El Sol
Madrid, viernes 24 de abril de 1925
 
año IX, número 2.406
página 1

Huésped ilustre

El catedrático don Mario Sáenz
 

D. Mario Sáenz, catedrático de Filosofía del Derecho de la Universidad de Buenos Aires y decano de aquella Facultad de Ciencias Económicas

Hemos conversado con D. Mario Sáenz, catedrático de Filosofía del Derecho de la Universidad de Buenos Aires y decano de aquella Facultad de Ciencias Económicas, que viene a España invitado a dar un curso de diez conferencias en la Universidad de Madrid, acerca de «Síntesis de los problemas fundamentales de la filosofía del Derecho».

Nos hallamos frente al doctor Sáenz en el departamento que ocupa en el Hotel Ritz. Con él encontramos a nuestro colaborador don Luis Olariaga.

—¿De manera –le preguntamos– que se propone usted?...

—Establecer en mis conferencias –nos responde el doctor Sáenz– las diversas concepciones de la filosofía del Derecho y sus contenidos, así como sus orientaciones. Es decir: les daré a estas conferencias tres aspectos: concepción y contenido de la filosofía del Derecho, sus orientaciones y sus problemas.

El doctor Sáenz se extiende en interesantes consideraciones sobre la enseñanza de la filosofía del Derecho en diversas Universidades europeas y americanas, demostrando vastos y profundos conocimientos profesionales.

—¿Estuvo usted otras veces en España?

—Tres, antes de ahora: el año nueve, el trece y el veinticuatro.

—¿Qué juicio le merece España como pueblo?

—No tengo juicio sobre las cosas que amo. Las amo, simplemente. Así a España, a la que, intelectualmente, sigo con hondo entusiasmo, y cada ocasión que me llega, la aprovecho para probarlo. Ahí está el prólogo que puse a la obra de Grandmontagne: «Paisajes de España: Galicia y Navarra».

—¿Qué opina usted de la carta de Leopoldo Lugones a D. Nicolás M. de Urgoiti?

—Hombre, le diré... El juicio de Lugones es un juicio personal, sin ambiente allá, ¿sabe? El Panamericanismo –que es, en realidad, norteamericanismo– no prospera porque tiene un argumento deleznable y venal de materialismo histórico; el latinoamericanismo, se basa sobre concepciones vagas, porque es muy difícil como sentimiento la hegemonía de Francia e Italia sobre América. En cambio, el hispanoamericanismo tiene argumentos formidables e incontrastables para el triunfo: el idioma y la comunidad histórica. Estos sobre aquéllos, como usted comprenderá, son mejores títulos.

—Indudablemente.

En estos momentos entra en la estancia otra figura joven de la intelectualidad española: el Sr. Jiménez Asúa.

—¿Marcan huellas nuestra cultura y nuestros hombres en América?

—Huellas muy vivas. Estamos cansados, créalo usted, de la cultura positivista de Francia.

Asúa interrumpe:

—La sociología vuelve...

El doctor Sáenz le replica:

—La sociología no se ha ido, amigo Asúa.

Y luego, tras una ligera pausa, prosigue el culto profesor:

—Yo mismo tengo pruebas inequívocas de la influencia española mientras fui vicepresidente del Ateneo Hispano-Americano. De sesenta o más conferenciantes que desfilaron por allá, sólo dos o tres alemanes se significaron. Los españoles todos arraigaron en la conciencia y en la sensibilidad de los americanos. La juventud ansía el españolismo. Por la sociología y la experiencia, somos algo franceses; pero... clásicamente españolistas por una sed honda de idealismo. Además, admiramos y recogemos otra cualidad española: el individualismo, que, aunque no muy eficaz para encauzado públicamente, tiene un claro valor de fecundas sugerencias creadoras. A España se le deben «los derechos del hombre», la autonomía municipal... Un individualismo recio y prolífico, simpático y estimulador.

—España también está con América.

—Sí; pero... una cosa tienen ustedes que me hiere cada vez que la oigo; perdóneme la franqueza.

—¿Cuál, doctor?

—Eso de «la España madre». La España a que se alude es tan madre de ustedes como nuestra. No lo dude. Nosotros queremos ser hermanos de los españoles, con una fraternidad amplia y generosa, no a la manera de los quirites romanos, que se fabricaban un derecho de propiedad para ellos y otro para los demás.

—¿ A qué se debe el renacimiento españolista en América?

—Al impulso juvenil, a la vida universitaria. Sembraron copiosas y bellas semillas Costa, Menéndez y Pelayo, Ramón y Cajal...

—Menéndez y Pelayo, ¿estuvo en Buenos Aires?

—No estuvo, pero debió ir. Estos viajes culturales fraguan un propicio ambiente.

—Otros países, igualmente, habrán influido en América, ¿verdad?

—Algo la cultura anglogermánica...

—¿Hubo, a su tiempo, una evidente supremacía krausista?

—Breve y fugaz. La verdadera cultura, repito, es la que nos lleva España. En estos propósitos, justo es recordar la labor de la Institución Cultural Española, que tanto bien hace a España y a la República Argentina. Esta entidad llevó hombres jóvenes, que causaron gran impresión en la Argentina y dieron idea del pujante resurgimiento cultural de España. Lo que sería muy de desear es que se ampliase la meritoria labor de La Cultural, y que, a ser posible, contribuyesen a ello los Poderes públicos.

—¿Cree usted que existe buena disposición en los intelectuales argentinos para aceptar las invitaciones de nuestros centros de cultura?

—¿Cómo no? Vendrán encantados, sintiéndose, como yo me siento, que trabajan en su propia casa y en su propia vida espiritual.

—Y, dígame doctor, ¿ofrece curiosidad en su país el estudio de nuestra obra histórica en América?

—Enorme curiosidad. Precisamente la revisión histórica de la dominación colonial española es uno de los estudios que más paladines tiene en América. Estos paladines marcan tres orientaciones: una, la de aquellos que se proponen ver lo que España hizo; otra, la de los contrarios, la de aquellos que creen que todo se lo deben las colonias a sí, y por último, la de los que tratan de desvincular, de forjar la independencia colonial. Recuerdo nombres de altos historiógrafos como Juan Agustín García, ya muerto; Diego Luis Molinari, Ricardo Levene, Enrique Ruiz Guiñazu, Carlos Octavio Bunge...

—¿Cree usted en la preponderancia del nacionalismo en América?

—Como tendencia humanista, nada más.

—Y en política, ¿interviene usted?

—Nada, nada. Fui tres veces subsecretario de Hacienda y una de Instrucción pública, pero... ya no intervengo en política militante. Me atraen los problemas de la cultura, y el desarrollo intelectual de mi patria. A ellos me doy con toda devoción.

* * *

Nos despedimos del ilustre profesor, paladín del hispanoamericanismo, de ese hispanoamericanismo que al sembrar ideas va estrechando más y más cada día, y por florecimiento de esas ideas, los lazos de un hondo y devoto sentimiento hacia las preeminencias culturales de dos pueblos hermanos que se comprenden, se confunden y se aman.

Ya en la calle, todavía vibraba en nuestra conciencia afectiva la nueva, eficaz y generosa idea de aproximación de los pueblos hispanoamericanos frente a los manidos tópicos y lugares comunes que tantas, infinitas veces habíamos visto enarbolar en tiempos no lejanos de hueca oratoria y... «flor natural».

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