Filosofía en español 
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 < Luis de Montalto · Las Provinciales… > 


Advertencia sobre las diez y ocho Cartas

Donde se explica lo que en cada una de ellas se contiene

El fruto que toda la Iglesia sacó de estas Cartas, que salieron a luz con nombre de un amigo a otro que vivía en la provincia, me movió a creer que sería bien ponerlas en un cuerpo para que fuesen más durables y más suertes estando juntas; porque sin duda que una a otra se confirma y se mantiene. Este es el motivo que me obliga a hacerlas imprimir en un volumen: y para que el lector sepa a la primera entrada los puntos que en ellas se tratan, he juzgado a propósito poner aquí la explicación sumariamente.

Las primeras Cartas se escribieron al principio del año pasado de 1656, a tiempo que la Sorbona estaba muy ocupada en examinar la segunda Carta del doctor Arnauld. A este fin se hicieron aquellas juntas, donde pasaron cosas tan extraordinarias, que no había hombre que no se mostrase deseoso de saber la razón y motivo de tantas disputas. Pero como la oscuridad de los términos escolásticos traídos de propósito, no dejaban inteligencia alguna sino es a los Teólogos, los demás quedaban con sola la curiosidad vana, y suspensos de ver tanto aparato a ojos de todo el mundo para unas cuestiones tan ocultas que nadie las podía penetrar con la vita. A este mismo tiempo salieron a luz estas cartas, y todos se alegraron de ver en ellas la explicación de todas las dificultades. Por ellas se vino a saber que se examinaban dos cuestiones; la una de hecho, y por consiguiente fácil de resolver; y la otra de fe, en que estaba toda la dificultad.

La cuestión de fe era, si se había de aprobar o condenar una proposición del doctor Arnauld sacada de dos Padres de la Iglesia de S. Agustín y de S. Crisóstomo. Los doctores de la Sorbona todos a una voz convenían, en que esta proposición era católica en los libros de los dichos SS. Padres: pero los adversarios del D. Arnauld querían que fuese herética en su Carta, y sus defensores al contrario decían que habiendo sido fielmente sacada, no podía dejar de ser Católica.

De manera que todo consistía en señalar la discrepancia que podía haber. Esforzábanse los adversarios para señalarla; mas los defensores destruían con tanta evidencia y fuerza esta discrepancia imaginaria, que para poder condenar la tal proposición, fue menester quitarles a estos la libertad de responder, limitando con un reloj de arena su discursos y pareceres a una media hora. Viendo pues estos que se les quitaba la libertad de hablar, dejaban la junta, protestando de nulidad en cuanto se resolviese en ella.

Y así quedando en la Sorbona solos los adversarios del doctor Arnauld, dijeron lo que se les antojó, y tocaron particularmente tres puntos acerca de la gracia que se explican en estas Cartas.

El primer punto, que fue sobre lo que ellos llaman poder cercano, se explica en la primera Carta.

El segundo, que es acerca de la gracia suficiente, se trata en la segunda.

El postrero, que es sobre lo que ellos llaman gracia actual, se expone en la cuarta.

Y la tercera, que se escribió después de promulgada la Censura, muestra la conformidad perfecta de la proposición del D. Arnauld con la de los SS. Padres; siendo así que los doctores mismos que la censuraron, no han podido señalar ni la menor diferencia. De manera que estas cuatro Cartas refieren y deslindan todo esto a modo de una relación de las conferencias que el Autor mismo dice haber tenido con diferentes doctores.

Y representa el personaje de un hombre poco entendido en estas controversias, como lo son ordinariamente los seglares; y como uno de ellos induce insensiblemente los doctores que consulta, para que le expliquen aquellas cuestiones, proponiéndoles sus dudas, y recibiendo sus respuestas con tanta claridad y gracia, que los menos inteligentes concibieron lo que parecía estar solo reservado para los doctos.

En las seis Cartas siguientes, que son la 5, 6, 7, 8, 9, 10, explica toda la doctrina Moral de los jesuitas, haciendo relación de algunas conversaciones y conferencias que dice haber tenido con uno de sus Casuistas: Donde también se representa como un seglar que pide que le enseñen, y que oyendo referir doctrinas totalmente extravagantes, se asombra; y sin embargo, no atreviéndose a manifestar el horror que las tiene, las oye con toda moderación: con que el P. Jesuita teniéndole por dócil y susceptible de su doctrina, se la confía libremente. No porque no le vea muchas veces asquear: pero como cree que no es sino admiración, que le causa la novedad de sus máximas, no deja de proseguir en ellas, confirmándolas con las razones más fuertes que sus propios autores traen.

De esta manera la verosimilitud, que es necesaria en los diálogos, se observa aquí siempre: porque se representa un Padre Jesuita buen hombre, como los hay muchos entre ellos, que aborrecería efectivamente la malicia de su Compañía si la conociera; pero se supone que es tal, que no tiene ni aun la menor desconfianza por el respeto grande que guarda a sus autores y a sus opiniones las cuales tiene por santas; y así mira con exactitud, de no decir cosa alguna que no la saque de sus obras de ellos, citando siempre sus propios términos para confirmar lo que dice: pero juzgándose bastantemente fundado con tener a estos autores por fiadores, sin recelo declara lo que enseñaron en sus libros.

Sobre esta aseguranza expone por menor toda su doctrina moral, como si fuera la mejor del mundo, y la más fácil para salvar muchas almas, sin considerar que la regla que han dado por cristiana y propia para aliviar la flaqueza humana, no es sino un ensanche político, y una pura adulación, para ajustarse a las pasiones desordenadas de los hombres.

Este pues es el carácter de este Padre Jesuita; y el otro que le escucha, no queriéndole ofender, ni tampoco dar fe a su doctrina la recibe con risa ambigua: conoceríala otro cualquier que tuviese menos preocupado el entendimiento de lo que este P. Jesuita tenía el suyo, que persuadido absolutamente que esta doctrina era verdaderamente la misma que la Iglesia enseña, por ser de su Compañía, fácilmente se imagina que otros la creen también.

Este estilo van continuando de entrambas partes, hasta llegar a ciertos puntos esenciales, donde el que los oye, dificultosamente detiene la indignación que le mueve el modo insufrible de profanar la Religión. Sin embargo se refrena, para saberlo todo: mas finalmente llegando el Padre a declarar los excesos abominables que han cometido sus autores, quitando de la Moral cristiana la obligación de amar a Dios, que es su fin; y enseñando que basta que no le aborrezcamos, aquí se enciende en cólera y rompiendo con el Jesuita da fin a este género de conversación en la décima Carta.

Por donde se conoce cuán importante ha sido que esa materia se tratase por diálogos; pues dio lugar al Autor de estas Cartas a que descubriese no solamente las máximas de los Jesuitas, pero también el artificio sutil que tienen para introducirlas en el mundo, y se conoce por las paliaciones que este Padre refiere de sus autores los más célebres, por donde se descubren manifiestamente los intentos que tuvieron en establecer su doctrina Moral.

Y con evidencia se ve que el designio principal de los Jesuitas, no es propiamente de corromper las costumbres de los Cristianos, ni tampoco de reformarlos, pero bien de atraer a todo el mundo con un modo cómodo y ajustado a las inclinaciones de cada uno; que como hay personas de diferente humor, hubieron de forjar diferentes máximas, para satisfacer a todos; y por cuanto para este efecto les ha sido necesario proveerse de opiniones contrarias, fue menester que mudasen la regla de las costumbres, dejando al Evangelio y a la tradición, que son la regla verdadera que conserva siempre y en todo un mismo espíritu; y substituir otra que fuese flexible, blanda y variable a todas manos, y capaz de admitir en sí todo género de formas; y es lo que ellos llaman la doctrina de la Probabilidad.

Esta doctrina consiste en decir, que se puede, con toda seguridad de conciencia, seguir una opinión cuando la llevan cuatro doctores graves, o tres, o dos, o uno solo: y que un doctor cuando se le pide su parecer, puede dar un consejo probable según el sentir de otros, aunque él en sí crea ser falso, quamvis ipse doctor ejusmodi sententiam speculative falsam esse certo sibi persuadeat, como dice Layman Jesuita; y que así pudiendo aconsejar indiferentemente las dos opiniones opuestas, obrara con prudencia aconsejando la que fuere más cómoda y más agradable a la persona que le consulta: Si haec illi favorabilior seu exoptatior sit.

Esta piedra fundamental de todos los demás ensanches, se refiere y se explica en la Quinta y en la Sexta Carta, y también en la Trece, donde claramente se descubre, como de esta fuente se han originado todos los desvaríos y desaciertos de los Casuistas, y que puede todavía producir una infinidad de otros, por cuanto el entendimiento humano es capaz de forjar un número sin fin de opiniones nuevas y horribles: y según esta regla perniciosa basta el antojo y capricho de estos doctores que las inventan, para hacer que sean seguras en conciencia. Y de aquí procedieron los ensanches increíbles que concedieron a todo género de estados, a Sacerdotes, a religiosos, a beneficiados, a caballeros, a domésticos, a hombres de negocios, a magistrados, a ricos, a pobres, a usureros, a bancorroteros, a ladrones, a mujeres deshonestas, y aún a hechiceros, como se ve en estas seis Cartas. Los demás ensanches acerca de la limosna, de la simonía, y de los hurtos domésticos se hallan en la Sexta.

La licencia para matar por cualquiera injuria que va contra la vida, honra o hacienda, está en la Séptima.

Las dispensaciones para no restituir, en la Octava.

Las facilidades para salvarse sin trabajo, quedando en los regalos y comodidades de esta vida, se ven en la Nona.

Y finalmente la Décima, que acaba como ya está dicho, quitando la obligación de amar a Dios, explica los ensanches que han dado a la confesión: De suerte que los pecados que esos Casuistas no pudieron excusar, son tan fáciles de borrar según sus nuevas máximas, que como ellos mismos dicen, los delitos se borran hoy con mayor gusto y facilidad que cuando se cometen.

Los Jesuitas viendo el daño que estas Cartas les hacían en todas partes, y que si callaban vendrían a perder del todo su reputación y crédito, se resolvieron a responder a ellas; pero halláronse muy embarazados. Porque aquí no hay más de dos preguntas que hacer: la una, si es verdad que sus Casuistas han enseñado estas opiniones, y esta es una verdad de hecho que no se puede negar: y la otra, si estas opiniones no se deben tener por impías y perniciosas, y de esto no se puede dudar, porque son tan groseras que no hay hombre a quien no le causen horror.

Y así los Jesuitas trabajaron sin fruto, y con tan poca satisfacción que hubieron de dejar imperfecta la obra que habían emprendido. Porque primeramente sacaron un escrito que llamaron Respuesta primera, más no hubo segunda. Después sacaron, la Primera y segunda Carta a Philarque, y la tercera se quedó en el tintero. Empezaron luego otra obra mayor, que intitularon Falsedades, y prometieron cuatro partes; más después de haber sacado la primera y algo de la segunda quedaron estancados. Y finalmente el Padre Annat viniendo el último al socorro de los suyos, sacó a luz un libro que intituló, La buena fe de los Jansenistas, y no fue más de una repetición de lo que los otros habían dicho, y muy flaca de razones. De manera que le fue fácil al Autor de estas Cartas el defender su causa, como lo hizo respondiendo a los puntos más principales que sus adversarios le opusieron: y este hizo en las Cartas que me quedan por referir.

En la Carta Once, a los que le motejan de haber usado de mofas y irrisiones, muestra que es una objeción la más injusta del mundo; supuesto que sus propias máximas dan el motivo para ello, siendo las más de ellas efectivamente ridículas y tan extravagantes que causan risa, y los autores se tienen la culpa. Además que el Autor no podía tomar otra forma mejor para proseguir en su conversación y mostrar a un mismo tiempo la aversión y horror que tenía a esta doctrina, como haciendo mofa de lo ridículo que hay en ella, y difiriendo para otra ocasión el responder de veras y confundir tanta impiedad: pero de un modo que aun los más lerdos podían conocer que la miraba con ceño, y que le manifestaría a su tiempo. Este pues era el estilo más natural y más proporcionado de que se valió sin salir de las reglas que los SS. Padres de la Iglesia han dado para no ofender ni la religión ni la caridad con las irrisiones.

Consecutivamente viene en las Cartas 12, 13, 14, a lo que le reprehendieron los Jesuitas, de no haber alegado fielmente los lugares de sus autores. Y sobre esto prueba primeramente que ha sido fiel y preciso en sus citaciones; y tomando esa ocasión para repetir los puntos en que le habían motejado de falsario y mentiroso, les da en cara su pertinacia en mantenerlas, y oponiendo las máximas de la Iglesia a las que ellos llevan acerca de la simonía, de la limosna, del homicidio, y de lo demás, y en particular acerca de la doctrina de la probabilidad, los confunde con tanta fuerza, que si antes se habían quejado de sus burlas, tuvieron después más razón de sentir sus veras.

Pero después de haber mostrado el Autor la mala fe que los Jesuitas guardaron en sus calumnias particulares, por donde quisieron quitarle el crédito, descubre el origen y el principio general de donde salen en la carta 15. Allí saca a luz la máxima que tienen, y es la más horrible de toda su política; que según su Teología creen que pueden sin pecar calumniar sus adversarios, y que pueden acusarlos de delitos que ellos mismos saben ser falsos, para quitarles el crédito, y para que nadie los crea. Pareciera esto increíble, si no se vieran las pruebas en esta Carta, verificadas por un gran número de sus propios Autores y aun de las Universidades que ellos gobiernan, que confirman esta máxima tan pertinazmente, que viene a ser el día de hoy la más autorizada y la más ordinaria de todas las que tienen; por lo cual Caramuel uno de los mayores amigos de la Compañía dijo: Que esta opinión era de tantos Casuistas, que si no era probable y segura en conciencia, apenas se hallaría una que lo fuese en toda su Teología.

Y así en la respuesta que dieron a esta Carta, donde casi sólo se trataba este punto, no se atrevieron a negarlo, ni a contradecir los lugares que citó de sus mismos autores, para mostrar que en realidad llevan esta doctrina. Verdad es que lo había mostrado de suerte que no les dejaba lugar de poderse defender; porque les hace ver, no solamente que ellos la enseñan públicamente en sus libros, sino que también la platican a cara descubierta, y trae muchos ejemplos y notables en esta misma Carta 15, y lo mismo prosigue en toda la 16, a que no respondieron nada.

Nadie creo se admirará viendo esta máxima tan asentada entre los Jesuitas, que se hayan valido de ella contra el Autor de las Cartas, visto que les importaba tanto el dar por sospechosa su fidelidad, y que sus conciencias, que era lo que los podía refrenar, se avienen bien con la calumnia en virtud de esta doctrina que les exime de todo pecado.

Más como les fue fácil, siguiendo esta máxima, de calumniar al Autor sin escrúpulo; así le fue también fácil al Autor, valiéndose de la verdad, el justificarse y desvanecer todo cuanto le han opuesto diciendo de él, que era un falsario y aun hereje, y asegurando en todos sus escritos, y en particular el P. Annat en su libro de la buena fe. A que el Autor responde en su carta 17, donde muestra que no solo no es hereje, pero que ni hay herejes en la Iglesia; y que la controversia que hay entre los jesuitas y sus adversarios acerca de las V Proposiciones condenadas por Inocencio X, no es más de un pretexto que los Jesuitas toman para acusar a los que ellos tienen por adversarios, y que no es más de una cuestión de hecho, sobre cuál fue el sentido de Jansenio, y que esto no puede ser materia de herejía. Y pone este punto con tanta claridad el Autor de las cartas, y lo prueba con tanta eficacia que cualquier podrá fácilmente saber en qué está esta disputa que causa tanto ruido en el mundo, y que los Jesuitas disfrazan de género, que quien no lo sabe sino por lo que ellos dicen, o por sus libros, o sus sermones, se admirará de ver cuán apartado estuvo de lo que se trataba.

Por lo cual el P. Annat viéndose rechazado con tan sólidas razones emprendió la causa de su Compañía respondiendo a esta Carta 17. Más su respuesta no sirvió sino es de dar nuevo motivo al Autor para que deslindase más este punto, como lo hace en la Carta 18, donde muestra que el P. Annat viéndose apretado y obligado a señalar en qué consistía la herejía que imputan a sus adversarios, no pudo hacerlo sino es, señalando un error que todos los Católicos aborrecen, y que sólo los Calvinistas siguen. Conque es de alabar a Dios de ver la Iglesia librada de la aprehensión y sospecha de una herejía nueva: pues no hay hombre en su comunión que no condene las proposiciones, que según dicen los Jesuitas siguen los que ellos llaman Jansenistas.

Estos son los puntos principales que se tratan en estas Cartas, que fueron llamadas Provinciales, porque las primeras habiendo salido fin nombre para una persona del campo, el impresor les puso el título de Cartas escritas a un Provincial por un amigo suyo.

Bien quisiera decir algo del Autor; pero la poca noticia que se tiene no me da lugar: porque no se sabe del, más de lo que él mismo quiso decir de sí. De poco tiempo acá se dio el nombre de Luis de Montalto: y todo lo que se ha podido alcanzar, es lo que él mismo ha declarado, que no es sacerdote, ni doctor. Los Jesuitas añadieron algo a esta declaración; porque dieron a entender que el Autor había confesado que no era Teólogo, y tal no se halla en todas sus Cartas. Pero léanse, y se verá, si es que entiende algo de la verdadera Teología, y juntamente se conocerá viendo el valor y brío que muestra en opugnar los errores de un cuerpo tan poderoso, como lo es la Compañía, que tal debe de ser su celo por el bien de la Religión. Finalmente todo el mundo verá su fidelidad, si quiere tomar el trabajo de cotejar los Casuistas con la verdad de sus citaciones.

Paréceme que no hay cosa que pueda más bien probar su sinceridad que lo que añade en la Carta 16, revocando una palabra que había dicho en la 15, de cierta persona, sin nombrarla, que era Autor de las respuestas que habían salido contra sus Cartas, y esto, fiado en la voz pública. El sentimiento que muestra por una falta tan leve, y su revocación pública, hace creer que no le sufriría la conciencia, si hubieses falsamente imputado a Religiosos impiedades tan horribles, y que en tal caso estaría pronto a hacer la reparación debida. Y está tan ajeno de quererlos calumniar injustamente, que antes no ha alegado contra ellos todo lo que podía. Porque les ha pasado puntos tan esenciales y tan importantes, que los que tienen noticia de la doctrina de la Compañía, han alabado su moderación: y ha citado con tanta exactitud los lugares que trae, que se colige que deseaba que los lectores fuesen a cotejarlos con los originales. Los que quisieron tomar este trabajo, hallaron más de lo que dicen las Cartas, come lo hicieron los Curas de París y de Ruen: porque así que salieron a luz, los de Ruen se pusieron a examinar sus citaciones con fin de solicitar la censura de las Cartas o de los Casuistas que se citaban, según las hubiesen hallado o conformes o contrarias, como consta por una Carta de un Cura de Ruen que escribe a un amigo suyo el principio de esta historia, diciendo así:

Para tratar con madurez este negocio, y para no empeñarse en él sin razón, los Curas de Ruan se resolvieron en una de sus juntas a examinar los libros donde se decía que estaban las proposiciones y las máximas perniciosas que el Cura de S. Maclu había reprehendido en sus sermones, y a sacar copias y hacer fielmente un sumario de ellas: para después pedir por vía canónica la condenación, si se hallaban en los Casuistas de cualquier calidad o estado que fuesen: y si no se hallaban, dejando esta causa, solicitar a un mismo tiempo la censura contra las Cartas Provinciales que traían estas opiniones, y que citaban los autores. Fueron nombrados para este efecto seis de la junta, y trabajaron un mes entero con toda fidelidad y exactitud: buscaron los textos citados en las Cartas, y los hallaron palabra por palabra de la manera que se citaban: sacaron copias y hicieron relación a sus cofrades a la segunda junta que tuvieron, donde para mayor precaución fue resuelto que si había alguno entre ellos que quisiese satisfacerse más, fuesen con los deputados al lugar donde estaban los libros para verlos segunda vez, y que confiriense juntos como ellos quisiesen. Observóse esta resolución, y los cinco o seis días siguientes fueron diez o once Curas a la vez, у volvieron a tomar los libros y a cotejar los lugares con sus Autores, y quedaron satisfechos. ¿Púdose guardar mayor circunspección, para esta averiguación?

Consecutivamente después de hecha esta diligencia, los Curas de común acuerdo pidieron al Arzobispo la condenación de estos errores, y escribieron a los curas de París, que se aunaron luego con ellos y con todos los del Reino, para que unánimes y conformes solicitasen de sus Prelados la censura necesaria, así contra las máximas citadas en estas Cartas, como también contra un gran número de otras que ellos mismos habían descubierto y presentado a la Junta general de la Clerecía. Por donde se conoce la fidelidad y exactitud del Autor de las Cartas en referir los errores de los Jesuitas; pudiéndolos motejar de otros muchos más, como tengo dicho antes.

En ese estado están el día de hoy las cosas en Francia: y este es el suceso que tuvieron estas Cartas tan provechosas y saludables para la Iglesia: pues han dado motivo para alabar a Dios, que se haya descubierto un veneno tan pernicioso para las almas, y que a un mismo tiempo los Curas de un Reino tan dilatado, se hayan conformado en avisar a los pueblos, que están a su cargo, como se ve por una parte la malignidad de la Moral de los Jesuitas, y los excesos que puede cometer un hombre cuando está dejado de la mano de Dios, también por otra parte se nota que Dios no desampara su Iglesia, y que ésta no se deja llevar por los defectos de particulares que andan errados, haciendo más caso de sus vanas agudezas de ingenio, que de las luces incorruptibles y eternas.

A 5 de Mayo de 1657.

[ Luis de Montalto, Les Provinciales…, Colonia 1684, páginas [v-xxxix]. ]