos sobre la materia. Este sabio, monje y sacerdote, que había nacido en el año de 673, pasó a mejor vida en 735, es decir, el mismo año en que nació Alcuino, que debía continuar sus tradiciones literarias y científicas [114] llevándolas hasta los umbrales de la Filosofía escolástica, puesto que falleció en 804.

Este último, maestro, amigo y consejero de Carlomagno, sin contar sus muchas obras teológicas y ascéticas, y sin contar tampoco su libro sobre las siete artes liberales, escribió algunos tratados especiales relacionados con la Filosofía, entre los cuales figuran los siguientes: De virtutibus et vitiis. –Dialéctica, diálogo en que aparecen como interlocutores el mismo Alcuino y Carlomagno.– De Animae ratione, en el cual establece y prueba la espiritualidad del alma humana, su creación ex nihilo, su inmortalidad, su libertad y hasta su movimiento perpetuo, según parece desprenderse de la siguiente definición: Spiritus intelleclualis, rationalis, semper in motu, semper vivens, bonae malaeque voluntatis capax.

La Filosofía es, según Alcuino, «la investigación de las naturalezas y el conocimiento de las cosas humanas y divinas.» Pero para el cristiano la Filosofía verdadera consiste en la rectitud de la vida, meditación de la muerte y desprecio del siglo y aspiración a la patria celestial.{1}

Sabido es que Alcuino aconsejó a Carlomagno la organización de una especie de academia científica y literaria, que tenía sus sesiones en el mismo palacio imperial, y que contribuyó a propagar el gusto y la afición por las letras. La enseñanza que había recibido en el monasterio de York bajo la dirección del Obispo [115] de esta ciudad, Egberto, fue más sólida y más vasta que lo que podía esperarse de las condiciones de la época. Alcuino estudió allí, además del latín, el griego y el hebreo, y las citas y alusiones de todo género que se encuentran en sus escritos, prueban la extensión de sus conocimientos, y prueban, sobre todo, que los monasterios de Inglaterra e Irlanda son considerados justamente como uno de los focos principales de luz y de saber para la Europa cristiana de entonces, y especialmente para las provincias germánicas, cuyas primeras escuelas fueron fundadas o dirigidas por los monjes.

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{1} «Est quoque Philosophia honestas vitae, studium bene vivendi, meditatio mortis, contemptus saeculi; quod magis convenit Christianis, qui saeculi ambitioue calcata, disciplinabili similitudine futurae patriae vivunt.» Dialéctica, cap. I.