El Sol
Madrid, martes 20 de abril de 1926
 
año X, número 2.716
página 1

Ricardo Baeza

El nuevo libro de don Ramiro de Maeztu

Parece que un libro de D. Ramiro de Maeztu había de ser en nuestra vida literaria un sonado acontecimiento, y que las plumas de nuestra crítica habrían de entrar inmediatamente en actividad, glosando y comentando. Dos razones capitales hay, cuando menos, para ello: la importancia señaladísima que el Sr. Maeztu tiene en la vida del pensamiento español contemporáneo y la rareza que constituye un libro suyo en nuestra producción literaria. De la importancia del Sr. Maeztu no es cosa de hablar en estas columnas, donde su prosa viene dando desde hace años uno de los sostenes más vitarles y uno de sus más sustanciosos nutrimentos. Aun no siendo un incondicional de la ideología del señor Maeztu (¿de cuántos escritores del día podríase decir que tienen una ideología?) y aun estando en oposición de ella si viene a mano, todos los que hoy atienden en España a las cosas del espíritu saben sobradamente que se trata de uno de nuestros más altos valores espirituales. Y en cuanto a la rareza de sus libros, baste apuntar que hasta el presente, en toda su frondosa carrera de publicista, el Sr. Maeztu sólo ha sacado a luz un par de libros: La crisis del humanismo, hace seis años –una de las rarísimas obras doctrinales y profesorales con que cuenta la bibliografía española–, y este a que nos vamos a referir, recentísimo, sobre Don Quijote, Don Juan y la Celestina. Esta parquedad libresca dice ya mucho, por sí sola, en honor de la probidad y el espíritu constructivo del Sr. Maeztu, que, menos exigente consigo mismo, bien podría haber espigado una veintena de interesantes volúmenes entre su enorme producción periodística. Y tanto más resaltará el valor de esta parquedad si la comparamos con el frenesí de otros plumíferos, que hacen garba de cuanto sale de sus plumas, llámense glosas o gueguerías (greguería siempre), reputando su gloria por el número de tomos rotulados a su nombre.

Sin embargo, a pesar de todas las razones apuntadas para que nuestra crítica se hubiese conmovido y puesto en movimiento ante el libro del Sr. Maeztu, libro orgánico como pocos, y como pocos pletórico de fermentos y suscitador de discusiones, preciso es confesar que los Ensayos en simpatía –como se subtitula el libro–, del Sr. Maeztu, han caído punto menos que en el vacío. Esto en cuanto a resonancia pública, pues claro está que entre los numerosos lectores que habrá tenido, en más de una mente y de un corazón habrán hallado eco su pensar y sentir, y más de un espíritu habrá quedado por él iluminado; que es, en fin de cuentas, lo principal, y lo que bastaría a justificar más que de sobra el haber escrito un libro, si no lo justificasen ya antes el placer, y a veces la necesidad, de escribirlo.

Esta inhibición, con muy raras excepciones, de nuestra crítica ante el libro del Sr. Maeztu, no es, en realidad, nada extraña. Dado lo que es esa crítica, lo raro hubiera sido lo contrario. Por eso no hay que contristarse especialmente ante este caso particular, sino mucho más allá de él, sobre el estado de cosas que explica y tolera un ambiente literario semejante, o séase sobre nuestra situación cultural, y todo lo que de ella se deriva: fuente inacabable de amargura para todo español que no se haya cegado con las anteojeras de un optimismo oficial bien retribuido.

A nadie, pues, que esté al corriente de nuestro tinglado literario puede sorprender el silencio de nuestra crítica sobre el libro del Sr. Maeztu. Era fatal que la crítica que podríamos llamar profesional permaneciese en silencio ante un libro de índole tan singular, tan distinto intrínsecamente de la novela baladí o la colección de poesías más o menos novecentistas, o el tomo de ensayitos en miniatura que acostumbraban a pasar por las manos. Para enfrentarse con un libro como Don Quijote, Don Juan y la Celestina, y poder discurrir, o discretear siquiera, sobre los temas que se plantean, hacen falta, aparte del entendimiento personal, otra información y otra cultura de la que suelen asistir a nuestros catoncillos. Ante un libro de esta trascendencia y un autor de esta categoría (sobre el que, además, ni siquiera había motivado por obras anteriores el cliché a que acogerse), es lógico que el dislate o la ligereza habían de tomar mayor relieve. ¿Cómo, pues, extrañar que la mayoría optara, prudentemente, por la inhibición? Y si alguno, con el denuedo que da la irreflexión, decidió echar su cuarto a espadas, creyendo que con un par de cabriolas y volatines, y cierto desenfado, iba a sustituir lo que se precisaba de preparación y de caletre, ahí quedó sobre el ruedo, poniendo de manifiesto la cordura de los abstencionistas.

Quedaba la otra crítica incidental, la de los verdaderos intelectuales, la crítica que pudiéramos llamar inter pares, esa crítica no ejercida de manera continuada, sino per accidens, por nuestros escritores de primera línea y de varia lección. Esa crítica que provoca, de cuando en cuando, un hecho científico o literario de largo alcance; bien sea la novelística de Proust, o las teorías einsteinianas, o las doctrinas de Spengler, o las comedias de Pirandello, &c. Pero, ¡ay!, el libro del Sr. Maeztu es nuestro, es español, es de un colega, de un compañero; esto es, de un rival, de un adversario. Y aquí tocamos la llaga de nuestra vida intelectual: el desierto de que cada uno quiere rodearse, el feroz exclusivismo y la ignorancia absoluta en que permanecen unos de otros, pero ésta, que es la característica más evidente de nuestro ambiente literario, es también su mayor miseria, y requiere examen más detenido –examen y cauterio– del que ahora viene al caso.

En realidad, el silencio que ha acogido en nuestro medio al libro del Sr. Maeztu es más natural que el comentario obtenido. Pues menos excéntrico, aunque digno de la excentricidad del Sr. Maeztu, que este silencio, es el hecho de que don Jacinto Grau, el más impopular de nuestros autores (¡honor a él!) y el más intermitente de nuestros cronistas, le haya dedicado nada menos que tres artículos en un diario de la noche. Artículos a que, con el muy atinado del Sr. Madariaga en El Sol, me parece se reduce todo el repertorio de glosa logrado por el libro del Sr. Maeztu entre la indicada crítica no profesional.

El Sr. Grau es un entusiasta del Sr. Maeztu y le encomia exaltadamente, con perfecto acuerdo por nuestra parte. Pero, en cambio, le hace, al final de la loa, ciertas reservas con las que ya no podemos sentirnos concordes. En franco desacuerdo, aunque claro está que con tosa la delicadeza y el tacto requeridos, el Sr. Grau imputa al señor Maeztu «su creciente intransigencia, vecina ya del sistema» y el darnos a veces la impresión de «estar demasiado seguro».

Es indudable que ambas observaciones son exactas y que caracterizan acabadamente al Sr. Maeztu; pero lejos de tomarlas en depreciación, en ellas queremos, precisamente, ver el más alto valor –fuera del momento actual español– del Sr. Maeztu, lo que le confiere un acento único entre nuestros escritores del día y lo que le pone absolutamente el margen de nuestra vida intelectual.

A tal punto, que en ambos reparos se traza casi un retrato de cuerpo entero del Sr. Maeztu... Que en el próximo artículo trataremos siquiera de esbozar.

Ricardo Baeza

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Ramiro de Maeztu
1920-1929
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