Tercer Congreso Católico Nacional Español Sevilla 1892

 

Exposición
dirigida al Excmo. Sr. Presidente del Consejo de Ministros
por los Prelados reunidos en Sevilla
con motivo del Tercer Congreso Católico Nacional

Excmo. Señor:

Los Prelados que suscriben, reunidos en esta Ciudad con ocasión de celebrarse el tercer Congreso de Católicos españoles, se han ocupado al mismo tiempo, como era su deber, en examinar las necesidades de las diócesis, y en estudiar de qué manera podrían ser más pronta y eficazmente remediadas.

Unánimemente deploran la decadencia de la fe, la corrupción de las costumbres, y el desconocimiento o el olvido de los principios fundamentales del orden social; y creen que la principal causa de tan graves males es el vicio de que adolece la enseñanza que se da a los escolares en los Establecimientos sostenidos por el Estado. En ellos se atiende a ilustrar el entendimiento; pero se descuida casi por completo la educación o reforma del corazón según las máximas y doctrinas del Evangelio. Hay cátedras para todas las asignaturas que las diversas carreras científicas y literarias exigen; pero ni en las Universidades ni en los Institutos hay un aula a la que concurran los alumnos para escuchar la voz de la Religión: de donde podría deducirse que la religión es cosa de ninguna importancia, puesto que se le niega lugar al lado de las [878] demás ciencias; siendo así que todas estas sin la Religión de poco han de aprovechar al hombre; y que por esta son estables las naciones, mientras que el pecado hace miserables a los pueblos.

Al claro talento de V.E. no puede ocultarse la necesidad de que la juventud salga de las aulas sin menoscabo de la fe que recibimos de nuestros padres, que es la católica, y en disposición de defenderla contra los ataques de los sofismas y errores contemporáneos; y que no es posible adquirir tal disposición y aptitud, si en los centros oficiales de enseñanza no se abren cátedras en que la Religión y la Moral sean explicadas, cual conviene, por expertos y celosos profesores.

Ni se alegue que en las Escuelas Normales se dan lecciones de Religión, que los maestros han de transmitir a los niños en las de primera enseñanza; porque el modo en que se hallan establecidas esas cátedras ni es a propósito para que los alumnos formen el concepto que debía infundírseles de la importancia de esa asignatura, ni para que adquieran instrucción tan completa como es de desear. Una o dos lecciones semanales, a cargo de un sacerdote, cuya remuneración es muy inferior a la de los demás profesores de la escuela, no son medio adecuado para que los estudiantes estimen en lo que merece y debe ser estimada la asignatura de Religión y Moral. Por otra parte, aunque todos los maestros adquiriesen suficiente y sólida instrucción religiosa, y ninguno dejase de cumplir la obligación de trasmitirla con fidelidad a sus discípulos, siempre ha de haber muchos niños incapaces de recibirla cuanto es necesario, en pocos años, y muchos ha de haber también que entrarán en los Institutos y Universidades sin pasar por las escuelas públicas de instrucción primaria.

Síguese de aquí que los jóvenes se ven precisados a emprender los estudios de segunda enseñanza y de facultad mayor con sólo un conocimiento oscuro y rudimentario de la Religión, y como esta ya no se explica en los Institutos ni en las Universidades, concluyen por desconocerla y olvidarla por completo, dándose casos frecuentes de salir de tales centros doctores en ciencias sin saber las verdades y principales misterios de la fe.

Ese mal de tanta transcendencia aumenta en grandes proporciones, si se considera que, al lado de profesores dignísimos y de sanas doctrinas, hay algunos en los establecimientos docentes [879] de carácter oficial, que de palabra y por escrito profesan errores no solo contrarios a los dogmas sagrados del catolicismo, sino también a la recta razón y a la filosofía cristiana; por donde se ve el riesgo inminente de perversión que corren los jóvenes que escuchan lecciones tan funestas como lamentables.

Movidos por estas consideraciones, y apoyados en el Concordato, que es ley del Reino, en el cual se declara que la enseñanza en todos los establecimientos, así públicos como privados, debe ser conforme a la doctrina de la Religión Católica, y que el Gobierno de S.M. se obliga a prestar su poderoso apoyo a los Obispos para que se opongan a los que pretenden pervertir los ánimos de los fieles y corromper las costumbres, los infrascritos Prelados, en cumplimiento de su deber pastoral, entienden haber llegado el caso de rogar a V.E., como encarecidamente le ruegan, se digne impedir por los medios que estime más eficaces, que, al menos en los establecimientos docentes sostenidos por el Estado, por la Provincia y por el Municipio, las cátedras sean desempeñadas por profesores hostiles a la fe católica, y disponer que en los Institutos, y a ser posible en las Universidades, se establezca la asignatura obligatoria de Religión y Moral, explicada por persona competente, con aprobación o a propuesta del Ordinario, y que en las escuelas normales de maestros y maestras, en vez de lección bisemanal de Religión se explique esta diariamente, o por lo menos tres veces a la semana.

Vigorizado por esta manera el sentimiento religioso de la juventud estudiosa, se aquietarán las conciencias justamente alarmadas de los padres de familia; tomará provechosos incrementos la moralidad pública y privada; el espíritu nacional, asociado al sentimiento de la fe arraigará más en los corazones y se sentirá dispuesto a todos los heroísmos; y saldrán en fin de las aulas nuevas generaciones de ciudadanos que hagan más fácil a la pública autoridad el régimen de los pueblos, y fervorosos creyentes que sean ornamento de la Iglesia y gloria de la religión de nuestros padres.

Sevilla, 23 de Octubre de 1892.
Fray Ceferino, Cardenal González.
(Siguen las firmas de los demás RR. Prelados.)

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C.C.N.E.
III C.C.N.E.
Tercer Congreso Católico Nacional Español
Sevilla 1893, páginas 877-879