El Sol
Madrid, jueves 19 de noviembre de 1925
 
año IX, número 2.585
página 1

Luis Araquistain

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Edwin Elmore

Cuando este otoño recibí un paquete de impresos que me enviaba Edwin Elmore –relacionados con la campaña hispanoamericanista a que venía entregándose con mucho fervor y eficacia–, estaba bien lejos de prever el próximo y trágico fin de tan atractiva personalidad peruana. Las circunstancias de su muerte, referidas en El Sol de ayer, acrecientan el dolor de tan valiosa pérdida. Ni siquiera, como se dijo en las primeras informaciones, se le ha matado en duelo, que con ser una bárbara supervivencia medieval de los juicios de Dios procura por lo menos descartar de sus prácticas la traición y la desigualdad de armas. Ha sucumbido a un disparo súbito del poeta Santos Chocano, que por las trazas lleva camino de eclipsar, no diremos que la gloria artística de Benvenuto Cellini, pero sí otras facetas menos nobles del gran aventurero italiano.

El motivo del fatídico encuentro dice mucho acerca del levantado carácter de Edwin Elmore. Sería injusto enfocar la polémica entre Vasconcelos y Chocano, origen de la catástrofe, como una de esas vulgares y diarias pendencias periodísticas entre gentes de letras, de suyo tan vidriosas y susceptibles, que por defender un ripio son capaces de jugarse la vida. No atacó Vasconcelos, el gran reformador mejicano, al poeta del Perú y al de la Argentina –Lugones– como artistas, sino como hombres que se han solidarizado con formas y realidades de gobierno que, en su opinión, excluyen toda dignidad civil. En el fondo de la polémica había una cuestión de principios políticos y una cuestión de caracteres: cómo deben ser los Estados ante el hombre y cómo deben ser los hombres ante el Estado, dos temas que son como los polos –uno objetivo y subjetivo el otro– de casi toda la historia humana. Vasconcelos repudia la fuerza, sobre todo la fuerza usurpada y despótica. Sus catilinarias contra las tiranías americanas de su tiempo quedarán como ejemplos clásicos de civilidad. Al defenderle Edwin Elmore y ser víctima del principio que combatía con Vasconcelos, de la fuerza arbitraria e incivil, ha caído como un soldado del espíritu en esa ya larga y cada día más decisiva batalla de la libertad que es la historia americana del último siglo. Muerto en una derivación polémica del centenario de Ayacucho, Elmore representa la causa liberal de ese acontecimiento, y su matador, que cantó pomposamente esa efeméride, la causa antagónica. Cuando ese centenario, dijimos que seguía, en América y en otras partes, la guerra civil, cuya conclusión pretendía celebrarse. La lamentable muerte de Elmore, que es mucho más que el resultado de una querella personal, lo confirma.

Y lamentablemente no sólo por las simpatías que ha de promover entre todos los liberales hispanoamericanos, sino también porque con él desaparece uno de los propagandistas y organizadores más apasionados del hispanoamericanismo. Como se ha recordado, él fue el promotor de la idea de un Congreso de intelectuales hispánicos, y en torno de su proyecto se condensaron las dos corrientes de opinión en que hoy se divide el pensamiento hispanoamericano: la de los nacionalistas autoritarios y la de los panhispanistas liberales y demócratas. En Congreso no se ha celebrado aún, ni acaso se celebre en mucho tiempo, máxime ahora que ya no existe su animador; pero la simiente está echada y poco a poco germina en una serie de cuestiones que habrían de ser tema de debate en esa futura asamblea. Resumiré algunos de los acuerdos nacidos en las diversas secciones de este movimiento sobre cooperación de intelectuales hispanoamericanos.

Ha habido varias declaraciones de principios en Lima, en Montevideo y en Buenos Aires, aparte los numerosos artículos personales que en la Prensa de América y de España se han dedicado a la materia. Las tendencias generales que se han esbozado hasta ahora son las siguientes: defender la forma democrática y el liberalismo en todos los países hispánicos; organizar una política internacional hispanoamericana según las doctrinas de Drago y Sáenz Peña y la revisión de la de Monroe; anteponer los valores morales e intelectuales a los puramente económicos; solidaridad política de los pueblos hispanoamericanos en todas las cuestiones de interés mundial; repudiación del panamericanismo oficial y supresión de la diplomacia secreta; arbitraje sin excepciones; oposición a toda política financiera que comprometa a la soberanía nacional, y particularmente a la contratación de empréstitos que autoricen o justifiquen la intervención de Estados extranjeros; restringir la influencia de la Iglesia en la vida pública, y sobre todo en la enseñanza; extensión de la enseñanza gratuita, laica y obligatoria, y reforma de las Universidades. Un periódico de Costa Rica, Repertorio Americano, muy leído entre los intelectuales de América y España, abrió una interesante encuesta sobre la posibilidad de unificar la enseñanza, con determinados propósitos raciales, entre los países hispanoamericanos; de unificar las constituciones; de defenderse contra las intrusiones del capitalismo extranjero, y especialmente ante los Estados Unidos. Como se ve, todo esto es algo más que las vaguedades hispanoamericanas al uso, y en ello hay base para articular una política común de libertad, paz y cultura.

Edwin Elmore era el propulsor más incansable de este movimiento. «Estoy un poco solo en esta campaña y necesito su auxilio moral», me escribía recientemente. No estaba quizás tan solo como se creía; pero era preciso un calor y un tesón como los suyos para agrupar a los simpatizantes dispersos y separados por tan grandes distancias. Con él pierde este nuevo hispanoamericanismo su inteligencia más entusiasta y su voluntad más enérgica. También pierde España, la España sustancial, que no siempre coincide con la accidental o epidérmica, uno de sus mejores ciudadanos de América. Porque para Elmore, como para Rodó –Sobre el españolismo de Rodó es uno de sus estudios más notables–, la América hispánica y la España-pueblo son una misma cosa. «Pertenecemos a la raza española por la civilización y estamos solidarizados a ella por manera irrevocable... Los vínculos que nos unen a la madre patria nos harán seguir idénticas vicisitudes a las suyas. Importa en este punto insistir acerca de que nos referimos a las naciones y no a los Estados», dice en otro ensayo titulado Informe sobre la significación y trascendencia de la Fiesta de la Raza.

Si algún defecto tenía su españolismo era su exceso: en ese trabajo –de 1917– censura el afán europeísta de algunos españoles. Creo que más tarde rectificó esta opinión; pero de todos modos esa superabundancia españolista le llevó a la ingente tarea de querer organizar un nuevo hispanoamericanismo. Una bala estúpida, lanzada por una conciencia de análoga sensibilidad, ha detenido su vida y su obra. Pero tampoco ahora, en la huesa, está solo; desde luego, no tan solo como su matador. Con Elmore estarán todos los que en América y España sueñan y trabajan por una común civilización de hombres libres.

Luis Araquistain

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[Disponible otra edición de este artículo, «Comentarios: Edwin Elmore»,
en el libro Poetas y bufones, Madrid 1926, páginas 67-72.]

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Edwin Elmore
Pensamiento hispanoamericano
1920-1929
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