El Sol
Madrid, domingo 4 de octubre de 1931
 
año XV, número 4.413
página 4

Folletones de El Sol

Análisis –más que real–
de la República española

Por «El Robinsón literario de España»

II

El «urvater» Miguel

Con certeza intuitiva las gentes en España han atribuido desde el primer momento la causa de la República española –no al «error de los reyes», ni al «progreso cultural de las minorías»–, sino a un simple nombre que lo resumía todo: «Miguel Primo de Rivera».

¿Quién fué Miguel Primo de Rivera? Según la Historia de España, un general de buena familia. Según la opinión de algún fratre de las «minorías», un pájaro de cuenta, un dictador, un déspota.

Pero según el psicoanálisis, Miguel Primo de Rivera fué un «Urvater» de la tribu española; un ser de sentido patriarcal que un día, con salto de antropoide, asumió íntegra la autoridad del grupo social, prescindiendo de todo «partido». Y disfrutó seis años de las prerrogativas de que hablaba Darwin sobre los marsupiales.

Los machos restantes de la tribu no tardaron en ir tramando la total conjura, el inevitable «pecado original», con la esencial característica que se dio siempre en el asalto de los fratrías al «Urvater»: o sea la de «participar colectivamente en el crimen», por no haber un nuevo «Mitra» que quisiese asumir por si solo la «muerte del toro». Cada complot contra el «Urvater» español revelaba ya el sentido colectivista y hermanado del ataque. Una vez era «la noche de San Juan», otra la fratría de los artilleros (todas estas «rebeldías» dominadas, como por el Dios do la Biblia, separando los ángeles buenos de los ángeles malos), y otra –la que decidió– la «fratría» más joven, rebelde, de los estudiantes, aprovechando que el patriarca comenzaba a chochear y a soltar las riendas. Y a degenerar su prestigio de positivo en negativo, de admiración en execración, cumpliendo fatalmente esa ley de toda mitología, subrayada por Wundt, según la cual «una fase anterior dominada y reprimida por otra se mantiene, por el hecho mismo de su represión, al lado de la dominante, en una situación de inferioridad: transformándose lo que en ella era venerado, en objeto execrable». Cuando la «fellowship» estudiantil logró con su presión hercúlea de «Federación» (F. U. E.) expulsar a París al viejo «Urvater», la República quedó en España proclamada de hecho.

Aún recuerdo el banquete de «Sbert» en la Bombilla, en el cual se verificó una ceremonia con todas las características del banquete totémico: sobre una bandera donde estaba asesinado en un «¡muera!» el patriarca, Sbert, instintivamente, derramó su vaso de vino tinto; lo cubrió aún de simbólica y eucarística «sangre».

El Rey o el enterrado vivo

Ahora bien, ¿cómo se explica que el Rey –si no «tuvo error»– fuese arrastrado por la caída del patriarca tirano? ¿Fuese enterrado vivo con aquel entierro?

Es que el Rey tuvo, sí, un terrible y único «error». Ese error que también ha señalado el ojo popular, clarividente: el error de «identificarse con la autoridad del tirano». De ahí que «tirano» y «rey», para el odio rebelde de la masa tiranizada, significase una misma y única cosa. Del mismo modo que Berenguer, el asumir el tercer grado de este complejo autoritario –el de «subtirano»–, recibiese en pleno la ira ya desbordada e incontenible.

Se podría hacer un esquema de «responsabilidades» en ese orden: «Primo, Rey, Berenguer».

Los viejos ministros del Rey –los «constituyentes»–, resentidos por el puntapié del dictador, tuvieron un significado ambivalente: de un lado, un «ansia de salvar al amado Rey» con una Constitución; de otro lado, el «ansia de hundirle» (por haberles preterido con el tirano), haciendo que esa Constitución fuese «constituyente, crítica, demoledora». Los viejos ministros del Rey –los «constituyentes»– fueron el puente de leño sobre el que pasaron las ardientes fratrías republicanas, «antimonocráticas, fraternocráticas», sedientas de «comerse la autoridad en común banquete, sin jefe visible, todos par a par».

La fase matriarcal

Sin embargo, como en toda auténtica República, como en todo «reino de fratrías», pronto se observaron –aun antes de llegar a las fratrías «de facto» al Poder– las luchas inevitables de todo sistema «pluriárquico, multícrata», de toda «auténtica República».

Como en toda auténtica República se preludió el «fratricidio». (Prieto contra Lerroux, comunistas contra socialistas, catalanes contra castellanos... Caín y Abel, Rómulo y Remo.)

De ahí que para contrarrestar la fatal ferocidad autofágica de las fratrías –fuese menester–, como en toda auténtica República, la vaga instauración de un «Matriarcado». De un signo femenino, maternal, que suavizase y enmolleciese los instintos eruptivos de los machos en libertad.

El Matriarcado de nuestra República ha venido consistiendo, como en las otras auténticas Repúblicas, en cristalizar el poder en una «Mítica» de sexo femenino. Hablar de «la niña que se hace mujer en las Cortes». Elegir mujeres como símbolos del régimen (concursos populares). Y –sobre todo–en dar beligerancia a los elementos menos virulentos del régimen: el «intelectual», el «abogado», el «médico», el «socialista», el «efebo», e incluso la misma «mujer», con su falda, sexo y todo. Es decir, aquellos elementos de sentido que llamaría Marañón «intersexual», que diesen un sentido humanitario, pacifista, dulce, idílico y materno de la situación. Por contra quedaron relegados a sospecha, vigilancia o desuetud, los elementos más netamente virófilos y agresores: «sindicalistas, militares, ingenieros, empresarios"...

Aparición del «totem» español

Tras todo derrocamiento y muerte del tirano vino siempre a la colectividad una fase depresiva, que se ha llamado la «fase expiatoria». La agresión parricida comienza a «pesar». Y las fratrías a postular un sucedáneo del «Urvater» transido. Una nueva autoridad específica. Un tirano que no sea el «tirano», sino que lo recuerde en positivo, en esfumado, inanimadamente. Así nace el «totem». El animal «sacro». Lo «santo». Lo «tabú». Lo «cadosh», que decían los hebreos. El «agios», que decían los griegos.

Las hordas primitivas y los salvajes actuales elegían un ser de otra especie biológica que simbolizaban las virtudes del antepasado ucciso. Y a este ser, a este «totem» (totem del lobo, del oso, o totem vegetal, como el árbol de la ciencia) le daban el puesto autoritario en plebiscito comunal.

Pues bien –en España–, apenas sepulto Primo de Rivera, se pudo observar en las fratrías hispánicas una vaga querencia de «lo desaparecido». De ahí que los principales rebeldes en busca de «lo nuevo» fuesen antiguos colaboradores del «Urvater». Y al mismo pueblo se le sentía presenciar un nuevo complejo autoritario que le vengase de la burla del «subtirano» (Berenguer).

En España, esa querencia, ese postulado, esa valición totémica logró asumirla exactamente Alcalá Zamora. El cual creaba con su figura el «complejo totémico andaluz»: recordando en años, acento ceceante y hasta físicamente al «desaparecido». Pero lo recordaba asumiendo un aparente sentido hostil y opuesto.

Se puede afirmar, sin temor a error, que todo «Presidente de República» es un «símbolo totémico de la realeza», del «Urvater».

La mejor prueba de ello es la caducidad periódica que las Cortes, que todo Parlamento, asigna al mandato de sus presidentes. Del modo que los fratrías celebraban periódicamente «el banquete totémico para devorar al totem presidencial».

Alcalá Zamora supo maravillosamente encarnar su símbolo totémico, de verdadero Presidente de la República. O sea, reduciendo su autoridad a límites tan invisibles que se confundían con los límites de las mismas fratrías del partido republicano. El cual partido, al reverter su autoridad propia en el símbolo totémico lo convertía en «tabú». De ahí la dificultad de «sustituir» al irreprochable Alcalá Zamora hasta el presente.

Cualquier sustitución que recayese en una figura con tendencia acusada «a la personalidad» sería fatal para la República nuestra. Y el mismo Alcalá Zamora se jugará el puesto central el día que quiera «imponer» cualquier postulado personal.

Una República perfecta es aquella en que se equilibran las presiones del poder «totémico» (Presidente) y del poder de las «fratrías» (Gobierno, Cortes, partidos).

Repúblicas que no son repúblicas

Cuando ese equilibrio de presiones se desequilibra viene el fenómeno típicamente suramericano, portugués o balcánico de las Repúblicas tiránicas o de las Repúblicas caóticas.

Los casos de Francia, de Estados Unidos y de Rusia no son «ya» de verdaderas Repúblicas.

Es un error creer que Rusia, Estados Unidos y Francia –por citar tres ejemplos destacados– sean hoy verdaderas Repúblicas.

La «época» de las «fratrías» ha pasado en esos países, que entraron ya en la fase llamada por los psicoanalistas de «obediencia póstuma», o de «sublimación teoantrópica de la autoridad». Hoy en Francia se oye de muchos labios esta exacta sonrisa: «La República francesa tiene "malignidades" superiores a las de muchas Monarquías.» Tales «malignidades» no son otras que el soberbio imperio colonial de Francia, su hercúlea unidad interior, la magnífica disciplina del pueblo. Francia es hoy tan «monocrática» bajo su República como lo fué en los mejores tiempos del rey Sol o de Napoleón.

Igualmente sucede a la confederación de los Estados Unidos, donde la unión de tales Estados se ha hecho tan prieta que ya es toda ella un haz fulgente, como el de Júpiter sobre continentes y océanos.

Respecto a la famosa U. R. S. S., o sea la Unión de las Repúblicas Socialistas en Rusia, es juntamente donde mejor se aprecia la etapa «sublimante», la de «la obediencia póstuma». Stalin ha pasado a ser –de totem de Lenin, de vicario suyo– un verdadero monarca implacable, un nuevo «Padrecito, Urvateriein», de las «fratrías» soviéticas.

El espíritu del muerto

Volviendo a España, este fenómeno del totemismo republicano, de la retroacción autoritaria, se observa más cada día.

El Gobierno provisional no sólo disfraza su símbolo de autoritarismo en un exacto Presidente, sino que tiene a un brazo suyo (el ministro de la Gobernación) para fulminar cuando es preciso. Conserva los mismos instrumentos ejecutivos del pasado régimen, y los maneja y dispara con táctica desenvoltura (Guardia civil, Ejército, Policía). Hasta en muchas medidas gubernamentales de carácter opuesto y radical a las tomadas por el «Urvater», poco a poco las reduce a vías ya preformadas, como sucede en las de obras públicas y en el sistema corporativo de trabajo y en la adopción política de técnicos jóvenes...

En toda «situación totémica» el «espíritu del muerto» vigila y obsede. Para aplacarlo y desviar su venganza se le ofrecen sacrificios, concesiones.

Por boca del periódico «ex oficioso» –La Nación– habla «el muerto jerezano» todas las noches en Madrid.

Es público y notorio que esa voz, en apariencia odiada y desdeñada, se sigue atentamente por muchos de los fratrías como quienes acechan un peligro.

Sexualidad y autoritarismo

No son, pues, los «errores de la dinastía borbónica, ni la cultura minoritaria en progresión» las causas fundamentales de la República española. No ha sido esta República un «asunto de cultura y sensibilidad». Sino un caso genuino de «sexualidad y autoritarismo». «La virilidad bien caracterizada», sustituida por la venganza colectiva de los machos jóvenes y rebeldes, sedientos del reparto de ese privilegio exclusivo. Y en seguida un sentido «matriarcal, femenino», para evitar la autofagia. ¿Podrá España soportar mucho tiempo esta protección «matriarcoide»? ¿Podrá soportar la tradicional España de Don Juan la victoria del sexo contrario?

Esta es la cuestión. Este es interrogante que sólo Marañón podría respondernos.

Las revoluciones políticas no son fenómenos de «cultura». El mito de la «cultura» es un fantasma nórdico y decimonónico que ya va tramontando.

Son «fenómenos entrañables», de «sexo» y de «poder».

Los republicanos verdaderos sienten el horror del caudillo, del patriarca, de la monocracia, del unitarismo.

Y al revés, los que son criptomonócratas en el fondo, hablarán de «unidad», de «nación», de «estructura», de «Imperio», de «orden y libertad», de mil modalidades capciosas donde esconder su despego inaguantable por la «fellowship», por la «république des Camarades», por las «fratrías».

El Robinsón sigue sin contestar las tres preguntas

E Robinsón ha visto este movimiento de las «fratrías» en España tarde, pero clara y distintamente.

Antes de la República tenía la convicción que le ofreció Frazer, el gran etnólogo, en su Golden Bough. O sea la de los «reyes naturales», destronados por otros «reyes naturales», base de toda política antidinástica y anticonsuetudinaria.

En este espíritu escribió y sintió su Hércules jugando a los dados. Creía que cuando el titán del lago de Nemi desfalleciese, un nuevo titán iba a asesinarle y usurparle el cetro.

Pero ignoraba –y éste fué su error– que el nuevo titán había de resultar «colectivo» y no «singular», que iba a ser conglomerado de «fratrías» y no un nuevo «rex».

De ahora en adelante –el Robinsón– dejará su ojo bien alerta sobra el movimiento de estas «fratrías» victoriosas. No dejará de vigilar esas tres mágicas preguntas: 1.ª ¿Se despedazarán las «fratrías" actuales, como es tradición española en situaciones parecidas anteriores (tribus ibéricas, cabilismo, reinos de taifas, comuneros, cantonalismo, República del 73)?, 2.ª ¿Emergerá otra vez el postulado tradicional del «aquí hace falta un hombre»?; y 3.ª ¿Se llegará a un equilibrio de poderes»

Estas tres básicas preguntas son las que encuadran el porvenir de España.

Cada cual escoja y decida. En la decisión puede irle desde la satisfacción más íntima hasta la cabeza.

Al Robinsón, por ahora, le place seguir «sin definirse». Ofreciendo sus análisis –más que reales– a Monarquías y Repúblicas. Con su estatuto personal, místico e intransferible. Pues para eso es.

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Ernesto Giménez Caballero
1930-1939
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