Fray Rafael de Vélez • Manuel José Anguita Téllez
Preservativo contra la irreligión o los planes de la Filosofía
1812

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Número II
Los filósofos de Francia en el siglo XVIII insistiendo en los principios de los herejes y de su filosofía, renuevan los planes antiguos contra la religión y el estado, triunfan de uno y otro desmoralizando la Francia, decapitando su rey, y divinizando la razón o filosofía, a quien consagran templos, y siguen

Baile, Montesquieu, Punfendor, Diderot y Helvecio, insistiendo en los proyectos de los herejes del siglo XVI, emprendieron la obra de regenerar a la Europa, destruir la religión y las monarquías, adoptando los antiguos planes de la filosofía contra la iglesia y contra el estado. Federico de Prusia, D'Alambert, Volter, Rousseau, y los discípulos de estos concurrieron a la empresa. El curso de los años y la comunicación de sus ideas por la prensa atrajeron multitud de prosélitos, que muertos los primeros, siguiendo sus principios, llevaron hasta su complemento la revolución premeditada. A este fin publicaron escritos en que se manifestaban sus planes, vulgarizando sus ideas y haciéndolas de moda en los pequeños y en los grandes.

El carácter veleidoso de los franceses, su amor a la novedad, que siempre los ha distinguido de las demás naciones, el estilo dulce y amenizado con que se escribían tales papeles, sus adornos de viñetas y estampas obscenas o amatorias: los proyectos lisonjeros de felicidad, reforma e ilustración publicados por sus periodistas en las capitales, retardados los escritos para que los deseasen con más ansia, en el ínterin que sus panegiristas prodigaban elogios a los autores y a las obras, la corrupción general del gobierno que no atajaba tantos males, aun cuando veían la religión abatida, perseguida, escondida únicamente en los rincones de los templos y de los claustros, y aun cuando se representó por el clero en los años de setenta el trastorno general que ya lloraban... por unos medios de este orden logró la filosofía establecer en un reino ilustrado y cristiano al ateísmo y al deísmo, a los materialistas e incrédulos, a los impíos y filósofos, a una caterva de hombres sin piedad, sin religión, sin patria, sin temor a Dios ni a los hombres, que no ya en lo oculto o en los escritorios de sus casas, sino enmedio de los pueblos, en las aldeas y en las ciudades, en las casas y en los teatros se presentaban públicamente a mofar la religión y sus ministros, e insultar erguida su frente los magistrados, publicando odio a sus reyes y a sus autoridades.

La Enciclopedia compuesta por los principales filósofos de la Francia, el gran Diccionario de Baile, el Espíritu de las leyes publicado por Montesquieu, el Pacto social dado a luz por Rousseau, el Tratado de la razón humana, el Examen de la religión, la Princesa de Malabar, el Cristianismo descubierto, el Examen crítico de los apologistas de la religión cristiana, el Sistema de la naturaleza, el Hombre máquina, las obras de Volter..., un enjambre de libros envenenados, que servían de catecismo a los que se preciaban de sabios, que todos leían por ser moda, y no caer en la nota de ignorantes, era la general sentina de los mayores vicios contra la moral de la religión, un copioso índice de argumentos y sofismas contra nuestra fe, y los conductores de un fuego que por la libertad de la imprenta corría de uno a otro extremo de la Francia, alarmando los habitantes contra sus soberanos, contra la religión y los ministros del santuario.

La religión cristiana que contaba de duración diez y ocho siglos, llevándose la atención del universo desde su misma cuna, y siendo en todos tiempos la admiración de los mayores sabios, fue llamada a juicio en tales obras por autores filósofos. Desenvolvieron sus cimientos, sus pruebas las analizaron, examinaron sus progresos, citaron a su autor, a sus apóstoles, a todos los cristianos y a sus apologistas; y al ver en su majestuoso cuadro algunas leves sombras (o defectos en sus hijos, que ellos siempre han ponderado), fallaron atrevidos su condena, su destrucción, su total exterminio.

Si ponen la vista en el Dios de los cristianos, resuelven con blasfemia «ser un Dios feroz y caprichudo, a quien es imposible amar». Si registran la historia del evangelio, deciden con magisterio: «que había costado al género humano más sangre que todas las otras religiones del mundo colectivamente tomadas.» Si atienden a sus dogmas, les parece son «doctrina de una cabeza mareada, o de un cerebro agitado». Si su moral «igual o inferior a la de Sócrates y Pitágoras», y si sus milagros, nada superiores a los de Apuleyo, Apolonio y Vespasiano. Las austeridades y virtudes de los primitivos fieles las aprecian como las que practican los indios, los bonzos y brakmanes. «El espíritu de ilusión, dicen sacrílegos, puede obrar todo lo que el Espíritu Santo.» «Los cristianos se ocupan en atormentar, en perseguir, en destruir a su prójimo y a sus hermanos.» ¿Puede decirse más contra el cristianismo?...

Cuantos crímenes se han practicado desde la institución del cristianismo en los pueblos que le abrazaron; mas, todas las guerras que suscitó el imperio romano por extender sus dominios; hasta las mismas crueldades cometidas por sus prefectos en las diversas provincias contra los cristianos: «estos son (declaman) los frutos de la encarnación del hijo de Dios.» ¡Qué blasfemias! El resultado de estas acusaciones sacrílegas (que horrorizan al fiel) y de tales juicios diariamente repetidos de sobremesa en los cafés y en los teatros, en los juegos de pelota y en los billares fue (con escándalo de toda la Europa) decretar la abolición de la religión cristiana, como «fundada por el fanatismo, sostenida por la hipocresía, y perjudicial a la agricultura, al comercio y a las artes».

Un momento de reflexión basta para conocer que no se trataba ya como en los siglos anteriores de acometer por esta o aquélla parte a la religión, negando un artículo de nuestra fe, u oponiéndose a un punto de disciplina. La filosofía, que después de la paz de Constantino se ocultó hipócrita con el velo de la herejía, frustrados sus ataques parciales, trató soberbia quitarse el disfraz que la envilecía, y restituida a su ferocidad primitiva, atacar la religión en todos sus puntos. Prolongó a este intento la línea de combate desde el Dios de los cristianos hasta el ministro de sus cultos. Acometió al obispo que cuidaba de su grey, y al monje que se hallaba en su retiro. Al papa lo reputó por un ídolo apolillado que por sí mismo se arruinaría, y a la iglesia por una junta de fanáticos que al instante desaparecería. Proscribió los actos públicos de religión y las instituciones religiosas, que eran como las obras exteriores y primeros muros que defendían el majestuoso alcazar de la iglesia católica: la impiedad filosófica destruyó cuanto decía piedad.

Se degradó al clero para con el pueblo, llamándolo en papeles públicos de un modo denigrativo los birretes, capigorrones de cuello angosto, mezquinos tercerones de parroquia. En varios romances y folletos escritos al estilo del vulgo, se ponderaban sus rentas como destructoras del estado: se les decía ser unos aristócratas, enemigos de los pueblos; que se oponían a la reforma por no perder sus comodidades. De París, donde se imprimían todos los días veinte de estos papeles envenenados (épocas hubo de treinta) salían para todas las provincias, llevando por todas partes el odio el estado eclesiástico.

Los regulares, aunque retirados del mundo, no tuvieron mejor suerte. Se les ponía de hipócritas, ociosos, inútiles al estado, perjudiciales a los pueblos: y «que aunque se apellidaban santos, sus claustros eran la mansión horrorosa de los vicios». El general Brune principió su carrera tomando a su cargo alarmar los pueblos contra los supersticiosos y fanáticos. Marat le puso una imprenta, y Brune se hizo editor de un diario para perseguir con sus libelos a los clérigos y frailes.

La libertad de la prensa ponía en manos de todos unos escritos que tanto difamaban al clero de una y otra jerarquía, sin perdonar ni a la virgen, que compungida en su claustro, rogaba a Dios por aquellos que la perseguían. Pasó a más su odio: vistieron a mujeres prostitutas con los hábitos de varios institutos, las hicieron ir por las calles, a los paseos, a los teatros, para manifestar que hasta las monjas abrazaban su partido.

En los cristales de las tiendas, en libros manuales, en los almacenes públicos de modas, en los relojes y abanicos se vendían y se mostraban públicamente las pinturas más obscenas de monjes indecentes, de clérigos avaros, de regulares profanos, de vírgenes consagradas a Dios entregadas al libertinaje, al meretricio... corramos un espeso velo sobre esta parte de la historia de nuestros días, que horrorizará a los siglos posteriores, del modo que ha horrorizado al nuestro. ¡Tales son los ardides de los filósofos! ¡Tan funestas las ideas de reforma e ilustración! Por ellas pervirtieron al pueblo, y separaron del amor a su religión y sus ministros a la mayor parte de aquellas gentes, que si está más unida a fe por su piedad, también está más expuesta a dejarse seducir por falta de cautela, y a perder la religión por su ignorancia.

Por unos medios tan viles, tan ridículos, tan opuestos a la misma razón, desacreditó la filosofía a la religión y sus ministros. Los partidarios de esta secta impía lograron desmoralizar por sus ejemplos a quienes no habían seducido sus escritos. La Francia estaba preparada para descatolizarse a la primera voz de un edicto sin repugnarlo, y acaso sin sentirlo. No es hipérbole. La historia confirma mi expresión. Nosotros nos hemos cerciorado con una experiencia dolorosa de la religión que al año había en Francia, y de la que después ha quedado. Se arrancó de aquel suelo estéril y lleno de malezas el árbol de la fe: se trasladó el reino de Dios a otros dominios. Teman las naciones católicas. Estén sobre aviso sus magistrados.

Las autoridades no podían ya contener tanto mal. Unas ganadas por las intrigas y promesas de los filósofos, se hicieron agentes y promovedoras de sus cábalas, otras en muy inferior número no opusieron a tiempo unas barreras fuertes al torrente general e impetuoso que todo lo destruía. El rey padecía los mismos insultos que la religión y el clero. La corona apenas la ciñeron sus sienes, principió a amenazar su caída: jamás se fijó en su cabeza. El trono a que subió aclamado, siempre estuvo vacilante; a poco lo sintió minado: él mismo lo vio destruido. Repetidas veces se oían en los papeles públicos los sarcasmos más injuriosos e indecentes, dirigidos contra María Antonieta la reina, contra la persona misma del rey, y de los ministros.

Los filósofos de la Francia, imitando en un todo a los Stolkos y Anabatistas, a Calvino, Muncero y Luteranos clamaban en sus escritos... «Los reyes son unos seres infernales.» «Sus derechos han sido introducidos a la fuerza, son nulos.» «Los caprichos de los tiranos han sido el principio de sus leyes.» «Desde que el príncipe se atreve a ser infiel a las leyes, no les está más tiempo sujeta la nación: más bien debe llamarse el príncipe rebelde a los súbditos, que estos al príncipe. Un hombre cualquiera que agrade al pueblo poner sobre el trono, gozará de él con más justo título, que estos que ahora le ocupan por derecho de nacimiento. La Metrie se quejaba en sus escritos «no hubiese un hombre fuerte que de un golpe solo librase a la patria de semejantes soberanos.» Exhortaba a todos al regicidio. Igual empresa habían tomado antes los Erasmos y Lucianos, y una multitud casi infinita de sus discípulos.

¿Qué impresión harían en las clases todas del pueblo tales obras, parto de los sabios que la Francia en general aplaudía? El pueblo, pronto siempre a sacudir el yugo de quien le domina, si se pone a su frente quien lo alarme y lo guíe: el ciudadano gravado de pechos y contribuciones que siempre juzga excesivas, no podía por menos de buscar semejantes escritos, leerlos con ansia, aprobarlos con entusiasmo, y públicamente aplaudirlos. ¡Así bebieron los franceses incautos las ideas más subversivas, y tragaron el opio mortal que la cruel filosofía les preparó muy de antemano para su esclavitud, su exterminio, su total ruina!

Además de tantos publicistas que diariamente salían en sus escritos, ponderando las vejaciones del pueblo, para atraerlos al partido de la revolución, y alarmarlos contra las autoridades, en los teatros se publicaban y se repetían con frecuencia y con lástima (en piezas análogas al intento) las opresiones del pueblo, la apatía de los magistrados, la indolencia de los ministros, y la insensibilidad del rey a los clamores que le dirigían los que debían ser preferidos a sus hijos. Se ponderaban como inmensos los gastos de la corona; y como al mismo tiempo los ministros aumentaban los empréstitos para exasperar los pueblos, su inversión la atribuían al lujo y majestad superflua del rey, reina, su familia y sus ministros: los hacían odiosos, y preparaban los ánimos para el regicidio.

Los filósofos que sabían por principios los resortes de las pasiones del corazón, y que el carácter francés es como un fósforo inflamable al soplo más mínimo, hacían representar tragedias que gustasen a todos los concurrentes al teatro, y atizasen el fuego de la rebelión. Elevaban hasta el heroísmo al pérfido Cromvel por haber muerto a su Rey: se honraba a los asesinos de Tarquino: se tributaban honores, consagrando un sacrílego apoteosis a Bruto por haber privado a su patria de su primer César.

«¡O cuán bello es! (se clamaba sobre las tablas con Volter). ¡O cuán bello es, amigos míos, perecer en designios tan grandes y ver correr su sangre con la de los tiranos!... labemos (decía con ojos centelleantes) labemos el oprobio de la tierra por la muerte de los tiranos. Nosotros detestamos a César... venguemos la patria... la vengaremos todos. Muramos todos, bravos amigos, supuesto que César muera. Hagamos aún más: conjurémosnos a exterminar todos aquellos que así como el César pretenden gobernar.»

París era el inflamado foco de donde se despedían a la circunferencia de las provincias rayos abrasados: era la nube cargada de gases inflamables, que puesta en contacto con la atmósfera de toda la Francia la hacía participar de sus fuegos, y amenazaba a toda la Europa con las señales más infalibles una general devastación. Los relámpagos, estallidos, rayos, se multiplicaban por los horizontes: la tormenta más horrible que jamás hasta allí había afligido a las naciones, se principiaba a sentir. El fuego de la insurrección se veía correr todas las provincias desde el septentrión al mediodía, y desde oriente a occidente, como las exhalaciones en una noche oscura. Un furor revolucionario se apoderó de todos los cerebros: la gran fábrica del estado se bamboleaba sin cesar: la religión amenazaba ruina: todo indicaba una catástrofe universal.

La religión llegó a callar porque en medio de las olas enfurecidas que agitaban a la Francia, su dulce voz no se percibía. No se imprimían las declamaciones de los sacerdotes, las cartas de los curas, ni las pastorales de los obispos contra tantos publicistas, políticos y filósofos que hervían en las capitales, aun cuando se imprimiesen; sus exhortos no se leían por estos, sino para criticarlos como faltos de gusto y de estilo: se avergonzaban comprarlos aquellos que presumían de sabios, porque no los tuviesen por rutineros, sin ilustración, y apegados a sus ideas antiguas. Algunos de sus ministros, por semejantes temores, cayeron (en corto número) en los lazos que la moderna filosofía les preparó, unida con la teología de Jansenio. El gran proyecto consistía en dividir a los presbíteros de los párrocos: segregar a estos de los obispos: a los obispos de menos rentas oponerlos a los que las disfrutaban más pingües: y a estos y aquellos hacerlos iguales como el sumo Pontífice. Así se preparaba el cisma de la iglesia Galicana, al mismo tiempo que se tramaba su revolución política.

Llegó en efecto a cumplirse el tiempo de realizar los filósofos de la Francia todos sus planes. Esta potencia era la primer adoradora de la filosofía: debía, pues, ser su primera esclava y su primera víctima. El 5 de Junio del año de 89 se convocan en Versalles los estados generales del reino. El ministro de estado Neker, el corregidor de París Bailly, hombres conocidos por impíos en toda la nación: los abogados Camus, Martineu y Trayllart, teólogos por interés, y herejes por presunción: los filósofos Mirabeau, el espurio L'Ametrie y Hobes: los ateístas Seruty, Condorcet y Dupont... una multitud de sofistas, incrédulos, calvinistas, defendidos de otra caterva mayor de asesinos, vagamundos e infames extraídos de los presidios y cárceles para formar las escoltas de aquellos, fueron los corifeos de la revolución, los que se llamaron asamblea nacional, y los únicos que reformaron la nación.

Neker, que aspiraba a ser el árbitro único de los estados, siéndolo de los comunes, por ser su número el duplo de la nobleza y clero separados, logró por sus emisarios e intrigas en los pueblos, que recayese la elección de diputados en «individuos de la secta filosófica, o en hombres ineptos por sí mismos, y acomodados a dejarse llevar de los sediciosos.» Aun cuando ninguno de los otros órdenes aprobase las solicitudes del estado llano, ellos bastaban por sí para empatar todas las votaciones, y eludir los recursos que las otras clases quisiesen adoptar. Las tramas urdidas por los agentes del ministro entre los obispos, curas y sacerdotes, disminuyeron el número de obispos representantes, y aumentaron el de los párrocos y presbíteros, cuyos sufragios estarían siempre por el estado llano, al que por la sangre eran más unidos. La docilidad de estos, su falta de malicia en asuntos de cábalas e intrigas los hizo subscribirse en la primera junta por lo que se decía pueblo.

El estado noble perdió muchos de sus representantes a solicitud de Mirabeau, que era uno de sus principales miembros. En la primera sesión debió ya publicarse el triunfo de la filosofía. Todo estaba ganado por los filósofos, para el clero y nobleza todo estaba perdido. El estado llano reunía la mayoría de los votos: por precisión cuantos planes se votasen para la reforma y regeneración que se prometían, debían salir de su partido. Se manifestó entonces el dolo, se conoció el peligro, se vieron al frente de los estados filósofos los más impíos, que reasumían la representación nacional como diputados por los pueblos. Se reclamaron los órdenes, fueron inútiles todas las protestas: al fin, se firmó la confusión, y la oposición de los ministros de la religión y nobles no sirvió ya sino disminuir su partido, hacerlos odiosos a los pueblos, probándoles con sus declamaciones la aristocracia que falsamente se les había de intento atribuido.

El Rey rodeado de bayonetas, intimidado por los jefes de la revolución, avisado ser aquella la voluntad del pueblo, y amenazado con que a toda fuerza se cumpliría, se vio en la necesidad de firmar un edicto que declaraba la reunión. Desde este día dejó ya de ser Luis XVI el sucesor de los Clodoveos, Carlos Magno y Luises: rompió él mismo con su decreto el centro de su imperio: dejó caer la corona de sus sienes, abrió el hoyo para poner su cadalso, subió el primer escalón de su suplicio, dio toda su autoridad al pueblo que jamás usó de ella en justicia. El poder siempre fue en manos del pueblo la espada con que él mismo se ha dividido, el germen de revoluciones, estragos, muertes, guerras intestinas. Hablen todas las naciones: sirvan de testigos Grecia y Roma: dígalo la Francia misma. Abrió juicio, quitó la vida en un patíbulo al Rey que apellidó amable cuando lo subió el trono... Luis XVI ya no existe... ¡Triunfó la filosofía!...

No era el verdadero pueblo contrario al Rey, ni a la religión; sólo clamaba contra los abusos. Los filósofos que habían usurpado su representación eran los únicos enemigos capitales de los monarcas, de la Iglesia cristiana y de sus ministros. Ellos eran los que usaban de las voces pueblo, nación, reforma, para destruir con semejante pretexto el altar y el trono, llenar todos sus planes sustituyendo en lugar de la fe de Jesucristo, y del poder de sus soberanos, el imperio y el despotismo de la irreligión y de la falsa filosofía.

Al instante se decretan leyes contrarias a la inmunidad de la iglesia y de sus ministros. Se le había exigido al clero treinta millones, después cuatrocientos: a todo se prestó a fin de no dar pábulo a la rebelión. Por último, se publican redimidos los diezmos, y las rentas de las iglesias todas se dan por concluidas. ¡Ya están cumplidos los deseos de Volter, de Federico el grande y de todos sus amigos! ¡Los ministros del santuario se ven asalariados como los soldados en la milicia! Una pensión reducida, que apenas basta para no morir de necesidad, es la que únicamente se les asigna, y lo que jamás cobraron sin descuentos, sin dicterios, sin injurias. Se declaran por nulos todos los votos monásticos, y se publica podían ya pasar al matrimonio todos sus individuos. Esto era (según la doctrina de Rousseau) restituirlos al ser de hombres, que por los votos habían perdido. Se derogan las cesiones de los reyes de Francia a favor del Vicario de Jesucristo: el sucesor de S. Pedro (dicen los filósofos políticos) debe carecer de todas las temporalidades. Finalmente, se accede por los comunes al parecer de Mirabeau de descatolizar la Francia, para que se efectúe la revolución completa.

Los sacerdotes que se oponen a los progresos de la impiedad, todos se proscriben. A los prefectos de los departamentos se les intima obren en todo rigor contra los ministros de la iglesia, y que no duden ser en todo sostenidos. A miles se sacrifican inocentes víctimas únicamente por calumnias. No era necesario más que ser fraile o clérigo para ser conducido al suplicio. Iglesias, altares, santos, sagrarios, Dios en el adorable Sacramento... a todo se acomete, todo se profana. Las iglesias se mudan en teatros, en cuadras, en cuarteles: las imágenes se mutilan, las aras se destruyen, los sagrarios se cierran, y sellan con una mano sacrílega, para que ningún sacerdote, ningún fiel, aun moribundo, tenga el consuelo de recibirle antes de espirar.

¡Ni en los primitivos siglos se cometieron por la filosofía tantos crímenes contra la religión de Jesucristo! Los herejes repitieron estas escenas en varias épocas, pero mucho menos horribles: los calvinistas las reiteraron en Francia en sus días; mas ahora sus descendientes los filósofos, a todos han excedido. ¡Cuántos delitos, cuánta sangre, cuántos mártires ha costado a Francia su pretendida reforma, su infernal filosofía!

Aún no está contenta con tantos triunfos esta deidad fementida. Para mayor ignominia de Jesucristo, de su religión, de sus ministros, para establecer su reino sobre la ruina del de los cristianos, y llenar todos sus planes, decreta, no por el populacho, vulgo, gente rústica, o algunos particulares, no en el fuego de una discusión, sino a sangre fría, por centenares de hombres presumidos de sabios que componían la asamblea nacional, que se les den públicos cultos: que el templo de Dios de los cristianos, el más suntuoso y magnífico edificio de todo París (quitados por el cincel los relieves en que estaban los trofeos de nuestra religión, los santos, y la cruz de Jesucristo) se le dedicase con toda solemnidad, y en lo sucesivo se conociese por el templo de la razón. Aquí se manda traer en solemne procesión, como de triunfo, una cómica, su trono es el altar mayor, a sus pies se entonan himnos que la deifican: en el púlpito se predica el cinismo... ¡todos los delitos! El corazón del mayor de los filósofos, del príncipe de los cómicos, del hombre más corrompido, del impío por sistema, del ateísta por principio... ¡de Volter!... se extrae de su sepulcro, se conduce con solemnidad hasta París, y se coloca en el templo de Dios vivo... allí se le queman inciensos, se le adora, se le diviniza como a la misma razón y filosofía. A Rousseau alcanza este privilegio: después lo obtuvieron Marat y Mirabeau... La pluma se resiste a escribir tantas impiedades... los oídos se sienten... el alma se horroriza...

El ídolo de la abominación está ya de asiento en el lugar santo. Se acabó toda religión en Francia, y se extinguió la monarquía. ¿Estarán satisfechos los filósofos? ¿Cesarán de derramar sangre, de sacrificar víctimas cristianas a su execrable divinidad? No. Ella ha jurado no dejar las armas de las manos, ínterin haya un Rey, un altar, un sacerdote. La religión cristiana se halla establecida en casi toda la Europa; la filosofía, su rival, no puede permitirle ser limítrofe de la Francia: batida en este reino cristianísimo, le parece fácil en todas partes perseguirla y destronar igualmente los reyes que se le resistan. La conquista de la Francia era la primera que debía afianzar el reino de la filosofía: las demás naciones en seguida serían acometidas con las fuerzas de aquella, para uncirlas al carro de su triunfo.


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Manuel José Anguita Téllez Preservativo contra la irreligión
Madrid 1825, págs. 26-39