Filosofía en español 
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Tratado IV. Del cuarto mandamiento. Honrar padre y madre


Capítulo primero

De la obligación de los hijos para con sus padres

En este cuarto precepto, en que nos manda Dios honrar padre, y madre, se han de atender muchas obligaciones; la que tienen los hijos en venerar a los padres y estos en educarlos, alimentarlos, doctrinarlos, y corregirlos: la obligación, que tiene la mujer con su marido, y este con su mujer: la que tienen los Superiores con sus súbditos, y estos con aquellos: la que tienen los pupilos, y discípulos con sus Tutores, y Maestros; los criados con sus amos, y estos con sus criados; y a mas de eso, las obligaciones, que cada uno tiene en su estado, y oficio. Trataré en este lugar algunas de las cosas más practicas, y precisas, de las cuales se podían deducir otras muchas; y en la 2 parte de la práctica hablaré de propósito de las especiales obligaciones, que cada uno tiene en su oficio, y estado. *

1  P. En este Mandamiento me acuso Padre, que varias veces perdí el respeto a mis padres.

C. Tres cosas enseñan los Teólogos deben los hijos a los padres, y son, amor, reverencia, y obediencia. Contra el amor debido a los padres, faltan los hijos, que les tienen odio, los aborrecen, les miran con ceño, esquivez, y mal afecto; y no les socorren en sus trabajos, y necesidades, pudiéndolo hacer. Contra la reverencia faltan los hijos, que dicen a sus padres palabras desatentas, injuriosas, y pesadas, o ponen las manos en ellos. Contra la obediencia faltan, cuando no ejecutan lo que sus padres les mandan; todo lo cual constará de lo que resolveré en las preguntas siguientes; y comenzando por la obediencia:

Dígame, ¿ha ejecutado lo que le han mandado sus padres?

P. Padre, ordinariamente hacía de mala gana lo que me mandaba, y muchas veces lo dejaba de hacer.

C. Y lo que le mandaba su padre, ¿era cosa de peso, y momento?

P. Teníame mandado, que de noche no saliera de casa, de manera, que volviera tarde, que no jugase a los naipes en juego largo, en que pudiese perder mucho, que me apartase de malas compañías.

C. Todo eso es materia de peso; el desobedecer al padre en cada una de esas cosas, es pecado mortal: Villalobos part. 2. tract. 41. dific. 6. num. 3, y es común. Pero desobedecer al padre en cosas leves, domésticas, y de poca monta, comúnmente es pecado venial.

2  P. Padre, acúsome, que cuando me casé, fue contra la voluntad de mis padres.

C. Y la persona con quien v. m. casó, ¿fue muy desigual en calidad, o hacienda?

P. Padre, igual era en todo, pero también mis padres me proponían otro igual.

C. Si v. m. hubiera casado con persona muy desigual contra la voluntad de sus padres, hubiera pecado gravemente, como enseña la común de los Teólogos con Toledo, y Navarro, que cita Fagúndez in Decalogo lib. 4. cap. 4. n. 3, porque el hijo debe obedecer a sus padres en las cosas razonables, es muy razonable el que no se case con persona desigual, luego, &c.

3  Pero el casar con persona igual contra voluntad de los Padres, no es pecado, como enseñan Toledo, Molina, Cordova, y otros que cita Fagúndez ubi supra, n. 4, y es la razón, porque el hijo es libre en la elección del estado, y el padre no le puede embarazar, cuando hace razonable elección: en casar con persona igual, hace el hijo razonable elección. Luego no se lo puede embarazar. A que debieran atender mucho los padres, que violentan la voluntad de sus hijos, e hijas, obligándoles a que casen con personas a quien no tiene afición, de que resulta el vivir toda su vida desconsolados, sin paz, ni quietud.

Solo en este caso debe el hijo casar con persona igual, que le propone su padre, dejando otro igual, a que el se inclinaba; y es, cuando casando con la persona que el padre le propone, habían de cesar pleitos, y discordias, y salir de ahogos la familia, Remigio tract. 2. cap. 4. §. 1. n. 10.

4  P. Padre, también me acuso, que muchas veces replicaba a lo que me decía mi padre: y en una ocasión que fue a darme con un palo, yo por defenderme, me abracé con él, y le derribé en tierra.

C. El poner el hijo las manos en su padre, y aun solo el levantar la mano para herirle, es pecado mortal, como con Reginaldo enseña Busembaum in Medula, lib. 3. tract. 3. cap. 2. dub. 1. n. 2. Pero la acción, que v. m. hizo con su padre, no la condeno a culpa mortal, porque la defensa es lícita, y permitida: v. m. solo tiró a defenderse, y per accidens, se siguió el haber caído su padre en tierra.

5  Ahora dígame v. m. ¿folía su padre maldecir, y jurar cuando le replicaba v. m.?

P. Sí Padre, muchísimo.

C. ¿Y le decía v. m. palabras pesadas, o injuriosas?

P. Padre, tenía tan terrible condición, que de cualquiera palabrilla que le respondiese, se inquietaba de calidad, que decía mil maldiciones, y juramentos.

C. Para hacer juicio de la gravedad de este pecado, no se ha de atender a la inquietud, o pesadumbre que el padre toma, sino a la ocasión que para ello se le da: si la ocasión es leve, aunque el padre se exaspere mucho, será pecado venial; pues esa inquietud debe culparse a la mala condición del padre, y no a culpa del hijo, como dice Marcancio resol. Mor. circa quartum Decalogi, §. Quaero 3. Remigio tract. 2. cap. 4. §. 1. n. 4 in fine.

6  P. Padre, acúsome, que en una ocasión tuve un rompimiento con mi padre, y tuve odio con él algún tiempo.

C. ¿Y cuanto tiempo duraría ese odio?

P. Padre, ya duró unos tres meses.

C. Pues todo ese tiempo estuvo v. m. en pecado mortal, y tal, que ese odio por la circunstancia de ser contra el padre, tenía dos malicias en especie distintas; la una contra caridad, por la generalidad de próximo; y la otra contra piedad, por la razón de padre: porque la piedad manda, que a los padres se tenga particular amor. Luego si el tener odio a cualquiera próximo, tiene una malicia contra caridad; el tenerle al padre, tendrá dos malicias, contra caridad, y contra piedad.

7  P. También me acuso, que algunas veces miro a mi padre con algún ceño, y aspereza.

C. ¿Eso era algún despego por alguna leve inquietud?

P. Sí Padre, sobre algunas cosillas de casa solemos tener alguna diferencia con alguna exasperación.

C. El mirar el hijo al padre por sobre el hombro, con ceño, y aspereza, absolutamente es pecado mortal. Pero cuando por alguna diferencia doméstica hay algún género de despego, sólo es pecado venial. Ita Toledo, Silvestro, Tabiena, que cita Fagúndez tom. 1 sobre el Decalog. lib. 4 cap. 2. n. 1 y 2.

8  P. Acúsome, que a un hermano mayor que tenía, cuando era muchacho, solía decirle malas palabras y a veces le pegaba de puñadas.

C. Esas disensiones, que suele haber entre muchachos, aunque sean hermanos, comúnmente es pecado venial.

9  P. Acúsome Padre, que a una hermana mía le he tenido odio, y deseado mal.

C. El mal, que v. m. le deseaba, ¿era la muerte, grave infamia, o otro mal considerable?

P. Padre, ya le deseaba grave mal, pero no muy considerable.

C. El desear grave mal a la hermana, es pecado mortal, como el desearlo a otro cualquiera próximo. Pero por la circunstancia de hermana no tenía especial malicia contra piedad, menos que le deseara mal muy considerable, como la muerte, grave infamia, como sienten Lugo de poenitentia, disp. 16. sect. 16. n. 307. Porque a los hermanos no se debe tanto amor, ni hay tanta obligación respecto de ellos, como la hay respecto de los padres. Luego, aunque el desear cualquier grave mal a los padres, sea especial pecado contra piedad, no lo será respecto de los hermanos, menos que sea mal considerable.

De que se infiere, que el desear daño considerable, aunque sea la muerte a otros parientes, fuera de los padres, abuelos, hermanos, aunque será pecado mortal contra caridad; pero no tendrá especial malicia contra la piedad, como con Bonacina enseña Lugo en el lugar citado, num. 308. Porque a los demás parientes no se debe aquel especial amor, como a los padres, abuelos, y hermanos. Luego no será contra la virtud de la piedad el desearles mal considerable.

10  P. También me acuso, que a mi madre algunas veces le echo algunas maldiciones, diciendo: válgate el diablo la mujer.

C. ¿Y esas maldiciones las dice v. m. de corazón a su madre?

P. No Padre, sino solo llevado de alguna impaciencia.

C. ¿Y dice v. m. esas maldiciones en presencia de su madre?

P. Sí Padre.

C. El decir maldiciones a los padres de corazón, y con intención, que les alcance, ora sea en presencia suya, ora en ausencia, es pecado mortal, con dos malicias, en especie distintas, contra caridad, y piedad, según lo arriba dicho. El maldecirles en ausencia, sin intención de que les alcance la maldición, es pecado venial: pero si es en presencia, aunque sea sin tal intención, y sin corazón dañado, será pecado mortal, menos que excuse la inadvertencia, como dice Remigio en la Suma, tract. 2. cap. 4. §. 1. n. 3.

11  P. También me acuso, que días pasados tuve unas palabras con el Alcalde, y lo quise atropellar; y después encontrando a unos amigos, dije de él mil perrerías.

C. ¿Y lo que dijo v. m. a esos amigos, era cosa grave contra el crédito del Alcalde?

P. Sí Padre.

C. ¿Y era cosa pública?

P. No Padre.

C. Dos acciones son esas, en que hay su distinción; la primera, en que v. m. dijo esas palabras al Alcalde, fue contumelia, la segunda, fue detracción: en la primera hubo dos malicias, en especie distintas; la una, contra justicia, y la otra contra la virtud de la observancia, la cual virtud nos manda tener especial respeto a los Alcaldes, y superiores: en la segunda, solo hubo una malicia de injusticia. Porque la virtud de la observancia manda, que a los superiores se tenga especial atención, y respeto; contra este respeto, y atención se opone el decir palabras, o hacer acciones contumeliosas a los superiores, mas no el murmurar de ellos en ausencia. Luego en lo primero habrá dos malicias, y solo una en lo segundo; es doctrina de S. Tomás, y su Escuela, que se puede ver en las Disquisiciones Morales del P. Murcia tom. 2. lib. 4. disp. 8. resol. 3. n. 6 y 7. Acerca del modo con que se ha de satisfacer la injuria de la contumelia, y el daño de la detracción, trataré en el octavo Mandamiento.

12  P. Padre, acúsome, que a las personas mayores en edad no les tengo el respeto debido.

C. Esa circunstancia de ser mayores en edad las personas ofendidas, no muda de especie, aunque agrava la malicia de la ofensa, como se colige de la doctrina de Lugo arriba referida y en especial en el n. 309. Y el perderles el respeto, será pecado leve, o grave, según sean las palabras, o acciones, que contra ellos se dicen, o hacen.

[ Práctica del confesonario (Pamplona 1686); según la octava impresión (Imprenta Real, Madrid 1690), “edición canónica”, páginas 35-37. ]