El Sol
Madrid, martes 28 de abril de 1925
 
año IX, número 2.409
página 1

Luis Olariaga

De hispanoamericanismo

No se puede hacer patria olvidando la raza

El profesor argentino D. Mario Sáenz acaba de hacer un señalado servicio al hispanoamericanismo con sus interesantes declaraciones a un redactor de este periódico. Las ideas, cuando son producto do un proceso evolutivo del pensamiento y responden a necesidades de cultura o de intereses sociales, no perecen porque les cierre el paso un cerebro ni muchos cerebros, por autorizados que sean. La carta del Sr. Lugones a D. Nicolás María de Urgoiti, aunque hubiera sido más feliz de argumentación, no hubiera entorpecido gran cosa el rápido y entusiasta avance del ideal hispanoamericano. Sin embargo, había producido un cierto desánimo en algunos españoles que nos sentimos ilusionados por la obra conjunta de cultura que en el porvenir están llamados a realizar los pueblos de abolengo hispánico. Así como los americanos sienten fundado recelo de la España quo les mira en calidad de feudatarios rebeldes e insumisos, los españoles no podemos menos de sentirnos lastimados cuando creemos que América nos trata como parientes pobres que aspiran a compartir su riqueza y su pujanza, en nombre del parentesco. Nosotros creemos sincera y objetivamente en la existencia de un interés común de cultura, fortísimo y trascendental, entre todos los países hispanoamericanos. No nos asombra que no lo vean las gentes del pueblo, ni lo comprendan bien los comerciantes, ni lo sientan los políticos; pero que un intelectual penetrante y de larga vista como el Sr. Lugones lo niegue, no deja de producir asombro.

La simpática intervención del decano de la Facultad de Ciencias Económicas de Buenos Aires ha desvirtuado la autoridad que, como representante de la intelectualidad argentina, pudiera haber tenido el Sr. Lugones. El Sr. Sáenz nos ha dicho que la opinión de su respetable compatriota es absolutamente personal, y que en la Argentina carece de ambiente. Los que hemos pasado por la Argentina, aunque sea muy fugazmente, creíamos haber percibido eso mismo; pero al leer las seguras afirmaciones del Sr. Lugones habíamos llegado a temer que el miope positivismo de la gente que no ha vivido otra vida que la de la dura lucha del campo o del almacén tuviera su exponente teórico en algún núcleo intelectual de consideración.

El Sr. Sáenz, respondiendo a su filiación de profesor de Filosofía, discrepa personalmente, y señala la discrepancia del medio intelectual argentino con el señor Lugones, en un terreno abstracto y de orientación general. Muchos hombres inteligentes de la Argentina y la generalidad de su juventud universitaria se preocupan, al parecer, de la excesiva ponderación de los valores materiales en la cultura americana. El «Primun vivere»... positivista que defiende el señor Lugones, lleva un siglo siendo el eje de dicha cultura y está impuesto por las tendencias instintivas de la masa inmigratoria. De haber tierra en el mundo en la que no haga falta alguna que las gentes de talento descubran al pueblo la senda del positivismo, esa tierra es América. Y si las minorías que piensan y que orientan los países deben procurar salir a flote de las corrientes populares, cuando son instintivas, y suscitar tendencias que corrijan y ennoblezcan y completen las maneras de ver la vida, y capaciten a los pueblos para un desarrollo, todo lo integral posible, de su existencia corpórea y espiritual, en América, más que en ninguna parte, es función inexcusable de las clases elevadas contrarrestar el materialismo y fomentar los valores espirituales.

Y, en efecto, así ocurre en la Argentina. Con la particularidad de que no son sólo los profesionales de la intelectualidad los que respetan y admiran y exaltan esos valores, sino también, y muy sinceramente, la sociedad distinguida, que es generalmente de abolengo cultural. Y esta tendencia de las clases cultas de la Argentina no es extraño que, de un tiempo a esta parte, se encuentre agudizada, como lo está en toda Europa el antipositivismo, en vista del resultado de la civilización primordialmente industrial que ha arruinado el viejo mundo con la más estúpida de las guerras. Y no es extraño tampoco que en esas propicias circunstancias cobre prestigio en la Argentina la significación histórica y espiritual de la civilización española, como está cobrando en otras naciones que tienen mucho menos motivo para comprenderla y estimarla.

Pero no es sólo desde este punto de vista ideológico general y abstracto desde el que nosotros concebimos la conveniencia, y aun la necesidad, de una acción conjunta de España y de las Repúblicas de su raza. La concebimos también desde un punto de vista político y económico. El Sr. Lugones se muestra satisfecho del sistema seguido en el desenvolvimiento de la riqueza argentina y en la formación de la nacionalidad. Nosotros, si fuéramos argentinos, también nos sentiríamos orgullosos de lo que se ha hecho hasta ahora en aquella tierra; pero tendríamos nuestras sospechas de si seguiría siendo para el porvenir un rumbo equivocado. Y esas sospechas nacerían de un criterio tan positivista, pero, a nuestro juicio, más clarividente que el del Sr. Lugones.

El Sr. Lugones escribe: «Los argentinos no subordinaremos la patria a ninguna preocupación internacional o económica. La patria debe bastarse en ella misma; y si no sucede así, será un organismo condenado a muerte. No se vive por alianza ni por arrimo, sino por capacidad personal de vivir.» Cualquiera diría que el señor Lugones no está refiriéndose a un país donde viven acampados los más fuertes capitales extranjeros y las más numerosas colonias extranjeras, en el que luchan por imponerse tendencias, intereses y culturas de otras naciones, y del cual no tiene inconveniente en afirmar ingenuamente el propio señor Lugones que su cultura superior es la francesa, como podía haber añadido que su técnica y muchos de sus técnicos proceden de Europa o de los Estados Unidos; que sus ferrocarriles son ingleses, y sus Empresas eléctricas, alemanas o italianas, y las industrias que preparan la exportación de sus carnes, yanquis, y los barcos que transportan sus productos agrícolas sobrantes, de toda clase de nacionalidades. Y que si todo ha sido explicable mientras la Argentina se formaba y tenía que preocuparse del «Primum vivere»..., que tanto inquieta al Sr. Lugones, hora es ya de que, al propio tiempo que continúa haciendo crecer su cuerpo, estructure con esmero su alma.

El Sr. Lugones supone que hace patria argentina limitándose a llenar la gran República del Plata de elementos materiales de riqueza, procedan de donde procedan, lleven el carácter que lleven y hagan lo que hagan. Nos parecen mejor orientados los intelectuales argentinos que prefieren ir intensificando el espíritu de la nación, seleccionando sus razas pobladoras, ahondando en su carácter, dominando los resortes de influencia extranjera y creándose una cultura superior propia, aun a costa, si fuera preciso, de apausar algo el ritmo de desarrollo extensivo de la República. Pero justamente para esa obra de creación de cultura superior y medios propios de vida entendemos nosotros, no como españoles, sino como hombres de pensamiento, que la Argentina necesita solidarizarse, tanto con España como con todos los otros países que tienen un idioma común en el cual expresarse, la misma fuente de carácter y de sentimientos, idénticas bases culturales primarias, una sola íntima realidad vital. En la raza hispánica –que no es solamente la nación española– están las raíces espirituales de varios pueblos, y entre ellos la Argentina; en ella hay que buscar ejemplos históricos, sugestiones artísticas, eternos ideales, resortes de fecunda actividad, para que cada país los modele y desenvuelva conforme a sus circunstancias presentes y futuras y a su matiz nacional. Hacer patria en los pueblos es reconcentrarlos y ahondar en su propia intimidad.

Luis Olariaga

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Un Congreso libre de trabajadores intelectuales · Leopoldo Lugones
El catedrático don Mario Sáenz

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