Filosofía en español 
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Tratado VI. Del sexto mandamiento. No fornicarás


Del sexto mandamiento

No fornicarás

No dificulto, que cualquiera modesto corazón entrará en la lección, y estudio de este precepto con la repugnancia, con que el mío se ha determinado a tomar la pluma para escribirlo; pero sírvanos a todos de ánimo, que si un Ángel, siendo de orden tan superior su pureza, no se desdeñaba de bajar a Jerusalén a revolver las aguas de la Piscina, donde había tanto podre, e inmundicia de llagas, solo a fin de dar salud a un doliente: Et sanabitur unus. Ioann. 5. Menos debe amilanarse un hombre, por mucho que se precie de recatado, y casto, de revolver las aguas de esta Piscina, y dar salud a tantas almas, como están tocadas del contagio sensual. Quiera el Cielo, que ya que se escriben los remedios, y medicinas, sean de provecho, para que recuperen las almas la salud perdida. Pero al paso, que la peste de este vicio es tan pegajosa, será bien, que como el Médico temporal se previene de un pomo de olores aromáticos, para preservarse de las cualidades nocivas, y peregrinas impresiones, que podía percibir de los enfermos; y como en las cuadras de los tabardillentos se prepara una albornia de vinagre, para que no inficione a los circunstantes el accidente del enfermo, así será bien, que para que el contagio de la sensualidad no se pegue al Confesor, se prevenga de los suaves olores de la oración, y del vinagre de la mortificación, y cautela.

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1  Y antes de entrar en las especies particulares de este Tratado, supongo, que en este Mandamiento se prohíbe todo pecado de lujuria, que puede cometerse con pensamientos, palabras, y obras: con pensamientos, consintiendo, por modo de deseo, o delectación en alguna torpeza: por palabra, hablando cosas obscenas: y por obra, ejecutando alguna acción inhonesta. Supongo lo segundo, que luxuria est inordinatus appetitus venereorum; y es uno de los siete vicios capitales, y dellos el más común, y más peligroso: tan común, que desde los años más tiernos, hasta la edad mas cansada reina, sin perdonar sexo, ni estado; y tan peligroso, que si solapadamente se introduce en el alma, y con disimulados halagos se prende en la voluntad, con gran dificultad se despide; muchas raíces, y muy profundas suele criar en los pechos humanos; y gran cuidado, y desvelo es necesario para que no se apodere de el corazón.

2  Siete son las especies, que se contienen debajo del género de la lujuria; y son simple fornicación, estupro, rapto, adulterio, incesto, sacrilegio, y contra naturam. Simple fornicación, est accessus soluti cum soluta. Estupro, est accessus cum fæmina virgine, vel renuente; vel libere consentient, iuxta varias opiniones. Rapto, est accessus cum fæmina per vim adducta de uno ad alium locum. Adulterio, est alieni thori violatio, vel accessus viri soluti ad mulierem nuptama, aut e contra. Incesto, est accessus cum consanguinea, vel affine intra quartum gradum. Sacrilegio, est accessus cum persona votum castitatis habente. Pecado contra naturam, est effussio seminis extra vas debitum. Y este pecado contra naturam tiene tres especie distintas; la polución o molicie, la sodomía o pecado nefando, y la bestialidad. Polucion, o molicie, est effussio humani seminis extra vas. Sodomía, est accubitus, seu congressus inter persona: eiusdem sexus; vel intra personas eiusdem speciei, sive eiusdem, sive adversi secus, sed in vasse indebito. Bestialidad, est accubitus, seu accessus ad suppositum alterius speciei.

En cada uno de los siguientes capítulos iré tocando lo que más prácticamente sucede, y comenzaré por el pecado contra naturam, que suele ser muy frecuente; y aunque en él se ofrecía hablar de la sodomía, y bestialidad: pero por ser preciso el tratar de ellas en la explicación de la Proposición 24, que condenó Alejandro VII, por eso lo omito para allí, donde se podrá ver en la 2 parte de la Práctica, tract. 17. n. 150 & seq. Y no puedo excusar de prevenir aquí a los Padres Confesores, que este Mandamiento suele ser el escollo más ordinario de las confesiones; aquí se tropieza con las ocasiones próximas; aquí se hallan las costumbres de pecar; aquí se ocultan los pecados, o sus circunstancias precisas, por miedo, velo, embarazo, y vergüenza. Revístase el Ministro de Dios de celo, y discreción: celo, para saber hablar con claridad Cristiana, y tesón valeroso, a los que están sumergidos en el lago profundo de la ocasión, o presos de la red intrincada de la costumbre, para sacarlos de tan lamentable, y ciego estado, con el desengaño, con la exhortación; y si esto no basta, con negarles la absolución. Tenga también discreción para saber con espera, blandura, tolerancia, y sufrimiento sacar la lepra oculta del corazón, al pobre penitente, que sin conocer su daño, disimula su dolencia; piensan ignorantes, que si han pecado contra naturam, no tienen remedio, sino acuden a Roma, o a la Inquisición: dígales el Confesor lo que en eso hay, y tengo antes advertido: juzgan rústicos penitentes, que el Confesor los ha de atropellar (y puede ser que alguno inicua, y malamente lo haya hecho) vea por experiencia que no es así; y esto le será motivo para abrir su pecho, y manifestar su ponzoña.

De los pensamientos, y palabras indecentes hablaré en este Tratado, cap. 9 y cap. 10. y de los ósculos, tactos, y aspectos incautos, trataré en la 2. parte de la Práctica, tract. 17, num. 253 & seq. en la explicación de la Proposición 40 condenada por el Papa Alexandro VII, allí se podrá ver. *

Capítulo primero

De la polución

P. Padre, aquí habrá de tener un poco de paciencia, y oír mis maldades, porque he sido el pecador más derramado, de cuantos han nacido de mujeres.

C. Hijo, desahóguese, y no se aflija, que yo le oiré con todo gusto, y le trataré con afabilidad, sin espantarme de cosa, que v. m. me pueda decir, porque soy hombre como v. m. y conozco la suma fragilidad de estos vasos de barro, y en mi vida me han espantado pecados. Aliéntese, y diga todo cuanto quisiere, no deje cosa por temor, ni velo; porque si el doliente no declara al Médico su enfermedad, no puede darle salud; y si v. m. no manifiesta todas las llagas de su conciencia, tampoco yo podré curarle: y sólo una culpa grave, que v. m. oculte con malicia, le ha de dar la muerte.

3  P. Padre, me acuso, que siendo muchacho, me junté con otro de mi edad, que me enseñó a tener polución, y yo he hecho muchos pecados después acá de este género.

C. Y en aquella edad ¿sabía v. m. que era pecado la polución, o no le incurrió, que eso era malo?

Pregunta, que debe hacerse a los de poca edad, y gente rústica, porque muchos ignoran, que si no es con mujer, no pecan en esa materia. Y yo he encontrado a muchos, que ignoraban ser pecado la polución.

P. No Padre.

C. ¿Y no se le ofreció el confesarlo?

Por esta pregunta se puede inferir a posteriori, si acaso hubo en tales personas alguna malicia; pues si lo confiesan, sin que nadie les haya dicho, que era pecado, es argumento de que ya conciben alguna fealdad, y deformidad al hacer esas torpezas.

P. A mi no me pasó por el pensamiento el confesarlo, hasta que oí decir, que era pecado.

4  C. ¿Y qué tanto tiempo vivió v. m. con esa ignorancia?

P. Padre, unos cuatro años.

C. ¿Y en ese tiempo, cuantas veces cometió esa fealdad?

P. Padre, sería dos veces a la semana, una con otra.

C. Ese es pecado contra naturam: verdad es, que en v. m. no fue pecado por causa de la ignorancia, aunque este pecado esté prohibido por ley natural, en sentencia común de los Modernos, que admite, que puede haber ignorancia invencible en las cosas prohibidas por Derecho natural. Véase el Caspense tom. 1. tract. de peccatis, disp. 5. sect. 2. n. 19.

5  ¿Y después que v.m. conoció, que eso era pecado, lo ha hecho otras veces?

P. Sí Padre, muchísimas.

C. ¿Cuántas habrán sido?

P. Padre, no tiene número.

C. ¿Cuánto tiempo le ha durado a v. m. esa costumbre?

P. Padre, hasta que me casé.

C. ¿Y de que edad casó vuesa merced?

P. Padre, de veinte y cuatro años.

C. Y cuando cayó en la cuenta de que eso era pecado, ¿que edad tendría?

P. Padre, no me podré acordar.

C. Cuando v. m. se juntó con aquel muchacho, que le enseñó ese vicio, ¿cuántos años tendría poco más, o menos?

P. Padre, tendría unos doce años a mi parecer.

C. Con que si v. m. cuatro años pasó sin conocer, que eso era pecado, y casó de 24 años; después que v. m. tuvo ese conocimiento, hasta que casó, pasaron ocho años. Pues cuando aprendió este vicio tenía doce, cuatro años vivió con ignorancia, que son hasta los diez y seis años, desde diez y seis hasta 24 ¿van ocho años?

P. Sí Padre, así es.

6  C. ¿Y con qué frecuencia solía v. m. hacer eso, después que conoció, que era pecado? ¿Cuántas veces sería a la semana, o al día, un día con otro?

P. Padre, no podré acordarme, porque a veces en toda una semana no lo hacía ninguna vez, otras semanas muchas veces.

C. Pues basta, que v. m. se acuse de haber tenido esa costumbre por espacio de esos ocho años. Así lo enseñan comúnmente los DD. con Navarro, Victor, Cayetano, citados por Villalobos en la Sum. tom. 1. tract. 9. dific. 33. num. 5. Cano, y Soto, citados por Diana p. 3. tract. 4. resol. 89. Lo cual es general, y común principio, que en cualquiera materia, en que el penitente no puede decir con individualidad el número de sus culpas, basta se acuse del tiempo en que tuvo la costumbre.

7  Ahora dígame, cuando v. m. tenía esas poluciones, ¿se acordaba de algunas mujeres?

P. Si Padre.

C. ¿Y deseaba por entonces tener acceso con alguna de ellas?

Porque si tenía ese deseo, demás de la malicia contra naturam, que incluye la polución, cometió v. m. otra distinta en especie por ese deseo, según las circunstancias del objeto, que deseaba, si era de mujer casada, adulterio; si parienta, incesto; porque es doctrina cierta, y común, que el deseo eficaz le viste de la misma malicia, que el objeto a que mira.

P. Padre, a mi me parece, que si entonces tuviera presente alguna mujer, ya pecaría con ella.

C. ¿Y deseaba v. m. entonces actualmente el pecar con ella? Porque no consiste el pecado en contingentes condicionados de lo que sería, si yo me viera en esa ocasión, o la otra; porque el más timorato teme de su fragilidad, que puesto en la ocasión, caería, y no por eso peca. Lo mimo digo de v. m. que no porque le parezca, que si tuviera allí entonces alguna mujer pecaría con ella, se ha de juzgar, que contrajo ya la malicia en el deseo. Para eso es necesario, que entonces desee pecar con la tal mujer.

P. Pues Padre, yo no tenía este deseo.

8  ¿Y sólo se acordaba v. m. de esos objetos de mujeres, para mas deleitarse en la polución?

P. Sí Padre.

C. Pues esas poluciones no se distinguen en especie, por causa de tener v. m. el pensamiento deleitándose en la variedad de objetos de diversas mujeres, sino que todas eran de una misma especie. Baseo verb. Luxuria, num. 18. Diana part. 7. tract. 12. resol. 15. Cayetano, Bonacina, Azor, y otros, que cita, y sigue Murcia tom. 1, disq. lib. 2. disp.. 3. resol. 4. num. 3. Y es la razón, porque la recordación de esos objetos (cuando no hay deseo eficaz) sólo sirve de medio para mayor intensión del deleite; atqui, los medios, que solo sirven para más intensión del deleite, no causan específica distinción, sino que solo agravan dentro de la misma especie: Luego esas poluciones no se distinguían en especie por razón de los objetos.

[ Práctica del confesonario (Pamplona 1686); según la octava impresión (Imprenta Real, Madrid 1690), “edición canónica”, páginas 53-55. ]