El Sol
Madrid, sábado 29 de marzo de 1930
 
año XIV, número 3.940
página 1

Luis de Zulueta

Libros destruidos

La Dictadura en Barcelona

Cultura es libertad.

Un régimen dictatorial pretenderá tal vez impulsar el progreso material y aun el progreso moral del país. Empeño inútil. Porque toda dictadura ahoga la libertad del espíritu, y sin espiritual libertad pronto menguan los valores éticos y no tardan en decaer, a la postre, los mismos bienes materiales.

Cultura y Dictadura son, en el fondo, incompatibles. Podrá ésta proclamar su respeto hacia determinadas ramas del árbol de la civilización, pero a la vez secará fatalmente sus raíces. Recogerá el trigo, pero impedirá que sus granos germinen. En el mejor caso, una Dictadura será pan para hoy y hambre para mañana.

Libertad es cultura.

* * *

Es un caso ejemplar. Tiene el profundo sentido de un apólogo.

La Dictadura, ya directamente, ya por medio de sus concejales gubernativos, regía la ciudad de Barcelona. Tenía en su mano esa gran urbe de un millón de habitantes, laboriosa, industrial, avanzada: cercana a Francia, costera al Mediterráneo, abierta al comercio y al pensamiento del mundo.

Por fuera ufanábase la Dictadura en colaborar al desarrollo de la ciudad moderna. Por dentro iba creando un espíritu estrecho, incivil, anacrónico, de incomprensión intelectual y de persecución fanática. Por fuera, Barcelona, gracias a sus propias condiciones, podía competir con las más hermosas ciudades europeas. Por dentro pasaban cosas que ya no acaecen seguramente ni en pobres aldeas y villorrios analfabetos. Por fuera, todo el esplendor de las luminarias de la Exposición. Por dentro..., ¿sabéis lo que ocurría por dentro?...

Mientras en las plazas y en las amplias vías trepidaban los automóviles y los autobuses con el ritmo del vivir contemporáneo, allá, en una habitación cerrada del Ayuntamiento, un modesto funcionario municipal, obligado a cumplir las órdenes recibidas, rompía libros... rompía libros... Pasaban días, trascurrían semanas, vibraba la gran ciudad con el intenso vivir del siglo XX, y el funcionario consistorial continuaba rompiendo libros...

* * *

A este hecho, inverosímil y verdadero, aludió con palabra emocionada el profesor Serra y Hunter en el discurso que pronunció al final del banquete ofrecido a los intelectuales castellanos. En la Prensa de Barcelona se había dado a conocer el caso con todos sus pormenores.

Durante la etapa dictatorial se ordenó en el Municipio la destrucción de todas las publicaciones legadas por la Comisión de Cultura del Ayuntamiento anterior, del Ayuntamiento elegido por el pueblo de Barcelona. ¿Por qué? Porque esos libros y folletos estaban escritos en catalán. Notad que no fueron archivados o retirados de la circulación. No. Fueron implacablemente destrozados. Un funcionario municipal –decía el relato de La Publicitat– «estuvo ocupado en esta odiosa tarea durante tres meses».

¿Os representáis el contraste? Fuera, la vida moderna, el tráfago activo, el ambiente liberal, la ancha plaza donde tantas veces se congregaron en actos cívicos las muchedumbres populares. Fuera, las nobles preocupaciones de la industria y la técnica, de la ciencia y del arte. Fuera, la creación intelectual, el incoercible bullir de las ideas, las bibliotecas, los museos, las fundaciones culturales, la publicación de libros, cada día más abundante, más valiosa... Dentro, en la Casa de la Ciudad, hombres que pretendían regirla, que deberían ilustrarla e iluminarla, se ocupaban, por mano de un pobre empleado, en rasgar páginas, desgarrar volúmenes, aniquilar metódicamente los sagrados rimeros de libros.

Así perecieron los magníficos tomos de Las construcciones escolares de Barcelona. Cayeron también numerosas publicaciones referentes a Jardines de la Infancia, Escuelas graduadas, Bibliotecas circulantes o Colonias escolares. ¿Qué más?... Ni aun hallaron perdón las obras dedicadas a la enseñanza de los ciegos y los sordomudos, cuyo valor pedagógico parecía estar, además, protegido por una cierta aureola de piedad humana...

En efecto. Dictadura y cultura son, por su esencia, cosas incompatibles. Secuestrada la libertad, única garantía de todos, no tardaron en quedar destruidos montones de libros, no sólo en aquellas hogueras encendidas frente al atrio de alguna iglesia rural, sino nada menos que tras los históricos muros del Ayuntamiento de Barcelona.

* * *

¡Destruir libros!... Un sistema de gobierno bajo el cual se destruyen libros está ya juzgado.

Será inútil que presuma de haber mantenido el orden externo o realizado obras públicas. No nos tranquilizará el pomposo ramaje del árbol ni sus frutos aparentes si sabemos que está herida la raíz. Y aquí, la libertad de la inteligencia es la raíz que nutre al árbol entero de la sociedad humana.

Ninguna ventaja material nos compensaría de un agravio al espíritu. Cuando el califa Omar, según la leyenda, mandó quemar la famosa biblioteca de Alejandría, con el fuego de sus libros se calentaron durante seis meses los baños y palacios de la ciudad. ¿Quién osaría envanecerse, sin embargo, de calefacción tan confortable?

Pero, además...

Además, cuando en un país se extinguen las bibliotecas no tardan en apagarse también los caloríferos del bienestar material. El árbol de la civilización puede aparecer con exterior lozanía mostrando las flores del lujo: la comodidad y la riqueza. Sin embargo, en las horas de silencio se oye el rac-rac de la carcoma, que va consumiendo su interna sustancia. Un día, súbitamente, las ramas todas se secan y mueren.

Así, un día, da pronto, en un régimen de Dictadura, todos sus pretendidos éxitos económicos y prácticos en Hacienda o Fomento se vienen abajo. Se descubre entonces que tampoco acertó en el desarrollo de los intereses materiales del país. Tampoco podía acertar, porque éstos se hallan ligados a los intereses espirituales. El árbol parecía lozano. Pero se oía aquel rac-rac sigiloso, el rac-rac de las hojas de papel rasgadas, de los libros sañudamente destruidos en la penumbra de un cuarto cerrado.

Luis de Zulueta

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