El Sol
Madrid, viernes 24 de abril de 1925
 
año IX, número 2.406
página 1

Eduardo Gómez de Baquero

Las letras del siglo XIX

Clarín y la crítica

No se dónde he leído, ni me importa, que se piensa dedicar a «Clarín» uno de esos homenajes permanentes con que la posteridad, en la que creía muy poco el autor de «La Regenta», consagra el recuerdo de los grandes hombres; en suma, introducirle en la sociedad de las estatuas, de los bustos o de las lápidas. Una estatua en Oviedo, en su «Vetusta», no me parecería recuerdo desmesurado para «Clarín». Menos que él y de un modo menos permanente, sirvieron a la sociedad española algunos grandes hombres, que tienen, su mármol o su bronce correspondiente y a veces lo tienen por un accidente profesional, muy ajeno a su voluntad.

En esto la literatura está menos favorecida, pues jamás se ha levantado una estatua a un poeta por haberse muerto de hambre en su buhardilla. Las catástrofes literarias, las de verdad –pues las de los personajes de ficción que crea el poeta, son de todas las clases imaginables–, no pasan de eso: de morirse de hambre, y aun en ello se ha mejorado, puesto que la inanición, en los peores casos, ya va quedándose en anemia.

«Clarín» estuvo libre de estos peligros. Sus obras no le enriquecieron en verdad, pues las Musas en España, no se corren más que a dar el pan nuestro de cada día, si acaso. Tratándose de todo un novelista y todo un crítico como era «Clarín», todavía se encuentran en las librerías de viejo restos de ediciones de algunos de sus mejores escritos, como los «Folletos literarios». Pero, además de escritor, «Clarín» era catedrático. En sus primeras oposiciones –creo que fue en las primeras– tuvo la mala fortuna de «oponerse» a un aspirante de mucha cuenta, como que era hijo del ama de cría de Don Alfonso XII. En estas condiciones no había competencia posible, en una época en que los tribunales presentaban ternas al ministro de Fomento, y éste nombraba al que mejor le parecía, «haciendo uso de su derecho», según decían, especie de «jus», que el propio «Clarín» comentó en alguna ocasión con mucha gracia. Por fortuna, el número de estos competidores no es ilimitado y no en todas las oposiciones se presentaba uno de ellos, por lo cual «Clarín» pudo entrar en el profesorado, aunque no era hijo más que de su padre y de su madre.

El ser profesor, y profesor de una Universidad lejana de la corte, ejerció una influencia favorable en la carrera literaria de «Clarín». No sólo le libró de los trabajos forzados de las Letras a que obliga la necesidad del pan cotidiano. Le favoreció también manteniéndole alejado del trato de gentes del Parnaso, que obliga a muchas transacciones y somete la independencia del crítico a duras pruebas y a difíciles ejercicios de habilidad, sino ha de portarse como un ogro. Para estos compromisos de sociabilidad hay una prescripción de distancia. La imparcialidad es más fácil en Oviedo que en Madrid, y sería mucho más fácil si en la crítica se practicara el voto secreto. «Clarín» en uno de sus folletos literarios: «Un viaje a Madrid», dice cosas muy oportunas acerca del asunto.

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La fama de crítico de «Clarín», dejó en segundo término al novelista y al cuentista. Sus dos novelas «La Regenta» y «Su único hijo», pueden ponerse al lado de las obras de los mejores novelistas de la brillante constelación en que figuraban nada menos que Galdós, Pereda, Palacio Valdés, la Pardo Bazán, D. Juan Valera... Sus cuentos, los de «Clarín», son de los mejores que se han escrito en lengua castellana, mas la crítica era la ocupación diaria de «Clarín» y fue la parte de su obra que más influyó en la literatura, y esto es lo que imprime carácter. Fuera de la crítica erudita de Menéndez y Pelayo, que en su mayor parte es historia literaria, la labor crítica de «Clarín» es la más importante en las letras españolas del siglo XIX.

Tenía como crítico, además de las condiciones primarias: gusto, lectura, saber, perspicacia y lógica –que también la lógica es necesaria–, el instrumento indispensable para que la crítica llegue a ser popular y amena, y no se reduzca a un peritaje técnico: un estilo flexible, llano, de conversación culta, animado por una gracia satírica, que levantaba ronchas y proporcionó a «Clarín» muchos enemigos. Hubo un período en que el escritor novicio que llegaba de provincias a la corte, ansioso de darse a conocer, lo primero que hacía era escribir un artículo contra «Clarín». Generalmente no daba resultado, porque «Clarín» no hacía caso y daba al crítico incipiente la más abrumadora de las réplicas: la del silencio.

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Mucho se censuró la acrimonia o mejor dicho la burla con que «Clarín» enjuiciaba los disparates literarios, no sólo en los «Paliques», sino en los «Folletos literarios», donde con trozos de doctrina, expuesta con gran elevación y poesía, que poeta a su modo era «Clarín», alterna lo satírico y epigramático. Punto es éste que produce cierta perplejidad, pues si los pecados contra las Musas son por lo general crímenes que en sí mismos llevan su expiación en la indiferencia y el olvido, que es lo que más duele a estos pecadores, hay que considerar, por otra parte, que una policía severa del Parnaso y sus arrabales, algo preserva al gusto de la corrupción y libra a los simples, que son muchos, de comulgar con ruedas de molino. Puede discutirse, sin duda, el modo de ejercer esta policía. Acaso es cuestión de temperamento. Cuando «Clarín», sin pararse en barras, aconsejaba a un poeta malo que se dedicase al comercio de géneros del reino y ultramarinos, no era más cruel que D. Juan Valera, quien después de echar a otro poeta de la misma clase, algunas flores que por lo excesivas ya inducían a sospecha, le hacía suavemente, con mucha urbanidad, unas cuantas objeciones que dejaban en ridículo al vate, puesto que se traslucía por ellas que el tal carecía de literatura y, lo que es peor, de sindéresis. La diferencia era que D. Juan operaba con cloroformo.

«Clarín» inspiraba pánico. Su crítica era como una Guardia civil de la literatura dispuesta a «passer a tabac», digámoslo en francés, no para mayor claridad, sino para mayor suavidad, al presunto delincuente. Esto es siempre excesivo, aunque sea en metáfora, y la crítica de «Clarín», si no hubiera tenido más que eso, no hubiera sido verdadera crítica, sino sátira epigramática. Pero en ella había más: había gusto, doctrina y sentido de los valores, por lo cual prestó el servicio eminente de enseñar a ver el volumen y la proporción de las cosas literarias. En la vida espiritual de España falta la intuición del tamaño, por decirlo así, y con mucha facilidad se toma a una pulga por un elefante.

Otro servicio muy considerable prestó «Clarín» a las letras: enseñar a escribir, no con las disciplinas, sino con el ejemplo. fue uno de los escritores que contribuyeron a desterrar el vestido de golilla, del estilo literario; a dar al habla de las Letras la flexibilidad y la vida de un lenguaje humano, quitando al «sermo nobilis» su tiesura, y dándole inyecciones de savia popular, que no viene sólo del habla campesina, generalmente arcaica, sino también del habla media urbana. En esto de las dos lenguas, literaria y vulgar, hay como un flujo y reflujo. La selección por un lado, y por otro las deformaciones jergales, las diferencias de continuo, pero hay que casarlas de cuando en cuando, para que el idioma aristocrático no degenere, por matrimoniar exclusivamente dentro de la familia.

E. Gómez de Baquero

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