Biblioteca Las Sectas
Editorial Vilamala, Barcelona 1932
número 1
páginas 188-197

Bibliografía

[ Joaquín Guiu Bonastre ]
 

Autores reunidos, España en llamas. S. E. L. E. Sindicato exportador del libro español, S. A. Hortaleza, 89 y 91. Madrid. 236 páginas. Precio cinco pesetas.

He aquí un libro más, que viene a engrosar las bibliotecas contemporáneas y a historiar los hechos sectarios acaecidos en España durante los últimos tiempos. Es un libro para la historia, con la fidelidad crítica. Los investigadores de mañana y los recopiladores de hoy no tendrán que guardar en sus archivos las notas periodísticas que con motivo de los incendios de fincas eclesiásticas tuvieron que redactar los católicos durante los días 11, 12 y 13 de mayo de 1931; más bien podrán engrosar el volumen con notas complementarias y de detalle, que no con la descripción de los actos que se sucedieron en aquellos días.

Autores Reunidos han hecho una obra grandemente útil recogiendo en un libro y sintetizando mucho de lo que la prensa publicó por entonces y que más tarde sería difícil recoger y quedaría en el olvido.

El libro consta de cuatro partes, y ya en el prólogo, después de narrar «la explosión» que comenzó con los atentados contra el edificio de ABC y un quiosco de El Debate, advierten los autores que «las organizaciones socialistas trabajaron para disuadir a los suyos de seguir tan insensatas actitudes; pero otra mano y otros organismos empujaban a la chusma por caminos contrarios» (pág. 7). Y termina así el prólogo: «A media noche, hubo una importante reunión en la logia masónica del barrio de Chamberí, a la que asistieron altas personalidades. Franco salía aquella misma noche de la ciudad, y dejaba los asuntos de confianza a su mecánico Rada. El día 11 de mayo se venía a más andar por los balcones de la aurora…»

En la primera parte «La jornada del 11 de mayo en Madrid» se refieren los saqueos e incendios de la iglesia [189] y residencia de la Compañía de Jesús, de la calle de la Flor, en donde entre otras cosas de gran valor ardió la biblioteca que contenía 90.000 volúmenes; los del convento de Las Vallecas o de la Piedad Bernarda, de la calle de Isabel la Católica; los de los modernísimos iglesia y convento de Santa Teresa, en la plaza de España; los del Instituto Católico de Artes e Industrias, de PP. Jesuitas, en la calle de Alberto Aguilera o Areneros, único en su género en España y uno de los mejores del mundo; los del colegio de Maravillas, de los Hermanos de las Escuelas Cristianas, en la calle de Bravo Murillo «donde recibían educación gratuita unos 500 niños, hijos todos ellos de familias de la más modesta condición social» (pág. 79); los del convento y escuela de las Madres Mercedarias, entre las calles de Tiziano y de Jaén, en donde los nuevos vándalos después de hacer una hoguera «sacaron una momia de una religiosa sepultada en 1844. Organizaron una procesión macabra con ella, parodiando un entierro. Sobre la momia vertían, a modo de asperges, unas botellas de vino saqueadas de la despensa del convento. En seguida empezó a tomar incremento la profanación de los cadáveres. No ya otras cuatro momias de sepulturas relativamente antiguas, sino hasta un cadáver de una monja enterrada quince días antes, fueron sacadas a la calle y arrojados a la hoguera.» (Pág. 83.)

Se refiere asimismo en esta primera parte el saqueo e incendio de las escuelas de las Madres Salesianas, en la misma barriada de los Cuatro Caminos y en el mismo día; los de la iglesia de Bellas Vistas, filial de la parroquia de los Ángeles, de dicha barriada; los del colegio del Sagrado Corazón, de Chamartín. Y no incendiaron, por impedirlo la guardia civil, pero saquearon el colegio de los Jesuitas que estaba al lado del anterior.

La segunda parte «Los incendiarios de Andalucía» se ocupa de lo ocurrido en Sevilla, que con razón llaman «día de luto para el arte sevillano», por las obras magníficas, algunas de ellas de fama mundial, que fueron quemadas o destrozadas. Hablando de lo que sucedió en Córdoba, empiezan notando lo siguiente: «La bella ciudad de los Califas tuvo el honor de que un miembro del Gobierno, el Sr. Albornoz, presenciara la iniciación de [190] los tumultos populares. Andaba el Ministro de Fomento visitando las obras de riego del bajo Guadalquivir, y había llegado a Córdoba el día 11, a las seis de la tarde, procedente de Peñaflor. Cuando por la noche se celebraba un banquete en el jardín del hotel donde el Ministro se hospedaba, llegó la multitud con sus vivas y mueras a la puerta del hotel, a mezclar sus airadas voces con los inflamados brindis de los comensales. Entraron los manifestantes en el jardín del ágape y expresaron al Sr. Albornoz su deseo de solidarizarse con sus compañeros de Madrid, y vengar los muertos de la reacción monárquica. No eras éstos los mejores postres que hubiera apetecido el Ministro republicano; pero el pueblo alborotado no daba de sí otra cosa, y hubo que resignarse a ver partir la manifestación, animada de los peores propósitos.» (Pág. 123.)

Después cuentan «las hogueras sacrílegas de Cádiz» en el mismo 12 de mayo; «la ruina desoladora del arte malagueño», en que advierten al lector que «aunque haya preparado su espíritu en lo que dejamos dicho, se quedará sorprendido seguramente de la magnitud que alcanzó en Málaga la catástrofe del día 13 de mayo. Ni la Prensa, ni las notas oficiosas han dicho lo que allí pasó, lo que allí se perdió del tesoro artístico religioso. Baste decir, para apreciar en conjunto las proporciones de la tragedia, que suman cuarenta y ocho los edificios religiosos entre los consumidos por el fuego y los saqueados y robados bárbaramente.» (Pág. 135.)

Con el título de «El calvario del señor Obispo», transcriben el siguiente relato: «Del Boletín Oficial Eclesiástico del obispado de Málaga, recogemos el minucioso relato en que se describe el verdadero calvario que pasó aquellos días el Prelado de la diócesis. El relato es el siguiente:

«Vientos de fronda corrían por la ciudad el día 11 de mayo desde la hora en que se recibieron las primeras noticias de los graves sucesos acaecidos en Madrid, y ante el repetido anuncio de posibles desmanes de las turbas, el Sr. Obispo acudió insistentemente a las Autoridades reclamando su eficaz protección para los altos intereses religiosos. Una y otra vez se le dieron seguridades de que no pasaría nada absolutamente, siendo [191] de notar que, a las siete de la tarde, el Sr. Ciria, secretario particular del gobernador civil, D. Antonio Jaén Morente, en nombre de éste, que se encontraba en Manzanares, en viaje de regreso procedente de Madrid, avisó al Sr. Obispo de que debía estar tranquilo y que para mayor seguridad, la policía y la guardia civil vigilarían el palacio episcopal y todas las casas religiosas. Es deber nuestro consignar que al palacio episcopal fueron enviadas dos parejas de la guardia civil, que pudieron contener a la multitud en su primer ataque. Pero luego se retiraron, obedeciendo órdenes superiores que, según dice el que era gobernador interino Sr. Mapelli, en nota histórica publicada en El Cronista de 31 de mayo último, fueron órdenes procedentes del gobernador militar, señor García Caminero. Y dueñas de las calles las turbas, comenzaron su obra destructora.

»Dos horas antes de que empezara el incendio, unos muchachos guardaban las puertas del palacio episcopal, diciendo a cuantos se acercaban para recoger a las Hermanitas de la Cruz y saludar al señor Obispo, que, a las siete de la tarde, las Hermanas se habían trasladado muy lejos y que el señor Obispo y sus familiares habían abandonado el palacio, dentro del cual no residía ya nadie. Se conoce que el plan era sorprender con el incendio a los que confiadamente moraban dentro del mismo, Hermanos Maristas, Hermanas de la Cruz y Sr. Obispo.

»No obstante las seguridades que se dieron por quien podía y debía, de que no pasaría nada, a las once de la noche comenzaron las turbas su obra satánica de devastación en la iglesia y residencia de Padres Jesuitas, desde donde se corrieron, ebrias de venganza, al palacio episcopal que, cual si se obedeciera a un plan preconcebido, una vez se hubo retirado la guardia civil, incendiaron simultáneamente por sus cuatro costados.

»A media noche, un numeroso grupo de revoltosos llegaron a la puerta del convento que en su propio palacio habilitara el Sr. Obispo para morada de las Hermanas de la Cruz, cuya única misión es visitar y asistir cuidadosamente a los enfermos pobres, sin estipendio alguno. Y, sin aviso previo, rociaron de gasolina un alba que llevaban, procedente del saqueo de los Jesuitas, que les sirvió de mecha para empezar el incendio. [192]

»Cuando las llamas se alzaban ya imponentes, el señor Obispo, acompañado de las Hermanas de la Cruz, que a su lado buscaron refugio, de sus familiares y de los porteros, se decidió a salir en busca de los incendiarios, por la única puerta que quedaba libre. Preguntándole alguien: «¿Qué va a ser de nosotros?» «Confianza, dijo sin vacilar, que quien confía en el Señor, no será jamás confundido.»

»Sin más tiempo que el preciso para recoger el Tesoro de los tesoros, las sagradas Hostias que se guardaban en tres de los Sagrarios de su palacio –el de su capilla el de la Adoración Nocturna y el de las Hermanas de la Cruz– cerrada la puerta del Colegio de los Maristas, adueñadas ya las turbas de la puerta principal, de la de las Hermanas de la Cruz y la Adoración Nocturna que el incendio destruía, buscaron el Sr. Obispo y los suyos refugio en un basurero, especie de sótano en el cual hay una puerta que comunica con una estrecha calle y que utilizaban los Hermanos Maristas para sacar la basura. Allí, el Sr. Obispo se preparó para la muerte, y exhortó a las almas buenas que le acompañaban a morir por la fe si precisaba, siendo éstas sus palabras, llenas de unción: «Jesús mío, perdónanos y perdona a tu pueblo; ten misericordia de nosotros, que hemos pecado, y acepta el ofrecimiento que te hacemos de nuestras vidas por tu reinado en España y especialmente en la diócesis. Madre Inmaculada, salva nuestras almas, cobíjanos bajo tu manto.» Luego dio a todos la absolución y juntos comulgaron las sagradas Hostias, empezando luego el rezo del santo Rosario, que interrumpían los gritos de la multitud.

El Sr. Obispo se presenta a las turbas

»Rezada la primera decena del Rosario, golpearon reciamente los incendiarios la puerta, que empezaban a rociar con gasolina. Y entonces el Sr. Obispo, sin perder un instante la serenidad, abrió de par en par la puerta y apareció ante ellos vestido sencillamente, con una sotana, su pectoral y su solideo –lo único que salvó de todo lo suyo–, diciéndoles con voz dulce y fuerte: «Aquí me tenéis. A vuestra nobleza me entrego.» Sorprendidos por la majestad del bondadoso Prelado, que con una sonrisa [193] acallaba los odios de las fieras, hubo un momento de vacilación en el cual, si es cierto que un desalmado osó poner su mano sacrílega sobre el pecho del digno pastor, y no faltó quien gritara: ¡que muera!, sobresalieron, afortunadamente, las voces de los que decían: ¡que se le proteja, que se le proteja! «Es que yo no estoy solo, dijo el Sr. Obispo, conmigo están mis familiares y las Hermanas de la Cruz.» «Que salgan también, dijeron todos, que no se les hará nada.»

»Y el Sr. Obispo y los suyos, por entre una abigarrada multitud, en la cual no faltaba algún infeliz que blandiera revólver, y no se oyeran algunas voces de ¡que muera!, empezó a recorrer la vía dolorosa de odios, persecuciones y destierro voluntario, que sufre resignadamente puesta en Dios toda su esperanza. Nota simpática, digna de ser alabada, es la que dieron los camareros de unos cafés establecidos en el pasaje de Alvarez y en la calle de Sánchez Pastor, los cuales le saludaron con el mayor respeto y se le ofrecieron sinceramente. Como la casa del sacerdote donde iba a refugiarse estaba algo lejos, tuvo que pasar por el trance de ver en una de las revueltas cómo ardía su propio palacio. Como aumentara el griterío del grupo de los que con él iban, le manifestaron algunos la necesidad de ponerse a salvo cuanto antes, pues pronto no podrían responder de su vida. Manifestando algunos su impaciencia con amenazas, alguien le dijo: «Póngase un abrigo de señora y quítese eso» (el solideo). Sin inmutarse, sonriendo, contestó: «No, Málaga es muy noble.» Por fin pudo llegar a la casa del amigo sacerdote, único albergue que se le ofreció.

»Al entrar en la casa donde creía estar seguro, sin exhalar la menor queja, se limitó a decir a los suyos con la misma paz y tranquilidad con que sonreía a los que le arrojaban de su casa: «Continuemos el rezo del santo Rosario.» Y rezaron todos juntos los misterios del dolor, nunca como entonces entendidos y practicados por nuestro sufrido padre y pastor.

»Como alguien se quejara del mal trato que le habían dado, contestó el Sr. Obispo: «…pues todavía no nos han hecho lo que a San Pablo, que le apedrearon después que trabajó para contentarlos a todos, y por último le cortaron la cabeza…; de modo que bien podemos [194] decir que a nosotros no nos han hecho nada, y dichosos los que les ha cabido en suerte padecer algo por el nombre de Cristo.»

»Al decirle su hermana que no tenía ni para poner un telegrama, ni más ropa que la puesta, sonriente contestó: «Mejor, ahora estamos como los Apóstoles.»

»Quejándosele un sacerdote de que nada se hubiera podido salvar, al instante le interrumpió diciendo: «Pues nos lo han dejado todo, porque lo principal es la gracia de Dios, y esa, por su misericordia, la tenemos.»

»Pocas horas de tranquilidad pudo gozar el Sr. Obispo en su refugio, pues a las cuatro de la madrugada se le presentó un familiar de un vecino de la casa, diciéndole que debía salir de ella, pues corría peligro la vida de los vecinos. Y el Sr. Obispo, que no quería ser molesto a nadie, salió muy pronto para los montes de Málaga, refugiándose en un cortijo, donde pasó todo el martes, día 12, contemplando desde su cautiverio el incendio de todas las iglesias de la capital de su diócesis.

»El día 13, después de celebrada la santa Misa, Dios permitió nuevos sobresaltos para el atribulado espíritu del Sr. Obispo. Grupos de obreros del campo se presentaron en actitud amenazadora ante el cortijo, diciendo que lo incendiarían si antes de dos horas no salía el señor Obispo… Y nuevamente errante, buscando albergue en casas que se lo negaron por miedo a las represalias de las turbas, pudo, por fin, descansar en una mientras un buen amigo preparaba su salida para Gibraltar.

Sale el Sr. Obispo para Gibraltar

»Y en la noche del día 13, con los suyos, se alejaba de la diócesis a la que ofreció vivir siempre consagrado, acosado, perseguido por las turbas, con el dolor en el alma, pero llevando en el pecho guardado el copón con las sagradas Hostias que aquella misma mañana había consagrado el Obispo de la Eucaristía que en la Eucaristía encontró su fortaleza y auxilio.

»Después de la una de la noche, como criminal que huye, el buen Obispo, que sólo hizo también el bien, llegó a Gibraltar, recibido por el jefe de la policía británica, el Sr. Obispo de Gibraltar y multitud de vecinos de la ciudad. Fueron momentos que el Sr. Obispo de Gibraltar [195] recuerda con santa emoción aquellos en que recibió de manos del Sr. Obispo de Málaga el copón para que lo guardara en el Sagrario de su catedral. Al día siguiente hubo en la catedral Misa de Comunión y besamanos, siendo constantes las pruebas de afecto que recibe nuestro venerado Sr. Obispo de los representantes del Gobierno británico, de los vecinos de la ciudad, ingleses, españoles, hebreos y moros, gobernando desde allí su amada diócesis, preocupación constante de su alma noble que a tantos sufrimientos sigue sujeta, siendo entre todos el más intenso el de verse alejado momentáneamente de los suyos, como lo dejó consignado en documento precioso que la prensa católica ha reproducido con frases de elogio para nuestro Sr. Obispo.»

Después se narran, en el libro de que nos ocupamos, los «saqueos y llamas en otras poblaciones andaluzas»: Jerez de la Frontera, Algeciras y Sanlúcar de Barrameda.

La tercera parte «Las llamas en el Levante español» trata de «los sucesos de Murcia», principalmente del incendio del convento e iglesia de la Purísima, que era «un verdadero museo de arte», el cual «quedó a merced de las hordas salvajes» y cuyas riquezas artísticas «y sobre todo la estatua de la Purísima, obra cumbre de Salzillo, todo fue destrozado o arrojado a la hoguera». (Pág. 167.)

Hablan a continuación de «las plagas de Valencia», no sólo de la capital, sino también de Carlet, Sagunto, Játiva y Gandía.

Al ocuparse de «la tragedia alicantina» comienzan diciendo: «Los sucesos de esta ciudad son los que más claramente dejan ver una acusación de responsabilidad sobre los agentes de incendios y saqueos. Publicamos una carta privada que nos ha sido escrita por personas de absoluta garantía. Dice así:

«Por la prensa le creo enterado de las salvajadas llevadas a cabo en esta población, relatos que no alcanzan toda la verdad, pues omiten el ensañamiento de las turbas y otros datos que repugna recordar.

»Pero seguramente ignora Vd. que al intentarse el incendio de las Escuelas Salesianas, primera víctima, donde se daba enseñanza gratuita a infinidad de niños, quiso impedir el desafuero la guardia civil, recibiendo instantáneamente orden del Gobernador para que se [196] retirasen y «se cumpliese la voluntad del pueblo». Ese pueblo en aquel momento, era un centenar escaso de rifeños.

»La noche del 11 al 12, pernoctó en esta ciudad el capitán general de Valencia, Sr. Riquelme, y éste fue quien se opuso a que las fuerzas prestasen servicios para impedir los desmanes, esperando pacientemente a que todos los conventos, colegios regentados por Religiosas y residencias religiosas estuviesen quemados y destruidos para proclamar la Ley marcial.

»De la quema se libraron tres colegios que por estar junto a la redacción del Diario de Alicante no fueron quemados, pero sí desvalijados primero y deshechos luego, como todos los demás.

»Catorce horas después de declarado el estado de guerra, quemaron otro convento y terminaron de incendiar la residencia de los Salesianos en su techumbre, que la noche anterior había quedado intacta, sin que se viese un guardia para impedirlo.

»Pero aun tiene este estado de cosas una segunda parte: personas honorables han recogido en sus casas y fincas a religiosos. Mas la gentuza, no contenta con los desafueros anteriores, ha conminado a esas personas para que en el término de dos días, despidan a los religiosos, bajo la pena de quemarles sus casas. Si alguna prueba más se precisase para comprobar que el movimiento ha sido de los republicanos y de ningún modo de los monárquicos, ésta no deja lugar a dudas.

»Asimismo (y por lo que respecta a ésta) es, que el diario antes citado, fue exponiendo en sus pizarras lo ocurrido en Madrid, pero de tal forma y con tales comentarios, que el público que llenaba la calle se iba excitando por momentos, dando diversos vivas y saliendo ya de allí la gente con dirección a los conventos. Mucho más podría contarle, pero no sería más que añadir detalles horrorosos que soliviantan a las personas de sentimientos honrados. Pero conviene que conste el hecho de que fueron los republicanos, los mismos que pregonan la justicia y la libertad, los vándalos, y no los monárquicos ni los comunistas, que de éstos no hay aquí.

»Tome Vd. nota de que el único colegio particular que han respetado ha sido el protestante, que dirige el hoy presidente de la Diputación Provincial. [197]

»No me atrevo a firmar la carta por razones que fácilmente se le alcanzarán. Lo dicho en esta carta es rigurosamente exacto; puede Vd. comprobarlo.» (Páginas 213-216.)

Por fin, la parte cuarta se refiere al «incendio de La Coruña» sucedido el 3 de julio, en que se intentó destruir el convento y la iglesia de los PP. Capuchinos; la iglesia no ardió, pero ardieron cinco casas inmediatas.

El libro, como comprenderán nuestros lectores, rebosa en atinadas observaciones. Es contundente en lo que afirma, máxime cuando estas afirmaciones se hacen en un momento de actualidad, que nadie se atreverá a desmentirlas.

En cuanto a la edición del libro, sólo podemos notar que, salvo pocas erratas de imprenta, hubiera sido de gran efecto para el público dar unos gráficos de los actos reseñados, pues tales gráficos se obtendrían fácilmente.

J. G.


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