Filosofía en español 
Filosofía en español

Julián Gorkin

La infiltración comunista en España

[ 24 diciembre 1957 ]


 

LA INFILTRACION COMUNISTA EN ESPAÑA

Por Julián GORKIN

Moscú está tratando de aplicar en España una operación de gran envergadura y un tanto peligrosa para la causa de la democracia occidental. Esta operación entra de lleno en los acuerdos adoptados por los partidos comunistas, con ocasión del cuarenta aniversario de la Revolución de Octubre, y que tienen por fin la resurrección de la política del Frente Popular y del Frente Nacional. En los años de 1935 a 1939, esta política tuvo catastróficos resultados, principalmente en España: gracias a ella, el Partido Comunista Español y los agentes enviados por el Kremlin lograron apoderarse prácticamente de la zona republicana, redujeron a la impotencia a los hombres y a los partidos democráticos y, apuñalando finalmente a la República por la espalda, contribuyeron grandemente al triunfo de Franco y de sus protectores Hitler y Mussolini, todo ello en medio de la trágica incomprensión de los países democráticos. Mucho me temo que la misma incomprensión les permita preparar ahora a los comunistas una operación semejante y de consecuencias no menos dramáticas, sobre todo si tenemos en cuenta el inmenso poder adquirido por la URSS de entonces acá.

Nos explicamos ahora perfectamente por qué Moscú, que ha hecho suprimir a la mayoría de los refugiados republicanos llegados a la URSS, no obstante haber sido bien seleccionados, le devolvió a Franco el año pasado los restos de la División Azul: tratábase de un gesto de propaganda psicológica, de cara principalmente a los elementos falangistas y a los componentes de las nuevas generaciones. Gracias a este gesto, se preparó la nueva acción de los comunistas españoles y de los nuevos agentes de Moscú.

Mientras que los partidos republicanos se han venido oponiendo al regreso a España de todos sus afiliados, convirtiendo a los Pirineos en la cortina de hierro del lado occidental, el P.C.E., por orden de Moscú, ha hecho volver a un buen número de sus militantes, residentes en Francia o en la América Latina. Y mezclados con los restos de la División Azul, ha hecho regresar a algunos de sus militantes convenientemente adiestrados en la URSS. Introduce ahora en España a su artillería pesada, es decir a los intelectuales latinoamericanos que ha paseado durante los últimos años por los países satélites o de Congreso en Congreso. Por España han pasado, entre otros, el escritor guatemalteco Miguel íngel Asturias, el poeta negro cubano Nicolás Guillén y el poeta brasileño Jorge Amado. El poeta chileno Pablo Neruda, Premio Stalin 1953 y primera figura intelectual del comunismo latinoamericano, les ha dirigido una "carta fraternal" a los poetas madrileños anunciándoles su visita. Al mismo tiempo ha publicado una interviú en "France-Observateur" de París (24-10-1957), en la que dice: "Sí, cometimos un grave error después de la guerra civil: el error de cortar a España de nosotros." "Debemos reparar nuestros errores y acercarnos a los escritores españoles, con el fin de comprenderles mejor: ellos no son culpables de la guerra civil, sobre todo los jóvenes poetas."

Es evidente que la joven generación española no tiene la menor culpa en el desencadenamiento de la guerra civil; en realidad condena la guerra unánimemente, así como condena el régimen dictatorial franquista. Se muestra, al mismo tiempo, bastante severa al enjuiciar la actuación de los partidos republicanos, cuyas debilidades hicieron posible la gran sangría. Preciso es reconocer que en la determinación de su resistencia al régimen han intervenido apenas los partidos tradicionales; a semejanza de lo ocurrido en Polonia y en Hungría, esta oposición ha seguido su propio proceso, ha encontrado su propio camino: ha sido, en realidad y muy a pesar suyo, "una creación" del régimen franquista o de la irrefrenable necesidad de romper la atmósfera de asfixia que dicho régimen representa. Pero la España intelectual subsiguiente a la guerra civil, que no tiene nada que ver con la actual, y con la que Pablo Neruda lamenta haber roto, era la que colaboró activamente con el régimen franquista o se sometió a él, pues la otra se exiló o pereció en los presidios o ante los pelotones de ejecución. Sin embargo Neruda quiere reparar en 1957 "el error" cometido en 1939. Esta reparación del Premio Stalin 1953 enmascara apenas la política que se propone aplicar Moscú en la España de hoy. Añadiré que Pablo Picasso, que después de Guernica había jurado no mantener relación alguna con la España de Franco, ha celebrado recientemente una exposición en Barcelona; esta exposición ha constituido un señalado éxito y el famoso pintor ha vendido telas a tres millones de pesetas (alrededor de 25 millones de francos), que no le han comprado ciertamente los proletarios hambrientos.

El Frente Nacional que el Partido Comunista preconiza en España es de tal modo amplio, que en realidad sólo excluye a la persona de Franco. Sea cual fuere su pasado, todos podrán formar parte de este Frente Nacional: el Partido Comunista promete que no habrá discriminación, investigación ni represalias respecto de nadie, ni tan solo respecto de los que dirigieron y aplicaron la sangrienta e inhumana represión que siguió a la guerra ni de los que han logrado amasar inmensas fortunas al socaire del poder y a costa de la miseria semigeneralizada. Se trata de un borrón y cuenta nueva total o totalitario. Respecto de la Iglesia católica, que ha dirigido o intervenido prácticamente toda la vida política española durante los últimos veinte años y que constituye la base del actual gobierno a través del Opus Dei, los comunistas extreman su demagogia. Mientras que los jóvenes católicos y una gran parte del clero español, divorciándose de la jerarquía tradicional, trata de salvar el porvenir de la Iglesia preconizando la formación de un fuerte partido socialcristiano, la separación de la Iglesia y del Estado y un avanzado programa de reformas sociales, el P. C. E. anuncia abiertamente, en el editorial del número 2 de su revista "Nuestras Ideas" (Bruselas, Noviembre de 1957), que siendo el pueblo español mayoritariamente católico se opondrá a la separación de la Iglesia y del Estado y exigirá que este último subvenga a las necesidades del clero católico. En realidad los comunistas españoles se comprometen a defender el archireaccionario Concordato firmado hace unos años entre Franco y el Vaticano, de la misma manera que defendieron los comunistas italianos el Concordato firmado entre el Vaticano y Mussolini.

En resumidas cuentas: el comunismo se dispone a aplicar en España una operación semejante a la aplicada en la Alemania oriental, en Italia, en la Argentina y, en general, en los países hoy satélites del Kremlin: atraerse a los elementos más comprometidos –y a la vez a los elementos jóvenes que no han tenido ocasión de experimentar sus crímenes pasados– con el fin de neutralizar a los elementos que los conocen de sobra y que se oponen a sus maniobras: los liberales, los socialistas y los sindicalistas libres. Obsérvese que lo que preconizan en España no es un Frente Popular, cuya base tendrían que constituirla las fuerzas populares de izquierda, sino un Frente Nacional con la sola discriminación de Franco. Según mis informes precisos y de buena fuente, el elemento que más firmemente trabajan los comunistas es el falangista: ha sido y es el más dinámico y el mejor organizado, posee una sólida y extensa base sindical –la única que existe legalmente hoy– y no oculta su descontento en vista de que Franco le ha ido arrancando a la Falange una gran parte de sus prerrogativas. Se sabe que eminentes falangistas han visitado en dos ocasiones la capital soviética, donde han sido tratados con las máximas consideraciones. Es evidente para todo el mundo que el régimen franquista ha entrado en plena descomposición, que su situación y la situación de España empeoran por días y que no sólo las fuerzas populares y las nuevas generaciones intelectuales, sino importantes fracciones del Ejército, de la iglesia y de la burguesía industrial y financiera se preparan a la transición con el firme deseo de superar las consecuencias de la guerra civil y emprender la reconstrucción del país. Es no menos evidente que hay en estos momentos millares y millares de personas –las más comprometidas durante la guerra civil y la represión y las enriquecidas abusivamente– que tiemblan ante el porvenir. A esos millares de personas vienen a ofrecerles los comunistas, en nombre de la URSS y del bloque comunista en su conjunto, una tabla de salvación y una garantía para el mañana, a condición de que ingresen en el Frente Nacional y trabajen por… la independencia de España. (Los comunistas asimilan la independencia con la neutralidad, primer paso hacia la influencia y el dominio por parte del Kremlin; en el caso español, la independencia pasa por una consigna, bastante popular hoy como veremos luego: "¡Los yanquis fuera de España!").

Mucho ha contribuido –y sigue contribuyendo– Franco a prepararle el terreno al comunismo en España. Antes del Frente Popular (1935), el P.C.E. no contaba en España más que con 3.000 afiliados y un solo diputado en un Parlamento de cerca de 500; gracias al Frente Popular llegó a tener alrededor de 25.000 afiliados y 14 diputados; medio año después de la guerra civil reunía más de medio millón de afiliados y constituía un verdadero Estado dentro del Estado. Franco no ha cesado de afirmar que su levantamiento de julio de 1936 fue contra el comunismo, inexistente o poco menos entonces. Toda su represión ulterior contra el socialismo, el anarcosindicalismo o los movimientos catalán y vasco, ha tratado de justificarla en nombre de la lucha contra el comunismo, identificando con éste a la resistencia y haciéndole la consiguiente propaganda entre las masas populares y entre las nuevas generaciones. El 7 de octubre, tres días después del lanzamiento del primer "Sputnik", Franco se permitió establecer un paralelo entre los regímenes autoritarios ruso y español, diciendo que el régimen zarista hubiera sido incapaz de tal hazaña y que asimismo lo son los regímenes democráticos. Por primera vez desde la firma del pacto Washington-Madrid, un periódico oficial de Madrid dirigió duros ataques contra la política norteamericana y ditirámbicos elogios respecto de las "conquistas soviéticas". Y asimismo por vez primera en veinte años, los grandes periódicos españoles reprodujeron en primera página los grandes titulares de la "Pravda". Añadamos que los embajadores soviéticos o de las democracias populares son ostensiblemente invitados a las recepciones organizadas por las embajadas franquistas. En fin, Franco mantiene las mejores relaciones comerciales con Polonia y con Checoeslovaquia y negocia en estos momentos un tratado comercial de 25 millonee de dólares con la Alemania oriental. ¿Se trata de un chantaje de cara a los Estados Unidos y a las democracias del Occidente europeo? No le sé. Lo que sé es que el gobierno franquista está facilitando hoy la penetración y el desarrollo del comunismo en España.

Como era de prever, la política norteamericana respecto de España ha facilitado –y facilita– a su vez la penetración comunista. El pacto de 1953 ha descontentado, en realidad, a todo el mundo; a los nacionalistas, porque ven en él una intromisión extranjera en España, y a las masas populares porque disciernen sin lugar a equívocos una ayuda a Franco en detrimento del pueblo. Ese descontento se extiende incluso a los países de la Europa occidental, que ven en esa acción bilateral una cierta suplantación de la OTAN y un atentado contra las nuevas instituciones democráticas de signo europeísta. El Pentágono cuenta hoy con tres importantes bases aéreas en Morón (Sevilla), en Torrejón (Madrid), y en Valenzuela (Sevilla), pero los Estados Unidos –y en general las potencias democráticas– han hecho reaccionar en su contra a toda la opinión española. El precio moral de estas posiciones estratégicas resulta por demás caro y puede ser mucho más caro todavía… Añádase a esto que Washington ha destacado a España, según una opinión bastante generalizada, a su personal más mediocre, compuesto por militares y militarcillos, burócratas y hombres de negocios. Se caracterizan por su ostentación insultante, en un país que vive en la miseria, y por su incomprensión respecto de la historia y de la realidad españolas; atentos por lo general a los exclusivos medios oficiales, viven completamente alejados del pueblo y de sus problemas. Y el pueblo los odia. Al barrio residencial donde viven en Madrid se le designa despectivamente la Corea. Se acusa a la vez a los norteamericanos de despreciar los productos españoles para no consumir otros que los llegados de los Estados Unidos y de encarecer el coste de la vida porque acaparan todos los buenos productos españoles. Hace unas semanas atropelló un automóvil a una mujer en Madrid, sin consecuencias graves; al saber la gente que quien conducía el vehículo era un norteamericano, pretendió lincharle. La experiencia española es, a este respecto, semejante a otras muchas experiencias internacionales; lo cierto y lo grave es que facilita grandemente la acción de los comunistas. "A los norteamericanos sólo les interesa sostener y salvar a Franco para poder mantener sus bases militares; en cambio los comunistas queremos el Frente Nacional para conquistar y afianzar la independencia de España. ¡Los yanquis fuera de España!" Desgraciadamente para la causa democrática, española e internacional, esta propaganda prende en determinados medios españoles. Los comunistas gozan, por otra parte, de importantes medios materiales y dominan como nadie la técnica de la propaganda y de la conspiración.

Para el Kremlin España no es un país más o un país cualquiera, sino un país de importancia política y estratégica fundamental. ¿Se piensa lo que sería una España comunista o comunizante, en estrecha relación con los poderosos partidos comunistas francés e italiano? ¿Y con un Africa del Norte en plena ebullición y una gran inestabilidad? España representa una de las llaves del Mediterráneo; la otra la controla efectivamente el Egipto de Nasser, instrumento de Moscú. Una España comunizante y neutralista constituiría un duro golpe para la construcción europea y para la estrategia occidental, dos de las obsesiones mayores del Kremlin. En fin, España es el punto de confluencia de tres continentes: Europa, Africa y la vasta región latinoamericana. Desde España se puede realizar una importante acción de cara al mundo árabe. A través de España y utilizando la doctrina de la "Hispanidad", en enlace con el peronismo, Hitler trató de penetrar seriamente en Latinoamérica; el Kremlin intentará una acción semejante en contra principalmente de los Estados Unidos. Las visitas a España de los intelectuales comunistas latinoamericanos representan el comienzo de esa acción.

¿Qué hacer? He apuntado al comienzo mi temor de que la incomprensión de las democracias vuelva a facilitar, como en el periodo de 1935 a 1939, la penetración del comunismo en España. La España de Franco ha sido aceptada en la ONU y en la UNESCO; no obstante sus postulados básicos, ninguna de estas organizaciones ha emitido la menor protesta ante las detenciones, las sanciones administrativas y las condenas de numerosas personalidades intelectuales y estudiantiles españolas. Sin protesta alguna, el actual gobierno del Opus Dei ha hecho público un decreto prohibiendo la entrada en España de todas las publicaciones independientes y contrarias a las doctrinas del régimen franquista. La entrada de "Cuadernos" ha sido prohibida no sólo en España, sino en Portugal. La Radiodifusión francesa ha suspendido los programas en lengua española, muy populares por cierto, que aseguraban hasta hace unos meses Salvador de Madariaga y el Padre Olaso, sacerdote vasco; los españoles sólo pueden escuchar los programas que a diario emiten Moscú y Praga. Tal es la solidaridad y tales las ayudas que las democracias occidentales les prestan a los demócratas españoles.

Al hablar de las democracias occidentales quiero distinguir a sus gobiernos de las organizaciones libres e independientes: principalmente las sindicales y las europeístas. A las primeras –lo mismo que a la Internacional Socialista– siguen perteneciendo, con plenos derechos, las organizaciones de la emigración española. Las segundas reconocen oficialmente al Consejo Federal Español del Movimiento Europeo, que preside Salvador de Madariaga y reúne a elementos de las diversas tendencias democráticas españolas. Debo hacerle asimismo la debida justicia a la Oficina Internacional del Trabajo, que ha condenado recientemente, tras una encuesta documentada e imparcial, la legislación del trabajo de la España actual.

En España ha prendido –y se desarrolla cada día– una idea fuerza: es la idea europea. Son numerosos los españoles, de la mayoría de las capas sociales y de las tendencias democráticas, que consideran que la España de mañana sólo podrá salvarse mediante su integración a la comunidad europea. Pocos son los que preconizan, por otra parte, la supresión pura y simple de las bases norteamericanas; en nombre de la soberanía nacional, se duelen de que Franco les haya alquilado o vendido esas bases a una potencia extranjera y consideran que dichas bases –y España entera– deben integrarse, en condiciones de igualdad con los demás países, a la defensa europea y del Atlántico-Norte. Es decir: España pertenece y debe seguir perteneciendo al Occidente europeo y a su prolongación intercontinental. Tan fuerte empieza a ser el sentimiento europeo en España, que trata de canalizarlo y controlarlo el actual gobierno de Madrid. Las reuniones europeístas que se celebran se ven extraordinariamente concurridas; en caso general, estas reuniones desbordan en seguida los cuadros oficiales y se vuelven contra ellos. Le idea europea puede y debe ser una de las ideas salvadoras en contra del franquismo y de la penetración comunista.

La reconciliación de los españoles constituye hoy un imperativo insoslayable, una necesidad casi unánimemente sentida. Vienen existiendo prácticamente tres Españas: la oficial o totalitaria, la peregrina o expatriada y la que yo llamo la España real. La primera se ha convertido en la anti-España o la anti-Nación, siguiendo la expresión unamunesca; la segunda, alejada del suelo patrio y viviendo del recuerdo del pasado, ha llegado a ser –o poco menos– una rama semimuerta del árbol español; la tercera, la más importante, la que cuenta básica y fundamentalmente, es la que se ha ido forjando durante estos veinte años de secuestro de la voluntad popular. La España peregrina y la España real han empezado a encontrarse, a fusionarse espiritualmente, y aspiran cada día más a constituir una sola y, finalmente, a ser la España de hecho y de derecho. Ambas sienten la voluntad de superar las trágicas consecuencias de la guerra civil y de crear las nuevas condiciones de una convivencia moral, cívica y político-cultural. La voluntad, en suma, de rehacer la conciencia española, destruida por la contienda civil y por los largos años de dictadura totalitaria, y de integrar esa conciencia en la conciencia universal, democrática y libre. El principal obstáculo lo constituye hoy el franquismo, obstinado en prolongar su agonía; pero ya empieza a tomar cuerpo otro obstáculo: el comunismo.

Frente a ambos obstáculos totalitarios se está forjando, mediante contactos y negociaciones perseverantes, el agrupamiento democrático de las fuerzas del interior y de la emigración. Ya las juventudes universitarias le han dado forma en el interior a la Unión Democrática de Estudiantes, que comprende a los elementos de la Agrupación Socialista Universitaria, de las Juventudes Republicanas Sindicalistas (ex falangistas), de la Democracia Cristiana, del Partido Social de Acción Democrática (Ridruejo) y del "funcionalismo europeísta" (Tierno Galván). El manifiesto unitario que han hecho público termina así: "Y estaremos todos. Todos los hombres con voluntad de ser libres. Sólo faltarán los que a sí mismos se excluyan: los totalitarios de cualquier color, azul, rojo o blanco". Los monárquicos antifranquistas del interior han creado a su vez el Movimiento Nacional de Resistencia. Y las fuerzas de la emigración han firmado un pacto entre sí aceptando el principio –y condicionándolo moderadamente– de la constitución de un amplio bloque, del que sólo deben quedar excluidos los franquistas y los comunistas.

El problema español vuelve a ser –y lo será cada día más– un problema de auténtico interés internacional. ¿Qué hombre, qué agrupación o qué institución libres pueden mantenerse al margen de ese problema y de su solución? ¿Al margen de la reconquista española de las libertades culturales y de los derechos humanos? Siempre he considerado que era imposible oponerse –digna y legítimamente– al totalitarismo del Este europeo mientras se pactaba o se convivía con el totalitarismo del Oeste –o con cualquier forma de tiranía. La causa de la libertad es indivisible. Pero es que hoy el peligro totalitario del Este, que ha esclavizado ya a una docena de países, empieza a constituir una amenaza –antes de que desaparezca el franquismo y como consecuencia de su agonía– para el porvenir del pueblo español y del mundo democrático occidental. ¿Permanecerá éste ciego y sordo una vez más?

JULIÁN GORKIN

 

[ Transcripción íntegra de siete folios mecanografiados conservados en el Archivo de Julián Gorkin depositado en la Fundación Pablo Iglesias, FPI-AJGG-566-1 ]