El Sol
Madrid, martes 21 de abril de 1925
 
año IX, número 2.403
página 1

Dionisio Pérez

El idioma, herramienta política

El «lunfardismo» en Suramérica

Un nuevo romance se engendra en las campiñas y en las ciudades de Suramérica. Hasta aquí llamamos americanismos a las palabras y las locuciones extrañas con que el pueblo americano expresa pensamientos suyos y designa cosas suyas, sin utilizar el idioma castellano; extramuros de la lengua racial. Ciro Bayo y otros autores han recopilado en tomos no pequeños esta abundancia de verbo nuevo, bárbaro y extranjerizo en su mayoría; rezumado de la veintena de idiomas y dialectos que con las emigraciones originarias de todos los países se extienden desde las orillas del Plata y desde los puertos del Pacífico por todo el continente Sur. Académico ha habido que sostuvo la teoría de que ni americanismos debiera llamárseles: provincialismos, solamente; provincialismos del idioma como los modos peculiares de hablar en Aragón o Andalucía, que no llegan a constituir dialectos.

Oponiéndome a estos optimismos, harto cómodos, advertí yo hace años que no se trataba de la invención de palabras y modismos, sino de una evolución, de una trasformación del idioma español no contenida en formas dialectales, sino tan fuera del genio y de la arquitectura de nuestra habla, tan distinta y ajena que en un plazo breve, treinta o cuarenta años, no mucho más de la mitad de mi siglo, habría cesado la comunidad del idioma entre España y Suramérica. No se trata, al cabo, de un suceso nuevo. Durante todo el período del coloniaje y luego en el siglo que sigue a la Independencia, esta trasformación del idioma se produce incesantemente, bajo la influencia de canarios, andaluces y gallegos, singularmente, y luego con la intervención de las degeneraciones de todos los idiomas que se hablan en el globo. Ya Martín Fierro no habla castellano, como no hablaba latín Mío Cid Campeador. Un escritor admirable, historiador ameno y concienzudo, Ricardo Rojas, señalando este hecho en su Historia de la literatura argentina, echa las bases del nacionalismo que se alza ya frente a nuestro perezoso ideal de hispanoamericanismo. La evolución no detiene en el habla gauchesca, contenida secularmente en el aislamiento de la Pampa. El estímulo de las viles ganancias del teatro populachero incitó a los autores argentinos a parodiar los cuadros de costumbres chulapas que representaban los cómicos españoles, y así llegó a volcarse desde los escenarios de los teatros, en las ciudades, todo el caudal bárbaro de voces, de frases hechas, de adagios y sentencias del idioma gauchesco.

No se contuvo el daño aquí. No bastaba a la codicia de los saineteros suramericanos el gaucho, el pampero, el gallego y el indio mismo, descendiendo de su rancho en la vertientes de los Andes. En la búsqueda de tipos nuevos y de ambientes originales los autores encontraron nueva mina en los héroes y en el habla del «lunfardismo»... cuyas palabras caóticas han entrado invasoramente en el lenguaje usual, aun entre personas recatadas, constituyendo esta desviación arbitraria del idioma un riesgo más cierto y grave para el idioma racial que la invasión misma de galicismos, italianismos, germanismos, arabismos y neologismos.

El «lunfardo» –dice Imparcial, de Montevideo– es el lenguaje soez, repugnante y depravado de los más bajos fondos sociales. Es el «caló», el «chulapo» de Suramérica, habla en cuya formación laboran los expatriados y huidos de los presidios y las mancebías de toda Europa, de Siria, del Norte africano, del Japón y China y de América misma.

Ante la asamblea comunal de Montevideo, un diputado departamental, el doctor Tosor Estades, ha presentado un proyecto para evitar la corrupción del idioma, defendiéndolo de la invasión de extranjerismos y de la degradación y avillanamiento del «lunfardismo». «Es nuestra personalidad, es nuestra independencia lo que queremos defender», dice este diputado ejemplar. Valdría la pena de que nuestros gobernantes y nuestros académicos aprendieran la lección que encierran estas palabras.

Está en el idioma la personalidad y la independencia de los pueblos. En manos de Francia, por ejemplo, el idioma es una herramienta política que forja sobre los yunques más diferentes un estado de conciencia, un género de mentalidad, una visión de la vida y del destino humanos propicios a Francia, servidores de Francia, tributarios de su grandeza y su bienestar. En manos de España el idioma, no sólo no es herramienta que utilicemos en nuestro provecho, que convirtamos en fuerza política, sino que lo dejamos indefenso a merced de todas las tempestades del mundo, del azar de las avalanchas migratorias, del enconado combate de los panamericanistas, de los latinistas y de los nacionalismos que surgen en Suramérica con Flers, negador de la realidad de una raza hispanoamericana, y con Ricardo Rojas y Lugones, negadores de la existencia en tierra americana de un ideal ibero.

Así, Suramérica ha esperado en vano, años y años, que España iniciara esta acción del idioma espíritu y pensamiento, y del idioma herramienta. Mientras aquí gastábamos el ingenio en vanas retóricas, infladas de bravuconadas legendarias, la cultura suramericana se hacía francesa, la industria nacía germana, los negocios se hacían ingleses y yanquis, y el recio idioma en que cantara Ercilla se convertía en el «lunfardo» soez, repugnante y depravado de los más bajos fondos sociales uruguayos y argentinos.

Dionisio Pérez

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Un Congreso libre de trabajadores intelectuales · Leopoldo Lugones

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